19. El papel doblado
Elena apareció sin avisar a la hora de comer. Traía una carpeta de cartón y una bolsa pequeña de papel.
—¿Tiene cinco minutos?
—Si son cinco de verdad.
—No lo sé.
Entró y dejó la carpeta sobre la mesa.
—Julián ha vuelto al trabajo.
—Eso me dijo la última vez que hablamos.
—Esta vez de verdad. Ha vuelto a hacer su horario normal. Incluso se ha quejado de que el café de la empresa está peor que antes.
Mateo sonrió.
—Entonces sí está recuperándose.
Elena abrió la carpeta.
—He encontrado esto entre los papeles de mi padre.
Sacó una hoja doblada varias veces. No era un informe ni una nota relacionada con la mina. Era una anotación doméstica: una fecha, una cantidad de dinero y la referencia a un pago retrasado.
Mateo la leyó.
—¿Qué esperaba encontrar?
—No lo sé. Algo que explicara por qué mi padre nunca hablaba de Ferrer.
—Y ha encontrado una cuenta pendiente.
—Sí.
Elena se sentó.
—Me ha decepcionado.
Mateo dejó el papel sobre la mesa.
—Eso también es una respuesta.
—¿Cómo?
—Porque quizá llevaba años buscando en los papeles una versión de su padre que los papeles no podían darle.
Elena miró la hoja.
—Mi madre dice que mi padre era así. Que apuntaba hasta el dinero que le debía un vecino.
—Parece que tenía buena memoria y poca confianza en ella.
Elena se rio.
—Eso sí es verdad.
Durante unos segundos ninguno habló.
—Julián me ha pedido que le diga una cosa —añadió Elena.
—¿Qué cosa?
—Que siente haberte metido en todo esto.
—No hace falta.
—También dice que está avergonzado de haberse escondido.
—No tiene por qué.
—Eso le dije.
Mateo dobló de nuevo la hoja.
—¿Quiere que la guarde?
—No. Quiero llevarla a casa.
—Entonces llévela.
Elena cogió el papel y lo guardó en la carpeta.
—¿De verdad ha terminado?
Mateo miró el expediente cerrado que estaba junto al teléfono.
—Sí.
—¿Y Ferrer?
—Murió en un accidente de trabajo. Después quedaron documentos incompletos, gente que sabía unas cosas y calló otras, y años suficientes para que cada uno recordara lo que necesitaba recordar. No tengo pruebas para decir más.
Elena bajó la mirada.
—Mi padre nunca fue un héroe.
—No hacía falta que lo fuera.
—Ya.
Ella guardó la carpeta en la bolsa.
—Gracias, Mateo.
—No me dé las gracias todavía. Tengo que devolverle el sobre.
Elena levantó una ceja.
—¿Todavía lo tiene?
—Sí.
—Pensaba que lo había devuelto.
—Yo también.
Por primera vez desde que había empezado el asunto, Elena se rio sin esfuerzo.
—Entonces tendré que esperar un día más.
Cuando se marchó, Mateo no abrió el expediente.
Miró el reloj y decidió ir a comer.
En la calle había empezado a llover. Se puso el impermeable y caminó hasta una casa de comidas cercana. No era un lugar que tuviera nada que ver con la investigación. Precisamente por eso le apetecía entrar.
Pidió un plato del día y se sentó junto a una pared. Dos obreros hablaban de una obra que llevaban retrasada. En otra mesa, un hombre leía el periódico mientras esperaba el café. Una pareja discutía en voz baja sobre el alquiler.
Mateo comió despacio.
No pensó en Ferrer.
Al terminar, pagó y regresó a la oficina.
Sobre la mesa encontró una llamada pendiente de una mujer que quería localizar a su hermano. Mateo devolvió la llamada.
—¿Cuánto tiempo lleva sin saber de él?
—Tres semanas.
—¿Y eso es normal?
—No.
—¿Han discutido?
—Sí.
—¿Por dinero?
—Por una casa.
Mateo anotó la dirección y el lugar donde el hombre había trabajado por última vez.
—Haré algunas comprobaciones.
—¿Lo encontrará?
—Intentaré encontrarlo.
—¿Es lo mismo?
—No.
La mujer guardó silencio.
—Me gusta más eso que lo que me han dicho los demás.
Cuando colgó, Mateo miró la hoja.
Un nombre.
Una dirección.
Un número de teléfono.
Nada más.
Guardó el expediente de Valera en el armario y abrió el nuevo.
Aquella tarde siguió dos pistas por teléfono y al día siguiente habló con un antiguo compañero del hombre. No consiguió una dirección, pero sí un lugar donde preguntar. En la segunda visita encontró a una mujer que conocía al hermano y le dio un barrio de las afueras.
Mateo fue allí solo.
El hombre estaba en una habitación alquilada. No había desaparecido por un misterio. Había discutido con su hermana, se había quedado sin dinero y no quería volver a casa todavía.
Mateo no le pidió explicaciones.
—Su hermana quiere saber si está bien.
—¿Se lo ha dicho?
—Sí.
—¿Le ha dado la dirección?
—No.
El hombre respiró con alivio.
—Gracias.
—No me las dé. Llámela cuando esté preparado.
—Lo haré.
Mateo salió de la pensión con una sensación tranquila. No había descubierto nada extraordinario y, precisamente por eso, el trabajo le había parecido más cercano a la razón por la que había empezado a investigar por su cuenta.
No siempre había que explicar un pasado.
A veces bastaba con encontrar a alguien que se había apartado de su propia vida durante unos días.