9. El nombre de la fotografía #2
—Mi madre. Estaban en un cajón que nadie había abierto desde hace años. Mateo tomó una de ellas. Era una fotografía familiar. Vicente aparecía junto a otras personas, pero no había nada relacionado con Rodalquilar. La segunda mostraba una calle de Almería.
—No hay nada —dijo Elena.
—Entonces, ¿por qué me las traes?
—Porque pensé que quizá quisieras verlas. Elena empujó las fotografías hacia él.
—Eso es distinto. Dejó las fotografías sobre la mesa.
—¿Y los rollos?
—No sabemos qué contienen.
—No los reveles por tu cuenta. Elena lo miró.
—¿Por qué?
—Porque si llevan tantos años guardados, pueden estar deteriorados. Y si contienen algo importante, prefiero que no se estropeen por intentar descubrirlo deprisa.
—¿Vas a investigarlos? Mateo negó con la cabeza.
—No ahora.
—¿Por qué?
—Porque el encargo ha terminado. Elena comprendió.
—Está bien. Guardó de nuevo las fotografías. Antes de marcharse, se detuvo junto a la puerta.
—¿Crees que mi padre sabía toda la historia? Mateo pensó unos segundos.
—No.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque nadie que hubiera sabido toda la historia habría escrito aquellas notas. Elena asintió.
—Entonces quizá no fuera tan distinto de nosotros.
—No.
—¿Eso es bueno? Mateo miró la caja.
—Es humano. Ella sonrió y salió. Mateo aguardó a oír sus pasos en la escalera antes de volver a sentarse.
Dos días después sonó el teléfono poco antes del mediodía. Mateo estaba escribiendo cuando levantó el auricular.
—Rivas.
—Soy Rafael. Mateo reconoció la voz después de unos segundos.
—¿Ha ocurrido algo?
—No. Quería decirle una cosa. Mateo dejó el lápiz.
—Dígame.
—He estado pensando en lo que hablamos.
—¿Sobre Ferrer?
—Sí. Hubo silencio al otro lado.
—He recordado una cosa. Mateo no dijo nada.
—La noche antes de que Ferrer muriera estuvo en mi casa. Aquello hizo que Mateo se incorporara ligeramente.
—¿Está seguro?
—Ahora sí.
—¿Por qué no me lo dijo antes?
—Porque no me acordaba.
—¿Qué ocurrió?
—Vino tarde. No sé qué hora era. Yo estaba cenando. Mi mujer todavía vivía entonces. Ferrer estuvo poco tiempo.
—¿De qué hablaron?
—De papeles. Mateo tomó el lápiz.
—¿Qué papeles?
—No tengo una respuesta para eso. Me preguntó si podía guardar algo.
—¿Qué?
—La fotografía. Mateo dejó de escribir.
—¿La segunda?
—Sí.
—¿Se la entregó aquella noche?
—Sí.
—¿Y qué le dijo? Rafael respiró lentamente.
—Me dijo que si alguien preguntaba por ella, yo no sabía nada. Mateo permaneció callado.
—¿Le dijo quién podía preguntar?
—No.
—¿Mencionó a Manuel Ortega?
—No recuerdo.
—¿Mencionó el accidente?
—Tampoco.
—Entonces, ¿por qué cree que la fotografía era importante?
—Porque Ferrer estaba preocupado. Mateo anotó la frase.
—¿Le pareció asustado?
—No. Eso es lo extraño. Parecía enfadado.
—¿Con quién?
—Eso no puedo asegurarlo. Rafael se quedó callado unos segundos.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Antes de irse me dijo: «Si mañana no vengo, no busques explicaciones donde no las hay».
Mateo dejó el lápiz. Aquella frase no resolvía nada. Tampoco demostraba que Ferrer esperase morir. Podía haber sido una forma de hablar. Una preocupación. Una advertencia. Incluso podía ser un recuerdo deformado por dieciséis años.
—Rafael, ¿está seguro de las palabras?
—No.
—¿Entonces?
—Eso es lo que recuerdo. Puede que no fueran exactamente esas. Mateo agradeció la sinceridad.
—¿Por qué me llama ahora?
—Porque usted me dijo que no confundiera lo que sabemos con lo que creemos. Mateo bajó la mirada hacia sus notas.
—Y usted ha hecho bien.
—¿Sirve de algo?
—Sirve para saber que Ferrer estaba preocupado la víspera de su muerte.
—¿Y eso cambia lo demás? Mateo miró la fotografía que había dejado sobre la mesa.
—No. Pero completa una parte.
—Entonces se la dejo.
—Gracias. Antes de colgar, Rafael preguntó: —¿Va a seguir con ello? Mateo miró la carpeta cerrada de Julián.
—No. Rafael guardó silencio.
—¿Por qué?
—Porque ya no es mi investigación. Colgaron. Mateo se quedó un rato mirando el teléfono.
Después escribió una última anotación en la carpeta de Ferrer: «Testimonio posterior de Rafael.
Recuerdo no contemporáneo. No modifica la conclusión sobre la causa de la muerte. Confirma preocupación previa de Ferrer.» Subrayó una sola palabra: «No modifica.»
Aquella tarde Mateo salió a caminar. Madrid estaba gris y húmeda.
En algunas aceras quedaban manchas oscuras de la lluvia de la mañana y los coches levantaban pequeños abanicos de agua al pasar.
Mateo caminó sin rumbo durante un rato, cruzando calles que conocía desde hacía años.
Pensó en Ferrer. Un hombre muerto dieciséis años atrás.
Pensó en Julián. Un hombre vivo que había tenido miedo de equivocarse.
Pensó en Rafael, que había necesitado dieciséis años para recordar una conversación.
Y pensó en los documentos. Quizá lo más difícil de una investigación no fuera encontrar la verdad, sino aceptar que la verdad podía tener zonas que ya nadie estaba en condiciones de iluminar.
No era una derrota. Era un límite. Al llegar al despacho encontró la carpeta de Julián sobre la mesa.
La abrió por última vez. Dentro estaban las fotografías, las copias de los documentos y sus propias notas.
Mateo separó tres hojas. En la primera había escrito: «Ferrer murió en accidente. No hay pruebas de homicidio.»
En la segunda: «Ortega transportó documentación. No demostrado que conociera su contenido.»
En la tercera: «Julián desapareció voluntariamente por miedo y confusión. Localizado.»
Las leyó una detrás de otra. Después añadió: «Caso cerrado.»
Guardó las hojas. No destruyó nada. Tampoco añadió una pregunta nueva.
A las siete apagó la lámpara y cerró el despacho.
La placa de la puerta quedó unos segundos iluminada por la luz de la calle antes de que Mateo bajara las escaleras.
Al salir, metió las manos en los bolsillos del abrigo y comenzó a caminar hacia su casa.
No pensaba en la fotografía. Pensaba en la mañana siguiente.
El nombre había estado allí desde el principio. Antonio Ferrer. Mateo lo había leído en una libreta, después en un registro y finalmente lo había visto escrito detrás de una fotografía.
Durante días había buscado una explicación para aquel nombre, como si un nombre antiguo pudiera guardar por sí solo la respuesta a una historia.
No era así. Un nombre podía llevar a una persona.
Una persona podía llevar a un lugar. Un lugar podía llevar a un documento.
Y, aun así, podía quedar una parte de la historia fuera del alcance de cualquiera.
Mateo lo comprendió mientras caminaba de regreso a casa.
La fotografía no había resuelto nada por sí sola.
Había obligado a mirar. Eso era todo. Y quizá fuera suficiente.
Al día siguiente, antes de abrir el despacho, sacó del bolsillo el pequeño reloj de su padre.
Lo sostuvo un instante en la mano y comprobó la hora.
Después lo guardó. Había cosas que se podían reparar.
Otras solo podían conservarse. Mateo levantó la persiana del despacho. La calle empezaba a llenarse de gente.
Entró, dejó el abrigo en la silla y abrió el cuaderno. Escribió la fecha. Debajo puso: «Trabajo nuevo.» Y
esperó al siguiente cliente.
El hombre de la deuda volvió al despacho tres días después. Mateo lo reconoció antes de que dijera su nombre. Traía la misma carpeta marrón, pero esta vez parecía más pesada. La dejó sobre la mesa con cuidado.
—He encontrado otra cosa.
—¿Qué? Carlos sacó un sobre.
—Estaba en casa de mi madre. Mateo no lo abrió inmediatamente.
—¿Quién lo guardaba?
—Mi padre.
—¿Y por qué no me lo enseñó la otra vez?
—Porque no sabía que existía. Mateo abrió el sobre.
Dentro había tres recibos, una carta y una fotografía pequeña.
La fotografía estaba tomada en una estación.
Mateo la sostuvo unos segundos. No había nada extraordinario en ella.
Un andén, un banco, dos hombres de espaldas y un reloj al fondo.
Pero el reloj marcaba una hora. Mateo acercó la fotografía a la lámpara.
—¿Qué año es? —1960.
—¿Cómo lo sabe?
—Por la fecha de la carta. Mateo leyó el encabezamiento. No conocía a ninguno de los hombres.
—¿Qué relación tiene esto con su hermano? Carlos se encogió de hombros.
—No lo sé. Mateo dejó la fotografía sobre la mesa.
—Entonces ahora sí tenemos algo que investigar.
No había pensado en la deuda cuando abrió el despacho aquella mañana.
Tampoco había pensado en Ferrer. Sin embargo, la imagen de la estación le recordó una cosa que había aprendido durante su antiguo trabajo: una fotografía podía ser importante sin contener ningún secreto.
A veces solo servía para demostrar que alguien estuvo en un lugar.
Y eso era suficiente para empezar. Tomó el cuaderno.
—Vamos a olvidarnos por un momento de lo que cree su hermano.
—¿Por qué?
—Porque quiero saber qué pasó antes de que apareciera la deuda. Carlos asintió. Mateo escribió la primera pregunta. «¿Quién hizo la fotografía?» Después levantó la vista.
—Ahora cuénteme todo lo que sabe de su padre.
La investigación de Carlos ocupó la tarde y buena parte de la mañana siguiente, pero Mateo no tuvo la sensación de estar empezando una nueva aventura.
Era un trabajo. Había aprendido a apreciar esa diferencia.
Los clientes llegaban con problemas que para ellos eran enormes y que, desde fuera, podían parecer pequeños.
Una deuda. Una persona que no contestaba cartas.
Un socio que había desaparecido con unos papeles.
Una mujer que quería saber si su marido decía la verdad cuando aseguraba que estaba trabajando hasta tarde.
No todos los asuntos necesitaban una persecución.
La mayoría necesitaba tiempo. A última hora de la tarde, cuando Carlos se marchó, Mateo cerró la carpeta y se quedó junto a la ventana.
Madrid había cambiado de luz. En la calle, los vendedores recogían algunas mercancías y los últimos clientes salían de las tiendas.
Un tranvía pasó al fondo con el ruido metálico de siempre.