4. Don Rafael
Rodalquilar · 3 de noviembre de 1964 · 11:30
Encontró a Rafael por indicación de Tomás, aunque durante los primeros minutos no estuvo seguro de que aquel hombre fuera la persona que buscaba.
Estaba sentado a la sombra de una pared, con una gorra en las manos y una chaqueta oscura que parecía haber pertenecido a otra época.
No hacía nada concreto. Miraba hacia las instalaciones de la mina con la paciencia de quien conoce un lugar desde antes de que muchas de sus construcciones existieran, y con esa clase de quietud que en un hombre joven parecería pereza y en un hombre de casi ochenta años parece, simplemente,
sabiduría.
Mateo se presentó y mencionó el apellido Ferrer.
Rafael levantó los ojos.
—Ferrer…
No dijo más al principio. La memoria le llegó poco a poco, no como una revelación sino como algo que había estado guardado demasiado tiempo en un lugar del que costaba sacarlo.
—Antonio Ferrer.
—Sí, sí. Vicente.
Se corrigió a sí mismo con un gesto de la mano, como espantando una mosca.
—Antonio. Perdone. Uno junta los nombres cuando ya no le quedan más sitios donde ponerlos.
—Era un hombre alto.
—¿Más alto que usted?
Rafael miró a Mateo y sonrió, mostrando el hueco de un diente que le faltaba desde hacía, sin duda, mucho más tiempo que la propia memoria que estaba intentando recuperar.
—Eso no es difícil.
Mateo se sentó a su lado, sobre una piedra que hacía las veces de segundo asiento, y notó que aquel gesto —sentarse, no quedarse de pie frente al anciano como si lo estuviera interrogando— cambiaba algo en la conversación.
—Estoy buscando información sobre unas fotografías de 1948.
—Aquí se hicieron muchas fotografías.
—Esta es de ocho hombres.
Rafael la observó largo rato, más de lo que había observado nada hasta entonces.
—Ese es Ferrer.
Señaló al hombre de la segunda posición desde la derecha.
—¿Está seguro?
—De la cara, sí. De la fecha, no.
Aquella distinción interesó a Mateo. Era exactamente el tipo de precisión que un testigo poco fiable nunca se molestaba en hacer.
—¿Qué recuerda de él?
Rafael se encogió de hombros.
—Que estaba preocupado.
—¿Por qué?
—Eso ya no lo sé.
—¿Hablaba de algo?
—De papeles.
—¿Qué papeles?
Rafael frunció el ceño.
—No me haga preguntas como si yo tuviera una carpeta dentro de la cabeza.
Mateo no pudo evitar que algo en su cara se relajara, sin llegar a ser una sonrisa del todo.
—Solo intento saber qué recuerda.
—Pues recuerdo que preguntaba. Eso sí. A unos y a otros. A mí me preguntó una vez si había visto entrar a un hombre con unos documentos. Le dije que no.
—¿Y después?
—Después murió.
La frase quedó entre los dos un momento, suspendida sobre el ruido lejano de la mina, antes de que ninguno de los dos decidiera qué hacer con ella.
—¿Accidente?
—Eso es lo que quedó escrito.
Mateo no corrigió la respuesta.
—¿Usted cree que fue un accidente?
Rafael miró otra vez hacia la mina, como si allí, entre las estructuras metálicas, estuviera la respuesta que no encontraba dentro de sí mismo.
—Yo no estaba allí cuando pasó.
—Entonces no puede saberlo.
—Eso mismo.
Era una respuesta que Mateo apreciaba. No porque aclarara el caso, sino porque marcaba el límite entre lo que aquel hombre sabía y lo que había oído, una frontera que la mayoría de la gente cruzaba sin darse cuenta apenas se sentía observada.
Antes de despedirse, Rafael le pidió que esperara.
Entró en su casa y tardó varios minutos.
Mateo se quedó sentado en la piedra, escuchando el viento que empezaba a levantarse hacia el final de la tarde, y por un momento pensó que el anciano podía no volver a salir, que quizá había decidido, ya dentro, que no valía la pena remover lo que fuera que guardaba.
Pero Rafael regresó con un sobre de papel marrón, doblado por una esquina, sujetándolo con las dos manos como si pesara más de lo que un sobre debería pesar.
—Esto lo dejó Ferrer conmigo.
Mateo no lo tocó todavía.
—¿Cuándo?
—Poco antes de morir. No sé si fueron días. Puede que una semana.
Dentro había otra fotografía. El mismo lugar, aproximadamente, pero tomada en otro momento. Ferrer no aparecía. Un hombre que Mateo no había visto en la primera fotografía estaba junto a uno de los edificios.
En el reverso, escrito a mano, aparecía una frase breve:
17-10-1948. Manuel Ortega.
Mateo leyó dos veces.
—¿La fecha la escribió Ferrer?
Rafael negó con la cabeza.
—Eso no puedo asegurarlo.
—¿Quién la escribió?
—Eso tampoco.
Mateo guardó silencio.
Rafael añadió:
—Yo la tuve guardada muchos años. Nunca supe qué hacer con ella.
—¿Por qué me la da ahora?
El viejo miró la fotografía un momento antes de responder, con una expresión que a Mateo le pareció más de alivio que de tristeza.
—Porque usted ha venido a preguntar. Y porque ya no sé qué puede hacer uno con las cosas que se quedan demasiado tiempo en un cajón.
Mateo tomó el sobre. No había encontrado una respuesta. Había encontrado algo más incómodo: una nueva pregunta.