10. El sobre azul
Una semana después, Mateo recibió una carta de Elena.
Era breve. Julián había vuelto definitivamente a Madrid.
Había recuperado su trabajo y, según Elena, estaba intentando no hablar demasiado de Rodalquilar.
«Dice que ha aprendido una cosa», escribía.
Mateo sonrió antes de continuar. «Que no todo lo que parece importante lo es, y que algunas cosas que parecen pequeñas pueden terminar complicándolo todo.» Mateo dejó la carta sobre la mesa.
Era una frase bastante buena. Quizá demasiado buena para Julián.
Pero no importaba. Debajo había una segunda línea.
«Mi madre ha decidido guardar las fotografías.»
Mateo tomó la pluma y escribió una respuesta corta.
No necesitaba explicar nada más. Le dijo que era una buena decisión y que, si alguna vez aparecía un documento nuevo, podía llamarlo.
Después dobló la carta. Cuando se levantó para guardarla, vio sobre el archivador la copia de la fotografía de 1948 que había conservado durante unas semanas.
La tomó. Vicente Valdés aparecía entre los hombres.
Ferrer también. Mateo miró sus caras una por una.
No intentó imaginar qué pensaban aquel día.
Ya había cometido ese error demasiadas veces.
Dejó la fotografía boca abajo. Luego la guardó en un sobre y escribió en el exterior: «Familia Valdés. Rodalquilar.
1948.» Nada más. No era una prueba. No era una confesión. Era una fotografía. Y ahora estaba donde debía estar.
Aquel sábado Mateo cogió el tren sin tener que viajar.
Le gustaba hacerlo de vez en cuando. Se sentó junto a la ventana y dejó que Madrid quedara atrás durante unos kilómetros.
No llevaba expediente ni carpeta. Solo el periódico y su cuaderno.
Un hombre mayor ocupaba el asiento de enfrente.
Durante un rato no hablaron. Después el hombre señaló el cuaderno.
—¿Es usted escritor?
—No.
—¿Entonces? Mateo cerró el cuaderno.
—Trabajo buscando personas.
—¿Personas que se han perdido?
—Algunas. El hombre sonrió.
—Mi hijo se perdió una vez. Mateo no dijo nada.
—Tenía veinte años. Se fue a Barcelona.
—Eso no es perderse.
—Para su madre sí. Mateo dejó escapar una risa corta.
—¿Volvió?
—A los seis meses.
—Entonces lo encontraron.
—No. Se encontró él. El hombre volvió a mirar por la ventana.
—Eso suele pasar. Mateo no respondió. La conversación terminó allí. Cuando el tren llegó a la siguiente estación, el hombre se levantó y recogió su maleta.
—Que tenga suerte con las personas. Mateo asintió.
—Usted también. El hombre bajó. Mateo abrió el cuaderno. Durante unos segundos pensó en escribir algo. No lo hizo. Guardó el lápiz. El tren continuó avanzando. Mateo miró por la ventana y dejó que el paisaje pasara sin intentar encontrar en él ninguna respuesta.
El lunes por la mañana, cuando Mateo llegó al despacho, encontró un sobre azul debajo de la puerta.
No llevaba sello. Lo recogió antes de entrar y lo dejó sobre la mesa mientras se quitaba el abrigo.
Había aprendido a no abrir inmediatamente todo lo que encontraba.
Algunas cartas podían esperar cinco minutos.
Otras podían esperar cinco años. Esta no llevaba nombre.
Mateo la abrió. Dentro había una sola hoja.
«Si todavía conserva la fotografía de Rodalquilar, pregunte por el cuaderno de Ferrer.»
Nada más. Mateo leyó la frase dos veces.
Después volvió a leerla una tercera. No sintió miedo.
Sintió algo menos espectacular y más incómodo: la certeza de que alguien había seguido el asunto desde fuera. Dejó la hoja sobre la mesa. Podía
tratarse de una broma. Alguien podía haber hablado con Elena. También podía haber sido una persona que conociera a Ferrer o a alguno de los hombres de 1948. Pero había una dificultad. La fotografía ya no estaba con él. La había devuelto. Mateo comprobó el sobre. No había firma ni dirección.
Tampoco una fecha. Guardó la hoja en una carpeta. Después llamó a Elena.
—¿Has hablado con alguien de la investigación?
—No.
—¿Con nadie?
—Con mi madre, con Julián y con dos amigas. Nada más.
—¿Julián ha mencionado la fotografía?
—Sí. Pero solo en casa. Mateo se quedó callado.
—¿Qué ocurre?
—He recibido una nota. Elena tardó unos segundos.
—¿Qué dice? Mateo se la leyó.
—¿Qué cuaderno?
—No llegué a saberlo.
—¿Crees que existe?
—Creo que alguien quiere que lo busque.
—¿Vas a hacerlo? Mateo miró la carpeta.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque primero quiero saber quién sabía que yo había devuelto la fotografía. Elena respiró despacio.
—¿Eso significa que alguien te está vigilando?
—No necesariamente.
—Mateo.
—Elena, una nota sin firma no demuestra nada.
—Siempre haces eso.
—¿Qué?
—Esperas a tener una prueba de todo.
—Es una costumbre bastante útil.
—Y bastante desesperante. Mateo negó con la cabeza, divertido.
—También. Colgaron. Mateo volvió a mirar la hoja. La guardó junto al expediente de Julián, pero no dentro. En una carpeta aparte escribió: «Nota recibida. Origen desconocido. No relacionada por ahora con el caso cerrado.» Aquella última frase era importante. Por ahora.
Durante la mañana, Mateo intentó trabajar en el asunto de Carlos Molina.
Le resultó difícil. No porque la nota le preocupara, sino porque la palabra «cuaderno» le había devuelto una parte de la investigación que creía cerrada.
A mediodía sacó la libreta de Vicente Valdés y revisó sus anotaciones.
Ferrer aparecía dos veces. La primera, junto a la fecha de 17 de octubre de 1948.
La segunda, unos días después, junto a una frase incompleta.
No había ninguna referencia a un cuaderno.
Mateo abrió las copias de los documentos de Adaro.
Tampoco. Revisó las notas de Rafael. Nada.
Tomás no había mencionado ningún cuaderno.
Andrés tampoco. Eso significaba dos cosas posibles.
Que el cuaderno nunca hubiera existido. O que alguien lo hubiera guardado fuera de los documentos que Mateo había visto. A las cuatro decidió hacer una llamada.
Preguntó por Rafael. La respuesta llegó al cabo de un rato.
—Está en casa. Mateo habló con él.
—Rafael, necesito preguntarle una cosa.
—Dígame.
—¿Ferrer tenía un cuaderno? Silencio.
—No sé.
—Piénselo.
—Tenía papeles.
—No es lo mismo.
—Ya. Rafael respiró.
—Llevaba una libreta pequeña. Eso sí. Mateo se incorporó.
—¿La vio?
—Alguna vez.
—¿Qué hacía con ella?
—Apuntaba cosas.
—¿Nombres?
—Supongo.
—¿La tenía la noche que estuvo en su casa? Rafael tardó mucho en contestar.
—No tengo una respuesta para eso.
—¿Qué ocurrió con ella después?
—Eso no lo sé. Mateo cerró los ojos un instante.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—Porque no me acordaba. La respuesta era tan sencilla que Mateo no pudo discutirla.
—¿Cuándo la vio por última vez?
—Después del accidente.
—¿Dónde?
—En casa de Ferrer.
—¿Entró allí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Su mujer me pidió ayuda para mover unas cosas.
—¿Y vio la libreta?
—Estaba encima de una mesa.
—¿La cogió?
—No.
—¿Recuerda si alguien la guardó? Rafael volvió a quedarse callado.
—Creo que sí.
—¿Quién?
—No estoy seguro.
—¿Hombre o mujer?
—Hombre. Mateo escribió.
—¿Era Manuel Ortega?
—No. La respuesta llegó demasiado rápido.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Quién era entonces? Rafael respiró.
—No lo sé. Mateo dejó el lápiz.
—De acuerdo.
—¿Le sirve?
—Me sirve para no dar por terminado algo que quizá no estaba terminado.
—Pero usted dijo que el caso estaba cerrado. Mateo miró la carpeta de Julián.
—Lo está.
—Entonces, ¿qué busca? Mateo pensó antes de responder.
—No busco a nadie.
—Eso no se lo cree ni usted. Mateo se quedó un instante en silencio antes de contestar.
—Puede ser. Colgaron. En el cuaderno escribió una nueva nota: «Libreta pequeña de Ferrer.
Existencia posible. Vista por Rafael después del accidente. Persona que la retiró: desconocida.» Y debajo: «No confundir con la investigación de Julián.» Subrayó la frase dos veces.
Mateo no viajó inmediatamente a Rodalquilar.
No tenía sentido hacerlo por una libreta que quizá no existía.
Primero necesitaba comprobar dónde había vivido Ferrer y qué había ocurrido con sus pertenencias después de su muerte.
La dirección aparecía en uno de los documentos antiguos.
No era una dirección exacta. Solo una calle y una referencia a una vivienda cercana a las instalaciones.
Mateo escribió a una persona de Almería que conocía desde la investigación anterior y le pidió que comprobara si la casa seguía existiendo.
La respuesta llegó dos días después. La vivienda continuaba en pie.
Había cambiado de propietarios. Mateo permaneció en silencio.
La espera formaba parte del trabajo. Finalmente recibió una dirección actual y decidió viajar.
Esta vez no llevaba la carpeta de Julián.
Llevaba solamente sus notas sobre Ferrer.
Cuando llegó a la casa, una mujer de unos sesenta años abrió la puerta. Mateo se presentó.
—Busco información sobre una familia que vivió aquí hace muchos años.
—¿Cuál?
—Ferrer. La mujer pensó.
—Antes de nosotros hubo otra gente.
—¿Sabe si eran Antonio y su mujer?
—El nombre me suena.
—¿Hace cuánto viven ustedes aquí?
—Desde 1957. Mateo miró alrededor. La casa era sencilla. Habían pintado las paredes varias veces y sustituido parte de las ventanas, pero algunas cosas podían conservarse durante décadas.
—¿Quedó algo de los antiguos propietarios?
—No.
—¿Está segura?
—Cuando compramos la casa estaba vacía.
—¿No había muebles?
—Un armario viejo.
—¿Nada más? La mujer pensó.
—Había una caja. Mateo no cambió de expresión.
—¿Qué clase de caja?
—De madera.
—¿Qué hicieron con ella?
—La tiramos.
—¿Cuándo?
—Hace años.
—¿Recuerda si tenía papeles?
—No. La mujer se quedó pensando.
—Bueno, quizá sí.
—¿Qué recuerda?
—Mi marido abrió la caja. Había papeles, pero estaban húmedos.
—¿Los leyó?
—No. Los tiró con el resto. Mateo miró el suelo.
—¿Había una libreta?
—No podría asegurarlo.
—¿Recuerda alguna fotografía?
—Tampoco. No había más. Mateo agradeció la ayuda. Antes de marcharse, la mujer lo llamó.
—Espere. Volvió al interior y regresó con una pequeña caja de cartón.
—Esto sí estaba aquí cuando compramos. Mateo la abrió. Había botones, una llave antigua y un pequeño trozo de papel.
—¿Qué es?
—No lo sé. Mateo tomó el papel. Solo quedaban dos palabras legibles: «M. Ortega.» Debajo había un número casi borrado. Mateo no sintió la emoción de un descubrimiento. Sintió cautela.
Guardó el papel.
—¿Puedo quedármelo? La mujer asintió.
—Si le sirve. Mateo volvió al coche. Sentado al volante, observó el papel durante varios minutos.
Podía pertenecer a cualquier cosa. Podía ser de Ferrer. Podía no tener ninguna relación con él.
Lo importante era que había aparecido en una casa donde Ferrer había vivido. Eso justificaba seguir comprobando. No más.