El nombre de la fotografía (Mateo Rivas 1) 12. El expediente de 1958
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12. El expediente de 1958

La investigación cambió de ritmo después de aquella conversación.

Mateo dejó de buscar nombres y empezó a buscar lugares.

La antigua dirección relacionada con Manuel Ortega estaba en una zona de Madrid que había cambiado bastante desde los años cincuenta.

El edificio seguía allí, aunque la entrada había sido reformada.

Una mujer que llevaba años viviendo en el inmueble le permitió consultar un viejo libro de propietarios que guardaba el administrador.

No apareció Manuel Ortega.

Apareció un apellido parecido, en una fecha próxima.

Mateo lo anotó y preguntó por la familia.

—Ya no vive nadie de los antiguos —le dijeron.

—¿Sabe si tenían relación con transportes?

La mujer pensó.

—Aquí había muchos hombres que trabajaban en eso. Estaciones, almacenes, camiones…

Madrid está lleno de gente que mueve cosas.

Era una respuesta poco útil, pero Mateo no esperaba otra.

Antes de marcharse preguntó si alguien conservaba papeles antiguos del piso.

—¿Para qué?

—Estoy intentando localizar a una persona.

La mujer lo estudió un instante.

—Eso sí lo entiendo.

Le indicó un cuarto pequeño del patio donde se guardaban objetos de anteriores inquilinos. No encontró nada importante. Un recibo de 1954, dos cartas sin sobre y una libreta escolar.

Mateo no se llevó ninguno de aquellos objetos.

No quería acumular restos solo porque fueran antiguos.

Al salir, anotó:

“Dirección Ortega: sin prueba útil. No forzar conexión.”

Era una frase que empezaba a repetirse en sus notas.

No forzar.

La había aprendido tarde.

Aquella noche, mientras cenaba solo, pensó en Ferrer y en la frase que Tomás había recordado:

“Yo no voy a cargar con eso.”

Quizá Ferrer había hablado de algo mucho menos extraordinario de lo que Julián había imaginado.

Quizá se trataba de documentos mal entregados, de materiales que no figuraban donde debían o de una responsabilidad que alguien quería evitar.

La historia no necesitaba un crimen perfecto.

Bastaba con que varias personas tuvieran razones para callar.

Mateo dejó el tenedor.

No le gustaba aquella conclusión porque era demasiado humana.

Y, precisamente por eso, le parecía más probable.

Mateo llamó a Andrés Ortega una última vez.

Se encontraron en un café tranquilo, lejos de las zonas donde era más probable encontrarse con conocidos. Andrés llegó tarde y pidió café antes de sentarse.

—No quiero volver a hablar de mi padre —dijo.

—No voy a preguntarle por él como si fuera culpable de algo.

Andrés lo miró.

—Eso es lo que dice todo el mundo antes de empezar.

—Entonces no le preguntaré por culpa. Le preguntaré por hechos.

Andrés dio un sorbo al café.

—Adelante.

Mateo le preguntó por la libreta negra.

Andrés tardó en contestar.

—La vi.

—¿Cuándo?

—De niño. Mi padre la tenía guardada en un cajón.

—¿La leyó?

—No. Era un niño.

—¿Recuerda algo?

—Números. Nombres. Una dirección.

—¿Cuál?

Andrés negó con la cabeza.

—No me acuerdo.

—¿Y la libreta?

—Desapareció.

—¿Cuándo?

—No podría asegurarlo. Un día dejó de estar.

Mateo permaneció en silencio.

—Mi padre no era un hombre de guardar recuerdos —continuó Andrés—. Guardaba papeles porque tenía que guardarlos. Cuando dejaban de servir, los tiraba.

—¿Y Ferrer?

Andrés miró la taza.

—De Ferrer hablaba poco.

—¿Qué decía?

—Que había gente que se había metido en un problema y que después todos habían tenido que mirar hacia otro lado.

—¿Eso es exacto?

—No. Es como lo recuerdo.

Mateo asintió.

—¿Su padre tuvo miedo?

Andrés levantó la vista.

—No sé si miedo. Vergüenza, quizá.

Aquella palabra quedó entre los dos.

—¿Le dijo alguna vez qué había transportado?

—No.

—¿Documentos?

—Eso sí.

—¿Para quién?

—No sabría decirle.

Mateo no hizo más preguntas.

Andrés se levantó.

—¿Esto sirve para algo?

—Todavía no.

—Entonces no entiendo por qué sigue.

Mateo recogió su bloc.

—Porque algunas cosas no se pueden entender hasta que dejan de faltar.

Andrés sonrió con cansancio.

—Eso suena a usted.

—Puede ser.

Se despidieron sin estrecharse la mano.

Mateo volvió caminando al despacho.

Había conseguido poco.

Pero ya sabía algo importante: Andrés no estaba ocultando una historia completa. Sabía fragmentos. Como Rafael. Como Tomás. Como todos los demás.

La diferencia era que cada uno había vivido una parte distinta.

Aquella noche Mateo sacó las fotografías una vez más.

Las colocó junto al plano que había dibujado de la zona de Rodalquilar y al resumen de los documentos de Adaro. No intentó construir una teoría. Solo ordenó fechas.

1948: muerte de Ferrer.

Después: registros incompletos.

1952: una referencia a Ortega.

1958: Emilio Salcedo y un paquete entregado en Linares-Baeza.

1964: Julián Valera encuentra la fotografía y empieza a hacer preguntas.

Las fechas no formaban una línea.

Formaban un conjunto.

Mateo lo sabía porque había pasado años viendo expedientes. Una coincidencia entre dos fechas podía ser importante o no significar absolutamente nada.

Cogió la primera fotografía.

Ocho hombres.

Vicente Valdés.

Antonio Ferrer.

Otros seis rostros.

Ninguno de ellos podía hablar.

Tomó la segunda.

Manuel Ortega aparecía en ella.

No sabía cuándo se había tomado.

No sabía quién había escrito la fecha del reverso.

No sabía si Ortega había llevado documentos relacionados con Ferrer o con algo completamente diferente.

Y no sabía si Emilio Salcedo había conocido alguna vez a Manuel Ortega.

Había más preguntas que respuestas.

Mateo las aceptó.

Entonces comprendió que el título de aquella historia no había sido elegido por él. Lo había puesto, sin saberlo, la propia fotografía.

No importaba únicamente quién era el hombre que aparecía en ella.

Importaba quién había decidido escribir los nombres detrás.

Quién había guardado la imagen.

Quién la había olvidado.

Y quién, muchos años después, había necesitado saber la verdad.

Mateo guardó las fotografías.

No iba a buscar a Emilio Salcedo aquella noche.

Tampoco iba a convertirlo en culpable de una historia que no conocía.

Abrió la carpeta de 1958 y volvió a mirar la última anotación.

Esta vez no añadió nada.

Cerró el expediente y lo dejó en el cajón.

A la mañana siguiente seguiría con el trabajo.

Pero antes de apagar la luz, tomó el bloc y escribió una sola línea:

“Preguntar por Salcedo. No suponer por qué.”

Luego cerró el cuaderno.

Mateo no volvió a tocar el expediente de 1958 durante tres días.

No era una decisión solemne. Simplemente tenía trabajo.

Un marido que quería saber si su mujer realmente viajaba a Zaragoza por motivos familiares, un pequeño comercio de Chamberí que necesitaba localizar a un antiguo proveedor y una reclamación por una deuda que había empezado con una cantidad ridícula y se había convertido en una discusión entre dos

familias.

Aquello le recordó algo que a veces olvidaba cuando una investigación antigua empezaba a ocupar demasiado espacio en su cabeza: la mayor parte de su trabajo no tenía nada de extraordinario.

El jueves por la tarde, mientras ordenaba recibos, llamó a su antiguo compañero Herrera.

—¿Has conseguido el expediente?

—Todavía no.

—Entonces no tienes mucha prisa.

—Quiero saber una cosa antes.

—¿Qué cosa?

Mateo dudó.

—Si Salcedo era realmente la persona que entregó aquel paquete.

Herrera soltó una breve risa.

—Eso no lo vas a encontrar en un índice.

—Ya lo sé.

—¿Y qué piensas hacer?

—Preguntar.

—Eso sí se te daba bien.

Mateo no respondió.

—Hay una cosa —añadió Herrera—. He visto la referencia completa.

Mateo dejó el lápiz.

—¿Y?

—La anotación de 1958 no habla de un paquete cualquiera. Habla de documentación.

—¿Qué clase?

—No lo especifica.

—¿Quién la recibió?

—Tampoco.

Hubo un silencio.

—Ramón —dijo Mateo—, ¿la referencia está relacionada con Linares-Baeza o solo aparece allí?

—Las dos cosas. Salcedo pasó por la estación. Hay una firma que coincide con su nombre.

—¿Firma de recepción?

—No exactamente. Es una anotación de tránsito.

Mateo tomó el bloc.

—¿Y el hombre que entregó el paquete?

—Ahí está el problema. En la copia que he visto no aparece.

—¿Está tachado?

—No.

—¿Borrado?

—Tampoco.

—Entonces, ¿qué?

—No está.

Mateo escribió esa última frase.

No está.

—¿Puedes conseguirme una copia?

—Puedo intentarlo.

—No quiero que hagas nada que te meta en problemas.

—A estas alturas, pedir un papel no me va a meter en problemas.

Se despidieron.

Mateo permaneció mirando el teléfono unos segundos.

La ausencia de un nombre podía tener muchas explicaciones. Una hoja perdida. Un registro mal hecho. Un documento que nunca se completó. Una persona que no quiso firmar. No necesitaba convertir aquello en algo más.

Pero había aprendido que las cosas que faltaban también formaban parte de un expediente.

Guardó el bloc.

La copia llegó dos días después.

Herrera la dejó en un sobre sin comentarios. Mateo aguardó a que se marchara antes de abrirlo.

Era una reproducción de una hoja de circulación de documentación de octubre de 1958. El papel original estaba envejecido, pero la escritura se distinguía bien.

Había varias entradas.

Una correspondía a Salcedo.

Otra, unas horas antes, indicaba la llegada de una caja pequeña.

No decía qué contenía.

En la columna de observaciones aparecía una palabra casi ilegible: “documentos”.

Mateo acercó la lámpara.

Debajo había una inicial.

No era suficiente.

Podía ser la inicial del empleado que había realizado la anotación. Podía referirse al origen.

Podía ser cualquier cosa.

En el margen inferior había una segunda nota:

“Entregado para continuar ruta.”

Nada más.

Mateo dejó la hoja sobre la mesa.

Durante unos minutos intentó recordar el expediente de 1958 tal como era entonces.

Recordaba a Emilio Salcedo sentado frente a él, nervioso pero no asustado.

Recordaba que llevaba una chaqueta demasiado gruesa para el tiempo que hacía.

Recordaba que contestaba con precisión hasta que llegaban a determinadas preguntas.

Había una de ellas que Mateo había escrito en una hoja aparte.

“¿Quién le entregó la documentación?”

La respuesta no estaba transcrita.

Mateo abrió un cajón.

Buscó entre papeles antiguos hasta encontrar una libreta pequeña de aquella época. Algunas páginas estaban dobladas. Otras tenían manchas de tinta.

Pasó las hojas.

Allí estaba.

“Salcedo dice que no conoce al hombre. Puede ser mentira. No insistir.”

Mateo leyó la frase dos veces.

No recordaba haber escrito “puede ser mentira”.

Le molestó.

No por la palabra, sino por lo fácil que había sido entonces convertir una impresión en una anotación.

Había sido un policía más joven.

No un mal policía.

Pero más joven.

Se levantó y preparó café.

Mientras esperaba, miró la fotografía de Ferrer que había dejado en una carpeta aparte.

La comparación era inevitable, pero Mateo se obligó a hacerla de la manera correcta.

No buscó una identidad.

Buscó un método.

En 1948 alguien había movido documentos y después había quedado una parte de la historia sin aclarar.

En 1958 alguien había vuelto a mover documentación y una referencia había quedado incompleta.

Eso no demostraba una relación.

Solo demostraba que había cosas que viajaban de un sitio a otro y que los registros no siempre explicaban el recorrido.

El café estaba listo.

Mateo apagó el fuego.

Aquella noche no hizo nada más.