El nombre de la fotografía (Mateo Rivas 1) 5. Tomás y lo que quedó escrito
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5. Tomás y lo que quedó escrito

Tomás

Rodalquilar · 3 de noviembre de 1964 · 18:20

Tomás aceptó hablar al final de la tarde.

Tenía una memoria irregular: recordaba con precisión algunas cosas y olvidaba otras que Mateo habría considerado importantes, como si su cabeza hubiera decidido, hacía mucho, qué merecía la pena conservar y qué no, y aquel criterio no siempre coincidía con el de Mateo.

—Ferrer era un hombre que preguntaba demasiado.

—¿Sobre qué?

—Sobre todo.

Tomás sonrió, con una calidez inesperada.

—No era mala persona. Tampoco era un santo. Trabajaba, tenía familia y quería cobrar a fin de mes como cualquiera.

—¿Discutió con alguien antes de morir?

Tomás bajó la mirada.

—Sí.

—¿Con quién?

—No recuerdo.

—¿Era alguien de la mina?

—Creo que no.

Mateo esperó, dejando que el silencio hiciera el trabajo que las preguntas ya no podían hacer.

—Aquella noche Ferrer dijo que no iba a cargar con aquello.

—¿Con qué?

—No lo recuerdo.

—¿Y al día siguiente?

—Apareció muerto.

Tomás se frotó las manos, un gesto que parecía tanto de frío como de otra cosa.

—Entonces todos empezamos a hablar menos.

—¿Por miedo?

—Por miedo, por trabajo, por la familia. A veces no hace falta que alguien amenace a nadie. Basta con saber que hablar puede dejarte sin jornal.

Mateo entendía aquello mejor de lo que Tomás podía imaginar.

—¿Conoció a Manuel Ortega?

Tomás levantó los ojos.

—Sí.

—¿Quién era?

—No era trabajador.

—¿Qué hacía?

—Venía y se iba.

—¿A qué?

—Papeles. Encargos. Cosas que entonces parecían normales.

—¿Estuvo con Ferrer?

—Alguna vez.

—¿Antes de morir?

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

—Hablaban bajo. Ferrer estaba enfadado.

—¿Y Ortega?

—Tranquilo.

—¿Le vio después?

—Sí.

—¿Dónde?

—No recuerdo.

Mateo no insistió. Tomás miró la fotografía una última vez, con una expresión que ya no era de esfuerzo sino de cansancio puro.

—Lo peor de los años no es que borren las cosas. Es que hacen que uno termine creyendo la versión que oyó más veces.

Mateo cerró el cuaderno. En la última página escribió: Tomás recuerda el miedo mejor que los hechos.

Lo que quedó escrito

Rodalquilar · 4 de noviembre de 1964 · 09:40

El expediente de Antonio Ferrer ocupaba pocas páginas. Nombre. Fecha. Muerte. Accidente laboral. Mateo pasó los dedos por el borde del papel, ese gesto que hacía siempre con los documentos importantes, como si el tacto pudiera decirle algo que la tinta no decía.

—¿Dónde está el informe del accidente?

La secretaria negó con la cabeza.

—Aquí no consta.

—¿Y cómo se registró entonces?

—No sabría decirle.

—¿Quién firmó?

Ella señaló una firma. Mateo la conocía de haber visto cientos parecidas: una persona escribiendo deprisa porque tenía otras cosas que hacer.

—¿Esto es todo?

—Sí.

—¿Y las declaraciones?

—No están aquí.

Mateo guardó silencio.

—Eso no significa que nunca existieran —dijo la mujer.

—No.

—Puede que estén en otro archivo.

—Puede.

Ella lo miró, con una curiosidad que hasta entonces se había cuidado de no mostrar.

—¿Busca demostrar que lo mataron?

—No.

—¿Entonces?

Mateo miró el expediente antes de responder.

—Quiero saber por qué un hombre que murió hace dieciséis años sigue dando trabajo a otro que ha desaparecido.

La secretaria no respondió. Mateo salió. En el cuaderno: 17-10-1948. Antonio Ferrer. Muerte registrada como accidente laboral. No consta aquí el informe del accidente. No escribió «asesinato». Todavía no.