6. Andrés Ortega
A la mañana siguiente, Mateo pidió revisar los registros donde aparecía el apellido Ortega.
La secretaria tuvo que consultar varias carpetas antes de encontrar lo que buscaba.
No había una ficha completa de Manuel Ortega, al menos no allí.
Su nombre aparecía de manera lateral, relacionado con movimientos de documentación y entregas que, en principio, no tenían nada extraordinario.
1949. 1950. 1951.
En algunos documentos figuraba como M. Ortega. En otros aparecía el apellido completo. Mateo copió las referencias sin interpretar demasiado.
—¿Era empleado?
—No sabría decirle.
—¿Venía con frecuencia?
—Según esto, sí.
—¿Y por qué no tiene una ficha?
La secretaria se encogió de hombros.
—Porque quizá no era empleado.
Era una posibilidad sencilla y, por eso mismo, importante.
Mateo había pasado demasiados años viendo cómo una persona podía convertirse en sospechosa simplemente porque su nombre aparecía en un papel que nadie se molestaba en leer completo. Aquello no iba a ocurrir otra vez.
Preguntó por alguien que hubiera conocido a Ortega.
La secretaria pensó durante unos segundos.
—Puede hablar con Andrés.
—¿Andrés Ortega?
—Sí.
Mateo levantó la vista.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—Si sigue viviendo aquí, seguramente en la parte antigua del poblado. Pregunte por él.
No preguntó nada más.
Al salir, anotó:
«Manuel Ortega. No empleado confirmado. Documentos 1949, 1950, 1952. Andrés Ortega.»
Luego añadió una frase que no tenía intención de olvidar:
«Seguir recorrido de documentos, no solo nombres.»
El calor había aumentado y el aire parecía traer polvo de las instalaciones.
Mateo caminó despacio, dejando que el ruido de la explotación quedara unas veces delante y otras detrás de él.
Rodalquilar no tenía el aspecto de un lugar detenido en el tiempo.
Había trabajadores entrando y saliendo, mujeres haciendo compras, niños que se apartaban de la calle cuando pasaba un vehículo y hombres que conversaban a la puerta de las casas.
En aquel pueblo, cuarenta y ocho horas podían parecer mucho tiempo y dieciséis años podían no ser tanto.
La gente seguía recordando apellidos, parentescos y discusiones antiguas.
Mateo empezaba a comprender que quizá tendría que preguntar menos por lo ocurrido y más por quién había llevado cada cosa de un sitio a otro.
Eso, pensó, solía ser una forma más segura de acercarse a la verdad.
Andrés Ortega aceptó hablar con él en un bar pequeño, de esos donde el dueño conoce a todos los clientes por el pedido antes que por el nombre.
Había dos mesas ocupadas y una radio que alguien había dejado puesta más por costumbre que por interés.
Tendría alrededor de cuarenta años, camisa clara, y la expresión de quien ha decidido, antes de sentarse, cuánto está dispuesto a contar.
Mateo no sacó la fotografía enseguida. Pidió un café que no pensaba terminar y dejó que Andrés hablara primero de cosas sin importancia: el calor, una avería en el autobús, un sobrino que se había ido a trabajar a Barcelona.
Era una forma de averiguar cómo hablaba un hombre antes de hacerle las preguntas que de verdad importaban.
—Estoy buscando información sobre su padre.
Andrés dejó la taza sobre el platillo sin haber bebido.
—Mi padre murió hace años. Y usted ya sabe bastante, o no estaría aquí.
—No lo suficiente.
—Transportaba cosas. —Lo dijo como quien repite algo que ha explicado demasiadas veces—.
Documentos, a veces. Para quien se lo pedía. Nunca me contó más que eso, y yo dejé de preguntar hace mucho.
Un hombre en la barra pidió que subieran la radio. Nadie le hizo caso. Andrés miró hacia la calle un momento y luego volvió a Mateo, como si hubiera decidido algo.
—Los conocía. A Ferrer y a los demás. Mi padre llevaba papeles, Ferrer hacía preguntas. Eso era todo, al principio.
—¿Al principio?
—Las que hacen los hombres cuando empiezan a darse cuenta de que algo no encaja. Mi padre no lo sabía todo. Ni yo tampoco. Pero sé que después se arrepintió. De haber llevado algunos de aquellos papeles.
Mateo sacó entonces la fotografía y la dejó sobre la mesa, boca arriba. Andrés la miró largo rato sin tocarla, y Mateo tuvo tiempo de fijarse en algo que no había notado antes: la manera en que el hombre sujetaba la taza con las dos manos, como si necesitara algo a lo que agarrarse.
—Mi padre tenía una copia. La destruyó. No sé cuándo, ni por qué, y esta que usted trae no sé de dónde ha salido.
—Julián Valera estuvo aquí hace unos días.
Andrés cerró los ojos un instante, apenas lo bastante para que se notara.
—Le dije que lo dejara. No lo amenacé, si es lo que está pensando.
Le dije que mi padre vivió demasiado tiempo con el miedo de haber ayudado a algo que no entendía, y que algunas familias habían pagado ya bastante por cosas que pasaron antes de que él naciera.
Después dejó de hacer preguntas delante de mí. No sé si delante de otros también.
Mateo guardó la fotografía. No había obtenido una confesión ni una prueba que pudiera presentar en ningún sitio.
Había conseguido algo más modesto y, a su manera, más difícil de sostener: que un hombre había crecido con la sensación de que una parte de la vida de su padre era mejor no tocarla, y que ahora, por su culpa, la estaba tocando de todos modos.
Salió del bar sin despedirse demasiado. Andrés se quedó dentro, con el café frío delante y la radio de fondo hablando de algo que ninguno de los dos estaba escuchando.
Caminó sin prisa hacia la zona de las oficinas.
El sol de mediodía hacía más blancas las fachadas y obligaba a entrecerrar los ojos al mirar hacia las laderas.
En otros lugares, pensó, una historia como aquella habría dejado quizá una casa abandonada, un periódico amarillento o una inscripción en una lápida.
Allí había quedado repartida entre papeles, recuerdos y personas que preferían no recordar demasiado.
Se detuvo junto a una pared y abrió el bloc.
Ferrer: muerto 17-10-48. Accidente registrado.
Manuel Ortega: documentos 1948-1952.
Andrés: padre transportaba documentación. Había destruido una copia de la fotografía.
Julián: siguió el nombre de Ortega.
Debajo escribió:
«El nombre puede ser una pista. No necesariamente el centro.»
Cerró el bloc.
Era una diferencia que en una investigación podía ahorrar semanas. Un nombre aparecía en un documento y el investigador empezaba a seguirlo como si el papel hubiera señalado con el dedo a un culpable. Pero los documentos no señalaban. Solo dejaban constancia de que algo había pasado por allí.
Mateo volvió a las oficinas y pidió ver una referencia concreta de 1952. La secretaria la buscó. El documento era una hoja de registro de entregas. Manuel Ortega figuraba como receptor de un paquete de documentación, sin que apareciera en la misma línea el contenido.
—¿Esto qué significa? —preguntó Mateo.
—Que recibió un paquete.
—¿Y sabemos qué había dentro?
—No.
—Entonces no sabemos demasiado.
—No.
La secretaria lo dijo con naturalidad, sin sentirse obligada a llenar el vacío.
Mateo agradeció la ayuda y salió.
Aquella tarde entendió que había estado cometiendo un error desde que vio por primera vez la segunda fotografía. Había querido que Ortega explicara a Ferrer, cuando quizá Ortega solo explicaba una parte del camino que habían seguido unos papeles.
Y si era así, Julián también podía haberse equivocado.
Rafael aceptó volver a mirar la fotografía cuando Mateo se la enseñó por segunda vez. Esta vez no le preguntó por Ferrer.
—¿Conoce a este hombre?
Rafael acercó la fotografía a los ojos.
—Ortega.
—¿Manuel?
—Sí. Manuel.
—¿Está seguro?
—De eso sí.
—¿Lo vio el mismo día que Ferrer?
Rafael negó despacio.
—Nunca supe la razón.
—La fotografía tiene una fecha detrás.
—Ya la tenía cuando me la dio Ferrer.
—¿Quién escribió la fecha?
—No me acuerdo.
Mateo esperó.
Rafael siguió mirando la imagen.
—Puede que fuera Ferrer. Puede que fuera yo.
—¿Por qué la guardó?
—Porque me la dio.
—Eso ya lo sé.
—Pues no sé qué más quiere que le diga.
Mateo sonrió.
—Nada que no recuerde.
El viejo bajó la fotografía.
—Ferrer no me pidió que hiciera nada con ella. Solo me dijo que la guardara.
—¿Dijo por qué?
—Dijo algo así como que algún día alguien preguntaría.
—¿Quién?
—Eso no lo dijo.
Mateo tomó nota, pero no escribió la frase como una certeza. Puso delante:
«Rafael cree recordar…»
Era importante.
La memoria también necesitaba etiquetas.
Antes de marcharse preguntó una última cosa.
—¿Julián Valera le enseñó esta fotografía?
Rafael negó.
—Me enseñó la otra.
—¿La de los ocho hombres?
—Sí.
—¿Y qué buscaba?
—El nombre de Ferrer.
—¿Solo eso?
Rafael se quedó pensando.
—No. También preguntó por Ortega.
Mateo guardó el bloc.
Aquello confirmaba algo que ya sospechaba: Julián había seguido el mismo camino, pero había llegado a una conclusión distinta.
El problema no era que hubiese encontrado poco.
Era que había encontrado demasiado pronto una explicación que encajaba.
Mateo pasó la tarde recorriendo Rodalquilar sin buscar a nadie en particular. Era una forma de investigar que había aprendido con los años. Cuando se pregunta constantemente por una persona, todo acaba girando alrededor de ella y se dejan de ver las cosas que ocurren alrededor.
Entró en una tienda pequeña y compró tabaco. El hombre del mostrador recordó a Julián.
—Sí, estuvo aquí.
—¿Cuándo?
—Hace unos días.
—¿Qué compró?
—Tabaco.
—¿Algo más?
—No.
—¿Le pareció preocupado?
El hombre se encogió de hombros.
—No más que cualquiera.
Mateo no insistió.
—¿Preguntó por las oficinas?
—Sí.
—¿Y por alguien?
—Preguntó por cómo se llegaba a la parte vieja.
—¿Fue solo?
—Creo que sí.
Ese «creo» le interesó más que una respuesta segura.
Al salir caminó hacia las casas más antiguas.
La tarde empezaba a perder fuerza y el ruido de las instalaciones se mezclaba con voces, motores y el movimiento de los trabajadores que terminaban sus tareas.
Una mujer recogía ropa de una cuerda. Dos niños discutían por una pelota.
Un hombre salió de una vivienda con una herramienta al hombro.
Mateo pensó en la fotografía.
Ocho hombres quietos frente a un edificio.
Después, otra fotografía tomada en otro momento.
Uno de ellos muerto.
Otro convertido, muchos años después, en un nombre que aparecía en papeles.
Y Julián siguiendo ese nombre hasta allí.
No había nada sobrenatural ni extraordinario en la cadena. Solo personas tomando decisiones y dejando rastros incompletos.
Cuando llegó a la pensión preguntó por Julián una vez más.
La dueña recordó que había preguntado por el autobús de vuelta a Almería.
—¿Cuándo se marchó?
—No sabría decirle.
—¿Por la mañana?
—Creo que sí.
—¿Solo?
—Llevaba una maleta pequeña.
Mateo volvió a su habitación y escribió:
«No buscar el documento. Buscar su recorrido.»
La frase le parecía más útil cada vez.
Aquella noche Mateo repasó todo lo que sabía de Julián desde el principio. Doce días desaparecido. Tres días de permiso. Viaje a Almería. Dos noches en el Hotel Simón. Rodalquilar.
Preguntas sobre Ferrer y Ortega. Después, una pensión y una salida con una maleta pequeña.
No había señales de una huida precipitada.
Había, eso sí, miedo.
La diferencia era importante.
Un hombre que huye porque está siendo perseguido suele cometer errores. Deja cosas, cambia planes, busca dinero, llama a alguien. Un hombre que decide esconderse porque no sabe en quién confiar puede hacer algo mucho más sencillo: alquilar una habitación, pagar por adelantado y esperar.
Mateo pensó en el hombre del traje gris que había preguntado por la fotografía.
No sabía quién era.
Tampoco sabía si seguía buscando a Julián.
No iba a convertirlo en una amenaza solo porque resultara conveniente.
Abrió el bloc y escribió:
«Hombre traje gris: preguntar si dejó fotografía. No identificado.»
Debajo
«No confundir interés con amenaza.»
Cerró el cuaderno.
A la mañana siguiente telefoneó a Madrid. Elena contestó.
—¿Lo ha encontrado?
—Todavía no.
—¿Está vivo?
—No tengo razones para pensar lo contrario.
—Siempre responde así.
—Porque no me gusta decir más de lo que sé.
Elena guardó silencio.
—¿Qué ha descubierto?
Mateo le explicó lo de Ferrer, la segunda fotografía y Manuel Ortega. No le ocultó que el accidente parecía ser la explicación oficial y que no había encontrado pruebas de un homicidio.
—Entonces mi padre se equivocó.
—No necesariamente.
—¿Cómo puede decir eso?
—Su padre pudo saber algo sin saberlo todo. Una anotación no es una explicación.
Elena respiró despacio.
—Julián estaba convencido de que había encontrado algo importante.
—Probablemente lo encontró.
—¿Y entonces?
—Ahora tengo que averiguar qué era.
No le dijo que empezaba a pensar que Julián había llegado a una conclusión equivocada.
Prefería comprobarlo antes.
Elena volvió a revisar los papeles de su padre y encontró algo que no habían visto en la primera lectura. No era un documento oficial. Era una libreta pequeña, de tapas negras, con varias páginas en blanco y otras llenas de apuntes breves.
Mateo la examinó en silencio.
Había nombres, cantidades, fechas y lugares.
En una página aparecía:
«Ortega — Madrid — 12.»
En otra:
«Recibido. Falta confirmar destino.»
Más abajo:
«No entregar.»
No había una explicación junto a ninguna de aquellas frases.
—¿Mi padre escribía así siempre? —preguntó Elena.
—Cuando quería recordar algo, probablemente.
—¿Y usted entiende lo que significa?
—Algunas cosas.
Mateo pasó una página.
El nombre completo apareció en una anotación posterior:
«Manuel Ortega Salcedo.»
—Ahí lo tiene —dijo Elena.
—Sí.
—¿Y ahora?
Mateo cerró la libreta.
—Ahora sé su nombre completo.
—Pensaba que eso era importante.
—Lo es.
—Pero no suficiente.
—Exactamente.
Elena lo miró con una mezcla de impaciencia y cansancio.
—A veces parece que cada respuesta suya abre dos preguntas.
—Eso suele ser señal de que todavía no hemos terminado.
Ella sonrió por primera vez desde que había entrado en su despacho.
—¿Siempre habla así?
—No.
—¿Solo cuando trabaja?
—Solo cuando tengo hambre.
Elena soltó una risa breve.
La conversación duró unos minutos más. Antes de marcharse, ella le entregó una copia de las páginas donde aparecía Ortega.
Mateo las guardó.
En el portal se detuvo un instante. Había algo en aquellos apuntes que no le gustaba. No por lo que decían, sino por lo que no decían.
«Falta confirmar destino.»
Si Manuel Ortega había recibido documentos y después había que confirmar su destino, la pregunta no era solamente quién era Ortega.
Era dónde acababan aquellos papeles.
Y quién necesitaba saberlo.