3. Almería
Una mañana en Almería
Almería · 31 de octubre de 1964 · 11:20
Mateo pasó buena parte de la mañana caminando. No tenía prisa por llegar a Rodalquilar porque todavía no sabía qué buscaba allí. Entró en una cafetería cercana al Paseo. Había periódicos sobre una mesa y una radio que hablaba de política internacional con el volumen bajo.
—¿Café?
—Solo.
El camarero dejó la taza. Mateo sacó la fotografía, pero no la enseñó enseguida; primero la dejó boca abajo sobre la mesa, junto al platillo, como si necesitara un momento antes de convertir el café en trabajo.
—¿Conoce Rodalquilar?
—Claro.
—Necesito encontrar gente que trabajara allí hace años.
—Entonces tendrá que preguntar en las oficinas.
—¿De la mina?
—Sí. Adaro.
Otro hombre, sentado al fondo, intervino sin que nadie le hubiera preguntado, como suele ocurrir en los bares pequeños cuando una conversación ajena resulta más interesante que la propia.
—Si busca a los viejos, pregunte por los que vivieron allí antes de que todo cambiara.
Mateo lo miró.
—¿Cambió mucho?
El hombre se encogió de hombros.
—Ahora hay más trabajo. Más casas. Más movimiento.
—¿Y antes?
—Antes también había vida.
Aquello le recordó la respuesta del camarero de la noche anterior. Gente. Como si esa fuera la única explicación que a nadie se le ocurría dar del todo, y a la vez la única que de verdad importaba.
Pagó el café y salió. En una librería compró un mapa de la provincia.
No era necesario, pero le gustaba tener el papel delante, extendido sobre la mesa de la habitación, con los nombres de los pueblos que todavía no significaban nada para él.
A mediodía compró un billete de autobús.
Antes de regresar al hotel escribió: Rodalquilar.
Preguntar por trabajadores antiguos. Oficinas de Adaro.
No contar más de lo necesario. Guardó el lápiz. La última frase era para sí mismo.
La fotografía
Almería · 31 de octubre de 1964 · 18:10
Aquella tarde volvió a estudiar la fotografía.
La luz de la habitación era mala. Mateo encendió la lámpara y colocó la imagen sobre la mesa.
Ocho hombres. Su ropa decía poco. El fondo, algo más.
Había una instalación industrial detrás y una ladera que podía ser la de Rodalquilar.
El hombre del extremo derecho miraba ligeramente fuera del encuadre. Antonio Ferrer.
Mateo volvió a leer la anotación de Julián: 17 de octubre de 1948.
Y después: 20 de octubre. Preguntar por el envío de Rodalquilar.
No había una conexión demostrada. Solo dos fechas y un lugar.
Mateo sabía lo fácil que era construir una historia con piezas que todavía no encajaban.
Había cometido ese error años atrás, cuando todavía llevaba placa, y el recuerdo de aquel error —del que nunca hablaba, ni siquiera consigo mismo más de lo estrictamente necesario— era una de las pocas cosas que le mantenían despierto por la
noche sin necesidad de café. No pensaba repetirlo.
Bajó a cenar. El recepcionista seguía en su puesto.
—¿Ha recordado algo?
—No.
—¿Nada?
—Nada que pueda asegurarle.
Mateo asintió.
—Es una buena respuesta.
El hombre sonrió, quizá porque no estaba acostumbrado a que le agradecieran precisamente lo que no sabía.
—¿Va mañana a Rodalquilar?
Mateo se detuvo.
—¿Por qué lo dice?
—Porque todo el que viene preguntando por aquello termina yendo.
Mateo no respondió. Subió a la habitación. En el cuaderno escribió: No confundir coincidencia con prueba. Después cerró la libreta.
Aquella noche comió solo en una casa de comidas próxima al centro.
Pidió lentejas, pan y un vaso de vino que dejó casi entero.
El calor del local, el olor de la cocina y el ruido de los cubiertos le hicieron notar por primera vez que llevaba horas pensando únicamente en nombres.
Ferrer. Ortega. Valdés. Valera. Cuatro apellidos que empezaban a sonarle como una misma palabra repetida con distinto acento.
A su lado, dos hombres hablaban de una obra que llevaba retraso.
Uno se quejaba de los albañiles; el otro, de que el arquitecto cambiaba las medidas cada dos días.
Mateo escuchó unos minutos sin querer hacerlo.
Le resultó casi reconfortante. Eran problemas presentes, pequeños y comprensibles, del tipo que se resuelven o se olvidan en cuestión de semanas, no dieciséis años después.
Pagó, salió a la calle y se quedó un instante al sol. Almería tenía una luz que obligaba a entrecerrar los ojos. Pensó que las ciudades también podían engañar. Madrid escondía cosas detrás de la multitud. Allí, en cambio, parecía que todo estaba a la vista. Sabía que no era cierto.
El camino
Autobús Almería–Rodalquilar · 1 de noviembre de 1964 · mañana
El autobús salió de Almería cargado con trabajadores, bolsas, paquetes y dos hombres que parecían haber decidido discutir desde el primer minuto del trayecto sobre algo relacionado con una herencia.
Era un vehículo grande, de carrocería ya castigada por los años, y el motor hacía un ruido constante que obligaba a levantar la voz.
Mateo se sentó junto a la ventana. El camino fue dejando atrás la ciudad y entrando en un paisaje cada vez más seco.
Pasaron por Piqueras, después por Fernán Pérez y las pequeñas poblaciones del recorrido.
La carretera no tenía nada de cómoda. En algunos tramos el polvo entraba por las juntas de las ventanas y se quedaba sobre los asientos, sobre la maleta, sobre las manos.
Una mujer llevaba una cesta con huevos, sujeta entre las rodillas con una atención que parecía más propia de algo mucho más valioso.
Un muchacho dormía con la cabeza apoyada contra el cristal, y cada bache del camino se lo devolvía a medias al mundo antes de que volviera a cerrar los ojos.
Mateo no tomó notas. Quería mirar. En las proximidades de Las Negras el paisaje se abrió. La tierra parecía hecha de piedra, arena y matas bajas, un color que Madrid no tenía en ninguna de sus estaciones. Más adelante aparecieron instalaciones mineras.
Rodalquilar no era el pueblo abandonado que algunos podrían imaginar al oír hablar de una mina cerrada.
En 1964 había movimiento: trabajadores, viviendas, niños, un economato, dependencias, edificios de servicio y las instalaciones industriales dominando el entorno.
Mateo bajó. El aire tenía olor a polvo y metal.
Un hombre pasó junto a él con una herramienta al hombro.
—¿Busca algo?
—Las oficinas.
El hombre señaló.
—Por allí.
Mateo cogió la maleta. Había llegado.
Los que recuerdan
Rodalquilar · 1 de noviembre de 1964 · 16:30
Encontró alojamiento en una casa que alquilaba habitaciones a trabajadores y visitantes. La mujer que la regentaba hablaba mientras tendía ropa en un patio, sin dejar de trabajar ni un momento, como si las palabras y las sábanas salieran del mismo gesto.
—Aquí no viene mucha gente por turismo.
—No vengo por turismo.
—Eso ya lo suponía.
Por la tarde entró en un pequeño establecimiento donde varios hombres jugaban a las cartas. No enseñó la fotografía hasta que alguien mencionó los años cuarenta. Un hombre llamado Vicente se inclinó sobre la imagen.
—Ese de ahí —dijo— podría ser Ferrer.
—¿Lo conoció?
—Yo no. Mi cuñado sí.
Mateo esperó. El hombre continuó hablando de cosas que no tenían relación directa con la fotografía: el trabajo, la dureza de los veranos, los cambios que había traído la nueva explotación, un sobrino que se había ido a Barcelona igual que el sobrino del hombre del tren.
Era, pensó Mateo, la misma conversación que oiría en cualquier bar de cualquier pueblo de España aquel otoño: el trabajo, el clima y los hijos que se marchaban.
Solo cuando acabó su café volvió a la fotografía.
—Mi cuñado dice que un señor vino preguntando por Ferrer.
—¿Julián?
—Sí.
—¿Qué le dijo?
—Que llevaba una fotografía.
—¿Y qué buscaba?
—Nunca supe la razón. Algo sobre alguien que hubiera trabajado aquí antes.
—¿Encontró a esa persona?
—Eso es lo que no sé.
Mateo guardó la fotografía.
—¿Cuándo puedo hablar con su cuñado?
—Mañana.
Al salir, anotó: Aquí alguien recuerda a Julián.
Preguntó por un trabajador antiguo. Llevaba una fotografía.
El viento levantó polvo en la calle. Mateo cerró el cuaderno y se quedó un momento mirando cómo la luz de la tarde alargaba las sombras de las instalaciones, hasta que la mina entera pareció, por un instante, mucho más vieja de lo que era.
El cuñado
Rodalquilar · 2 de noviembre de 1964 · 10:45
El cuñado se llamaba Ginés y tenía las manos de alguien que había trabajado muchos años con herramientas. Al principio habló de Julián como quien cuenta una anécdota sin importancia.
—Estuvo esperando.
—¿A quién?
—A Tomás.
—¿Quién es Tomás?
—Un hombre mayor. Trabajó aquí hace mucho.
Ginés dejó el vaso sobre la mesa.
—Julián parecía cansado. No nervioso exactamente. Más bien como si llevara varios días sin dormir bien.
—¿Le enseñó la fotografía?
—Sí.
—¿Qué hizo Tomás?
—La miró.
Ginés dejó que el silencio hiciera el resto.
—Después preguntó quién se la había dado. Julián respondió que una mujer de Madrid. Entonces Tomás le dijo que no quería hablar de aquello.
—¿De qué?
—Eso no lo sé.
—¿Y Julián?
—Le preguntó si conocía a Antonio Ferrer.
Ginés miró la mesa.
—Tomás se levantó.
—¿Sin responder?
—Sin responder.
Mateo esperó un poco antes de continuar.
—¿Qué más recuerda?
—Que Julián preguntó por gente que hubiera trabajado aquí antes de la guerra.
—¿Por qué?
—No llegué a saberlo.
Ginés se quedó pensativo.
—Quizá porque estaba buscando a alguien.
—¿A quién?
—Eso tampoco lo sé.
Mateo guardó el lápiz. Ginés sonrió con cansancio.
—Ya ve que no soy muy buen testigo.
—No. Es bastante buen testigo.
—¿Por qué?
—Porque no intenta rellenar lo que no recuerda.
Cuando salió, Mateo escribió: Julián enseñó la fotografía a un trabajador antiguo. Reconoció a Antonio Ferrer. Preguntó por trabajadores anteriores a la guerra. Parecía decepcionado al marcharse.
Las oficinas
Rodalquilar · 2 de noviembre de 1964 · 15:00
Las oficinas de Adaro tenían el aspecto de cualquier lugar donde los papeles importan más que las personas. Armarios, mesas, máquinas de escribir y carpetas que habían pasado por muchas manos. La secretaria escuchó a Mateo.
—Busco información de 1948.
—¿Sobre qué?
—Antonio Ferrer.
La mujer consultó un registro.
—Aquí aparece.
—¿Qué dice?
—Accidente laboral.
Mateo miró la página.
—¿Hay un informe?
—Debería.
—¿Puedo verlo?
—No.
No lo dijo con dureza. Simplemente era no.
—¿Quién puede autorizarlo?
—Don Rafael.
Mateo apuntó el nombre. Antes de marcharse preguntó:
—¿Conoció usted a Julián Valera?
La mujer negó con la cabeza, pero su mirada pasó un instante por una carpeta. Mateo lo vio. No dijo nada.
Al salir, anotó: Archivo incompleto. Antonio Ferrer figura como trabajador. 17-10-1948. Accidente, según documentación administrativa. Preguntar por don Rafael. Se guardó el cuaderno. La fotografía parecía pesar cada vez más.