9. El nombre de la fotografía
Antes de marcharse de Almería, Mateo volvió a Rodalquilar una última vez, pero no para investigar. Rafael estaba sentado delante de la casa cuando llegó. El hombre lo reconoció después de unos segundos.
—¿Ya se va?
—Sí.
—Entonces ha encontrado al hombre.
—Sí. Rafael asintió.
—Me alegro. Mateo sacó la segunda fotografía.
—Quiero devolvérsela. Rafael la tomó con ambas manos. La miró durante un rato.
—Hace muchos años que no la veía fuera de mi casa.
—¿Por qué la guardó? Rafael tardó en contestar.
—Porque me la dejó Ferrer. Mateo mantuvo la mirada en él.
—No sabía qué hacer con ella después.
—¿Por qué?
—Porque algunas cosas no son tuyas, pero tampoco sabes a quién devolverlas. Rafael pasó un dedo por el borde del papel.
—Mi hijo decía que debía tirarla.
—¿Y por qué no lo hizo?
—Porque no me gusta tirar las cosas cuando no sé si todavía pueden servir para algo. Mateo dejó la fotografía sobre la mesa con cuidado.
—Es una buena razón. Rafael guardó la fotografía en el bolsillo interior de la chaqueta.
—¿Ha sido un asesinato? Mateo negó con la cabeza.
—No tengo pruebas de eso.
—Entonces fue un accidente.
—Eso es lo que dicen los papeles. Rafael lo miró.
—Los papeles dicen muchas cosas. Mateo sostuvo su mirada.
—Y las personas también. El anciano sonrió.
—Eso sí que es verdad. No hablaron más del asunto.
Mateo se despidió y bajó por la calle hacia la carretera.
Las instalaciones mineras seguían funcionando a lo lejos.
Se oían voces, golpes metálicos y el ruido de alguna máquina.
El pueblo continuaba con su vida. Una mujer tendía ropa.
Dos niños corrían detrás de una pelota. Un trabajador cruzaba con el paso cansado de quien llevaba muchas horas fuera de casa.
Mateo pensó que aquella normalidad era quizá lo más difícil de entender de cualquier historia antigua.
Los acontecimientos importantes no detenían necesariamente la vida de los demás.
Una persona podía morir, otra podía callar, alguien podía guardar una fotografía durante dieciséis años y, mientras tanto, los niños seguían yendo a la escuela y las tiendas abrían por la mañana.
No escribió nada. Esta vez no lo necesitaba.
Mateo regresó a Madrid dos días después.
El despacho seguía igual que lo había dejado.
La misma mesa, las mismas carpetas, la máquina de escribir y el cenicero con una colilla que había olvidado vaciar antes de marcharse.
Dejó la maleta junto a la pared y abrió las ventanas.
La ciudad entraba por ellas con su ruido habitual.
Sacó la carpeta de Julián y redactó el informe final.
Escribió que Julián Valera había sido localizado en Almería y que su ausencia había sido voluntaria.
Explicó las circunstancias que habían provocado su temor y dejó constancia de que no había encontrado pruebas de delito relacionadas con la muerte de Antonio Ferrer.
Añadió una última observación: «La investigación permitió localizar documentación incompleta y testimonios contradictorios relativos a hechos de 1948. No se considera acreditado que exista relación criminal entre dichos hechos y la desaparición de Julián Valera.»
Releyó el párrafo. Le pareció demasiado frío.
Pero era correcto. Lo dejó. Después llamó a Elena.
—Está hecho.
—Gracias.
—Julián volverá.
—¿Y mi padre? Mateo miró la fotografía de Vicente que todavía conservaba en una copia.
—Tu padre sabía menos de lo que creía y más de lo que escribió.
—Eso no me ayuda mucho.
—Lo sé.
—¿Te volveré a llamar? Mateo recogió el abrigo que había dejado en el respaldo de la silla.
—Espero que no por un desaparecido.
—¿Y por otra cosa?
—Eso puede ser. Colgaron. Mateo guardó el informe en la carpeta y la cerró.
Durante un rato se quedó sentado sin hacer nada.
Había empezado aquella investigación buscando a un hombre desaparecido.
Había encontrado a Julián. Había encontrado una fotografía.
Había encontrado un nombre. También había encontrado una historia incompleta de dieciséis años atrás.
No podía hacer más. Y, por una vez, no sintió la necesidad de hacerlo.
Aquella noche, antes de marcharse, Mateo abrió el cajón inferior del archivador.
No buscaba nada relacionado con Julián. Buscaba una carpeta antigua.
Había aprendido a conservar algunas cosas que otros investigadores habrían tirado.
No por nostalgia, sino porque los papeles viejos tenían una manera particular de devolver preguntas cuando uno menos las esperaba.
Encontró la carpeta de 1958. La dejó sobre la mesa.
El cartón estaba gastado y el cierre metálico tenía una pequeña mancha de óxido.
Mateo la abrió sin prisa. Había informes, declaraciones y algunas notas de su época en la policía.
Muchas cosas que ya no recordaba con precisión.
Pasó varias hojas. En una de ellas apareció un nombre.
Emilio Salcedo. Mateo se detuvo. No recordó inmediatamente el caso completo.
Recordó una estación, una entrega, un hombre al que había interrogado dos veces y una orden que había recibido para dejar aquella línea de investigación.
Siguió leyendo. En una hoja pequeña, escrita a mano, había una anotación que reconoció como suya.
«Octubre de 1958. Emilio Salcedo. Preguntar por el hombre que entregó el paquete en Linares-Baeza.»
Mateo permaneció unos segundos con el papel entre los dedos.
Después lo volvió a guardar. No sabía todavía qué significaba aquella frase.
Tampoco sabía si algún día volvería sobre aquel asunto.
Cerró la carpeta y la dejó en el cajón. No había necesidad de convertir una vieja nota en una nueva investigación aquella misma noche. Apagó la luz del despacho y salió.
A la mañana siguiente llegó antes de las ocho.
La calle todavía estaba despertando. Los comercios comenzaban a levantar persianas y en la acera había hombres que caminaban deprisa con el periódico bajo el brazo.
Mateo compró el suyo, entró en el café de siempre y pidió café solo.
Leyó las primeras páginas sin encontrar nada que le interesara demasiado.
Después dobló el periódico. Tenía por delante una mañana tranquila.
Cuando llegó al despacho, encontró a un hombre esperando junto a la puerta.
Parecía tener unos cincuenta años y llevaba una carpeta bajo el brazo.
—¿Mateo Rivas?
—Sí.
—Me han dado su dirección. Mateo abrió la puerta.
—Pase. El hombre entró.
—Es por mi hermano. Mateo dejó las llaves sobre la mesa.
—¿Ha desaparecido?
—No. Mateo aguardó la explicación.
—Entonces quizá sea mejor que me cuente qué ha ocurrido. El hombre dejó la carpeta encima de la mesa.
—Mi hermano lleva ocho años diciendo que no tiene una deuda. Mateo miró la carpeta.
—¿Y usted cree que la tiene?
—No lo sé. Mateo se sentó.
—Entonces empezaremos por ahí. El hombre tomó asiento frente a él.
Mateo abrió el cuaderno y escribió la fecha.
No sabía cuánto duraría aquel nuevo asunto ni adónde lo llevaría.
Tampoco sabía si acabaría relacionado con una persona, un documento o simplemente con una familia que necesitaba aclarar algo que llevaba demasiado tiempo sin hablarse.
Eso era lo que hacía ahora. Escuchar. Preguntar.
Comprobar. Y, cuando encontraba una contradicción, no dejarla pasar demasiado deprisa. Levantó la vista.
—Cuénteme desde el principio. El hombre comenzó a hablar. Mateo escuchó.
El hombre que había llegado al despacho se llamaba Carlos Molina y llevaba una carpeta marrón con las esquinas gastadas.
Durante los primeros minutos habló con cierta dificultad, como si hubiera repetido aquella explicación varias veces y ninguna de ellas le hubiera parecido suficiente.
Su hermano se llamaba Antonio. Tenía cuarenta y ocho años, trabajaba en un almacén de repuestos y, según Carlos, llevaba casi ocho años asegurando que no debía dinero a nadie.
—¿Y quién dice que lo debe?
—Una mujer.
—¿Qué mujer? Carlos abrió la carpeta y sacó una carta.
—La viuda de un antiguo socio. Mateo leyó la primera página. No había amenazas ni acusaciones extraordinarias. Solo una reclamación de dinero y varias referencias a una cantidad que, según la carta, había sido entregada años atrás.
—¿Qué quiere que haga?
—Quiero saber quién tiene razón. Mateo levantó la vista.
—Eso no siempre es posible.
—Ya lo sé. Pero mi hermano está convencido de que alguien ha cambiado los papeles. Aquella frase hizo que Mateo mirara otra vez la carpeta.
—¿Tiene los documentos originales?
—Algunos.
—Tráigamelos todos. Carlos dudó.
—¿Y si no los tiene?
—Entonces empezaremos por averiguar cuáles faltan. Mateo anotó el nombre y la dirección.
Mientras lo hacía, comprendió que la investigación de Julián había terminado de una manera mucho más sencilla de lo que había imaginado al principio.
No había detenido a nadie. No había descubierto una organización escondida.
No había encontrado una verdad capaz de cambiar un país.
Había encontrado a un hombre asustado que necesitaba tiempo para decidir si podía confiar en alguien.
Quizá aquel era el trabajo real. Separar lo que una persona creía de lo que podía demostrarse. Cerró el cuaderno.
—Déjeme la carta. Carlos se la entregó.
—¿Cuánto me costará?
—Primero tengo que saber qué hay que investigar.
—¿Y después?
—Después se lo diré. El hombre asintió. Cuando se marchó, Mateo permaneció unos segundos junto a la puerta. Después volvió a la mesa y guardó la carta en una carpeta nueva. No escribió nada más.
Elena apareció aquella tarde sin avisar. Mateo estaba leyendo el periódico cuando oyó dos golpes suaves en la puerta. Al levantar la cabeza la vio entrar con un paquete pequeño envuelto en papel.
—No sabía si estabas ocupado.
—Lo estaba.
—Entonces me voy.
—Ya que has venido, quédate. Elena dejó el paquete sobre la mesa.
—Es para ti. Mateo lo miró.
—¿Qué es?
—Nada importante.
—Eso suele significar que es algo importante. Elena sonrió.
—Julián volvió a Madrid ayer. Mateo asintió.
—¿Está bien?
—Sí. Ha hablado con mi madre y le ha contado todo. Mi madre dice que debería olvidarse del asunto.
—Es un buen consejo.
—Julián piensa lo mismo. Mateo abrió el paquete. Dentro había una caja de cartón pequeña. Al abrirla encontró varios rollos de película antiguos y dos fotografías.
—¿De dónde han salido?
—De la casa de mi padre. Mateo no tocó las fotografías.
—¿Quién las encontró?