16. La fotografía de 1948
Mateo consiguió consultar una copia del registro de 1948 donde figuraba la firma de Manuel Ortega.
La examinó junto a la firma atribuida a Ortega en un documento de 1952.
No eran idénticas.
Pero tampoco esperaba que lo fueran.
La caligrafía de una persona cambiaba con los años. Una firma podía hacerse deprisa, con frío, con sueño o delante de alguien que esperaba.
Lo importante era otra cosa.
En ambos documentos aparecía la misma inicial antes del apellido.
Nada más.
Mateo dejó las hojas una junto a otra.
Después colocó una tercera: la de 1958.
No había firma de Ortega.
Solo la referencia a la entrega y la inicial M en el margen.
Había llegado a un punto en el que cualquier investigador poco cuidadoso podía sentirse tentado de unir las tres hojas.
Mateo no lo hizo.
Sacó una regla y trazó tres líneas separadas.
1948. 1949. 1950.
Entre ellas dejó espacio.
—Todavía no —murmuró.
Era una costumbre que había adquirido con los años: hablar en voz baja cuando estaba solo. No porque esperara una respuesta, sino porque algunas preguntas sonaban distintas al pronunciarlas.
Guardó los documentos.
Luego abrió la carpeta de Ferrer.
Había una hoja de Elena, otra de Rafael y varias notas propias.
En una esquina estaba escrita una frase:
“Lo que falta no puede rellenarse con imaginación.”
Mateo la había escrito meses atrás.
Ahora le pareció más útil que nunca.
Se levantó para preparar café.
Mientras esperaba, pensó en el hombre de la fotografía.
Ferrer no sabía que alguien conservaría su imagen durante dieciséis años.
Ortega probablemente tampoco sabía que su nombre aparecería en una conversación de 1964.
Salcedo no podía haber imaginado que una anotación de seis años antes volvería a buscarlo.
Ninguno de ellos había actuado pensando en el futuro.
Aquello era lo que hacía que las historias reales fueran tan difíciles de ordenar.
Las personas no viven sabiendo qué parte de sus actos será importante después.
Mateo apagó el fuego.
Volvió a la mesa.
Y, por primera vez, escribió una frase completa en su bloc:
“Quizá no busco a un hombre. Quizá busco el recorrido de unos papeles.”
La leyó.
No la tachó.
Pero añadió debajo:
“Hipótesis, no conclusión.”
La idea del recorrido cambió su manera de trabajar.
Mateo pidió datos sobre movimientos de documentación entre Rodalquilar, Almería, Linares y Madrid durante los años en que aparecían los nombres de Ferrer y Ortega.
No encontró una línea continua.
Encontró fragmentos.
Una entrega en 1948.
Una referencia administrativa en 1952.
Otra en 1958.
No había un documento que dijera que todo formaba parte de lo mismo.
Eso, paradójicamente, le tranquilizó.
Si hubiera aparecido una cadena perfecta, le habría resultado sospechosa.
Las cosas reales dejaban huecos.
Una mañana visitó a un antiguo empleado de una empresa de transporte que había trabajado en Madrid durante los cincuenta. Era un hombre de sesenta años, de manos grandes y voz pausada.
—Los papeles viajaban peor que las personas —dijo.
—¿Por qué?
—Porque a una persona se le pregunta dónde va. Al papel se le mete en una carpeta y se acabó.
Mateo hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
—¿Podía pasar una documentación de una empresa a otra sin que quedara todo registrado?
—Claro.
—¿Era habitual?
—Depende.
—¿De qué?
—De quién la llevaba.
Mateo permaneció en silencio.
—Si era un empleado conocido, firmaba. Si era un recadero, se anotaba menos. Si iba con mercancía, muchas veces la documentación viajaba con ella.
—¿Y si después faltaba una hoja?
—Pues faltaba.
—¿Nadie preguntaba?
El hombre se encogió de hombros.
—Algunas veces sí. Otras veces había cosas más importantes.
—¿Como cuáles?
—Que llegara el camión. Que estuviera la mercancía. Que pagaran.
Mateo apuntó.
—¿Conoció a Manuel Ortega?
—No.
—¿Emilio Salcedo?
El hombre pensó.
—Ese apellido sí.
—¿Qué recuerda?
—Que hacía trabajos de oficina y transporte. Nada especial.
Mateo cerró el bloc.
—Eso parece ser lo que más se repite.
—¿El qué?
—Que nadie era especial.
El hombre sonrió.
—Eso es porque usted está preguntando ahora. En aquella época, cada uno estaba a lo suyo.
Mateo salió con una conclusión modesta.
Los documentos podían haber viajado durante años sin que existiera una organización detrás.
No hacía falta una mano invisible.
Bastaba con oficinas, prisas, trabajadores y gente que firmaba sin leer demasiado.
La posibilidad era menos espectacular.
También era más creíble.
A principios de primavera, Mateo reunió todas sus notas.
No las ordenó como un detective que prepara una acusación.
Las ordenó como un hombre que quería recordar qué había averiguado y qué no.
En la primera página escribió:
“Ferrer: accidente laboral, 17 de octubre de 1948. No hay pruebas de asesinato.”
En la segunda:
“Ferrer había visto o sospechado irregularidades en documentación. No sabemos exactamente cuáles.”
En la tercera:
“Manuel Ortega: aparece relacionado con transporte o recepción de documentación en distintos años. No está demostrada una relación directa con la muerte de Ferrer.”
En la cuarta:
“Emilio Salcedo: relacionado con una entrega de documentación en 1958. Su papel exacto no está claro.”
En la quinta:
“Julián Valera: investigó estas discrepancias en 1964. Se ocultó voluntariamente después de sentirse presionado. Caso resuelto.”
Mateo dejó el lápiz.
Aquello era suficiente.
No porque hubiera descubierto toda la verdad, sino porque había conseguido separar la verdad conocida de las preguntas pendientes.
Guardó las notas junto a las fotografías.
Después tomó la carpeta de 1958.
La abrió por última vez.
La frase seguía allí.
“Octubre de 1958. Emilio Salcedo. Preguntar por el hombre que entregó el paquete en Linares- Baeza.”
Mateo pasó el dedo por la tinta.
Aquella nota había esperado ocho años.
Él también había cambiado en ocho años.
Ya no era el hombre que había escrito “puede ser mentira” en un margen sin comprobar qué quería decir con ello.
Ahora sabía esperar.
Cerró la carpeta.
Antes de guardarla, añadió una hoja nueva.
“Revisado en 1964. No establecer relación con Rodalquilar sin nueva evidencia.”
Firmó con sus iniciales.