El muerto que compró dos entradas Capítulo 9 — La película pendiente #2
95%

Capítulo 9 — La película pendiente #2

—Comprobamos quién estuvo en el despacho y quién pudo contárselo. Ninguna de esas personas le comunicó dónde apareció el control. Su pregunta encaja con lo que ahora ha reconocido.

—Quería que miraseis a Leonor.

—Dejó un papel que llevaba su número de asiento junto al cuerpo. Eso podía dirigir la sospecha hacia ella. La agresión y ese gesto son actos distintos; no ocurrieron en el mismo impulso.

Clara recordó a Leonor explicando por qué se había sentado al fondo. El número de una butaca había bastado para que parte del barrio confundiera aquella discusión con el asesinato. Olivia había contado con esa facilidad para sospechar.

—Cuando ella intentó entrar en el despacho, los sanitarios ya estaban dentro —dijo Clara—. Nos pidió que la dejáramos pasar.

—Y no pasó. La sangre en las tijeras no puede atribuirse a que ayudara durante el socorro. Fabián la vio entrar con el estuche antes del hallazgo, tú la viste volver por el corredor con él y las tijeras seguían dentro cuando lo recogimos. Eso constaba antes de que reconociera la agresión.

Aranda calló. Clara agradeció que no llenara el silencio con una frase acerca de cómo encajaba todo.

—Pilar dijo anoche que Silvano la quería mucho —murmuró.

—Por lo que sabemos, así era.

—Y Olivia a él.

—También.

Clara recordó a Olivia hablando de los libros que arreglaba y de los materiales viejos que su padre llevaba al taller.

También la había oído describir como una ruptura el deseo de Silvano de organizar su propia vida.

Olivia lo había herido cuando él mantuvo aquella decisión.

Después había salido a buscar el papel con el que intentó culpar a Leonor.

—Quiso decidir por él hasta el final —dijo Clara.

Aranda tardó en responder.

—Él había tomado una decisión que la afectaba. Podía discutirla, enfadarse, marcharse de aquella conversación. Lo que hizo sigue siendo responsabilidad suya.

Clara miró una hoja que el viento empujaba de un lado a otro junto al bordillo. El relato de Olivia quizá explicaría más adelante el instante en que cogió las tijeras. No haría menos deliberado el viaje a la taquilla.

—¿Cuándo se sabrá todo esto? —preguntó.

—Hay diligencias pendientes. Leonor y Rocío conocen lo necesario por ahora. Te avisaré si tenemos que volver a hablar contigo formalmente.

—Me alegro de que Leonor lo oyera de ti.

—Ella me preguntó por qué habían detenido a Olivia. Quise que pudiera hacer esa pregunta a la persona adecuada.

Permanecieron sentados un poco más. En la calle de enfrente, alguien bajó la persiana de una tienda y comprobó dos veces el cierre.

Clara había imaginado que saber quién mató a Silvano traería un momento nítido, un final que pudiera señalar.

En cambio, el cine había abierto durante dos horas para recibir a quienes lo echarían de menos, Olivia estaba detenida y Leonor volvía sola a casa.

Todo había cambiado; nada había terminado de acomodarse.

—Tengo que regresar —dijo al fin—. Pilar cierra hoy, pero nos queda revisar las horas de la semana.

Aranda se levantó con ella.

—Te acompaño hasta allí.

Junto a la puerta del Aurora esperaba la caja nueva que Clara había dejado allí al salir. Pilar ya había despachado la última mesa. Sobre el mostrador tenía la hoja con las horas trabajadas esa semana y los turnos previstos para la siguiente. Al verlos entrar, levantó la vista.

—¿Queréis algo? Queda café, pero no voy a atribuirle cualidades especiales.

—Un vaso de agua —pidió Aranda.

Clara llevó la caja al almacén. Al regresar encontró a Migas instalado dentro de otra, más pequeña, que se hundía visiblemente por un costado. Pilar la había reforzado con cinta.

—Le gustaba precisamente porque cedía —dijo.

—Puede que le guste la nueva.

—La nueva es para los pedidos. Esta es suya mientras aguante.

Aranda bebió el agua de pie. Clara le contó a Pilar, en pocas palabras, lo que podía contarle: Olivia había reconocido su presencia en el despacho y haber colocado el control; la investigación continuaba. Pilar escuchó sin interrumpirla.

—Mañana vendrá Leonor a por un paquete —dijo—. Si entra, le daré el paquete. Si quiere hablar, hablaremos.

—Me parece bien.

Pilar cogió la hoja de horas y se la tendió a Clara.

—Antes de que vuelvas a salir, comprueba el cierre de ayer. Lo has apuntado a las ocho.

—Ayer saliste a las ocho y veinte.

—A las ocho y veintisiete. Migas tiró los posavasos cuando ya había barrido.

Clara corrigió la cifra. Migas abrió un ojo desde la caja, sin mostrar arrepentimiento.

Aranda se despidió poco después. En la puerta, Clara lo detuvo.

—¿Tienes libre el próximo jueves?

—Depende de la hora.

—Rocío me dijo que quizá reanuden las sesiones la semana que viene. Todavía no hay programa.

—Si abre el jueves, podría ir.

Clara advirtió que le había hecho una propuesta incompleta. Miró la calle, buscó una manera más clara de decirlo y volvió a mirarlo.

—Quería preguntarte si irías conmigo.

Aranda sonrió apenas.

—Sí. Si no hay sesión el jueves, escogemos otro día.

—Hecho.

Él no avanzó enseguida. Clara tampoco.

—Podemos comprar las entradas cuando Rocío lo confirme —añadió ella.

—Cada uno la suya —dijo Aranda—. Así no tengo que explicarte mi criterio para elegir asiento.

—Eso suena a que tienes un criterio insoportable.

—Lo sabrás el jueves.

Se marchó antes de que Clara pudiera sonsacárselo. Ella entró en el Aurora con una sonrisa que no intentó ocultar. Pilar la vio, guardó la hoja de horas en su carpeta y tuvo la delicadeza de no preguntar nada.

Al día siguiente, Rocío volvió a abrir el vestíbulo durante una hora para que firmaran quienes no habían podido acudir.

Después guardó el cuaderno en un cajón de la taquilla.

Desde allí empezó a responder mensajes de proveedores, vecinos y un colegio que tenía reservada una sesión para el mes siguiente.

Clara pasó por allí a media mañana con un sobre que Leonor le había pedido entregar. Era una fotografía de Silvano en la cabina, tomada años atrás por un amigo común. En el reverso, Leonor había escrito la fecha aproximada y el nombre del fotógrafo.

—Dijo que puedes usarla si organizas algo —explicó Clara—. Que la llames antes de anunciarlo.

Rocío sostuvo la fotografía por los bordes.

—La llamaré. No sé todavía qué vamos a hacer.

Fabián estaba comprobando el inventario de la cabina. Bajó cuando Rocío lo llamó para enseñarle la imagen. Clara se disponía a dejarlos solos, pero Rocío le pidió que esperara un momento.

—Anoche Fabián me habló del otro puesto —dijo—. Va a aceptarlo.

Fabián miró a Clara con una expresión entre el pudor y el alivio.

—Me ofrecen empezar dentro de dos semanas. Tenemos tiempo para preparar a quien entre aquí y dejar la cabina en orden.

—Ya estaba bastante en orden —dijo Rocío.

—Entonces podré presumir de haberla dejado así.

Clara observó que Rocío sonreía sin pedirle que reconsiderara la decisión. Tenía ojeras, un cine que sacar adelante y la ayuda de Fabián durante unas semanas. Era suficiente por ahora.

—¿Y el ciclo? —preguntó Clara.

Rocío dejó la fotografía sobre la mesa, lejos de los vasos.

—Habrá películas. Aún no he escogido cuáles. He hablado con quienes imprimieron el programa para retirar la versión que teníamos. En el siguiente explicaremos que Silvano había decidido dejar las presentaciones regulares. Yo no lo escuché cuando me lo dijo.

Fabián pasó un dedo por una esquina doblada del viejo programa.

—Si quieres mi opinión sobre las copias que tenemos, aún puedes pedírmela.

—Te la pediré —respondió Rocío—. Después decidiré qué proyectamos.

—Ese era el trato antes, ¿no?

—Debería haberlo sido.

Clara los dejó con la fotografía y el inventario.

Fuera, la calle había recuperado un movimiento que no esperaba noticias del cine: repartidores, una niña que arrastraba una mochila, un hombre que buscaba las llaves mientras sostenía el teléfono entre el hombro y la oreja.

El mundo no se había detenido para permitir que todos entendieran lo sucedido.

Quizá por eso importaba tanto que Rocío hubiera quitado el cartel.

En el Aurora, Leonor la esperaba junto al mostrador. Había recogido el paquete y tenía una taza de té a medio terminar.

—¿Se la has dado? —preguntó.

—Sí. Le gustó la fotografía. Dijo que te llamará antes de usarla.

—Bien.

Leonor no parecía querer saber más. Clara ocupó la silla de enfrente durante unos minutos, mientras Pilar atendía a dos clientes.

—Estuve pensando en lo que dijiste ayer —comentó Clara—. En que quizá veas aquella película.

—No sé cuándo. He consultado la cartelera: todavía hay sesiones.

—Puedes escoger el día más adelante.

—Eso haré.

Leonor terminó el té. Al levantarse, miró el pequeño estante de libros que Clara había movido para dejar espacio a los pedidos.

—Silvano habría dicho que estaba mejor antes.

—Le habría pedido que me ayudara a colocarlo.

—Y habría venido con un nivel —dijo Leonor.

Salieron juntas hasta la puerta. Leonor emprendió el camino hacia su casa sin prisa, con el paquete debajo del brazo.

Clara regresó al mostrador. Pilar estaba anotando un pedido nuevo y Migas había abandonado la caja vencida por una franja de sol junto al escaparate. La caja nueva continuaba intacta en el almacén. Clara decidió que, por una vez, podía esperar.

Al caer la tarde, Rocío le mandó un mensaje: aún no tenía fecha para la primera sesión, pero quería volver a encender el proyector.

Clara leyó el mensaje y pensó en la fotografía sobre la mesa del cine, en la película que Leonor escogería por sí misma y en la conversación que Fabián había tenido al fin con Rocío.

Respondió que le avisara cuando publicara el programa. Después escribió a Aranda para decirle que el jueves seguía en pie, siempre que hubiera pantalla y butacas.

Él contestó unos minutos más tarde.

Yo escogeré mi asiento.

Clara guardó el teléfono. Del escaparate llegaba el ruido leve de Migas estirándose sobre el suelo de madera. Pilar apagó la luz del almacén y preguntó si podían cerrar. Clara fue a bajar la persiana.

Todavía no sabían qué película verían. Esa parte podía esperar.