13. Una dirección antigua
El lunes siguiente recibió una llamada de Emilio Salcedo.
Mateo tardó unos segundos en reconocer la voz.
—¿Se acuerda de mí?
—Sí.
—Me han dicho que anda preguntando por aquella historia.
Mateo se quedó quieto.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Eso no importa.
—A mí sí.
Salcedo respiró al otro lado.
—No quiero problemas.
—Yo tampoco.
—Entonces quizá sea mejor dejarlo.
—Eso me lo dijo usted hace seis años.
Hubo silencio.
Mateo recordó la habitación de 1958. El hombre sentado frente a él. La forma en que había evitado mirar directamente a la mesa.
—¿Dónde está? —preguntó Mateo.
—En Madrid.
—¿Podemos vernos?
—No sé.
—No le voy a preguntar por nada que no quiera contestar.
—Eso también lo dijo entonces.
Mateo casi sonrió.
—Entonces al menos no he cambiado tanto.
Quedaron para el día siguiente en una cafetería cercana a Atocha.
Salcedo llegó antes.
Era un hombre más grueso que en 1958 y tenía el pelo completamente gris. Al verlo, Mateo reconoció primero los ojos.
—Ha pasado tiempo —dijo Salcedo.
—Sí.
Se sentaron.
—¿Por qué me busca?
Mateo sacó una hoja doblada.
—Porque encontré una anotación que no entendí bien cuando trabajaba en la Policía.
Salcedo no quiso mirar el papel.
—No debería meterse en eso.
—Eso mismo me dijo entonces.
—Entonces tenía razón.
—Quizá.
Salcedo bajó la voz.
—Yo no sabía qué llevaba aquella caja.
—¿La caja?
—Eso es lo que usted quería saber.
Mateo no respondió.
—Me dijeron que recogiera unos documentos y los entregara más adelante. Eso era todo. Yo hacía trabajos de transporte administrativo. A veces llevaba papeles entre empresas, almacenes y oficinas. No siempre sabía qué había dentro.
—¿Quién se la entregó?
Salcedo miró hacia la ventana.
—Nunca supe la razón.
—¿No lo sabe o no quiere decirlo?
—No tengo una respuesta para eso.
Mateo dejó pasar unos segundos.
—¿Por qué desapareció entonces?
—Porque me asusté.
—¿De qué?
—De no saber.
Aquella respuesta no sonó preparada.
Salcedo continuó:
—La gente cree que uno se asusta cuando sabe algo malo. No siempre. A veces se asusta porque empieza a comprender que otros saben más que uno.
Mateo lo escuchó.
—¿Había un nombre?
—Sí.
—¿Cuál?
Salcedo negó con la cabeza.
—No recuerdo.
—¿Seguro?
—Hace seis años que usted me hizo esa pregunta. Y entonces tampoco lo recordaba.
Mateo aceptó la respuesta.
—¿Había oído hablar de Manuel Ortega?
Salcedo levantó los ojos.
Fue un gesto pequeño.
—Sí.
—¿Dónde?
—En papeles.
—¿Lo conoció?
—No estoy seguro.
—¿Y Ferrer?
Salcedo frunció el ceño.
—No.
Mateo no insistió.
La conversación terminó poco después.
Antes de marcharse, Salcedo dijo:
—Si busca una explicación para todo aquello, no la va a encontrar.
—No estoy buscando una explicación para todo.
—Entonces quizá encuentre algo.
Se levantó y se fue.
Mateo permaneció sentado.
No había obtenido una respuesta clara.
Pero había confirmado algo que no estaba en ningún documento: el miedo de Salcedo en 1958 había sido real.
Y eso, al menos, explicaba una parte de aquel expediente.
Aquella tarde Mateo volvió al despacho y sacó la fotografía de Rodalquilar.
La puso delante de él.
Había dejado de verla como una pieza de un rompecabezas. Ahora la veía como lo que realmente era: una fotografía antigua que había sobrevivido a varias personas.
Vicente Valdés había muerto.
Ferrer también.
Ortega había muerto.
Rafael envejecía.
Andrés sabía una parte de la historia.
Julián había encontrado una contradicción y había intentado entenderla.
Y Mateo había llegado después, cuando casi todos los protagonistas ya no podían corregir sus propias palabras.
Pensó en la libreta de Ferrer.
Si realmente había existido y alguien se la había llevado, podía contener información útil.
También podía contener solamente cuentas, teléfonos y notas de trabajo.
No sabía cuál de las dos cosas era cierta.
Eso era lo que más le interesaba.
Durante la investigación de Julián había sentido la tentación de completar los huecos. Ahora veía con mayor claridad que los huecos formaban parte de la historia.
Tomó el bloc.
En una página escribió cuatro nombres.
Ferrer.
Ortega.
Salcedo.
Valdés.
Debajo de cada uno dejó espacio.
No escribió conclusiones.
Solo hechos comprobados.
Después añadió un quinto nombre.
Julián Valera.
Al lado escribió:
“Encontró la fotografía. Investigó. Se asustó. Se ocultó. Caso cerrado.”
Cerró el bloc.
Había una diferencia entre investigar y perseguir.
Lo primero consistía en acercarse a la verdad.
Lo segundo podía acabar inventándola.
Mateo había cometido ese error en 1958.
No quería repetirlo en 1964.
Herrera apareció en el despacho una tarde de noviembre.
Traía un sobre.
—Te debo esto.
Mateo lo abrió.
Era una copia más completa del expediente de 1958.
—¿Has leído todo?
—Lo necesario.
Mateo pasó las páginas.
Allí estaba la hoja que había recibido antes. Pero había una segunda página que no conocía.
En ella aparecía el nombre de un almacén de Linares.
Y debajo, una anotación:
“Recogido por E. Salcedo. Entrega posterior.”
No decía quién había preparado el envío.
Tampoco quién debía recibirlo.
Herrera se sentó.
—¿Era esto lo que buscabas?
—No.
—Entonces, ¿qué buscas?
Mateo cerró la carpeta.
—Todavía no lo sé.
Herrera lo miró con una mezcla de paciencia y cansancio.
—Eso es peligroso.
—Lo sé.
—Cuando no sabes qué buscas, cualquier cosa parece una pista.
Mateo asintió.
—Eso también lo sé.
—¿Tiene que ver con Almería?
Mateo tardó en contestar.
—En parte.
Herrera esperó.
—¿Y con Ferrer?
—No puedo demostrarlo.
—Entonces déjalo.
Mateo miró la carpeta.
—Quizá.
Herrera se levantó.
—No te estoy diciendo que lo olvides. Te digo que no confundas una historia con otra.
Cuando salió, Mateo volvió a leer aquella frase.
No confundas una historia con otra.
La escribió en el bloc.
Después añadió debajo:
“Pero comprobar si se tocan.”
No era una conclusión.
Era una tarea.
La última comprobación la hizo una mañana de lluvia.
Mateo había conseguido una copia ampliada de la fotografía de Rodalquilar y la llevó a un establecimiento que hacía reproducciones para documentos. No necesitaba una imagen más bonita. Quería distinguir algunos detalles del fondo.
El hombre del establecimiento trabajó con paciencia.
—No espere milagros —dijo.
—No los espero.
Cuando le entregó la copia, Mateo la estudió bajo la luz.
La pared del fondo era la misma.
La puerta también.
Pero había un detalle que antes no había visto.
En un lateral aparecía parte de una caja de madera.
En la segunda fotografía, tomada desde una posición ligeramente diferente, la caja ya no estaba.
No significaba nada.
Podía haberse movido cinco minutos después.
Podía incluso pertenecer a otra habitación.
Mateo lo anotó.
Después observó a los hombres.
No había manera de saber qué pensaban.
Aquella fue quizá la parte más importante de la fotografía.
Durante años había sido fácil imaginar que una imagen antigua guardaba una respuesta. Pero una fotografía solo conservaba un instante. No explicaba lo ocurrido antes ni después.
Mateo recordó a Ferrer.
Un hombre que había visto algo que le preocupaba.
Un hombre que había muerto en un accidente.
Un hombre cuyo nombre había quedado unido a documentos que después nadie quiso explicar del todo.
No necesitaba convertirlo en una víctima de un asesinato para que su historia tuviera importancia.
A veces una persona podía morir de una manera completamente corriente y dejar detrás una pregunta que otros tardaban años en formular.
Guardó la copia.
Por primera vez consideró que quizá había llegado al límite de lo que podía averiguar sin inventar.
Y aceptarlo no le resultó fácil.
Pero le pareció correcto.
En diciembre, el asunto de Julián Valera ya pertenecía al archivo de casos terminados.
Elena llamó una tarde solo para hablar, sin ningún motivo concreto —la fotografía llevaba semanas en casa de su madre, desde que Mateo se la había hecho llegar por correo.
—Julián está trabajando otra vez.
—Me alegro.
—Mi madre la ha enmarcado. La fotografía, digo.
Mateo hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
—Eso también está bien.
Elena lo miró.
—¿Ha descubierto todo lo que quería?
Mateo pensó en responder que no.
Después dijo:
—He descubierto lo suficiente para saber qué ocurrió con Julián.
Ella entendió.
—¿Y lo demás?
Mateo miró el sobre donde había guardado las copias.
—Lo demás pertenece a otra historia.
Elena no preguntó.
Se despidieron.
Cuando la puerta se cerró, Mateo volvió a su mesa.
El despacho estaba tranquilo. Desde la calle llegaba el ruido de un autobús y, más lejos, el de una bocina. Había papeles por ordenar y una factura pendiente.
Abrió el cajón.
Dentro estaban las dos fotografías de Rodalquilar, el resumen del caso y el expediente de 1958.
Los colocó juntos.
No porque estuvieran relacionados.
Todavía no.
Los separó de nuevo.
El expediente de Julián quedó en el archivo de asuntos terminados.
El de 1958 volvió al cajón inferior.
Mateo cerró ambos.
Luego apagó la lámpara.
Antes de salir, recordó la frase escrita en su bloc:
“Preguntar por Salcedo. No suponer por qué.”
No añadió nada.
Al día siguiente abriría el despacho a la misma hora de siempre.
Tendría otros clientes.
Otros nombres.
Otros papeles.
Y quizá, con el tiempo, alguna de aquellas preguntas encontraría una respuesta.
Pero todavía no.