El nombre de la fotografía (Mateo Rivas 1) 18. La habitación de Andrés
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18. La habitación de Andrés

La dirección de Manuel Ortega correspondía a un antiguo almacén de mercancías situado en un bajo estrecho. Mateo había llegado hasta allí porque uno de los documentos de Andrés mencionaba la empresa para la que su padre había trabajado.

No esperaba encontrar la empresa. Había desaparecido hacía años.

En su lugar había un taller de reparación de radios. Desde la puerta se escuchaba una voz femenina en la radio y el chasquido intermitente de una herramienta contra una carcasa metálica.

El propietario levantó la cabeza.

—¿Qué desea?

—Estoy intentando confirmar una dirección antigua.

Mateo le enseñó el papel.

El hombre se limpió las manos con un trapo y lo leyó.

—Eso era antes de mi tiempo.

—¿Mucho antes?

—Mi padre tenía el local de al lado. Yo empecé aquí después de la mili.

—¿Hablaba de la empresa?

—De los camioneros. De los hombres que venían a recoger cosas. Pero no sabría decirle nombres.

Mateo guardó el papel.

—No busco a nadie en concreto. Solo quiero saber si la empresa existió realmente aquí.

—Existió.

—Gracias.

El hombre volvió a la radio.

Mateo estaba ya en la calle cuando oyó que lo llamaba.

—Espere.

Regresó al taller.

—Había uno que venía con frecuencia —dijo el hombre—. Mi padre lo llamaba el de los paquetes.

—¿Cuándo?

—Yo era pequeño. No sabría decirle el año.

—¿Recuerda el apellido?

—No.

—¿La cara?

El hombre soltó una risa.

—De eso menos todavía.

Mateo agradeció la información y se marchó.

En otra época habría intentado sacar de aquel recuerdo una identificación. Ahora no.

De vuelta en el despacho, colocó el recibo de Andrés sobre la mesa y escribió al margen:

“Empresa comprobada. Testimonio indirecto. Sin identificación.”

La frase le pareció suficiente.

A media tarde apareció Andrés.

No llevaba carpeta ni papeles. Solo el sombrero y una expresión cansada.

—¿Puedo pasar?

Mateo señaló la silla.

Andrés se sentó sin quitarse el sombrero.

—He estado pensando en lo que hablamos.

—Eso puede ser peligroso.

Andrés sonrió, pero enseguida volvió a ponerse serio.

—Mi padre tenía una habitación que casi nunca utilizábamos. La llamábamos el cuarto de atrás.

Había cajas, herramientas, cosas de trabajo.

Mateo esperó.

—Después de que murió, mi madre quiso vaciarla. Yo no dejé que tirara nada. Luego pasaron los años y fui metiendo más cosas allí. Hace dos días entré a buscar una herramienta y encontré una caja que no recordaba.

—¿Qué había dentro?

—Poca cosa. Facturas. Un cuaderno sin escribir. Unas cartas. Y una libreta negra.

Mateo no se movió.

—¿La libreta de la que me habló?

—No sé si era esa. Mi padre tenía varias.

—¿La conserva?

Andrés bajó la mirada.

—No.

—¿Qué hizo con ella?

—La rompí.

Mateo dejó pasar unos segundos.

—¿Por qué?

—Porque me dio miedo.

La respuesta salió sin defensa, y eso hizo que Mateo no preguntara inmediatamente.

Andrés se quitó el sombrero y lo dejó sobre las rodillas.

—No había nada que dijera “Ferrer” ni nada parecido. Solo nombres, números y anotaciones.

Algunas estaban tachadas. Pensé que si usted la veía iba a encontrar otra cosa que buscar.

—Quizá no.

—Ya lo sé.

—¿Por qué la rompió entonces?

Andrés se quedó mirando sus manos.

—Porque durante toda mi vida he tenido la sensación de que mi padre había estado cerca de algo que no entendía. Y cuando usted empezó a preguntar, pensé que por fin iba a saberlo.

Después comprendí que quizá no quería saberlo.

Mateo se inclinó ligeramente hacia delante.

—¿Su padre hablaba de Ferrer?

—Muy pocas veces. Siempre como de alguien que había muerto en el trabajo. Nunca dijo que lo hubieran matado.

—¿Y la fotografía?

—Sabía que existía una copia. Eso sí lo recuerdo.

—¿La que usted destruyó?

—No. Una copia que tenía mi padre. La segunda, si era esa, nunca la vi.

Mateo no corrigió la confusión. Había aprendido que algunas conversaciones se estropeaban cuando uno ordenaba demasiado pronto los términos.

—¿Qué le dijo a Julián?

Andrés respiró hondo.

—Que dejara de preguntar.

—Eso ya lo sé.

—Le dije que no sabía en qué se estaba metiendo. Que mi padre había tenido problemas por hacer preguntas. Que no quería que acabara igual.

—¿Lo amenazó?

—No.

—¿Lo presionó?

Andrés levantó los ojos.

—Sí.

Mateo tomó nota.

—Eso sí importa.

—Lo sé.

—Pero no convierte a su padre en responsable de la muerte de Ferrer.

—También lo sé.

Andrés guardó silencio. Después preguntó:

—¿Usted cree que mi padre fue un cobarde?

Mateo tardó un momento.

—Creo que tuvo miedo.

—No es lo mismo.

—No. Y tampoco son palabras que debamos usar como si fueran una sentencia.

Andrés asintió despacio.

—Mi padre transportó documentos que no debía transportar. Eso sí lo sé.

—Sí.

—Y Ferrer murió.

—Sí.

—Y después hubo gente que prefirió callarse.

—Eso también.

Andrés volvió a ponerse el sombrero.

—Entonces, ¿qué queda?

Mateo miró el papel que tenía delante.

—Queda lo que sabemos. Y queda lo que no sabemos.

—Parece poco.

—A veces es bastante.

Andrés se levantó.

—No estoy acostumbrado a que una respuesta sea así.

—Yo tampoco.

Cuando llegó a la puerta, Andrés se volvió.

—Gracias por no hacer de mi padre algo que no fue.

Mateo lo miró.

—Era lo mínimo.

Andrés salió.

Mateo permaneció de pie unos segundos. Después abrió el cajón donde guardaba el expediente de Valera y sacó una hoja en blanco.

Escribió:

“Manuel Ortega: transportó documentación. Motivo y destinatarios no establecidos. Sin relación demostrada con la muerte de Ferrer.”

La fecha quedó debajo.

Guardó la hoja.

No había nada más que hacer con ella.