7. Lo que no encaja
De vuelta en la pensión, Mateo colocó sobre la mesa las copias de Elena, las dos fotografías y sus notas. Hizo una lista.
Antonio Ferrer.
Manuel Ortega.
Andrés Ortega.
Vicente Valdés.
Julián Valera.
No quiso añadir al hombre del traje gris porque ni siquiera tenía un nombre.
Después trazó dos columnas.
Lo que sé.
Lo que creo.
En la primera puso muy poco.
Ferrer murió el 17 de octubre de 1948.
La muerte fue registrada como accidente.
Manuel Ortega aparece en documentación posterior.
Ferrer y Ortega aparecen en fotografías distintas del mismo entorno.
Julián investigó esos nombres.
Julián desapareció después de viajar a Rodalquilar.
En la segunda columna había muchas más cosas.
Que Ferrer descubrió un fraude.
Que Ortega sabía qué había ocurrido.
Que la segunda fotografía estaba relacionada con su muerte.
Que Julián había sido perseguido.
Mateo miró la lista y tachó casi toda la segunda columna.
Había pasado años aprendiendo que la investigación se estropeaba cuando las hipótesis empezaban a parecer recuerdos.
Volvió a escribir:
«Ortega no es el centro. Los documentos pueden serlo.»
Después guardó las fotografías en el sobre.
Aún no sabía dónde estaba Julián, pero empezaba a saber dónde no buscarlo.
No estaba en Rodalquilar.
Y si había salido por voluntad propia, probablemente había vuelto a Almería.
La mañana siguiente tomaría el autobús.
No por seguir una pista brillante.
Por seguir una pista sencilla.
El teléfono de la pensión sonó poco después de las nueve. Mateo estaba terminando el café cuando la dueña llamó desde el pasillo.
—Para usted.
Mateo se levantó y cogió el auricular.
—¿Sí?
Era Elena.
—Han llamado a casa.
—¿Quién?
—No lo recuerdo. Preguntaban por Julián.
Mateo dejó la taza sobre la mesa.
—¿Qué dijeron?
—Preguntaron si había regresado.
—¿A Madrid?
—Sí.
—¿Dieron su nombre?
—No.
—¿Cómo era la voz?
Elena guardó silencio.
—Un hombre. Normal. No parecía enfadado.
Mateo tomó el bloc.
—¿Algo más?
—Preguntó si usted estaba con Julián.
—¿Y qué respondió?
—Que no.
Mateo anotó la frase.
—Ha hecho bien.
—¿Cree que era el hombre del hotel?
—No tengo una respuesta para eso.
—Usted siempre dice eso.
—Porque todavía no lo sé.
Cuando colgó, se quedó unos segundos junto al teléfono.
Hasta entonces había pensado que el interés por Julián podía haber terminado en Rodalquilar.
Ahora tenía un dato distinto. Alguien seguía intentando saber dónde estaba.
No era una amenaza. No todavía.
Pero sí significaba que Julián no había exagerado al sentirse observado.
Mateo terminó el café y salió a la calle. La mañana de Almería tenía esa claridad que hacía que las distancias parecieran menores. Caminó hacia la zona de la estación y preguntó discretamente en un par de establecimientos. Nadie recordaba a Julián.
En una cafetería próxima a la estación encontró al dueño detrás de la barra.
—Busco a un hombre que pudo pasar por aquí hace unos días.
—Eso es como buscar una aguja.
—No busco una aguja.
El hombre sonrió.
—Entonces dígame qué busca.
Mateo describió a Julián sin exagerar. Cuarenta y pocos años, delgado, traje oscuro, maleta pequeña.
—Puede que haya venido —dijo el hombre—. Aquí pasa mucha gente.
—¿Y si hubiese esperado un tren?
—Entonces quizá se habría sentado allí.
Señaló una mesa junto a la ventana.
Mateo miró el lugar.
No había ninguna respuesta allí. Solo una posibilidad.
Y las posibilidades, pensó, tenían la costumbre de parecer más importantes de lo que eran.
La pista llegó de una manera menos interesante de lo que Mateo esperaba. Una mujer que trabajaba en una pequeña pensión recordó a Julián porque había preguntado dos veces por la estación.
—La primera vez preguntó por los horarios.
—¿De tren?
—Sí.
—¿Y la segunda?
—Volvió después de comer. Preguntó si había algún autobús.
—¿Se marchó?
—No inmediatamente.
—¿Qué hizo?
La mujer pensó.
—Se sentó un rato.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Parecía nervioso?
—Parecía cansado.
Mateo agradeció la respuesta.
Cansado.
Era una palabra que podía describir muchas cosas y no demostraba ninguna.
—¿Dijo adónde iba?
—No.
—¿Habló con alguien?
—Un hombre estuvo un momento con él.
Mateo levantó la vista.
—¿Cómo era?
—No sabría decirle.
—¿Más joven o mayor?
—Más o menos como usted.
—¿Traje?
—Creo que sí.
Mateo no quiso preguntar por el color. La memoria ya había demostrado demasiadas veces que podía convertir una prenda en otra.
—¿Cuánto tiempo estuvo?
—Poco.
—¿Discutieron?
—No.
—¿Se fueron juntos?
—No. El otro salió primero.
Mateo anotó la información y salió.
Afuera, el ruido de la calle parecía más fuerte después del silencio de la pensión. Caminó hasta una esquina y abrió el bloc.
«Julián habló con un hombre antes de marcharse. No consta discusión.»
Debajo
«No identificado.»
Y más abajo:
«Posible mismo hombre del hotel. No demostrado.»
Guardó el cuaderno.
No le gustaba dejar cabos sueltos, pero tampoco quería convertir cada cabo en una cuerda.
Volvió a la pensión donde se alojaba Julián y habló otra vez con la dueña. Ella recordó un detalle.
—La noche antes de irse estuvo escribiendo.
—¿Mucho?
—Unas páginas.
—¿En una libreta?
—Sí.
—¿La dejó?
—No.
Mateo preguntó si había tirado algún papel.
La mujer señaló una papelera que ya había sido vaciada.
No había nada que hacer allí.
Al salir, Mateo se quedó mirando el edificio. Pensó en Julián sentado en aquella habitación, escribiendo lo que había descubierto y tratando de decidir si debía volver a Madrid o esconderse.
Tal vez había llegado a la misma conclusión que él.
Que saber demasiado no significa saber qué hacer con lo que uno sabe.
La dirección de la antigua vivienda relacionada con los Ortega estaba en una de las notas de Julián. Mateo decidió comprobarla antes de regresar a Madrid.
La casa estaba fuera de la zona más transitada del poblado, junto a una carretera que entonces debía de soportar más polvo que tráfico. Era una construcción sencilla, cerrada y sin aspecto de haber sido abandonada de manera reciente. Una mujer mayor que vivía en las proximidades salió al oír llamar.
—¿Ortega?
—Sí.
—Aquí vivieron hace muchos años.
—¿Manuel?
—Ese mismo.
—¿Y ahora?
—Nadie.
Mateo miró la puerta.
—¿Viene alguien de vez en cuando?
—Los hijos.
—¿Andrés?
—A veces.
—¿Julián estuvo aquí?
La mujer frunció el ceño.
—Un hombre vino preguntando por la casa.
—¿Cuándo?
—Hace pocos días.
—¿Entró?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no tenía llave.
Mateo hizo un gesto de asentimiento con la cabeza.
—Eso ayuda.
La mujer pareció no entender la broma.
—Preguntó si allí había vivido Ortega y si todavía quedaban cosas.
—¿Qué le dijo usted?
—Que no sabía.
—¿Era Julián?
—No conozco su nombre.
Mateo no insistió.
La casa no presentaba señales de haber sido registrada. La puerta estaba intacta. Las ventanas cerradas. No había huellas de una entrada forzada ni motivo para imaginar que allí hubiese ocurrido nada extraordinario.
Mateo rodeó la construcción.
En la parte trasera encontró un pequeño almacén de herramientas, también cerrado. Lo observó unos segundos y siguió adelante.
La investigación podía convertir una puerta cerrada en un símbolo. Él prefería verla como lo que era: una puerta cerrada.
Regresó al poblado cuando empezaba a caer la tarde.
En el camino se encontró con Tomás.
—¿Sigue buscando?
—Sí.
—¿Lo ha encontrado?
—Todavía no.
Tomás asintió.
—Ese muchacho tenía miedo.
—¿De qué?
—De equivocarse.
Mateo lo miró.
—¿Cómo sabe eso?
Tomás se encogió de hombros.
—Porque preguntaba como preguntan los que quieren estar seguros de algo antes de volver a su casa.
—¿Y estaba seguro?
—No.
—Entonces tenía miedo de otra cosa.
Tomás tardó un momento.
—Puede.
Siguieron andando unos metros en silencio.
—¿Ferrer era así? —preguntó Mateo.
Tomás negó.
—Ferrer era distinto. Cuando creía que algo no cuadraba, seguía preguntando.
—¿Aunque pudiera perjudicar a alguien?
—Sobre todo entonces.
Mateo no respondió.
Tomás añadió:
—Pero eso no significa que quisiera hacer daño.
—No he dicho eso.
—Ya.
El viejo se quedó mirando el camino.
—A veces una persona pregunta por una cosa y acaba metida en otra.
Mateo volvió a sacar el bloc.
—Eso sí lo entiendo.
Tomás sonrió.
—Pues tenga cuidado.
Antes de marcharse de Rodalquilar, Mateo recibió una llamada de Elena desde el teléfono de un establecimiento del poblado. Había encontrado otra referencia a Manuel Ortega.
—Mi padre lo menciona dos veces.
—¿Cuándo?
—Una en 1948 y otra en 1952.
—¿Qué pone?
Elena leyó despacio.
—«Ortega insiste. No volver a tratar con él.»
Mateo permaneció callado.
—¿Eso es importante?
—Sí.
—¿Qué significa?
—Que tu padre había decidido no tratar con él.
—¿Por qué?
—No lo sabemos.
—También hay una dirección.
Mateo cogió el lápiz.
—Dígamela.
Elena se la dio.
Era una dirección de Madrid. No correspondía a una oficina conocida ni a una institución. Una vivienda.
—Julián había encontrado esa dirección —añadió Elena.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque aparece copiada en su libreta.
Mateo respiró lentamente.
—Entonces tenemos una cosa más.
—¿Cuál?
—Sabemos dónde buscó Julián.
—¿Y vas a ir?
—Sí.
—¿Crees que Ortega vivió allí?
—Eso no puedo asegurarlo.
Elena suspiró.
—Otra vez.
—Prefiero llegar y averiguarlo.
Cuando terminó la llamada, Mateo escribió la dirección en el bloc y guardó el papel.
La investigación cambiaba de lugar.
Ya no se trataba de encontrar a un hombre en Rodalquilar. Se trataba de entender por qué un trabajador de Madrid, en 1964, había viajado hasta allí para seguir un nombre escrito dieciséis años antes.
Y, sobre todo, por qué había decidido esconderse después.
Al salir de la cafetería, Mateo tomó una calle lateral para regresar hacia la estación. Había dejado atrás el ruido de la avenida cuando oyó pasos a su espalda. No aceleró. Tampoco se volvió inmediatamente.
Un hombre apareció a su altura y caminó unos metros junto a él.
—¿Es usted Mateo Rivas?
Mateo lo miró. Cuarenta años, quizá alguno menos. Traje gris, sombrero oscuro, una cartera estrecha bajo el brazo. No era capaz de reconocerlo del Hotel Simón y no fingió lo contrario.
—Depende de quién pregunte.
El hombre sonrió sin humor.
—Déjelo estar.
—¿El qué?
—Las preguntas sobre Valera.