El pacto del deseo Capítulo 1
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El pacto del deseo

El pacto del deseo

Por Juliana Anais Rossi

© inepub.com

Capítulo 1

Empiezo a escribir esto un martes por la mañana, sola en la casa, con el café enfriándose en la mesa de la cocina. Me llamo Luna Vargas, tengo cuarenta años, y hasta hace seis meses creía conocerme.

Eso es lo primero que voy a escribir, y también lo más difícil de admitir.

Una mujer adulta, profesional, con dos hijos casi grandes, con veinte años de matrimonio funcionando como un reloj suizo, no debería tener que sentarse a los cuarenta a preguntarse quién es.

Y sin embargo aquí estoy, escribiendo en este documento que voy a guardar con contraseña en una carpeta que mi marido nunca va a abrir, tratando de poner orden a lo que se me desordenó adentro.

Me crié en una familia de mujeres prácticas.

Mi madre, mis tías, mis primas mayores —todas mujeres que se levantaban a las seis y cocinaban y trabajaban y no perdían el tiempo en lo que ellas llamaban "vueltas".

Aprendí joven a despreciar lo que no se podía nombrar con precisión.

Aprendí que los sentimientos eran como el clima: existen, hay que vestirse de acuerdo, no son una excusa para nada.

Esa educación me hizo bien durante muchos años.

Me hizo el tipo de mujer que llega temprano a las reuniones, que ahorra sin que se lo pidan, que no le miente al marido ni se permite el lujo de la duda.

Lo digo así, en pasado, porque ya no sé si soy esa mujer.

Soy contadora pública. Trabajo desde casa hace ocho años, llevando los libros de seis empresas medianas.

Es un trabajo que me gusta porque es ordenado, porque los números no negocian, porque al final del mes algo cierra o no cierra y nadie discute si lo que cierra es bonito.

Tengo cuarenta años, decía. Los hombres todavía se dan vuelta a mirarme en la calle, aunque menos que antes y de manera más educada.

Mido un metro sesenta y cinco, peso sesenta y seis kilos, tengo el pelo castaño oscuro hasta los hombros, los ojos color miel —según mi marido, que es el único que se los miró con detenimiento—, la piel olivácea de mi padre y las caderas anchas de mi madre.

Tengo dos partos en el cuerpo. Los senos no son las que tenía a los veinticinco, pero tampoco son las que algunas amigas mías tienen a esta edad: todavía firmes, copa C completa, con ese peso bonito que les dan a las mujeres que no tuvieron problemas de leche.

Tengo un vientre con una marca pálida del segundo embarazo y un culo que mi marido sigue agarrándome con las dos manos cuando está de buen humor.

No soy una belleza. Soy una mujer que se cuidó.

Mi marido se llama Gregorio. Tiene cuarenta y ocho.

Lo conocí cuando yo tenía dieciocho y él veintiséis, en una fiesta de cumpleaños de una amiga de mi hermana.

Me sacó a bailar con una formalidad que a esa edad me pareció graciosa y ahora me parece reveladora —Gregorio nunca dejó de ser un hombre formal, aun en la cama, aun cuando empezó a decirme las cosas que me dijo después—.

Es alto, mide casi un metro ochenta y cinco, tiene el pelo entrecano que empezó a salirle a los treinta y cinco y que le quedó bien, los ojos grises, una nariz fuerte que le da carácter al perfil.

Era atlético cuando nos conocimos, jugaba al rugby los sábados; ahora tiene el abdomen moderada del hombre que ya no juega pero todavía camina, los hombros anchos, las manos grandes.

Manos de hombre que sabe lo que hace con ellas.

Eso fue una de las primeras cosas que me gustaron de él.

Hace falta verle las manos a un hombre antes de aceptarle nada.

Gregorio era —es, todavía es, aunque me cueste— un hombre encantador.

Lo digo con esa palabra porque no encuentro otra mejor.

Encanta, en el sentido viejo del verbo: produce hechizo.

La gente lo escucha cuando habla. Las mujeres se ríen con él aunque no diga nada gracioso.

Los hombres lo respetan a los cinco minutos de conocerlo.

Yo me casé con él a los veintidós, cuando todavía no sabía que esa cualidad —el encanto— tiene un costado oscuro.

El encanto es una herramienta, igual que la fuerza o la inteligencia.

Y como toda herramienta, depende de quién la use, y para qué.

Tenemos dos hijos. Camila tiene diecinueve, está estudiando arquitectura en otra ciudad, vive con la madre de Gregorio desde marzo.

Mateo tiene dieciocho, está terminando el colegio pero pasa la semana en el campo con mi padre, ayudándolo, porque desde chico le gustó eso más que la ciudad.

La casa, en los últimos meses, se nos quedó grande.

Eso también lo escribo porque es importante.

Una casa que se queda grande es una casa peligrosa para un matrimonio largo. Lo entendí tarde.

Vivimos en una casa de dos pisos en un barrio tranquilo, con un patio chico y un sauce que Gregorio plantó cuando nos mudamos.

Tres dormitorios arriba, cocina y comedor abajo, un escritorio donde yo trabajo, un living con un sillón de tres cuerpos donde Gregorio se sienta a mirar fútbol los domingos.

Nada lujoso. Nada que avergüence, tampoco.

La economía de dos personas que trabajaron en serio durante veinte años.

Hasta hace seis meses, esta era la película de mi vida.

La hubiese contado así si me hubiesen pedido un resumen.

Mujer de cuarenta, casada con su único hombre desde los veintidós, dos hijos sanos, trabajo estable, casa propia, padres todavía vivos, una rutina que le funcionaba.

Cualquiera diría: a esta señora le salió todo bien.

Y era verdad. Era verdad hasta una noche de septiembre.

Esto es lo que quiero escribir. Cómo empezó, dónde se rompió la primera cosa, en qué momento entendí que el hombre que tenía al lado me estaba llevando despacio a un lugar al que yo nunca había pensado en ir.

***

Voy a empezar por una noche cualquiera, antes de que empezara lo otro. Una de esas noches que ahora, mirando para atrás, me dan ternura.

Era un viernes. Junio, todavía hacía frío.

Los chicos estaban donde están siempre los viernes —Camila en su ciudad, Mateo con mi padre—.

Gregorio había vuelto del trabajo cansado pero de buen humor, había abierto un vino que tenía guardado, habíamos comido pasta en la cocina, lavando los platos juntos como hacíamos casi siempre cuando estábamos solos.

Hablamos de un amigo que se había separado.

Hablamos de lo que íbamos a hacer en las vacaciones de invierno.

Cosas de matrimonio largo. Conversaciones que parecen de relleno y que en realidad son lo único que sostiene una pareja a los veinte años.

Subimos a las once. Gregorio se desvistió primero, como siempre, con esa prolijidad que tiene desde el primer día —dobla los pantalones en el respaldo de la silla, cuelga la camisa en una percha, mete las medias adentro de los zapatos—.

Yo me lavé los dientes mientras él se metía en la cama.

Cuando salí del baño con el camisón puesto, me estaba esperando con el libro abierto pero sin leerlo, mirándome.

Esa mirada todavía me la sé. Es la mirada que tiene Gregorio cuando va a buscarme.

Una mezcla de hambre tranquila y de pedido.

Nunca me obligó a nada en veinte años. Si yo decía no, decía no.

Pero cuando me miraba así, casi siempre yo decía sí, porque el deseo de él me prendía a mí también, y porque después del segundo hijo entendí que el sexo regular era una de las cosas que mantenían a Gregorio del lado bueno de su propio carácter.

Dejé el camisón en la silla. Me metí desnuda en la cama. Gregorio cerró el libro. Lo puso en la mesa de luz. Se dio vuelta hacia mí.

—Hola —me dijo.

Era un hola que decía otra cosa. Lo dijimos veinte años, ese hola.

Me besó con calma. Gregorio besa con calma siempre, aun cuando va a coger fuerte.

Es una decisión suya: empezar lento, como dándole permiso al cuerpo a calentarse de a poco.

Me besó la boca, me besó el cuello, me besó el lugar exacto detrás de la oreja donde sabe que se me afloja todo.

Me bajó el camisón —ya me lo había sacado, pero hay un gesto que él hace siempre, como si todavía me lo bajara, una caricia de hombro a cintura— y me puso la mano abierta en una teta.

Me la sostuvo así, sin apretarla, durante un minuto entero, mientras me besaba la boca.

Esa es otra cosa de Gregorio. Sostiene una teta con una calma que parece que está pensando otra cosa, y mientras tanto me la prende como una llave.

Bajó la cabeza. Me chupó el pezón despacio.

Me lo tuvo en la boca. Pasó al otro. La mano que tenía en la teta libre se le bajó al vientre, me lo recorrió, se me metió entre las piernas.

Yo ya estaba mojada. Hace veinte años que nos hacemos el amor y todavía me excito en menos de cinco minutos cuando él va por mí.

Eso, durante mucho tiempo, me pareció una bendición. Ahora ya no sé qué pensar.

Me metió un dedo. Me lo movió suave, despacio.

Después dos. Me pasaba el pulgar por el clítoris con la cadencia que sabía que me hacía bien.

Yo cerré los ojos. Le agarré la nuca con una mano.

Le dije, bajito, ven. Gregorio no vino enseguida.

Le gusta hacerme esperar un poco. Me siguió tocando hasta que yo me empecé a mover contra su mano, hasta que se me empezó a escapar la respiración. Entonces sí, bajó.