El nombre de la fotografía (Mateo Rivas 1) 7. Lo que no encaja #2
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7. Lo que no encaja #2

Mateo se detuvo.

—¿Lo conoce?

El hombre no respondió. Dio un paso hacia él y le agarró el antebrazo con fuerza suficiente para dejar claro que no se trataba de una conversación amistosa. Mateo se soltó girando el cuerpo, como había aprendido muchos años atrás, sin intentar golpearle.

—No vuelva a buscarlo.

El hombre retrocedió inmediatamente. Un carro dobló la esquina y, durante un segundo, ambos quedaron

separados por el ruido de las ruedas sobre el pavimento. Cuando Mateo volvió a mirar, el desconocido ya caminaba hacia la avenida.

No lo siguió.

Se quedó quieto unos segundos, notando el pulso en el brazo. No había sido una paliza ni una amenaza espectacular. Precisamente por eso le preocupó. Alguien sabía su nombre, sabía a quién buscaba y había querido asegurarse de que entendiera el mensaje.

Mateo entró en un portal, sacó el cuaderno y escribió únicamente: «Hombre desconocido.

Advertencia directa. No identificado.»

Después guardó el lápiz.

No escribió «peligro». Esa palabra describía una conclusión, no un hecho.

Elena lo recibió al día siguiente en casa de su padre. Había colocado sobre la mesa una caja de madera que Mateo no había visto en la primera visita.

—La encontré detrás de unos libros.

La caja no tenía cerradura.

Dentro había papeles doblados, recibos y varias hojas arrancadas de libretas antiguas. No había nada espectacular. El tipo de objetos que, juntos, solo parecen importantes cuando alguien ha decidido conservarlos.

Mateo fue sacándolos uno a uno.

Un recibo de transporte.

Una hoja con una cantidad.

Un nombre.

Una fecha.

Y después encontró una anotación:

«17-10-48. No entregar.»

No había firma.

En otra hoja:

«Manuel Ortega. Recibido. Falta confirmar destino.»

Mateo la dejó sobre la mesa.

—¿Esto lo escribió su padre?

—Creo que sí.

—¿Está segura?

—No.

—Bien.

Elena lo miró con cierta irritación.

—¿Por qué dice “bien”?

—Porque si no está segura, no debemos escribirlo como un hecho.

Continuó revisando.

En una hoja de 1952 aparecía:

«Ortega insiste. No volver a tratar con él.»

Mateo levantó la vista.

—Esto sí parece escrito por su padre.

—¿Por la letra?

—Por el contexto.

—¿Y qué significa?

—Que en 1952 Vicente Valdés no quería seguir tratando con Manuel Ortega.

—Eso ya lo habíamos visto.

—Ahora tenemos la frase completa.

Elena se sentó.

—¿Y eso qué cambia?

Mateo juntó los documentos.

—Que probablemente Julián no estaba buscando un crimen.

—¿Entonces qué buscaba?

—Una explicación.

Elena miró hacia la caja.

—¿No es lo mismo?

—No.

Mateo entendía la diferencia.

Un crimen necesita un culpable.

Una explicación puede necesitar algo mucho más incómodo: admitir que varias personas hicieron cosas pequeñas, que nadie contó todo y que con el tiempo la versión más sencilla terminó ocupando el lugar de la verdad.

Antes de cerrar la caja, Mateo encontró un papel sin fecha. Solo contenía dos palabras:

«Preguntar después.»

No supo quién lo había escrito.

Lo devolvió a la caja.

No todo tenía que convertirse en pista.

Algunas cosas solo eran restos de una vida que había pasado por demasiadas manos.

El viaje de regreso a Madrid fue menos pesado que el de ida, aunque Mateo apenas durmió.

Llevaba en la maleta las copias de los documentos de Elena y sus propias notas.

En el tren repasó las fechas.

1948. 1949. 1950. 1951. 1952.

Entre unas y otras había años suficientes para que una persona cambiara de trabajo, tuviera hijos, enfermara o muriera. Las historias no permanecían quietas esperando a que alguien las investigara.

A su lado viajaba un hombre que llevaba un periódico doblado y una bolsa de papel.

—¿Mucho trabajo? —preguntó de repente.

Mateo lo miró.

—Algo.

—¿Por aquí?

—Almería.

—Buen sitio.

—Depende del trabajo.

El hombre abrió el periódico.

—Eso siempre.

No volvieron a hablar.

Mateo agradeció el silencio.

Al llegar a Madrid, el cielo estaba cubierto y la ciudad tenía ese movimiento continuo que hacía que los viajeros parecieran entrar en una corriente. Cogió un taxi hasta su despacho y dejó la maleta.

Antes de irse a casa llamó a Elena.

—Ya estoy aquí.

—¿Y Julián?

—Creo que sé dónde buscarlo.

—¿Dónde?

—Almería.

—¿No estaba en Rodalquilar?

—No.

—Entonces, ¿dónde?

—Todavía no lo sé.

Elena permaneció callada.

—Pero volverás.

—Sí.

Mateo colgó.

Abrió el cajón donde guardaba las carpetas de los clientes y colocó encima la de Julián.

Después sacó una hoja nueva.

Escribió:

«Julián Valera. Almería. Pensión. Estación.»

No necesitaba mucho más.

La investigación se había vuelto sencilla.

Encontrarlo.

Hablar con él.

Y comprobar si el miedo había nacido de algo real o de una conclusión equivocada.

Mateo apagó la luz del despacho y cerró la puerta.

Por primera vez desde que había llegado a Almería, pensó que quizá la fotografía no era el principio de la historia.

Solo era el lugar donde alguien había decidido empezar a mirar.

Antes de dormir, Mateo recibió una llamada de Elena. Le contó lo sucedido sin adornarlo.

—¿Le ha hecho daño?

—No.

—¿Está seguro?

Mateo miró el brazo. Quedaba una marca roja que desaparecería al día siguiente.

—Sí.

Elena guardó silencio.

—Entonces Julián tenía razón.

—Puede que sí.

—No quiero que le pase nada por mi culpa.

—No es por su culpa.

—¿Y por la de quién?

Mateo tardó en contestar.

—Todavía no lo sé.

Al otro lado se oyó una respiración larga.

—Yo sí quiero seguir buscando a Julián —dijo Elena—. Pero no quiero que esto se convierta en otra cosa.

—Ni yo.

—¿Y si él sabe algo que nosotros no sabemos?

—Entonces tendremos que averiguar qué sabe, no imaginarlo.

Cuando colgaron, Mateo se quedó sentado junto al teléfono. Por primera vez desde que había aceptado el encargo, sintió que la investigación podía hacer daño a alguien que no tenía ninguna obligación de sufrir sus consecuencias.

Abrió el cuaderno, pero no escribió nada. Esa noche dejó el lápiz sobre la mesa y apagó la luz.