11. La casa de Ferrer
Aquella noche Mateo reservó un billete para Almería. A la mañana siguiente lo canceló: si volvía sin una razón clara, solo conseguiría mirar las mismas piezas otra vez. Llamó a Andrés Ortega en su lugar.
La línea crepitó antes de que él contestara.
—¿Qué quiere? —dijo Andrés, en cuanto reconoció la voz—. Pensé que había terminado con lo de Julián.
—Una pregunta más. ¿Su padre tenía una libreta?
Al otro lado hubo un silencio tan largo que Mateo llegó a pensar que habían cortado la comunicación. Después oyó, de fondo, una puerta y una voz de mujer que llamaba a alguien a cenar.
—Pequeña. Negra —dijo Andrés al fin—. La vi de niño, un par de veces. Había nombres y números, pero no podía leerlo todo. Un día desapareció. Él dijo que la había tirado.
—¿Le creyó?
—Era mi padre.
Fue toda la respuesta, y Mateo no insistió sobre eso. Anotó «libreta negra, confirmada» en el margen de la hoja y dejó pasar unos segundos antes de la siguiente pregunta.
—¿Sabe quién pudo llevársela?
—No. —Y luego, con una brusquedad que no había tenido hasta entonces—: ¿Por qué me lo cuenta todo esto, si ya se lo he dicho?
Usted ya ha encontrado más cosas de las que yo quería que encontrara, señor Rivas.
Eso no es una amenaza. Es una advertencia.
Mi padre no era un hombre importante. Solo aceptó transportar cosas que no debía haber transportado.
—¿Y Ferrer?
—Ferrer quería saber demasiado. —La voz de Andrés se apagó, como si hubiera tapado el auricular con la mano un momento—. No podría asegurarle qué llegó a descubrir. Mi padre puede que sí. Ya no está para preguntárselo.
Colgó sin despedirse. Mateo se quedó con el auricular en la mano y, cuando por fin lo devolvió a su sitio, escribió una sola línea: Dos libretas.
La de Ferrer y la de Ortega. Ambas desaparecidas, en momentos distintos.
Dejó el lápiz. Aquello podía ser una coincidencia.
Pero las coincidencias, cuando se repetían, empezaban a merecer una pregunta más.
Mateo volvió a abrir el expediente de Ferrer. Durante un largo rato no hizo nada. Después sacó una hoja limpia y dividió la página en dos columnas. En la izquierda escribió: «Ferrer.» En la derecha: «Ortega.» Debajo fue colocando los datos que podía sostener. Ferrer: trabajador.
Fallecimiento 17 de octubre de 1948. Accidente registrado. Preocupación por documentos.
Fotografía entregada a Rafael. Ortega: transporte de documentación. Aparición en registros posteriores. Libreta negra confirmada por Andrés. Destino desconocido. No escribió ninguna relación que no pudiera demostrar. Al terminar, la página parecía decepcionantemente sencilla.
Y, sin embargo, había algo nuevo. Una libreta.
Dos libretas, en realidad. La de Ferrer y la de Ortega.
Una había desaparecido después de la muerte de Ferrer.
La otra había desaparecido años después.
Mateo levantó la cabeza. Aquello podía ser una coincidencia.
Pero las coincidencias también se investigaban cuando se repetían demasiado. No decidió viajar. Esperó.
A primera hora de la tarde llamó a Rafael otra vez.
—He recordado quién pudo coger la libreta —dijo el anciano. Mateo se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—Un hombre que trabajaba con Ferrer.
—¿Nombre?
—No.
—¿Qué recuerda de él?
—Era más joven que nosotros. Delgado. Siempre llevaba una gorra.
—¿Trabajaba en la mina?
—Eso creo.
—¿Podría ser Manuel Ortega?
—No.
—¿Está seguro?
—Sí. Ortega no trabajaba allí como nosotros. Mateo anotó la frase.
—¿Qué hizo aquel hombre?
—Entró en la casa después del accidente.
—¿Por qué?
—No llegué a saberlo.
—¿Lo vio salir con la libreta?
—No.
—Entonces, ¿cómo sabe que fue él?
—Porque después lo vi hablando con la mujer de Ferrer.
—¿De qué?
—Nunca supe la razón.
—Rafael, necesito algo más.
—No tengo más. Mateo aceptó el silencio.
—¿Recuerda su nombre? Rafael pensó.
—Creo que era Salcedo. Mateo dejó de escribir.
—¿Emilio Salcedo?
—Eso no puedo asegurarlo.
—¿Está seguro del apellido?
—No.
—Está bien.
—¿Es importante? Mateo miró la página.
—Todavía no lo sé. Colgaron. Mateo permaneció unos segundos sin moverse. Abrió el cajón inferior. Sacó su antigua carpeta de 1958. La dejó sobre la mesa. No la abrió. Todavía no.
Mateo dejó la carpeta sobre la mesa y no la abrió. Durante unos minutos siguió trabajando en el asunto de Carlos Molina, revisando una dirección y dos recibos que no terminaban de coincidir.
Era un trabajo sencillo y, precisamente por eso, le sirvió para no pensar en el nombre que acababa de escuchar.
Salcedo.
Había apellidos que aparecían una vez y desaparecían para siempre. Otros se quedaban en la memoria porque habían estado ligados a una persona, a una habitación, a una conversación que uno no había sabido valorar en su momento. Mateo no quería decidir todavía a qué clase pertenecía aquel.
A media tarde salió a tomar café. El aire de Madrid seguía teniendo ese polvo fino que se quedaba en las aceras después de varios días secos.
En la calle había tranvías, autobuses, vendedores, empleados que regresaban a sus casas y muchachos que ocupaban las esquinas sin tener todavía ninguna obligación que los obligara a marcharse.
Cuando volvió al despacho, abrió por fin la carpeta de 1958.
El expediente era más delgado de lo que recordaba.
Emilio Salcedo, empleado administrativo relacionado con transportes, había desaparecido durante unos días en octubre de aquel año.
No había muerto, no había denuncia por un delito grave y, después de varias gestiones, había aparecido.
Mateo había intervenido porque entonces trabajaba en la Policía y alguien consideró que convenía averiguar dónde había estado.
Pasó las hojas despacio.
No encontró Rodalquilar. No encontró Ferrer. No encontró Ortega.
Encontró Linares-Baeza.
La anotación final estaba escrita con su propia letra, aunque la reconoció antes por la forma de algunas cifras que por las palabras.
“Octubre de 1958. Emilio Salcedo. Preguntar por el hombre que entregó el paquete en Linares- Baeza.”
Mateo apoyó la espalda en la silla.
Recordaba haber escrito aquello. Lo que no recordaba era por qué había decidido dejarlo sin comprobar.
Siguió leyendo las notas antiguas. Había referencias a una entrega, a un paquete de documentos y a un hombre cuyo nombre no aparecía completo.
En una hoja había una dirección de Linares que después había resultado inútil.
En otra, una frase que entonces le pareció demasiado imprecisa para justificar nuevas diligencias.
No había ninguna prueba de que aquel Salcedo fuera el mismo hombre que Rafael había mencionado.
Eso era lo primero.
Lo segundo era que la coincidencia le molestaba.
Mateo sacó su bloc nuevo y escribió dos líneas.
“Salcedo: nombre coincidente. Sin relación demostrada.”
Debajo añadió:
“1958 no forma parte del caso Valdés.”
Cerró el expediente.
No quería convertir una coincidencia en una historia.
Al día siguiente Mateo decidió viajar a Linares-Baeza.
No lo hizo porque creyera haber encontrado una respuesta, sino porque conocía demasiado bien el peligro de dejar una pregunta pequeña en el lugar equivocado. Si el nombre de Salcedo volvía a aparecer, prefería saber si se trataba de una coincidencia antes de construir alrededor de ella.
El tren lo llevó hacia el sur entre campos secos y estaciones pequeñas. Mateo llevaba pocos equipajes y ningún encargo oficial. En el bolsillo interior de la chaqueta guardaba la copia de la anotación de 1958, pero no el expediente completo.
La estación de Linares-Baeza conservaba la importancia que había tenido durante años.
Allí se cruzaban líneas y personas que iban hacia lugares diferentes.
Había ferroviarios, viajeros con maletas, hombres que hablaban junto a las puertas y empleados acostumbrados a que los trenes llegaran y se fueran sin preguntarles nada.
Mateo preguntó por un antiguo empleado de circulación que había conocido de joven, pero el hombre ya no trabajaba allí. Le dieron otro nombre y después otro. La información se fue moviendo de una persona a otra hasta llegar a un trabajador jubilado que vivía cerca de la estación.
El hombre recibió a Mateo en una casa pequeña y ordenada.
—Salcedo —repitió cuando escuchó el nombre—. Había varios.
—Emilio.
El hombre frunció el ceño.
—Puede ser. ¿De qué año?
—Mil novecientos cincuenta y ocho.
—Eso ya es otra cosa.
No parecía impresionado por la fecha. Se quedó pensando mientras miraba la mesa.
—Había uno que hacía papeles para una empresa de transporte. No era ferroviario exactamente. Venía por aquí.
—¿Emilio Salcedo?
—No se lo puedo asegurar.
Mateo no insistió.
Hablaron de otras cosas. De los horarios, de los paquetes que llegaban con los trenes, de la cantidad de gente que pasaba por la estación y de lo difícil que era recordar una cara después de seis años.
—Lo que pasa —dijo el hombre— es que entonces todos parecían tener prisa. Ahora uno se acuerda de la prisa, pero no de quién la tenía.
Mateo hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
—Eso también me pasa.
Antes de marcharse preguntó si recordaba a alguien que entregara documentos a un hombre llamado Salcedo.
El jubilado negó con la cabeza.
—No.
Y después añadió:
—Pero si lo que buscas es un papel, pregunta en los archivos. Las personas se equivocan. Los papeles también, pero de otra manera.
Mateo apuntó la frase sin comentarla.
Al salir de la casa, no tenía una respuesta. Tampoco una pista clara. Sin embargo, había conseguido algo que consideraba más útil: una duda mejor delimitada.
Salcedo había podido estar allí.
Eso era todo.
En el viaje de regreso no abrió el bloc. Miró por la ventanilla y dejó que el paisaje pasara sin buscar señales donde no las había.
En Madrid, Mateo visitó a su antiguo compañero Ramón Herrera, que seguía trabajando en la Policía y conservaba aquella manera de mirar los expedientes como si fueran objetos físicos que pudieran pesar más o menos según lo que escondieran.
—¿Vienes por algo antiguo? —preguntó Herrera.
—Por una consulta.
—Eso dices siempre.
Mateo dejó sobre la mesa una hoja con el nombre de Emilio Salcedo.
Herrera la leyó.
—Me suena.
—A mí también.
—Eso no ayuda.
Mateo le explicó lo imprescindible. No mencionó la fotografía de Rodalquilar ni a Ferrer.
Tampoco habló de Rafael. Solo dijo que había encontrado una coincidencia con una anotación de 1958 que quería comprobar.
Herrera buscó en unos índices y tardó varios minutos.
—Aquí aparece.
—¿Qué dice?
—Que intervino en una gestión de transporte. Nada más.
—¿Y después?
—Hay otra referencia dos años más tarde.
Mateo levantó la vista.
—¿Dónde?
Herrera pasó el dedo por la línea.
—Madrid.
No había nada extraordinario. Salcedo había cambiado de trabajo, había realizado gestiones administrativas y aparecía en documentos donde otros nombres también figuraban.
—¿Hay una dirección actual?
—No.
Herrera cerró el índice.
—Si quieres saber algo más tendrás que pedir el expediente.
Mateo guardó la hoja.
—No sé si quiero.
Herrera lo miró un momento.
—Entonces seguramente sí quieres.
—Ese es el problema.
Antes de salir, Herrera añadió:
—¿Tiene que ver con lo de Almería?
Mateo se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque llevas dos semanas preguntando por cosas que están al sur.
—No preguntaba por eso.
—Ya.
Herrera no insistió.
En la calle, Mateo comprendió que había hecho bien en no contarle todo. No por desconfianza, sino porque todavía no sabía qué estaba buscando.
Aquella tarde volvió a leer la anotación de 1958.
Por primera vez se fijó en una palabra que había pasado por alto durante años: “entregó”.
No decía quién recibió el paquete.
No decía qué contenía.
Y tampoco decía que Salcedo fuera el hombre que lo había entregado.
La frase podía significar varias cosas.
Mateo tachó mentalmente una de ellas.
Luego dejó el lápiz sobre la mesa.
Dos días después recibió una llamada de Rafael.
La voz del anciano sonaba cansada.
—He estado pensando en lo que hablamos.
—¿Sobre la libreta?
—Sí. Hay algo que no te dije.
Mateo se incorporó.
—Dígame.
—No estoy seguro de que fuera Salcedo.
—Eso ya me lo dijo.
—No. Quiero decir que puede que yo haya mezclado las cosas.
Mateo permaneció en silencio.
Rafael tardó unos segundos.
—Después de lo de Ferrer entré en su casa. Había más gente. Yo no entré solo. Vi la libreta encima de una mesa y también vi a un hombre cogerla.
—¿Era joven?
—Más joven que yo.
—¿Cuánto?
—No llegué a saberlo. En aquella época todos me parecían jóvenes.
Mateo bajó la mirada, incapaz de evitar una pequeña sonrisa.
—¿Reconocería la cara?
—No.
—¿Entonces por qué pensó en Salcedo?
—Porque alguien dijo ese apellido. Pero no sé si lo dijo aquel día.
Mateo no escribió nada.
—¿Y por qué recuerda ahora la libreta?
Rafael respiró despacio.
—Porque llevaba una goma alrededor.
—¿Una goma?
—Sí. Una goma de esas que se usaban para sujetar papeles. Era negra o marrón, no sé. Ferrer la llevaba así. Me acuerdo de la goma porque se había roto y la libreta estaba abierta.
A Mateo le sorprendió la precisión del detalle.
—¿Qué había escrito?
—No pude leerlo.
—¿Nada?
—Nombres. Números. Algo de fechas. Pero no me puse a leer.
—¿Quién se la llevó?
—El hombre.
—¿Y después?
—Después no supe nada más.
Mateo apuntó únicamente:
“Rafael corrige identificación. Recuerdo de libreta firme; identidad del hombre, dudosa.”
—No quiero confundirte —dijo Rafael—. A mi edad uno tiene que saber cuándo recuerda algo y cuándo cree que lo recuerda.
—Eso vale para cualquiera.
—No para los jóvenes.
Mateo se quedó callado.
—¿Sigues buscando aquello?
—No estoy buscando el caso de Julián.
—Ya sé.
—Entonces, ¿qué busca?
Mateo miró la ventana.
—Estoy intentando saber qué cosas son ciertas y cuáles hemos añadido con los años.
Rafael tardó en contestar.
—Eso es más difícil.
—Sí.
—Y a veces no sirve para nada.
—También.
Se despidieron.
Mateo permaneció un rato sentado. Después abrió el cajón donde guardaba las dos fotografías de Rodalquilar.
Las colocó sobre la mesa.
No buscó en ellas a Salcedo.
Buscó otra cosa: el lugar.
Las piedras, la posición de los hombres, la orientación de una pared, una puerta al fondo.
Quería saber si la segunda fotografía podía haber sido tomada desde el mismo punto o si simplemente se parecía.
Tomó el bloc y empezó a dibujar.
Por primera vez desde que había cerrado el caso de Julián, sintió que la fotografía volvía a ser exactamente lo que siempre había sido: un objeto que permitía hacer preguntas, pero que no podía responderlas por sí solo.