20. El segundo testimonio
Mateo fue a comer a casa de su madre el domingo. Ella había preparado lentejas y llevaba toda la mañana diciendo que no había hecho nada especial.
—Has adelgazado.
—No.
—Sí.
—Como siempre.
—Eso dices porque no quieres discutir.
Mateo dejó el pan sobre la mesa.
—Puede ser.
Su madre lo miró con una mezcla de satisfacción y desconfianza.
—¿Has vuelto a meterte en asuntos antiguos?
—He cerrado uno.
—No es lo mismo.
—En este caso sí.
—¿Había muertos?
Mateo levantó la vista.
—Uno.
Ella suspiró.
—No me gusta que trabajes con muertos.
—A mí tampoco.
—Pues busca vivos.
—Es lo que hago.
Su madre sirvió más agua.
—Entonces procura encontrarlos antes de que se mueran.
Mateo se rio.
La conversación cambió de tema. Hablaron de un vecino que necesitaba arreglar una persiana, de una prima que quería pasar unos días fuera de Madrid y de una carta que había llegado de Linares.
Después del café, su madre sacó una fotografía antigua.
Era la de su padre junto a una locomotora. No había nada extraordinario en ella: la gorra puesta, las manos oscuras de grasa y la expresión seria que tenía en casi todas las fotografías.
—La encontré al ordenar el armario —dijo ella.
Mateo la tomó.
—Pensaba que la tenías tú.
—Tenía otra.
—Siempre aparecen más.
Su madre se sentó frente a él.
—Tu padre no hablaba mucho de su trabajo.
—No.
—Pero cuando llegaba a casa se le notaba si había tenido un mal día.
Mateo pasó el dedo por el borde de la fotografía.
—¿Cómo?
—No hablaba. Se quitaba la chaqueta, se lavaba las manos y se quedaba un rato sentado. Eso era todo.
Mateo miró la cara de su padre.
—A lo mejor no hacía falta más.
—A veces no.
Su madre recogió las tazas.
—¿Y tú? ¿Has aprendido algo con todo esto?
Mateo dejó la fotografía sobre la mesa.
—Que hay que tener cuidado con lo que uno cree saber.
—Eso ya lo sabías.
—Entonces no he aprendido nada nuevo.
—Algo habrás aprendido.
Mateo pensó en Ferrer, en Andrés, en Julián escondido en una pensión y en las páginas de su propio cuaderno.
—Que una persona puede tener miedo y seguir siendo responsable de lo que hace.
Su madre se quedó callada.
—Eso sí parece nuevo.
—Puede ser.
Ella se acercó a la ventana y abrió un poco la persiana.
—¿Y has dejado la policía por algo parecido?
Mateo no respondió enseguida.
—La dejé porque ya no sabía si estaba investigando para encontrar respuestas o para demostrarme que no me había equivocado.
Su madre volvió a mirarlo.
—¿Y ahora?
—Ahora intento saber la diferencia antes de empezar.
Ella asintió.
—Eso me gusta más.
Cuando Mateo se levantó para marcharse, su madre le puso una bolsa con comida.
—No necesito esto.
—No te he preguntado.
—Gracias.
—Y arregla el reloj.
Mateo se tocó el bolsillo.
—Funciona.
—Eso decías de tu coche.
—El coche también funciona.
—Pues entonces tienes dos cosas que funcionan mal.
Mateo se rio mientras se ponía el abrigo.
En la calle se quedó unos segundos quieto. No sentía que hubiera resuelto nada importante durante aquella comida. Había hablado de su padre sin convertirlo en una pieza de una investigación. Le pareció suficiente.
El lunes por la mañana volvió a la oficina.
Encontró una nota de Herrera junto al teléfono.
“Llámame.”
Mateo lo hizo.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué me llamas?
—Porque quiero corregir una cosa.
Mateo cogió el lápiz.
—Dime.
—La copia de 1958 que te llevé. He vuelto a revisar el legajo.
—¿Y?
—La inicial del margen no está vinculada al destinatario. Puede ser una marca interna. No podemos usarla para sostener que era Ortega.
Mateo dejó el lápiz.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Sí. Una cosa menos que imaginar.
Herrera se rio.
—Eso sí que es una novedad.
—¿Algo más?
—No.
—Entonces gracias.
—No me des las gracias. Me debes un café.
—Eso sí puedo pagarlo.
—Lo sé. Por eso te lo pido.
Quedaron para el miércoles.
Aquella llamada le quitó a la carpeta de Salcedo el último brillo que pudiera haber tenido.
Mateo la abrió y corrigió la anotación:
“Inicial marginal sin valor identificativo.”
Debajo escribió:
“Salcedo: referencia compatible con entregas de documentación en 1958. Destinatario desconocido. Sin relación demostrada con Ferrer u Ortega.”
Después cerró la carpeta.
Durante un momento pensó en llamar a Salcedo si conseguía localizarlo.
No lo hizo.
La promesa hecha a Herrera no era una regla de policía. Era una manera de protegerse de sí mismo.
Una comprobación había sido suficiente.