2. El viaje al sur
El viaje
Tren Madrid–Almería · 30 de octubre de 1964 · 06:10
La estación todavía tenía ese aspecto de lugar que pertenece más a la noche que al día.
Había viajeros envueltos en abrigos, empleados ferroviarios que caminaban deprisa y un olor mezclado de carbón viejo, aceite, café y humedad.
Mateo llevaba una maleta pequeña y el abrigo sobre el brazo.
Antes de subir al tren miró el reloj de bolsillo de su padre.
Había sido ferroviario y durante años había llevado aquel reloj en el bolsillo interior del chaleco.
Mateo lo conservaba aunque apenas lo necesitara.
Le gustaba sentir su peso, y en trayectos como aquel, largos y sin nada que hacer más que pensar, el gesto de sacarlo cada cierto tiempo se había convertido en una manera de medir no la hora, sino cuánto le quedaba por soportar sentado.
El viaje hacia el sur fue lento. Las conversaciones del vagón cambiaban con las estaciones, como si el tren fuera recogiendo y dejando no solo pasajeros sino también temas de conversación.
Un hombre que viajaba a Granada habló durante una hora de una obra en la que llevaba meses trabajando, con el orgullo cansado de quien ha explicado lo mismo demasiadas veces y ya no espera que nadie se sorprenda.
Una mujer con dos niños sacó comida envuelta en papel de estraza —tortilla, y algo que olía a pimiento asado— y ofreció un trozo a Mateo, que lo aceptó más por cortesía que por hambre.
Un viajante leyó el periódico durante casi todo el trayecto y, cuando lo terminó, lo dobló con una precisión excesiva, como si aquel gesto también formara parte de su trabajo.
Mateo sacó la libreta de Julián. Volvió a leer la fecha del 17 de octubre de 1948.
Después pasó una página. Había otra anotación: 20 de octubre.
Preguntar por el envío de Rodalquilar. Nada más.
No había cantidad ni nombre. Se quedó mirando la letra de Julián —apretada, inclinada hacia la derecha, la de alguien que escribe deprisa porque tiene miedo de olvidar lo que está pensando antes de terminar la frase— y por primera vez se permitió preguntarse, no qué había descubierto aquel hombre,
sino qué clase de persona era.
Elena apenas lo había descrito. Solo sabía su letra, su miedo y los doce días que llevaba sin él.
A medida que avanzaban hacia Almería, el paisaje cambiaba.
El verde desaparecía poco a poco y las montañas parecían más desnudas, como si el propio viaje fuera despojando al país de algo.
Cuando finalmente entraron en la provincia, la luz era distinta, más blanca, y el cielo parecía mucho más grande, sin los edificios de Madrid recortándolo por todas partes.
Llegó a Almería entrada la tarde. La estación lo recibió con el ruido de los trenes y un olor salado que no necesitaba ver el mar para reconocerse.
El edificio conservaba su aspecto monumental: piedra, ladrillo, cerámica y, en el centro, la gran estructura de hierro y cristal que dejaba entrar una luz pálida sobre los andenes.
Mateo se quedó unos instantes mirando la fachada.
Había edificios que no necesitaban que nadie explicara su historia. Aquel era uno de ellos.
Salió a la calle. Almería tenía algo que Madrid no podía imitar: la luz.
Incluso en otoño, las paredes claras parecían devolverla, y por un momento —solo un momento, antes de que volviera a pensar en Julián— Mateo entendió por qué la gente que vivía allí hablaba de la luz como quien habla de algo propio.
Caminó hacia el centro con la maleta en la mano, entre comercios que cerraban y hombres que regresaban del trabajo. Tenía una dirección. Hotel Simón.
El Hotel Simón
Almería · 30 de octubre de 1964 · 18:35
Mateo caminó por la Avenida del Generalísimo hacia el centro.
El nombre oficial le resultaba extraño después de haber leído durante años los mapas y periódicos de Madrid, pero la ciudad no parecía necesitar nombres para orientarse.
La gente sabía dónde estaba el Paseo, dónde comenzaban las tiendas y dónde terminaban las casas antiguas.
A un lado sobrevivían edificios de balcones y fachadas ornamentadas.
Al otro empezaban a levantarse construcciones más altas, más modernas, con grandes ventanales y líneas rectas.
Almería estaba cambiando y, como todas las ciudades que cambian deprisa, parecía no haber decidido todavía qué quería conservar.
En Puerta de Purchena se detuvo junto al antiguo Cañillo. Un hombre mayor bebía agua con las manos ahuecadas. Mateo recordó haber visto una fuente parecida en una fotografía vieja, en un libro que su padre guardaba y que ya no sabía dónde había ido a parar. Siguió andando.
El Hotel Simón conservaba un aire que no encajaba del todo con la ciudad nueva. En la terraza había
algunas mesas ocupadas. Dentro olía a café, madera encerada y comida recién hecha.
El hombre de recepción tendría unos cincuenta años.
Era delgado, llevaba el pelo peinado hacia atrás y un bigote cuidadosamente recortado.
Vestía chaqueta oscura y camisa blanca. Tenía una pequeña mancha de tinta en el dedo índice, y a Mateo, que se fijaba en esas cosas sin poder evitarlo, aquello le dijo que era un hombre que escribía más de lo que su trabajo exigía.
—Buenas tardes.
—Una habitación.
—¿Cuántas noches?
—De momento, una.
El hombre abrió el libro de registro.
—Nombre.
—Mateo Rivas.
—¿Profesión?
Mateo lo miró un instante antes de responder, calculando, como hacía siempre, cuánto valía la pena decir.
—Investigador.
El recepcionista levantó la vista un instante, sin sorpresa, como si aquella palabra no fuera la primera vez que la oía en aquel mostrador.
—¿De policía?
—No.
No preguntó más. Anotó el nombre con una letra pequeña y cuidada.
—Habitación diecisiete.
Mateo dejó la maleta en el suelo, pero no se movió todavía.
—¿Conocía a Julián Valera?
El recepcionista siguió mirando el libro un momento de más antes de contestar.
—No me suena.
—¿Seguro?
—No puedo asegurarle eso.
Mateo esperó, dejando que el silencio ocupara el espacio que la respuesta había dejado libre.
—¿Estuvo aquí?
—Ahora mismo no se lo sabría decir.
Era una respuesta pequeña, pero Mateo la guardó, como se guarda una moneda que puede no valer nada o puede ser justo la que faltaba.
—¿Está el encargado?
—Mañana por la mañana.
—¿A qué hora?
—A las nueve.
Mateo asintió.
—Si recuerda algo de Julián, dígamelo.
—Habitación diecisiete —dijo el hombre, sin levantar del todo la vista—. Sabré dónde encontrarle.
Mateo subió. La habitación era sencilla: una cama, una mesilla, un armario, una palangana y una ventana desde la que entraba el ruido de la calle.
Abrió. Almería olía a mar, a gasolina y a piedra calentada durante el día, ese olor particular de las ciudades del sur al anochecer, cuando las paredes todavía devuelven el calor que han guardado desde el mediodía.
Se sentó un momento en el borde de la cama, sin deshacer la maleta, y por primera vez desde que había salido de Madrid sintió el cansancio del viaje instalado en la espalda.
Más tarde bajó a tomar café.
—¿Rodalquilar? —repitió el camarero—. Sí, claro.
—¿Cómo se llega?
—En autobús.
—¿Mucho camino?
—Lo suficiente.
El hombre sonrió, con la media sonrisa de quien ha dado esa misma respuesta a otros forasteros antes.
—Allí está la mina.
Mateo sacó el cuaderno.
—¿Y qué hay además de la mina?
—Gente.
La respuesta le gustó. Escribió una sola palabra: Rodalquilar.
El encargado
Almería · 31 de octubre de 1964 · 09:05
El encargado del Hotel Simón era un hombre ancho de hombros, de unos sesenta años, que hablaba despacio y parecía haber desarrollado durante décadas la capacidad de no sorprenderse por nada.
—Sí, estuvo aquí.
Mateo dejó el lápiz sobre la mesa.
—¿Julián Valera?
—Dos noches.
—¿Por qué no me lo dijo el recepcionista?
—Porque él no se ocupa de esas cosas.
—¿Qué cosas?
—De recordar.
El encargado sonrió, sin malicia, casi con simpatía hacia su propio empleado.
—Julián llegó preguntando por Rodalquilar. Quería saber cómo ir y dónde podía alojarse.
—¿Se fue solo?
—Sí.
—¿Dejó algo?
—Una maleta pequeña.
Mateo levantó la vista.
—¿Dónde está?
—Guardada.
—¿Alguien preguntó por ella?
—Un hombre.
—¿El mismo que preguntó por Julián?
—Supongo.
—¿Cómo era?
—Cuarenta años, quizá. Delgado. Traje gris. Muy correcto.
—¿Qué quería?
—Saber si Julián había hablado con alguien sobre Rodalquilar.
—¿Le dijo que sí?
—Le dije que no sabía nada.
Mateo le enseñó la fotografía. El encargado la miró más tiempo de lo esperado, con una atención que contrastaba con la ligereza con la que había respondido hasta entonces.
—Este hombre me suena.
—¿Antonio Ferrer?
—Puede ser.
—¿Le conoce?
—No. De antes. De alguna fotografía, quizá.
Mateo no insistió. Había aprendido que una memoria forzada suele producir recuerdos peores que el silencio.
Al salir del hotel, Almería ya estaba despierta.
Los comercios de la avenida comenzaban a abrir y las aceras se llenaban de hombres con chaqueta, mujeres con bolsas y muchachos que se detenían ante los escaparates.
Mateo decidió que no preguntaría a diez personas lo mismo.
Buscaría a una que supiera por qué Julián había venido.
Y después, si era necesario, preguntaría a diez más.