Capítulo 9 — La película pendiente
La película pendiente
Rocío había retirado el cartel antes de abrir la puerta.
Clara lo supo por el rectángulo más claro que había quedado en la pared del vestíbulo del Cine La Esquina Alta.
Durante los días previos a la sesión, aquel cartel había anunciado un ciclo de películas presentado por Silvano Cárdeno.
Seguía allí el día en que encontraron su cuerpo, cuando ya no podía desmentir la promesa hecha en su nombre.
En su lugar había una hoja blanca, sujeta con cuatro trozos de cinta.
El vestíbulo permanecerá abierto hoy, de cinco a siete, para quienes deseen dejar unas palabras por Silvano. No habrá proyección.
Debajo, una mesa sostenía un cuaderno, dos bolígrafos y un vaso con flores que alguien había cortado de su jardín. Rocío había preguntado antes a la policía qué partes del cine podía abrir. La puerta del despacho seguía cerrada; la zona continuaba fuera del alcance del público.
—Pensé en poner una fotografía —dijo Rocío—, pero no he sabido escogerla.
Clara miró el espacio vacío junto al cuaderno.
—Hoy puede bastar con su nombre.
Rocío asintió. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y un jersey que Clara no le había visto nunca. No tenía aspecto de querer recibir al barrio. Aun así, había abierto la puerta.
Las primeras personas entraron sin saber muy bien qué hacer. Una pareja mayor dejó unas flores. Una mujer escribió tres líneas y cerró el cuaderno para que nadie las leyera por encima de su hombro. Ramiro llegó con Amparo, que se quedó un momento ante la hoja de la pared.
—Se le echará de menos —dijo ella.
Rocío le indicó el cuaderno. Amparo escribió con una letra firme y luego se apartó para dejar sitio al siguiente. Ramiro se quedó mirando las fotografías antiguas de la entrada: estrenos, aniversarios, una visita escolar en la que Silvano aparecía al fondo, cargando una caja.
—En esta ya empezaba a dar órdenes —murmuró.
—En aquella época solo era el proyeccionista —dijo Rocío.
—Eso no se lo habían explicado a él.
Rocío soltó una risa breve, agradecida, antes de atender a otra persona.
Clara permaneció cerca de la puerta. No había venido a trabajar, pero conocía a casi todos y podía ayudar cuando alguien preguntaba dónde dejar unas flores o si se celebraría algún acto más adelante. A lo segundo, Rocío respondía siempre lo mismo: todavía no lo habían decidido.
Al cabo de media hora apareció Leonor.
Llevaba un abrigo ligero y no traía flores. Se detuvo apenas un instante al cruzar el umbral, como si necesitara comprobar que podía entrar, y avanzó hasta la mesa. Rocío salió a su encuentro.
—Aranda me llamó esta mañana —dijo Leonor, antes de que Rocío tuviera que encontrar una manera de darle la noticia—. Sé lo de Olivia.
Rocío bajó la vista.
—Lo siento.
—Yo también.
No añadieron nada. Clara se acercó y Leonor le rozó el brazo a modo de saludo.
—No sabía si vendrías —dijo Clara.
—Yo tampoco.
Leonor abrió el cuaderno por una página nueva. Sostuvo el bolígrafo un buen rato sin escribir. Luego dejó unas pocas palabras, cerró el cuaderno y se apartó.
Clara no miró la página.
Desde donde estaban se veía la entrada a la sala. Leonor la contempló un rato y después miró hacia el corredor por el que había salido con Silvano.
—Compró las entradas dos días antes —dijo Leonor—. Me llamó para decirme que había escogido dos butacas buenas.
—La 4B.
—Sí. Quería que nos sentáramos delante. Lo de presentarme al público me lo dijo al llegar. Yo le respondí que eso tenía que preguntármelo antes.
Rocío, que seguía a su lado, no intentó intervenir.
—Silvano era capaz de organizar una tarde entera antes de averiguar si yo podía venir —continuó Leonor—. A veces me hacía gracia. Aquella noche, no.
—Tenías derecho a decir que no —dijo Clara.
—Se lo dije. Y discutimos. Luego me senté atrás porque quería ver la película, aunque fuera desde otra butaca.
Leonor volvió a mirar la sala.
—A ratos sigo esperando la conversación que íbamos a tener al salir. Me acuerdo de algo que quería decirle y pienso que se lo diré luego. Después tengo que recordarme que ya no habrá un luego.
Rocío se secó una lágrima con el dorso de la mano.
—Él me había dicho que quería tomarse unas semanas —dijo—. Yo dejé su nombre en el cartel. Me convencí de que, cuando llegara el momento, podría pedirle que siguiera.
—Te lo había dicho —respondió Leonor.
—Sí. Y yo no quise escucharlo.
Una mujer se acercó para preguntar por el cuaderno. Rocío fue a atenderla. Leonor observó cómo señalaba la mesa, encontraba un bolígrafo que escribiera y recibía unas flores sin saber dónde ponerlas. El cine seguía necesitando esas pequeñas decisiones.
—No tienes que quedarte —le dijo Clara.
—Quiero estar un rato.
Se sentaron al fondo del vestíbulo, fuera del paso. Algunas personas saludaron a Leonor sin hacer preguntas. Otras no sabían quién era. Ella no pareció preocuparse por ninguna de las dos cosas.
Cuando salieron, la luz de la tarde alcanzaba la acera de enfrente. Leonor se abrochó el abrigo.
—Gracias por no llamarme anoche —dijo.
Clara la miró, sorprendida.
—No sabía qué podía decirte con certeza.
—Lo sé. Aranda me lo ha explicado él mismo. He preferido enterarme así.
Hablaron un poco de asuntos ordinarios: de una persiana atascada en casa de Leonor, de una receta que había probado su hermana, de una película que ella había querido ver con Silvano y que aún seguía en cartel en otro barrio. Al despedirse, Leonor apretó la mano de Clara.
—No voy a verla todavía —dijo, refiriéndose a la película—. Pero quizá la vea.
Clara regresó al cine. Leonor siguió andando hacia la esquina, con una mano en el bolsillo del abrigo.
Fabián estaba junto a la taquilla, esperando a que Rocío terminara de hablar con un vecino. Había venido sin la chaqueta que solía ponerse para trabajar en la cabina. Cuando vio a Clara, levantó la mano.
—He hablado con Aranda otra vez —dijo—. Esta mañana.
—¿Ha necesitado algo más?
—Que precisara a qué hora salí de la cabina y lo que vi al volver. Me habría gustado acordarme del minuto exacto.
—Le dijiste lo que recordabas.
—Ahora sí.
No había una respuesta que le quitara el retraso. Fabián tampoco parecía buscarla. Miró hacia Rocío.
—Voy a contarle lo del trabajo. El de fuera. Me han dado un plazo para responder.
—Pensé que ya se lo habías dicho.
—Le dije que había una oferta. No que estoy pensando aceptarla.
—Eso cambia la conversación.
—Bastante.
Rocío se acercó antes de que Clara pudiera añadir nada. Fabián no aplazó el asunto; le preguntó si tendrían unos minutos al cerrar. Ella respondió que sí, después de recoger la mesa.
—No hace falta que te quedes hasta las siete —le dijo Rocío a Clara—. Nos apañamos.
Clara miró las flores, el cuaderno y las personas que aún entraban con pasos vacilantes.
—Puedo llevar los vasos vacíos a la cocina.
—Eso sí te lo acepto.
Al sacar una bandeja del armario, Clara oyó abrirse la puerta exterior. Aranda saludó a Rocío, dejó unas palabras en el cuaderno y se quedó hablando con ella en voz baja. Llevaba una chaqueta ligera. Cuando Clara regresó, él esperaba junto a la fotografía de la visita escolar.
—Rocío dice que al salir te acompaño un trecho —dijo.
—Rocío organiza bastante bien el tráfico de personas.
—Suele saber quién necesita apartarse de una mesa.
Clara dejó la bandeja. Aranda le dijo que Leonor y Rocío conocían ya lo esencial. No parecía haber venido para anunciar nada en el vestíbulo.
—Termino aquí y salgo —dijo ella.
Recorrieron la calle en dirección al Aurora. Durante los primeros metros hablaron del cuaderno y de la gente que había entrado. Al llegar a una plaza pequeña, Aranda se detuvo junto a un banco. Desde la llamada de la noche anterior, Clara aguardaba noticias sin saber qué podía preguntarle.
—Olivia ha reconocido que estuvo con su padre en el despacho —dijo él—. Y que cogió el control de la taquilla para dejarlo allí.
Clara se sentó. Aranda permaneció de pie un momento y después ocupó el otro extremo del banco.
—¿Y las tijeras?
—Ha reconocido que lo hirió. Hay partes de su relato que todavía tendremos que contrastar. Lo que dijo después de la detención no fue lo que permitió detenerla.
Clara asintió. Recordó las tijeras en manos de Olivia antes de la sesión, recortando un soporte de cartón. Eran una herramienta corriente hasta que dejaron de serlo.
—¿Fue a hablar con él por lo de Leonor?
—Por la decisión de viajar con ella y por cómo iba a cambiar su vida en casa. Olivia reconoce que le pidió que saliera de la sala para hablar. Lo que sabemos por los testigos es que Silvano seguía vivo cuando ella entró con el estuche. Los términos de la discusión los conocemos por su declaración.
Fabián había visto la entrada al despacho al regresar de su llamada. Clara había visto a Olivia salir del pasillo más tarde, todavía con el estuche. Entre esas dos imágenes había quedado oculta la muerte de Silvano.
—Rocío encontró el cuerpo antes del descanso —dijo Clara.
—Sí. Olivia ya había vuelto al vestíbulo.
Aranda apoyó las manos sobre las rodillas. No hablaba como quien disfruta al fin de ordenar un acertijo.
—Olivia ha reconocido que hizo dos visitas al despacho durante los cortos.
Primero entró para hablar con su padre. Después de herirlo, guardó las tijeras y salió hasta la taquilla.
Cogió el control de la 4B de la caja abierta, regresó al despacho y lo dejó debajo de la mesa.
Volvió al vestíbulo con el estuche. Ese último regreso es el que viste tú; los movimientos anteriores encajan con lo que ya habíamos establecido.
—Y Leonor llevaba su entrada grande en el programa.
—La conservaba allí desde que entró. La recogimos después.
Clara recordó la entrada grande al caer del programa en el Aurora. Leonor la había recogido por una esquina mientras Migas ocupaba su abrigo. Después se la llevó a Aranda. Aquel papel había permanecido con ella desde la taquilla; el control había seguido otro camino.
—Olivia me preguntó si la entrada estaba debajo de la mesa —dijo Clara.