21. El recorrido
El expediente de Valera llevaba varios días cerrado cuando Mateo decidió devolver el sobre a Elena. Lo había dejado en el cajón inferior del escritorio porque había olvidado incluirlo en la última visita.
Sacó el sobre y comprobó su contenido.
La fotografía estaba allí.
La sostuvo un momento bajo la lámpara.
Ocho hombres.
Vicente Valdés.
Antonio Ferrer.
Los demás.
No parecía distinta de la primera vez que la había visto. Eso era quizá lo más extraño. La fotografía no había cambiado; lo que había cambiado era todo lo que Mateo sabía sobre las personas que aparecían en ella.
Ya no veía un grupo de hombres que escondieran necesariamente un secreto. Veía trabajadores, compañeros, personas que habían vivido en un momento concreto y que, como casi todos, probablemente habían pensado que sus problemas de entonces serían olvidados con el tiempo.
Guardó la fotografía en el sobre.
Antes de salir abrió el cuaderno por una página nueva y escribió el resumen definitivo del caso.
“Valera: localizado. Caso cerrado.”
Debajo
“Ferrer: fallecimiento en accidente de trabajo en 1948. Expediente incompleto. Sin prueba de delito.”
Después:
“Ortega: aparece en documentación vinculada al movimiento de papeles y mercancías.
Destinatarios y motivos no establecidos. Sin relación demostrada con la muerte de Ferrer.”
Y, al final:
“Salcedo: referencia de 1958. Entregas de documentación. Destinatario desconocido. Comprobar cuando corresponda.”
Mateo leyó la última frase dos veces.
No la tachó.
Tampoco añadió nada.
Cerró el cuaderno y se guardó el reloj en el bolsillo.
La casa de Elena estaba tranquila. Fue su madre quien abrió la puerta.
—Pase.
—Solo vengo a devolver esto.
La mujer miró el sobre.
—Entonces ya ha terminado.
—Sí.
—Me alegro.
Elena apareció desde el pasillo.
—¿La fotografía?
Mateo se la entregó.
Ella abrió el sobre y comprobó que estaba todo.
—Gracias.
—No hay de qué.
Elena levantó la fotografía.
—He pensado mucho en esto.
—¿Y?
—Que durante semanas quería saber quién era cada hombre, qué habían hecho y qué había ocurrido. Ahora me basta con saber quién era mi padre.
Mateo la miró.
—¿Y quién era?
Elena bajó la fotografía.
—Un hombre que trabajaba, que tenía miedo de algunas cosas y que se equivocaba. Como los demás.
Mateo asintió una sola vez.
—Probablemente.
—No parece una gran conclusión.
—Las grandes conclusiones suelen ser las más sospechosas.
Elena sonrió.
—Julián quiere darle las gracias.
—Ya lo hizo.
—Esta vez no por el caso.
Mateo no preguntó por qué.
—Dígale que no hace falta.
Elena guardó la fotografía.
—¿Volverá alguna vez?
—Si me necesita.
—No me refería a eso.
Mateo entendió.
—Puede ser.
Ella le abrió la puerta.
—Entonces hasta otra.
—Hasta otra.
Bajó las escaleras despacio. Al salir a la calle, Madrid estaba cubierto por una luz clara y fría.
Los comercios comenzaban a abrir, los autobuses avanzaban entre el tráfico y un vendedor de periódicos anunciaba las noticias de la mañana.
Mateo caminó hacia su oficina.
No llevaba la fotografía.
No llevaba el expediente.
Solo el cuaderno y el reloj.
Al llegar, encontró tres encargos sobre la mesa. Uno era la localización de una persona que llevaba varios días sin dar señales; otro, una comprobación comercial; el tercero, una consulta familiar que parecía más complicada de lo que indicaba la nota.
Mateo dejó el sombrero en la silla.
Abrió el primero.
Leyó el nombre.
Después la dirección.
Se quedó unos segundos mirando la hoja.
Había aprendido a no decidir demasiado pronto qué clase de problema tenía delante.
Cogió el lápiz y escribió la fecha.
Debajo, el nombre.
Después la primera pregunta.
Sonó el teléfono.
Mateo levantó el auricular.
—Rivas.
Escuchó.
Al otro lado, una voz de mujer comenzó a explicar que llevaba una semana intentando encontrar a su hermano y que nadie parecía saber dónde estaba.
Mateo abrió el cuaderno.
—Dígame su nombre.
La ciudad siguió moviéndose detrás de la ventana.
Y él empezó a tomar notas.