El nombre de la fotografía (Mateo Rivas 1) 15. El hombre del paquete
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15. El hombre del paquete

Durante varias semanas, Mateo dejó el asunto quieto.

La vida del despacho volvió a ocupar su espacio habitual.

Había días con tres clientes y días sin ninguno.

Un hombre buscaba a un hermano con el que llevaba años sin hablar.

Una mujer quería saber si una carta recibida desde Sevilla había sido realmente escrita por su marido.

Un comerciante necesitaba comprobar si un empleado estaba utilizando su nombre para hacer pedidos.

Mateo trabajaba.

Escuchaba.

Anotaba.

Y cobraba cuando podía.

El expediente de Ferrer permanecía en un cajón.

A mediados de enero recibió una carta de Rafael.

Era breve y estaba escrita con letra temblorosa.

“Mateo:

He vuelto a pensar en la libreta. Hay una cosa que quizá recuerde mal, pero prefiero decírsela.

El hombre que la cogió no salió de la casa con ella inmediatamente. Estuvo un rato hablando con otro hombre en la puerta. No sé de qué.

No sé quiénes eran.

Perdone que le dé estas cosas a medias.

Rafael.”

Mateo dejó la carta sobre la mesa.

No era una pista.

Era un recuerdo.

Y debía tratarlo como tal.

Sin embargo, había algo que le interesaba: Rafael había empezado a separar lo que sabía de lo que creía saber.

Eso era exactamente lo que Mateo intentaba hacer.

Abrió el bloc.

Escribió:

“Rafael: hombre que retira libreta, identidad desconocida. Posible conversación en puerta. Sin contenido conocido.”

Debajo añadió:

“Salcedo no identificado.”

Después cerró el cuaderno.

La investigación no avanzaba.

Pero tampoco necesitaba avanzar todos los días.

Aquello era una de las cosas que había aprendido con los años: algunos asuntos no se resolvían empujándolos. A veces había que dejarlos quietos hasta que apareciera una persona, un documento o una memoria que permitiera mirarlos de otra manera.

En febrero, mientras revisaba una caja de documentos para otro asunto, Mateo encontró una hoja que había pasado por alto.

No pertenecía al expediente de Ferrer.

Era una copia de un registro antiguo que había pedido meses atrás.

La hoja estaba doblada por la mitad.

Mateo la abrió.

En el margen aparecía una anotación casi borrada:

“Ortega. Entrega recibida. Confirmar destino.”

No había fecha visible.

Debajo, otra mano había escrito una palabra que apenas podía leerse.

“Linares.”

Mateo permaneció inmóvil.

No porque hubiera encontrado la respuesta.

Sino porque había encontrado otra coincidencia.

La dobló de nuevo y la guardó.

Después buscó en el índice las referencias de 1948, 1952 y 1958.

Las colocó juntas.

1948: Ortega.

1952: Ortega.

1958: Salcedo y una entrega de documentación.

No podía hacer más con aquello.

Se levantó y fue hasta la ventana.

Madrid estaba gris.

Los coches avanzaban despacio y la gente caminaba con los cuellos de los abrigos levantados.

Mateo pensó en Rodalquilar, en el calor seco, en el polvo que entraba por las ventanas y en Tomás diciendo que Ferrer había preguntado demasiado.

Pensó también en Andrés.

No parecía un hombre que quisiera proteger a su padre de la justicia.

Parecía un hombre que quería protegerlo de una historia que no comprendía.

Era diferente.

Mateo volvió a la mesa.

En lugar de abrir otra carpeta, tomó una hoja limpia.

Escribió:

“Hipótesis de trabajo: personas distintas, documentos que circulan durante años. No asumir continuidad.”

La leyó.

Le parecía correcta.

Debajo añadió:

“Si existe una continuidad, habrá que demostrarla por los documentos, no por los nombres.”

Guardó la hoja.

Después se puso el abrigo.

Tenía una cita con un cliente en Carabanchel.

El asunto de Ferrer podía esperar.

Rafael volvió a llamar una semana más tarde.

—Me he acordado de otra cosa.

Mateo hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

—Empiezo a acostumbrarme.

—No se acostumbre demasiado. Puede que me equivoque.

—Eso ya lo tenemos claro.

El anciano soltó una pequeña risa.

—Cuando Ferrer murió, alguien vino a hablar con mi cuñado.

—¿Con Tomás?

—Sí. Yo lo vi de lejos, entrando en su casa.

Chaqueta oscura, de esas que entonces solo se ponían para ir a algún sitio importante.

No sabría decirle mucho más: la edad, quizá cuarenta y tantos, como nosotros por entonces.

Le dijo algo a Tomás. A mí no me dijo nada, ni falta que hacía, porque yo ya sabía que no era asunto mío.

Mateo dejó que el silencio hiciera la siguiente pregunta por él.

—¿Y qué hizo Tomás después de aquello?

—Nada. —Rafael se tomó su tiempo—. Siguió trabajando. Eso era lo que hacíamos entonces.

Trabajar. No suena a mucho, pero así era.

—¿Por qué recuerda esto ahora?

—Porque ayer vino mi nieto. Me preguntó por una fotografía vieja y me acordé de que antes de tener cámaras en todas partes uno tenía que conservar las cosas si quería volver a verlas.

—Eso sí es verdad.

—Y pensé que quizá usted estaba intentando conservar demasiado.

Mateo miró las fotografías.

—Puede ser.

—No le digo que pare.

—Ya lo sé.

—Solo que tenga cuidado con lo que llama verdad.

Mateo se quedó callado.

—Rafael.

—¿Sí?

—¿Tomás sigue viviendo allí?

—Sí.

—¿Le ha contado esto?

—No.

—¿Por qué?

—Porque si no se acuerda, no quiero ponerle recuerdos en la cabeza.

Mateo cerró los ojos un instante.

Aquello era exactamente lo que necesitaba oír.

—Ha hecho bien.

—Ya me lo dirá usted cuando sea viejo.

—No pienso discutirle eso.

Se despidieron.

Mateo dejó el teléfono y miró el reloj.

Por primera vez en mucho tiempo no sintió la necesidad de hacer nada.

Tomó las dos fotografías, las guardó en su sobre y escribió en el exterior:

“Rodalquilar. 1948. No interpretar sin documentación.”

Luego las dejó en el cajón.

En marzo, Mateo recibió una última visita de Andrés.

—He encontrado esto.

Le entregó una hoja pequeña.

Era una nota escrita a máquina, sin firma.

“Manuel, no vuelvas a guardar papeles de otros.”

Mateo la leyó.

—¿Cuándo apareció?

—Estaba dentro de un libro de mi madre.

—¿Sabe quién la escribió?

—No.

—¿Cuándo?

—Tampoco.

Mateo le devolvió la hoja.

—Entonces no puedo utilizarla como prueba de nada.

Andrés asintió.

—Lo imaginaba.

—Pero sí puede conservarla.

—Eso haré.

Se quedaron en silencio.

—¿Cree que mi padre hizo algo malo? —preguntó Andrés.

Mateo tardó unos segundos.

—Creo que hizo cosas que después le pesaron.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Y Ferrer?

—Creo que murió en un accidente.

Andrés bajó la mirada.

—¿Entonces por qué sigue buscando?

Mateo miró la calle.

—Porque una cosa puede estar cerrada y otra no estar explicada.

Andrés aceptó la respuesta.

Cuando se marchó, Mateo guardó la nota junto a las demás copias.

No había encontrado una conspiración.

No había encontrado un asesino.

Había encontrado algo más incómodo: una cadena de personas corrientes que habían tomado decisiones

pequeñas sin saber hasta dónde llegarían sus consecuencias.

Quizá eso era todo.

Quizá no.

Mateo cerró el cajón.

Esta vez no volvió a abrirlo.

El invierno de Madrid llegó sin dramatismo, con varios días de frío seco y mañanas en las que el cielo parecía más bajo de lo habitual. Mateo había dejado el abrigo colgado detrás de la puerta del despacho y trabajaba con la ventana cerrada. En la calle, los pasos sonaban más deprisa que en otoño.

Tenía sobre la mesa el expediente de 1958, la copia de la hoja de tránsito y las notas de Rafael.

Había decidido no hacer más preguntas durante un tiempo.

Aquella decisión duró hasta las cinco.

A esa hora apareció una mujer de unos cincuenta años, bien vestida pero sin lujo, que preguntó por él.

—¿El señor Rivas?

—Soy yo.

—Me han dado su dirección.

Mateo señaló la silla.

—Siéntese.

La mujer dejó el bolso en el suelo.

—Busco a mi hermano.

Mateo cogió el bloc.

—¿Desde cuándo no sabe de él?

—Desde hace cuatro meses.

—¿Ha denunciado la desaparición?

—No.

Mateo levantó los ojos.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que la familia se entere todavía.

Aquello no era extraño. En su trabajo había aprendido que la desaparición de una persona rara vez empezaba con una historia sencilla.

—Cuénteme.

La mujer habló durante casi media hora.

Mateo escuchó.

Cuando terminó, le explicó cuánto podía hacer y cuánto costaría.

No tenía relación con Ferrer, ni con Ortega, ni con Salcedo.

Era simplemente otro encargo.

Cuando la mujer se marchó, Mateo guardó la información en una carpeta nueva.

Durante un instante miró el cajón inferior.

No lo abrió.

Había comprendido algo mientras escuchaba a aquella mujer: el trabajo que tenía delante también era una forma de mantenerse en el presente.

No necesitaba que cada persona que apareciera por aquella puerta condujera a una historia antigua.

A veces un hombre desaparecía porque quería desaparecer.

Otras veces porque alguien necesitaba que lo encontraran.

Y, algunas veces, porque la familia todavía no estaba preparada para saber dónde estaba.

Mateo apagó la luz del escritorio.

El expediente de 1958 podía esperar.

Tres semanas después, Mateo volvió a hablar con Tomás por teléfono.

La llamada fue corta al principio.

—¿Cómo está?

—Tirando.

—¿Y usted?

—Pues igual.

Mateo preguntó por Ferrer.

Tomás guardó silencio.

—Hace años que no hablo de eso.

—No necesito que recuerde lo que no recuerde.

—Eso está bien.

Se oyó una puerta al otro lado.

—Mi mujer dice que no remueva cosas viejas.

Mateo no respondió.

—Y quizá tenga razón.

—Puede ser.

—Pero hay una cosa que sí recuerdo.

Mateo cogió el lápiz.

—Dígame.

—Ferrer tenía una costumbre.

—¿Cuál?

—Cuando estaba preocupado, se quitaba el reloj y lo dejaba encima de la mesa.

—¿Eso es importante?

—No tengo una respuesta para eso. Usted es el que pregunta.

—Tiene razón.

Tomás continuó:

—La noche antes de morir vino a verme. No estuvo mucho tiempo.

—¿Qué quería?

—Ferrer dijo un nombre esa noche, pero no le prestaba atención. Estaba pensando en el turno del día siguiente, si quiere que le sea sincero. Pudo ser Ortega. Pudo ser otro. Hay cosas que uno solo entiende que eran importantes mucho después de haberlas dejado pasar.

Mateo no insistió en el nombre. Preguntó por lo otro.

—¿Qué quería de usted esa noche?

—Nada. Solo hablar. —Tomás carraspeó al otro lado de la línea—. Estaba enfadado, eso sí lo recuerdo bien. No asustado. Enfadado. Con él mismo, me pareció a mí. Y me dijo una cosa que se me quedó: que si uno firmaba algo sin leerlo, luego no podía decir que no sabía.

Mateo escribió la frase exactamente.

—¿Después se marchó solo?

—Sí.

Antes de colgar, Tomás dijo:

—No vaya a hacer con esto una historia que no es.

—No pienso hacerlo.

—Bien.

La llamada terminó.

Mateo permaneció mirando la frase en el bloc.

No era una confesión.

Ni siquiera era una prueba.

Pero encajaba con algo que ya había aparecido varias veces: hombres que recibían documentos sin comprender del todo su contenido y que, años después, recordaban la responsabilidad de haberlos tocado.

Quizá el verdadero peso de aquella historia no estaba en los papeles.

Estaba en las firmas.