17. Los nombres de antes
Herrera pasó por el despacho dos días después de que Mateo cerrara el expediente de Julián.
Llegó cuando ya empezaba a oscurecer y dejó el sombrero sobre una silla, como hacía siempre que no pensaba quedarse mucho tiempo. Traía una carpeta delgada bajo el brazo y el gesto de quien llevaba varios días pensando si debía entregar algo o guardárselo para sí.
Mateo puso café en dos tazas. Herrera esperó a que se sentara antes de abrir la carpeta.
—He conseguido una copia del registro de 1958.
—¿La misma referencia?
—La misma.
Sacó dos hojas y las dejó sobre la mesa.
Mateo no las tocó todavía.
—¿Original?
—No. Copia de archivo.
—¿Y quién la hizo?
—Un funcionario de entonces. La letra coincide con otras anotaciones del mismo legajo.
Mateo tomó las hojas. El nombre de Emilio Salcedo aparecía en una relación de entregas. La referencia a Linares-Baeza era clara, pero no había destinatario final ni descripción suficiente para saber qué contenía el paquete.
En el margen figuraba una inicial.
M.
Mateo levantó la vista.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
—Podría ser Manuel.
—Podría ser Martínez. Morales. Miguel. O una cosa que no tenga nada que ver con el apellido.
Mateo volvió a mirar la inicial.
—Lo sé.
Pensó, sin decirlo, en el hombre del traje gris de la cafetería de Almería.
Nunca había llegado a convertirlo en una prueba, y no pensaba empezar ahora solo porque una letra suelta le tentara a hacerlo.
Pero guardó la coincidencia en el mismo cajón mental donde guardaba las cosas que no estaban demostradas y tampoco estaba dispuesto a olvidar.
Herrera se acomodó en la silla.
—Precisamente por eso te lo traigo.
—Porque sabes que voy a querer convertir una letra en una persona.
—Porque sé que, si no te la traigo, acabarás encontrándola por otro lado y quizá entonces ya tengas media historia montada alrededor.
Mateo dejó las hojas sobre la mesa.
—¿Tú qué harías?
Herrera se quedó pensando.
—Como policía, cerraría la carpeta. Como amigo, comprobaría una cosa más.
—¿Cuál?
—Si Salcedo existió de verdad en ese circuito de transportes y qué clase de trabajo hacía. Nada sobre Ferrer. Nada sobre Ortega. Solo eso.
Mateo inclinó la cabeza.
—Una comprobación.
—Una.
—Y después lo dejo.
Herrera lo señaló con un dedo.
—Eso lo dices tú.
—Lo digo ahora.
—Pues procura acordarte cuando estés delante de alguien que recuerde una gorra, una cartera o una cara que se parezca a otra.
Mateo recogió las hojas y las guardó.
—Gracias.
Herrera se levantó.
—No me las des todavía. Puede que vuelva a arrepentirme de habértelas traído.
—Eso también lo dices tú.
—Sí. Pero yo tengo derecho a hacerlo.
Se puso el sombrero y salió. Mateo escuchó sus pasos por la escalera hasta que la puerta del portal se cerró.
No abrió la carpeta otra vez aquella noche.
Al día siguiente compró un billete para Linares-Baeza.
No llevaba la fotografía de Rodalquilar. Tampoco el expediente de Valera. Solo la copia de 1958, su cuaderno y una hoja en blanco. Quería evitar que el caso reciente condicionara una comprobación que, en realidad, pertenecía a seis años atrás.
El viaje transcurrió sin incidentes. Mateo pasó buena parte del trayecto junto a la ventanilla, leyendo por segunda vez la anotación de Herrera y cerrando después la carpeta.
Los campos aparecían y desaparecían al otro lado del cristal con la lentitud propia de un viaje largo.
En algunas estaciones subían viajeros con paquetes envueltos en papel, hombres con maletas pequeñas, mujeres que acomodaban a los niños junto a ellas.
Cada uno parecía llevar una historia que no tenía nada que ver con la suya.
Al llegar a Linares-Baeza, Mateo no fue directamente a preguntar por Salcedo.
Caminó primero por la estación y observó el movimiento de mercancías y viajeros.
Había pasado por allí otras veces, pero nunca había tenido un motivo para detenerse a mirar cómo se organizaba el lugar cuando no estaba persiguiendo una respuesta urgente.
Un empleado joven le indicó el despacho donde podían orientarle. Allí le dijeron que los registros antiguos de personal y transporte no estaban disponibles para una consulta como la que pretendía hacer y que, en cualquier caso, muchos nombres se repetían.
—Salcedo hubo varios —le explicó el empleado.
—Busco a Emilio.
—Eso ya es más difícil.
Mateo le enseñó la copia.
El hombre la miró sin tocarla.
—Si esto es de 1958, puede que el hombre trabajara por una empresa que ya ni existe.
—Eso es lo que intento averiguar.
—Entonces tendrá que preguntar a alguien que llevara aquí muchos años.
—¿Conoce a alguien?
El empleado señaló hacia un despacho al fondo.
—Don Eusebio. Si tiene paciencia con usted.
Eusebio estaba sentado junto a una mesa llena de papeles. Tenía las manos grandes y una rodilla que parecía dolerle incluso cuando estaba quieto. Miró a Mateo por encima de las gafas.
—¿Qué quiere?
—Preguntar por Emilio Salcedo.
—¿Qué Emilio Salcedo?
—Uno que trabajaba haciendo entregas para una empresa de transporte.
Eusebio se recostó en la silla.
—Eso describe a demasiada gente.
—La anotación es de 1958. Linares-Baeza.
Mateo le mostró el papel.
El hombre lo examinó durante unos segundos.
—La letra no me dice nada.
—¿El nombre?
—Tampoco.
Mateo guardó la copia.
—No importa.
—Espere. —Eusebio levantó una mano—. Puede que el apellido me suene por otra cosa.
Se quedó mirando el techo.
—Había un muchacho que venía algunas veces con documentación. Moreno, delgado. Siempre llevaba prisa.
Mateo no escribió nada.
—¿Cómo sabe que era Salcedo?
—No lo sé.
La respuesta hizo que Mateo sacara el lápiz y lo dejara otra vez sobre la mesa sin usarlo.
—Entonces no me sirve.
—A usted quizá no. A mí me sirve para recordar que uno acaba mezclando las caras con los años.
Eusebio señaló la copia.
—Si busca una entrega concreta, no la encontrará en mi cabeza.
—No buscaba eso.
—Pues mejor. Porque mi cabeza cobra más caro que los archivos.
Mateo sonrió apenas.
—Gracias por su tiempo.
Ya en la puerta, Eusebio añadió:
—Y no haga una cosa que hacen muchos.
Mateo se volvió.
—¿Cuál?
—No convierta lo que uno recuerda a medias en algo que nunca se dijo.
Mateo sostuvo su mirada un instante.
—Intentaré no hacerlo.
—Pues ya hace más que la mayoría.
Mateo salió de la estación con la sensación de haber obtenido exactamente lo que esperaba: casi nada, pero nada útilmente poco.
Antes de tomar el tren de vuelta escribió en el cuaderno:
“Salcedo: referencia compatible con trabajo de entregas. Identidad no confirmada. Ninguna relación demostrada con Ferrer u Ortega.”
Cerró el cuaderno.
No añadió otra línea.
Aquella tarde, al regresar a Madrid, encontró un mensaje de Elena en la oficina. No le pedía que volviera a investigar. Solo quería hablar con él cuando tuviera tiempo.
Mateo dejó la nota junto al teléfono.
Esta vez no pensó en un documento escondido.
Pensó en una familia que llevaba unas semanas intentando volver a la normalidad.