El nombre de la fotografía (Mateo Rivas 1) 8. Una llamada de Almería
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8. Una llamada de Almería

Mateo llegó a su despacho a primera hora de la mañana siguiente.

Había dormido poco, aunque no por cansancio.

La conversación con Elena, la libreta de Vicente y aquella segunda fotografía le habían dejado la sensación de que había pasado demasiados días mirando las mismas piezas desde el mismo lado.

A veces una investigación no avanzaba porque faltara una respuesta, sino porque la pregunta estaba mal colocada.

Abrió la carpeta de Julián y repasó las notas.

No añadió nada durante un rato. Después volvió a leer lo que había escrito en el hotel, en Rodalquilar y en las pensiones de Almería.

Había una cosa que se repetía: Julián preguntaba por los mismos lugares, pero nunca parecía buscar un documento concreto.

Preguntaba por personas, por direcciones, por cómo llegar a determinados sitios.

Había hecho preguntas de alguien que todavía no sabía exactamente qué estaba buscando. Mateo tomó el lápiz.

—¿Qué hiciste después de asustarte? La pregunta quedó escrita en mitad de la hoja.

Debajo añadió: «No qué encontraste. Qué hiciste.»

Aquello cambió la manera de mirar las últimas horas de Julián.

Si el hombre hubiera querido desaparecer, habría podido marcharse mucho más lejos.

Tenía dinero suficiente para unos días y ningún motivo conocido para volver a Madrid.

Sin embargo, había permanecido en Almería. Había preguntado por trenes y autobuses. Había cambiado de pensión. Había seguido cerca de la estación. No parecía estar huyendo de la ciudad. Parecía estar esperando a decidir qué hacer. Mateo cerró la carpeta y llamó a Elena.

—Voy a volver.

—¿A Rodalquilar?

—A Almería. No creo que haga falta ir otra vez allí.

—¿Has encontrado algo?

—He encontrado una duda mejor. Elena soltó una pequeña risa al otro lado.

—Eso suena a que todavía no sabes nada.

—Exactamente. Colgó y se quedó mirando el teléfono.

Después pidió un billete para el primer tren que le permitiera llegar a Almería sin tener que pasar otra noche fuera.

No necesitaba regresar al lugar donde había empezado la investigación.

Necesitaba seguir el recorrido que había hecho Julián después de abandonarlo.

El viaje de regreso tuvo menos importancia que el primero. Mateo ya conocía el trazado, los cambios de paisaje y la forma en que el tren iba dejando atrás unas tierras para entrar en otras.

Aun así, el viaje le sirvió para ordenar lo que sabía.

En Linares-Baeza recordó a su padre. No porque hubiera encontrado una relación nueva, sino porque durante unos segundos volvió a pensar en él como lo hacía de niño: asociado al ruido de los trenes, a los horarios, a los hombres que conocían una estación mejor que su propia casa.

Su padre decía que un ferroviario aprendía pronto que los viajeros podían equivocarse de andén, pero casi nunca se equivocaban de destino sin una razón.

Mateo había pensado muchas veces que aquella frase era una de esas cosas que los padres dicen para que sus hijos crean que han aprendido algo importante.

Con los años había descubierto que, al menos algunas veces, tenía razón. Llegó a Almería por la tarde.

La estación estaba igual de abierta y luminosa que unos días antes, aunque el cambio de dirección hacía que todo pareciera distinto.

Había viajeros con maletas, empleados que cruzaban el vestíbulo, un hombre que discutía con un mozo por un bulto demasiado grande y varias personas esperando a familiares.

Mateo permaneció unos minutos junto a una de las puertas.

No buscó a Julián. Buscó su manera de moverse.

Si estaba allí, no tendría sentido que se quedara quieto esperando que alguien lo encontrara.

Un hombre que teme ser localizado mira las salidas, pregunta por horarios y evita permanecer demasiado tiempo en el mismo sitio.

Pero también necesita comer, dormir y comprar tabaco.

La vida cotidiana deja rastros que una persona no puede borrar por completo.

Salió de la estación y caminó hacia las calles cercanas.

El aire de la tarde conservaba todavía algo de calor, aunque en las zonas de sombra comenzaba a notarse el cambio de temperatura.

La ciudad seguía con su actividad habitual.

Comercios abiertos, carros, bicicletas, hombres con chaqueta a pesar del calor y mujeres que hacían las últimas compras del día.

Mateo entró en un café pequeño y pidió un café solo.

No preguntó por Julián de inmediato. Primero escuchó.

Había aprendido en la policía que preguntar demasiado pronto podía hacer que una persona se pusiera en guardia.

Era mejor dejar que la conversación se formara alrededor de la pregunta.

Cuando terminó el café, se acercó al hombre que atendía la barra.

—Estoy buscando una pensión por esta zona. Para un hombre que estuvo aquí hace unos días.

—¿Y eso?

—Trabajo. El hombre lo miró sin entusiasmo.

—Hay muchas.

—Ya. Mateo sacó una fotografía pequeña de Julián.

—¿Le suena? El hombre la observó.

—No. Mateo la guardó.

—¿Y si no estuviera buscando alojamiento? ¿Si solo hubiera preguntado por una pensión?

—Eso ya es otra cosa. El camarero pensó unos segundos.

—Aquí viene mucha gente a preguntar.

—¿Alguna pensión cerca de la estación donde reciban gente por pocos días?

—La pensión de doña Carmen. Dos calles más arriba. Pero no sé si sigue teniendo habitaciones.

Mateo le dio las gracias y salió. La dirección coincidía con una de las anotaciones que había encontrado en sus notas anteriores.

No era una coincidencia extraordinaria. Había varias pensiones cerca de la estación.

Pero la investigación ya no necesitaba coincidencias extraordinarias. Necesitaba comprobar las pequeñas.

Doña Carmen tenía una pensión modesta y limpia. El pasillo olía a jabón y a comida recién hecha. En una pared había un calendario y, junto a la escalera, una maceta que necesitaba agua. La mujer escuchó el nombre de Julián antes de contestar.

—¿Es policía?

—No.

—Entonces, ¿quién es usted? Mateo le enseñó la placa profesional.

—Investigador privado. Su familia me ha encargado encontrarlo. La mujer miró la placa, después a Mateo.

—Aquí estuvo.

—¿Cuándo?

—Hace tres noches. Mateo sintió una pequeña tensión en el estómago, pero no la dejó salir.

—¿Está segura?

—Sí. No se me olvidan las caras de los huéspedes. Tampoco los nombres, cuando pagan.

—¿Qué habitación?

—La seis. Subieron juntos. La habitación era pequeña: una cama, una mesilla, una silla, un armario estrecho y una ventana que daba a un patio interior. Doña Carmen abrió la puerta y se quedó en el umbral.

—No dejó nada.

—¿Miró usted?

—Después de que se fuera. Por si había ropa.

Mateo entró. No esperaba encontrar una pista escondida bajo el colchón.

Tampoco un papel doblado dentro de un cajón.

Había aprendido hacía muchos años que las habitaciones de las personas desaparecidas casi nunca se parecían a las de las novelas.

Lo que encontró fue más sencillo. En la papelera había dos colillas y un recibo arrugado de un establecimiento cercano a la estación.

Mateo lo alisó. Era de la mañana del día anterior a la partida de Julián.

—¿Estaba nervioso? —preguntó. Doña Carmen se encogió de hombros.

—Preocupado.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque hablaba menos. Mateo inclinó la cabeza, atento.

—Eso puede significar muchas cosas.

—Sí. Pero llevaba tres días aquí y al principio preguntaba. Después dejó de hacerlo.

—¿Qué preguntaba?

—Por los trenes. Por los autobuses. Por una dirección.

—¿Qué dirección? La mujer frunció el ceño.

—No recuerdo el número. Una calle de las afueras. Dijo que tenía que encontrar a alguien.

Mateo sacó el cuaderno.

—¿Le dijo a quién?

—No.

—¿Y después?

—El último día salió por la mañana y volvió antes de comer. Traía un sobre.

—¿Grande?

—No. Pequeño.

—¿Lo abrió?

—No delante de mí.

—¿Y luego?

—Se quedó sentado en el comedor. Estuvo bastante tiempo mirando el sobre. Después lo guardó. Mateo escribió despacio.

—¿Volvió a salir?

—Sí. Por la tarde.

—¿Solo?

—Eso creo.

—¿Lo vio marcharse?

—Desde la ventana. Doña Carmen señaló hacia la calle.

—Bajó andando hacia la estación. Mateo levantó la vista.

—¿Seguro que hacia la estación?

—Sí.

—¿Y llevaba el sobre? La mujer dudó.

—No tengo una respuesta para eso. Aquella duda le pareció más útil que una respuesta segura.

—¿Recuerda algo más? Doña Carmen pensó durante un rato.

—Antes de salir me preguntó si conocía una cafetería cerca de la estación donde pudiera esperar sin llamar la atención. Mateo cerró el cuaderno.

—¿Le dijo por qué?

—No.

—¿Y usted qué le contestó?

—Que en una cafetería nadie se fija en nadie si uno no da problemas. Mateo guardó el lápiz.

—Tenía razón. Doña Carmen lo miró con una expresión que mezclaba curiosidad y cansancio.

—¿Le ha pasado algo? Mateo tardó en responder.

—No lo sé todavía. La mujer asintió.

—Entonces quizá no se haya ido por miedo. Mateo la miró.

—¿Por qué dice eso?

—Porque el que tiene mucho miedo no suele quedarse tres días en la misma ciudad. Busca salir cuanto antes. Mateo no respondió. Era exactamente la conclusión a la que él había llegado, pero escucharla de otra persona le ayudó a comprobar que no estaba forzando los hechos para que encajaran.

Volvió a la estación poco después de las cinco. La cafetería que le había indicado doña Carmen estaba

cerca de la entrada principal. Tenía mesas pequeñas y un mostrador largo donde los viajeros podían tomar algo sin quedarse demasiado tiempo.

Mateo se sentó en una mesa desde la que podía ver la puerta.

No preguntó por Julián. Esperó. A los veinte minutos entró un hombre que llevaba una cartera de cuero y un periódico bajo el brazo.

Se sentó, pidió café y empezó a leer. Mateo pensó durante unos segundos que podía ser el hombre del hotel, pero lo descartó por una razón sencilla: no lo había visto suficientemente bien como para afirmarlo.

No convirtió una posibilidad en un hecho.

Cuando el camarero pasó cerca, Mateo mostró la fotografía.

—¿Ha visto a este hombre? El camarero la observó.

—Sí. Mateo levantó la cabeza.

—¿Cuándo?

—Hace unos días.

—¿Solo?

—Sí.

—¿Se quedó mucho tiempo?

—Una hora, quizá algo más.

—¿Habló con alguien? El hombre negó con la cabeza.

—Escribió bastante.

—¿Dónde? El camarero señaló una mesa del fondo.

—Allí. Mateo miró.

—¿Recuerda si recibió alguna visita?

—No estoy seguro.