El nombre de la fotografía (Mateo Rivas 1) 1
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El nombre de la fotografía (Mateo Rivas 1)

El nombre de la fotografía (Mateo Rivas 1)

Por Borja Avemar

© inepub.com

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A las ocho menos diez de la tarde, Mateo Rivas ya había apagado la lámpara de la mesa y estaba guardando los papeles en el cajón cuando llamaron a la puerta.

No fue un golpe decidido, sino dos toques discretos, casi de compromiso, como si quien estaba al otro lado no quisiera molestar y, al mismo tiempo, hubiera decidido que aquella era la última puerta que pensaba probar aquella noche.

Mateo se quedó un momento quieto, con la mano todavía dentro del cajón.

A esa hora ya no esperaba a nadie, y las visitas sin cita, en su experiencia, solían traer más problemas de los que él estaba dispuesto a aceptar sin cobrar por adelantado.

Sacó el reloj de bolsillo de su padre. Lo hacía por costumbre, no porque necesitara saber la hora; el gesto le daba un segundo más para pensar antes de decidir nada. Después miró la puerta.

—Está cerrado.

Hubo un silencio breve, el tipo de silencio que no es una despedida sino una duda.

—Me han dicho que todavía estaba usted aquí.

La voz era de mujer, y había en ella algo que no era exactamente urgencia, sino la calma forzada de alguien que ha ensayado la frase antes de decirla. Mateo abrió.

Ella tendría unos treinta y pocos años. Llevaba un abrigo oscuro, sencillo, y sujetaba el bolso con las dos manos, delante del cuerpo, como si fuera lo único sólido en la habitación.

No parecía nerviosa —tenía la espalda demasiado recta para eso— pero Mateo, que llevaba años fijándose en cómo la gente entraba en una habitación antes que en lo que decía al hacerlo, notó que sus ojos recorrieron el despacho entero antes de posarse en él: la máquina de escribir, el cenicero,

el calendario de pared con una fecha rodeada a lápiz que no era la de hoy.

Como si necesitara comprobar que aquel lugar era lo bastante serio para lo que venía a pedir.

—¿El señor Rivas?

—Sí.

—Soy Elena Valdés.

Mateo señaló la silla. El despacho era pequeño y estaba en una primera planta de una calle donde, a esas horas, los comercios comenzaban a cerrar y los vecinos encendían las luces de las casas.

Sobre la mesa había una máquina de escribir, un cenicero con dos colillas y una pila de recibos que Mateo llevaba tres días prometiéndose ordenar.

Elena se sentó, pero no se quitó el abrigo.

—¿En qué puedo ayudarla?

Elena tardó un momento en responder. No porque no supiera qué decir —era evidente que llevaba días con la frase preparada— sino porque decirla en voz alta parecía costarle algo distinto,

como si convertir la preocupación en una petición formal la hiciera más real de lo que hasta entonces se había permitido.

—Quiero que encuentre a una persona.

—¿Un familiar?

—No.

—¿Un empleado?

—Tampoco.

Aquello hizo que Mateo levantara los ojos del papel donde ya había empezado a escribir la fecha.

—Es un hombre llamado Julián Valera. Tiene cuarenta y tres años. Trabaja como administrativo en una empresa de suministros industriales.

—¿Cuánto tiempo lleva desaparecido?

—Doce días.

Mateo no escribió nada todavía. Había algo en la manera en que ella había dicho el número —doce días, no “casi dos semanas”— que sugería que los había contado uno por uno.

—¿Ha denunciado la desaparición?

—No.

—¿Por qué?

Elena miró hacia la ventana un momento, como si allí fuera hubiera alguien capaz de responder por ella.

—Porque no quiero que todo el mundo sepa que lo estoy buscando.

Sacó un sobre marrón del bolso y lo dejó sobre la mesa con un cuidado que no correspondía al tamaño del objeto.

Dentro había una fotografía en blanco y negro, pequeña, con los bordes gastados de haber estado guardada y sacada muchas veces.

Aparecían ocho hombres delante de unas instalaciones mineras.

Todos vestían ropa de trabajo. Detrás se adivinaban una pared, unas estructuras metálicas y una ladera desnuda.

—Mi padre está aquí —dijo Elena, señalando al segundo hombre desde la izquierda—. Murió hace dieciséis años.

Lo dijo sin dramatismo, con la misma entonación con la que había dado su propio nombre, y a Mateo le pareció que aquella naturalidad era, en sí misma, un dato: había tenido dieciséis años para acostumbrarse a decir esa frase sin que le temblara la voz.

Mateo acercó la fotografía a la lámpara.

—¿Y Julián?

—No sale.

—Entonces, ¿qué relación tiene con esto?

Elena señaló al hombre del extremo derecho.

—Preguntaba por él.

—¿Quién es?

—Antonio Ferrer.

Mateo volvió a mirar la fotografía, esta vez más despacio, fijándose en las caras una a una, como si pudiera encontrar en ellas algo que Elena todavía no le había dicho.

—¿Está segura?

—Eso decía Julián.

—¿Y usted?

—Yo nunca conocí a Ferrer. Mi padre apenas hablaba de aquellos años.

Lo dijo mirando la fotografía y no a Mateo, y por un instante pareció que iba a añadir algo más —una frase que ya tenía formada— y decidió no hacerlo. Mateo lo dejó pasar. Había preguntas que era mejor no forzar la primera noche.

Giró la fotografía. En el reverso alguien había escrito, con tinta azul ya desvaída: «1948». Debajo había unas iniciales y un apellido.

—¿Esto estaba así cuando la encontró?

—Sí.

—¿Quién escribió el nombre?

—Eso no puedo asegurarlo.

Elena respiró hondo, y esa vez Mateo sí notó el esfuerzo que le costaba seguir hablando con la misma voz templada de antes.

—Julián empezó a preguntar por mi padre hace unas semanas. Al principio pensé que se trataba de alguna cuestión de la empresa, algo de papeleo antiguo. Después empezó a hacer preguntas sobre esta fotografía. Hace doce días dejó de ir al trabajo.

—¿Y qué cree que le ha pasado?

—Nunca supe la razón.

La respuesta salió demasiado deprisa, como una puerta que se cierra antes de que a uno le dé tiempo a ver lo que hay detrás. Mateo se quedó callado un momento, no porque esperara que ella se corrigiera, sino para dejarle claro, sin decirlo, que sabía que no era del todo cierto.

—¿Cree que está en peligro?

Elena bajó la mirada hacia sus propias manos, todavía cerradas sobre el bolso.

—Creo que descubrió algo que no debía.

—¿Y usted? ¿Qué es lo que teme que descubra usted, si sigue buscando?

Elena levantó la vista, sorprendida por la pregunta, o quizá por que alguien se la hiciera en voz alta por primera vez.

—No lo había pensado así.

—Piénselo. No hace falta que me conteste hoy.

Ella no dijo nada más, pero algo en su postura cambió, como si aquella pregunta la hubiera aliviado y asustado a partes iguales. Mateo cogió el lápiz.

Doce días La mañana siguiente amaneció gris y húmeda, una de esas mañanas madrileñas en las que el frío parecía quedarse pegado a las fachadas.

Mateo salió temprano. Había aprendido en la policía que las personas cuentan más cosas cuando todavía no han tenido tiempo de preparar una respuesta, y también que un domicilio visto a primera hora podía decir algo que desaparecía al mediodía,

cuando las persianas ya estaban subidas y las conversaciones, ensayadas.

La portera de la casa de Julián estaba fregando la entrada, con el cubo apoyado contra el primer escalón y un cigarrillo a medio fumar en el borde de una maceta.

—¿Busca al señor Valera?

—Sí.

La mujer dejó el cubo junto a la escalera y se secó las manos en el delantal.

—Hace días que no viene.

—¿Vivía solo?

—Sí. Bueno… —se detuvo, como recalculando lo que sabía de verdad frente a lo que daba por hecho—. Creo que sí.

Mateo no corrigió el «creo». Las casas de Madrid estaban llenas de personas que sabían quién subía y bajaba, pero no necesariamente quién vivía realmente en cada puerta.

—¿Ha preguntado alguien por él?

La portera pensó, con la cabeza ladeada, como si repasara una lista de caras.

—Un hombre.

—¿Cuándo?

—Hará una semana y media.

—¿Qué quería?

—Preguntó si había dejado cartas.

—¿Cartas?

—Eso dijo.

—¿Cómo era?

La mujer frunció el ceño, esforzándose de verdad esta vez.

—Normal.

Mateo sonrió, más por cortesía que por diversión.

—Eso no me ayuda mucho.

—Pues era un señor de unos cuarenta años. Bien vestido. No parecía de aquí, si quiere que le diga la verdad. De aquí tenemos otro tipo de traje.

En la empresa donde trabajaba Julián, el encargado, Ramírez, recibió a Mateo con una mezcla de desconfianza y alivio, como quien lleva días esperando que alguien más se haga cargo de un problema que no le correspondía.

—Yo ya le dije a la familia que esto no era asunto mío.

—No soy familia.

—Eso me preocupa más.

Mateo le enseñó la fotografía. Ramírez la miró sin interés, apenas un segundo, y volvió a fijar los ojos en Mateo, como si la foto no fuera lo importante de la visita.

—No conozco a esos hombres.

—Julián pidió tres días libres antes de desaparecer.

—Sí.

—¿Dijo adónde iba?

—Almería.

—¿Por qué?

—Eso no me lo dijo.

Ramírez abrió un archivador, sacó una ficha y la dejó sobre la mesa sin ofrecérsela del todo, como si aún estuviera decidiendo cuánto quería compartir.

—Pidió permiso para ausentarse. Luego llamó desde aquí a una pensión de Almería.

Mateo miró el número.

—¿La Pensión La Marina?

—Sí.

—¿Había estado antes?

—Lo raro no fue que quisiera ir a Almería. Lo raro fue lo que estuvo preguntando antes.

—¿Qué preguntaba?

—Documentos antiguos. De los años cuarenta. Empresas, envíos, nombres de gente que ya no trabaja con nosotros.

—¿Qué empresa?

Ramírez dudó, y esa duda le dijo a Mateo más que la respuesta que vino después.

—Rodalquilar.

Aquella palabra hizo que Mateo volviera a colocar la fotografía sobre la mesa, esta vez con más cuidado. Escribió una sola línea en su cuaderno y no añadió nada más.

Cuando Elena se marchó del despacho, la tarde anterior, Mateo no había vuelto inmediatamente a los papeles.

Se quedó junto a la ventana y vio cómo ella cruzaba la calle, apretándose el abrigo contra el cuerpo.

Había empezado a llover con esa lluvia fina de Madrid que no parece suficiente para mojar a nadie y, sin embargo, acaba dejando húmedas las mangas y los zapatos.

Elena se detuvo bajo el alero de una tienda, abrió el bolso para buscar algo —un pañuelo, quizá, o simplemente una excusa para no seguir caminando todavía— y continuó andando.

Mateo apagó la luz del despacho. En la escalera olía a carbón y a comida recién hecha.

Desde algún piso llegaba una voz de mujer dando instrucciones a un niño y, más abajo, alguien cerró una puerta con demasiada fuerza.

Bajó despacio. No pensaba todavía en Ferrer ni en la fotografía.

Pensaba en la manera en que Elena había dicho que no quería que todo el mundo supiera que buscaba a Julián.

No era una frase extraordinaria. Lo que le había llamado la atención era otra cosa: no parecía avergonzada de buscarlo.

Parecía tener miedo de que, al preguntar demasiado, otras personas empezaran a hacerlo también.

Y sin embargo había venido a pedirle a él, un desconocido, que hiciera exactamente eso.

El número Elena regresó al despacho aquella misma tarde. Traía una caja de cartón atada con una cuerda y la dejó

sobre la mesa con cuidado, como quien deposita algo que pesa más de lo que aparenta.

—La encontré en casa de mi padre.

Mateo desató la cuerda. Había recibos, cartas, una libreta negra, fotografías y varios papeles doblados tantas veces que parecían más pequeños de lo que habían sido en origen.

—¿La había visto antes?

—Sí, pero nunca la abrí entera.

—¿Por qué ahora?

Elena se encogió de hombros, pero el gesto tardó un instante de más en llegar, como si estuviera decidiendo si contestar del todo.

—Porque usted dijo que buscáramos todo lo que pudiera tener relación con Julián.

Mateo no la corrigió, aunque no recordaba haberlo dicho exactamente así.

La libreta tenía pocas páginas escritas.

En una aparecía una fecha: 17 de octubre de 1948.

Debajo, una inicial y el apellido Ferrer.

Más abajo, una cantidad que Mateo no pudo interpretar todavía.

En un bolsillo lateral había una carta cerrada. Solo llevaba un nombre: Antonio.

—¿La abrió?

—No.

—Hizo bien.

Elena lo miró, y por primera vez desde que había entrado en el despacho pareció que la pregunta que iba a hacer le costaba más que cualquiera de las anteriores.

—¿De verdad cree que puede encontrarlo?

Mateo levantó la vista.

—Creo que hay que empezar por saber por qué desapareció.

Elena asintió, aunque no parecía del todo convencida, y se quedó callada un momento antes de continuar, como si hubiera decidido soltar algo que llevaba guardando desde el principio.

—Julián dijo una cosa.

—¿Qué cosa?

—Hace unos dos meses me llamó. Me preguntó si mi padre había hablado alguna vez de Rodalquilar. Le dije que no lo sabía. Entonces dijo: «Hay un nombre que no encaja».

—¿Qué nombre?

—No me lo dijo.

—¿Y después?

—Me llamó otra vez. Dijo que había encontrado un documento que no coincidía con la historia que todos conocían.

Mateo cerró la libreta.

—¿Qué historia?

—La de Antonio Ferrer.

El silencio se quedó unos segundos entre los dos, y esta vez no fue Mateo quien lo rompió.

—¿Qué ocurrió con él?

—Murió en 1948.

—¿Cómo?

—Un accidente, creo.

Mateo pensó en la fecha de la libreta, y en la manera en que Elena había dicho «creo» dos veces en la misma conversación, como si esa palabra fuera lo único honesto que podía ofrecerle sobre su propia familia.

—¿Y Julián?

Elena apretó las manos sobre el bolso.

—Una semana antes de desaparecer me dijo que, si alguna vez dejaba de contestar, no buscara en Madrid.

Se quedó callada, y por un momento pareció que iba a levantarse sin decir nada más. Después habló, más bajo:

—No le pregunté por qué me lo decía. Ahora pienso que debería haberlo hecho.

Mateo no respondió a eso. Algunas frases no necesitaban respuesta, solo alguien dispuesto a escucharlas sin apresurarse a resolverlas.

Se quedó mirando la caja. Ya tenía un destino.

Almería.

Nota técnica antes de nada: el capítulo 7 original (“Rodalquilar”) duplicaba la revelación de la segunda fotografía que ya aparecía en los capítulos 4-6, y además contradecía la cronología (Elena pregunta por Julián como si no lo hubieran encontrado todavía,

cuando el capítulo anterior ya lo daba por resuelto).

Aquí queda fusionado en un único hilo, sin duplicaciones, y con más cuerpo en cada escena.