9. El nombre de la fotografía #3
Mateo apoyó una mano en el marco de la ventana y pensó en Almería.
En Rodalquilar. En Rafael. En la fotografía.
Había algo que le gustaba de aquellas investigaciones: no exigían que uno tuviera razón desde el principio.
Exigían estar dispuesto a cambiar de opinión.
Mateo volvió a la mesa y abrió su cuaderno.
En una página limpia escribió: «Ferrer — cerrado.»
Debajo: «Julián — localizado.» Y después dejó un espacio en blanco.
No añadió nada más. Cerró el cuaderno. La oficina quedó en silencio cuando apagó la máquina de escribir.
Se puso el abrigo, comprobó que llevaba las llaves y salió. En la escalera se cruzó con la portera.
—¿Otra vez tarde?
—Un poco.
—Siempre dice lo mismo.
—Porque siempre es verdad. La mujer negó con la cabeza.
—Un día tendrá que aprender. Mateo guardó el lápiz en el bolsillo.
—Estoy en ello. Bajó a la calle. No sabía cuánto tiempo permanecería en Madrid antes de aceptar otro encargo.
Tampoco sabía si el próximo asunto tendría relación con una desaparición, un documento o simplemente con una familia que llevaba años sin ponerse de acuerdo.
No necesitaba saberlo todavía. Por primera vez en mucho tiempo, podía cerrar una puerta sin preguntarse qué había detrás.
Dos días más tarde, mientras Mateo repasaba con Carlos Molina la historia de la supuesta deuda, su ayudante le pasó un recado: había llamado Herrera.
Mateo lo devolvió esa misma tarde.
—¿Sí?
—Soy yo.
—¿Qué ocurre?
—Nada importante.
—Entonces, ¿por qué llama?
Herrera dejó escapar una risa.
—Porque he encontrado una cosa que quizá te interese. La nota que me enseñaste el otro día. La de Salcedo.
Mateo apoyó la mano sobre el escritorio.
—¿Has mirado algo?
—No quiero que saques conclusiones antes de tiempo.
—Eso intento hacer últimamente.
—Pues intenta hacerlo también ahora. He localizado el nombre de Emilio Salcedo en un registro de entregas.
Mateo miró su propio cuaderno.
—¿Qué tipo de entregas?
—Documentación.
—¿A quién?
—Ahí está el problema. No aparece.
—¿Dónde?
—Linares-Baeza.
Mateo cerró los ojos un instante. La coincidencia era demasiado limpia para ignorarla y demasiado pequeña para convertirla en una historia.
—¿De qué fecha?
—Octubre de 1958.
Mateo permaneció callado.
—¿Estás ahí? —preguntó Herrera.
—Sí.
—¿Quieres que te mande una copia?
—Todavía no. Primero quiero saber qué pone exactamente.
—Eso ya me lo imaginaba. —Herrera carraspeó—. Y Mateo…
—¿Qué?
—No me digas que es la misma historia.
—No sabría decirte.
—Entonces no lo es.
—Eso no tiene sentido.
—Ya lo sé.
Colgaron. Mateo abrió el cajón donde guardaba los expedientes antiguos.
El de 1958 estaba al fondo. Lo sacó, pero no lo abrió todavía.
Tenía trabajo pendiente con Carlos Molina, y aquella tarde consiguió, por primera vez en semanas, no mirar ni una sola vez hacia el cajón mientras trabajaba en otra cosa. Era una pequeña victoria.
Elena pasó por el despacho aquella misma semana.
No llevaba ninguna fotografía que recoger —esas ya viajaban, desde hacía días, camino de la casa de su madre, dentro de un sobre en el que Mateo había escrito solamente: «Familia Valdés. Rodalquilar. 1948»— sino que se presentó sin avisar, con el abrigo puesto todavía,
como si hubiera decidido la visita de camino a otro sitio.
—No te robo mucho tiempo.
—No tengo prisa.
Elena se sentó, pero no se quitó el abrigo, igual que la primera tarde.
—Julián ha vuelto al trabajo. Está intentando no hablar demasiado de Rodalquilar.
—Me alegro.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
—Claro.
—¿Por qué te dedicas a esto?
Mateo se apoyó en el respaldo de la silla. La pregunta era sencilla y no esperaba una respuesta inmediata.
—No sé si me dedico a esto porque me gusta.
Elena sonrió.
—Eso no parece una buena forma de vender tu profesión.
—No estoy intentando vendértela.
—Entonces, ¿por qué?
Mateo miró por la ventana. En la calle, un hombre empujaba una bicicleta cargada con paquetes.
—Porque durante años aprendí a fijarme en cosas que otros no miraban. Después descubrí que no sabía hacer otra cosa.
Elena se quedó pensativa.
—Eso suena triste.
—No pretendía que sonara así.
—¿Y funciona?
Mateo se encogió de hombros.
—A veces.
—¿Y esta vez?
Mateo pensó en Julián, en el banco junto al puerto, en la sonrisa entera que le había visto por primera vez.
—Esta vez sí.
Elena se levantó.
—Mi padre siempre decía que las fotografías mentían.
—No exactamente.
—¿Qué decía entonces?
Mateo sonrió ligeramente.
—Que las personas que aparecen en ellas son incapaces de contar lo que ocurrió antes y después.
Elena se quedó pensativa.
—Eso sí lo decía.
Mateo la acompañó hasta la puerta.
—Cuida las fotografías.
—Lo haré.
Cuando Elena se marchó, Mateo cerró la puerta y volvió a la mesa.
Por primera vez desde que había aceptado el encargo, el despacho pareció recuperar su tamaño normal.
Abrió el cuaderno y escribió: Caso Valera.
Resuelto. Debajo: Ferrer: accidente probable.
Sin prueba de homicidio. Y, finalmente: Julián interpretó las dos fotografías como una sustitución. Error.
No añadió nada más. Había aprendido que un buen expediente no debía parecer más completo de lo que era.