El nombre de la fotografía (Mateo Rivas 1) 14. El nombre que faltaba
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14. El nombre que faltaba

A finales de diciembre, Mateo empezó a preguntar por Emilio Salcedo de una manera distinta.

No buscaba ya una dirección ni una ocupación. Quería saber quién había sido aquel hombre antes de que apareciera en el expediente de 1958.

La primera persona que pudo ayudarle fue un antiguo empleado de una oficina de transportes de Linares. Vivía ahora en Madrid y conservaba una memoria sorprendentemente precisa para unas cosas y completamente inútil para otras.

—Salcedo era de Linares —dijo el hombre—. O eso creo.

—¿No está seguro?

—Hombre, seguro, seguro… de eso no hay muchas cosas en esta vida.

Mateo hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.

—¿Cómo era?

—Callado. No de esos callados que parecen enfadados. Callado de trabajar y marcharse a su casa.

—¿Tenía familia?

—Sí. Una hermana. El padre había estado en el ferrocarril, creo.

Mateo levantó la vista.

—¿Ferroviario?

—Eso me parece. Pero no me ponga usted una fecha porque ahí ya no respondo.

—No necesito una fecha.

—Pues menos mal.

El hombre se recostó en la silla.

—Salcedo hacía recados. Papeles, albaranes, cosas así. No era un hombre importante.

—¿Tenía trato con empresas de fuera?

—Claro. En Linares había mucha gente que trabajaba para unos y para otros. Las cosas se movían. Mineral, herramientas, papeles, piezas… Lo que fuera.

—¿Y la estación?

—La estación era medio pueblo. Si quería enterarse de algo, allí siempre había alguien que sabía una parte.

Mateo anotó aquello.

—¿Recuerda a Manuel Ortega?

El hombre negó despacio.

—Ese nombre sí me suena.

—¿De qué?

—De papeles, como casi todos esos nombres.

—¿Lo conoció?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—¿Entonces por qué le suena?

—Porque los nombres se quedan. Las caras no.

Mateo cerró el bloc.

No había conseguido una relación entre Ortega y Salcedo.

Pero había comprendido algo sobre el segundo: no era un hombre que hubiera elegido participar en una historia extraña.

Era exactamente el tipo de persona que podía acabar transportando un documento sin saber qué importancia tendría años después.

Al salir, Mateo caminó un rato sin prisa.

Pensó que quizá Ferrer había sido igual.

Un trabajador que había visto algo que no entendía del todo y que, por una razón u otra, había decidido no cargar con ello.

La frase volvía.

No voy a cargar con eso.

Pero Mateo ya no la escuchaba como una amenaza.

La escuchaba como una decisión.

Al día siguiente, Mateo desayunó en un café de barrio donde el camarero lo conocía lo suficiente para no preguntarle qué quería.

—Lo de siempre.

—Ya está.

El café llegó oscuro y fuerte. Mateo abrió el periódico y leyó las noticias sin demasiado interés.

En una mesa cercana, dos hombres discutían sobre una obra que estaban haciendo en una calle próxima.

—Te digo que eso no aguanta.

—¿Y tú qué sabes?

—Lo que he visto.

—Pues yo he visto el proyecto.

—El proyecto no sujeta ladrillos.

Mateo escuchó sin mirar.

Aquella conversación le resultó más útil que algunas declaraciones formales. No porque dijera nada sobre su investigación, sino porque le recordó que la mayoría de la gente hablaba desde lo que había vivido, no desde lo que realmente sabía.

Pagó y salió.

En la acera encontró a Herrera.

—Qué casualidad.

—No creo mucho en las casualidades últimamente —respondió Mateo.

—Entonces vas mal.

Caminaron juntos.

—He hablado con Salcedo —dijo Mateo.

Herrera lo miró.

—¿Y?

—No sabe quién entregó la documentación.

—¿Le crees?

—Creo que tiene miedo de equivocarse.

—No es lo mismo.

—No.

Herrera se metió las manos en los bolsillos.

—¿Y qué vas a hacer?

—Nada por ahora.

—Eso sí que es nuevo.

—Estoy aprendiendo.

Herrera soltó una risa.

—Te está sentando bien dejar la Policía.

Mateo no contestó inmediatamente.

—A veces —dijo—. Otras veces echo de menos saber dónde termina una investigación.

—Nunca termina donde uno quiere.

—Ya.

Se despidieron en una esquina.

Mateo continuó solo.

Le gustaba aquella frase de Herrera porque era sencilla y porque no pretendía ser profunda.

Había cosas que uno aprendía después de muchos años de trabajo y que no necesitaban convertirse en lecciones.

Volvió al despacho.

Encima de la mesa seguían las fotografías.

No las tocó.

Andrés Ortega aceptó enseñarle una caja que había conservado después de la muerte de su madre.

Se encontraron en su casa al anochecer. Era un piso modesto, limpio y cuidado, con muebles que habían pasado de una generación a otra. No había nada misterioso en él.

Andrés sacó la caja de un armario.

—Esto es lo que queda.

Mateo la miró.

—¿Puedo?

—Sí.

Dentro había cartas, recibos, fotografías familiares y algunos papeles sin importancia aparente.

Mateo no revolvió.

—¿Su padre guardaba esto?

—Parte.

—¿La libreta negra?

—No está.

—Ya.

Andrés sacó una fotografía familiar.

Manuel Ortega aparecía mucho más joven, sentado junto a una mujer y dos niños.

—Ese era mi padre.

Mateo estudió la imagen.

No buscó semejanzas.

—¿Dónde fue tomada?

—En Linares.

—¿Cuándo?

—No lo sé. Yo todavía no había nacido.

Andrés guardó silencio.

—Mi padre no era un hombre malo —dijo de pronto.

Mateo levantó la vista.

—No he dicho que lo fuera.

—Ya lo sé. Pero cuando uno habla de cosas antiguas parece que todo acaba siendo blanco o negro.

—Casi nunca lo es.

Andrés acarició el borde de la fotografía.

—Él hizo cosas que no debía.

—¿Qué cosas?

—Llevó papeles. Eso es lo que sé.

—¿Y por qué le preocupaba tanto Ferrer?

Andrés tardó.

—Porque Ferrer había preguntado por esos papeles.

—¿Eso se lo dijo su padre?

—No directamente.

—¿Entonces?

—Lo escuché una vez. Yo era joven. Mi padre estaba hablando con mi madre. Pensaba que yo dormía.

—¿Qué dijo?

Andrés cerró los ojos un instante.

—Dijo que el problema no era lo que había pasado, sino que ahora todos querían saber quién había sabido qué.

Mateo no escribió la frase.

—¿Y su madre?

—Le dijo que dejara aquello. Que bastante tenían.

—¿Su padre le hizo caso?

—Durante muchos años, sí.

Andrés guardó la fotografía.

—¿Por qué me cuenta esto ahora?

—Porque usted me preguntó qué sabía.

Mateo asintió.

No había más.

Al marcharse, Andrés lo acompañó hasta la puerta.

—Si encuentra esa libreta, no la entregue a nadie sin saber antes qué contiene.

Mateo lo miró.

—¿Por qué?

—Porque mi padre pasó demasiados años teniendo miedo de unos papeles que quizá ni siquiera eran importantes.

Mateo comprendió que aquella era probablemente la mejor razón que había escuchado para no precipitarse.