El nombre de la fotografía (Mateo Rivas 1) 8. Una llamada de Almería #2
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8. Una llamada de Almería #2

—Piénselo. El hombre apoyó las manos en la barra.

—Hubo otro señor. Pero no sé si estaba con él.

—¿Cómo era?

—Normal. Mateo dejó que el hombre siguiera a su ritmo.

—Eso no ayuda mucho. El camarero sonrió.

—Ya.

—¿Qué edad?

—Cuarenta y tantos.

—¿Traje?

—Sí.

—¿Gris?

—Puede ser. Mateo no mostró ninguna reacción.

—¿Habló con Julián?

—Un momento.

—¿De qué?

—No lo sé. Yo estaba atendiendo.

—¿Se fueron juntos?

—No.

—¿Quién salió primero? El camarero pensó.

—El señor del traje.

—¿Y Julián?

—Se quedó.

—¿Cuánto?

—No mucho. Diez minutos, quizá. Mateo volvió a mirar la fotografía.

—¿Después se fue hacia la estación?

—Sí.

—¿Subió a un tren?

—No sabría decirle.

—Gracias. Salió de la cafetería sin apresurarse. En la libreta escribió: «Hombre del traje gris:

posible mismo hombre del hotel. Sin identificación. Sin prueba de relación con Andrés Ortega.»

Debajo añadió: «Julián no estaba huyendo. Estaba esperando.» Y por primera vez aquella palabra le pareció suficiente.

Mateo encontró a Julián al día siguiente.

No fue en la estación ni en una pensión.

Estaba sentado en un banco cercano al puerto, con una bolsa de papel junto a los pies y un periódico doblado sobre las rodillas.

Había adelgazado un poco desde la fotografía que Elena le había entregado, o quizá la fotografía lo mostraba con una expresión distinta.

Mateo se acercó sin llamarlo por sorpresa.

—¿Julián Valera? El hombre levantó la cabeza. Durante unos segundos no contestó.

—Sí.

—Soy Mateo Rivas. Julián miró alrededor.

—¿Le ha mandado Elena?

—Sí. Aquello pareció tranquilizarlo.

—Pensé que acabaría viniendo.

—¿Por qué?

—Porque usted no parecía dispuesto a dejarlo. Mateo se sentó a su lado.

—No. Pero necesito saber por qué desapareció. Julián miró el mar.

—No desaparecí.

—Para su familia sí.

—Lo sé.

—Entonces explíqueme qué hizo. Julián respiró despacio.

—Me asusté. Mateo no intervino.

—No por lo que encontré.

—¿Por qué, entonces?

—Por lo que no sabía. Aquella respuesta le recordó algunas de las conversaciones que había mantenido con testigos años atrás.

Las personas rara vez tenían miedo de una sola cosa.

A menudo tenían miedo de haber entendido mal algo y de las consecuencias de descubrir después que habían entendido demasiado.

—Cuéntemelo desde el principio —dijo Mateo. Julián tardó.

—Encontré el nombre de Ferrer en unos papeles de mi padre. Después encontré la fotografía.

Pensé que podía demostrar que había ocurrido algo.

—¿Un crimen?

—Sí.

—¿Y ahora? Julián bajó la vista.

—Ahora no estoy seguro. Mateo le explicó lo que había encontrado en Rodalquilar.

El informe del accidente. La ausencia del documento completo.

Los testimonios de Tomás y Rafael. La segunda fotografía.

El nombre de Manuel Ortega. Las anotaciones de los papeles.

Julián escuchó sin interrumpir. Cuando Mateo terminó, permaneció un rato callado.

—Entonces Ferrer murió en un accidente.

—Eso es lo más probable.

—¿Y todo lo demás?

—Eso es distinto. Julián asintió.

—Yo pensé que Ortega había estado allí.

—Probablemente estuvo relacionado con el movimiento de documentos. Pero no tengo pruebas de que estuviera junto a Ferrer cuando murió.

—Mi error fue ese.

—Sí. Julián soltó una risa breve.

—He tardado doce días en descubrirlo.

—Yo habría tardado más si no hubiera tenido la segunda fotografía. Julián lo miró.

—¿La tiene?

—Sí.

—¿Qué piensa hacer con ella? Mateo tardó un instante.

—Devolverla a quien me la entregó.

—¿No va a guardarla?

—No me pertenece. Julián pareció aliviado.

—Andrés me dijo algo parecido.

—¿Andrés Ortega?

—Sí. Mateo permaneció callado.

—No me amenazó. Quiero que quede claro.

—¿Qué hizo?

—Me dijo que dejara de preguntar.

—¿Por qué?

—Porque su padre había vivido muchos años con aquello encima. Me dijo que Manuel transportó documentos que no comprendía y que después tuvo miedo de hablar. Que había gente que perdió trabajo, dinero o tranquilidad por asuntos que nunca entendieron del todo.

—¿Y usted le creyó?

—No sabía si creerle. Pero pensé que quizá él tampoco sabía toda la verdad. Mateo asintió.

—Probablemente no la sabe. Julián miró el periódico.

—¿Qué hará usted ahora?

—Cerraré el encargo cuando hable con Elena.

—¿Y la historia de Ferrer? Mateo se levantó.

—No puedo convertirla en algo que los documentos no demuestran. Julián también se levantó.

—Entonces, ¿para qué ha servido todo esto? Mateo lo miró.

—Para saber qué sabemos y qué no. Julián sonrió.

—No parece mucho.

—A veces es bastante.

Caminaron juntos unos minutos. Julián llevaba la bolsa de papel. Mateo no preguntó qué había dentro. Ya no necesitaba saberlo todo. Antes de separarse, Julián se detuvo.

—Hay una cosa.

—Dígame.

—La fotografía que me dio Elena. Yo pensé que Ferrer era el hombre que estaba al lado de su padre.

—Lo era.

—No. Quiero decir que pensé que aquella fotografía era la prueba de que Ferrer había estado con Ortega. Mateo dejó la frase en el aire.

—Pero no se parecen las personas.

—¿Qué quiere decir?

—Que yo estaba mirando la fotografía buscando una relación. No estaba mirando a los hombres. Mateo no dijo nada. Julián sacó del bolsillo una copia doblada.

—Hice una lista. Se la entregó. Había nombres, fechas y varias líneas tachadas. Mateo reconoció su propia manera de equivocarse: demasiadas conexiones hechas demasiado pronto.

—¿Puedo quedármela?

—Sí. Mateo la dobló.

—Vuelva con Elena.

—¿Y usted?

—Yo tengo que hablar con ella.

—¿Después? Mateo miró hacia la calle.

—Después vuelvo a Madrid. Julián asintió.

—Gracias. Mateo le estrechó la mano. No había nada más que decir.

El encuentro con Elena tuvo lugar esa misma tarde en una cafetería tranquila. Mateo llegó con la carpeta bajo el brazo. Ella se levantó al verlo.

—¿Lo has encontrado?

—Sí. Elena cerró los ojos un segundo.

—¿Está bien?

—Sí.

—¿Dónde está?

—En Almería. Ella pareció sorprendida.

—¿Sigue allí?

—Sí. Y va a volver. Mateo le contó lo esencial.

No adornó los hechos ni ocultó las partes que podían decepcionarla.

Le explicó que Julián había interpretado la relación entre Ferrer y Ortega de una manera demasiado directa y que él mismo había cometido el mismo error durante un tiempo. Elena escuchó en silencio.

—Entonces mi padre no descubrió un asesinato.

—No puedo decir eso.

—Pero tampoco sabes qué ocurrió.

—Sé algunas cosas. Mateo abrió la carpeta.

—Ferrer murió el 17 de octubre de 1948. El registro lo recoge como accidente. No he encontrado pruebas que permitan afirmar otra cosa. También sé que había documentos cuyo recorrido no quedó bien explicado y que varias personas prefirieron no hablar de ello.

—¿Por miedo?

—Por miedo, por trabajo, por familia, por dinero. Cada uno tendría su motivo. Elena miró la mesa.

—Mi padre escribió «No volver a tratar con él».

—Sí.

—¿Eso significa que sabía que Ortega era culpable?

—No.

—Entonces, ¿qué significa?

—Que no quería seguir tratando con él. Elena suspiró.

—Es poco.

—Es lo que tenemos. Hubo un silencio largo.

—Julián se equivocó —dijo ella.

—En parte.

—¿Y tú? Mateo se recostó un poco en la silla.

—También. Elena lo miró por primera vez con algo parecido a alivio.

—Eso sí me lo creo. Mateo cerró la carpeta.

—Hay otra cosa que quiero que entiendas. La segunda fotografía no demuestra que Ferrer muriera aquel día ni que Ortega estuviera relacionado con su muerte. La anotación del reverso parece posterior a la fotografía o, al menos, no podemos demostrar que fuera contemporánea.

—Entonces hemos pasado semanas detrás de una fotografía que no demuestra nada.

—No exactamente. Mateo puso ambas manos sobre la carpeta.

—La fotografía obligó a comparar cosas que llevaban años separadas. Nombres, fechas, documentos y recuerdos. Sin ella, probablemente nadie habría vuelto a mirar. Elena asintió lentamente.

—¿Y qué hacemos con todo?

—Conserva las copias.

—¿Para qué?

—Por si algún día aparece otro documento. Elena lo miró.

—Pensé que ibas a decirme que lo destruyera.

—No.

—¿Por qué?

—Porque destruir papeles para olvidar una historia nunca ha hecho que la historia desaparezca. Mateo se corrigió antes de terminar la frase.

—Pero tampoco significa que haya que buscar una explicación donde no la hay. Elena sonrió.

—Ahora pareces cansado.

—Lo estoy.

—¿Mucho?

—Lo suficiente para aceptar que algunas preguntas no tienen una respuesta completa.

—Eso sí que es nuevo. Mateo se levantó.

—No te acostumbres.