Epílogo — Esta vez, como espectadores
Epílogo
Esta vez, como espectadores
La nueva programación del Cine La Esquina Alta llegó al Aurora un martes, tres semanas después, dentro de un sobre demasiado grande para los cuatro folletos que contenía.
Clara dejó uno junto a la caja, otro en la mesa de la entrada y guardó los demás para quien los pidiera. Rocío había elegido tres películas para la reapertura. Ninguna llevaba el nombre de Silvano en el título del ciclo.
En la segunda página había una fotografía pequeña: él, años atrás, de pie en la cabina de proyección.
Leonor había autorizado su uso después de ver la prueba impresa.
Debajo, Rocío había escrito unas líneas sobre el trabajo de Silvano en el cine y sobre su decisión, tomada antes de morir, de dejar las presentaciones regulares.
Terminaba dando las gracias por los años en que había cuidado de las películas y de quienes acudían a verlas.
Pilar leyó el texto mientras esperaba que hirviera el agua.
—Está bien —dijo—. No parece que vaya a salir de la fotografía para corregirle una coma.
—Quizá habría corregido dos.
—Entonces está muy bien.
Migas apareció atraído por el ruido de los folletos. Olfateó uno y levantó una pata. Pilar lo apartó del mostrador antes de que pisara la programación. El gato se dirigió a la caja reforzada con cinta.
La primera sesión sería el jueves. La reapertura se había demorado más de lo previsto, pero Clara avisó a Aranda en cuanto Rocío confirmó la fecha.
Él respondió que saldría a su hora y la esperaría ante la taquilla.
Desde aquella conversación en la puerta del Aurora se habían visto dos veces: una para tomar café durante media hora, otra al cruzarse en el mercado.
Clara seguía sin saber qué nombre dar a aquella cita.
Le gustaba que hubieran quedado sin tener que resolverlo.
El jueves, Leonor pasó por el Aurora poco antes de cerrar. Venía de comprar un cuaderno pequeño y llevaba una bolsa de viaje plegada bajo el brazo.
—¿Te marchas? —preguntó Clara.
—La semana que viene. Cuatro días, quizá cinco. Hay un pueblo junto al mar al que quiero volver.
—¿Habías ido con Silvano?
—Una vez, al principio de lo nuestro. Quiero recorrerlo con más calma.
Leonor miró el folleto de la entrada. Le contó a Clara que había llamado a Rocío para aprobar la fotografía y que terminaron hablando de otras cosas: una gotera antigua en el pasillo del cine, las butacas que chirriaban, las películas que Silvano recomendaba aunque nadie se las hubiera pedido.
—¿Vendrás a la sesión de hoy? —preguntó Clara.
—Hoy no. He quedado con mi hermana para cenar.
Leonor dobló con cuidado uno de los folletos y lo guardó en el bolso.
—Otro día escogeré una película. Esta noche prefiero contarle a mi hermana que me voy de viaje antes de que intente organizarlo por mí.
Clara sonrió.
—Buena idea.
Leonor salió con el cuaderno y la bolsa plegada. Caminaba deprisa porque llegaba tarde a la cena, una prisa corriente que a Clara le alegró ver.
Pilar terminó de limpiar la cafetera y consultó el reloj.
—Vete. Me toca cerrar y está apuntado en las horas.
—Podría ayudarte con las sillas.
—Podrías llegar tarde por ayudarme con las sillas. Ya sé levantarlas.
Clara cogió su abrigo. Antes de salir, comprobó que Migas seguía dentro de la caja y que no había vuelto a instalarse encima de los folletos.
—Se ha portado bien —dijo.
—Se ha dormido. No confundas las dos cosas.
En el Cine La Esquina Alta había gente esperando bajo el toldo.
Algunos hablaban en voz baja, con la cautela de quien entra por primera vez en un lugar después de una desgracia.
Otros discutían qué película verían la semana siguiente.
La puerta estaba abierta y desde dentro llegaba el ruido familiar de la máquina de hacer palomitas.
Aranda esperaba junto a la taquilla. Al ver a Clara, le mostró una entrada sin enseñarle el número.
—Llegas con tiempo —dijo ella.
—Quería escoger asiento.
—Llevas tres semanas presumiendo de tu criterio.
—Y no voy a explicarlo antes de que lo compruebes.
Clara se acercó a la taquilla.
—Querría sentarme junto a él, si queda sitio —le dijo a Rocío.
Aranda dejó su entrada sobre el mostrador. Rocío comprobó el plano, asintió y separó otra. Clara pagó la suya y la guardó mientras la propietaria les daba las gracias por venir. Cuando otra persona se ocupó de la taquilla, Rocío salió a saludarlos.
—Fabián llamó esta tarde —les contó—. Quería saber si la primera sesión saldría bien.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó Clara.
—Que todavía no había empezado.
Rocío les contó que Fabián llevaba ya una semana en el otro cine.
Había formado a quien ahora trabajaba en la cabina de La Esquina Alta y, el último día, dejó por escrito hasta dónde había que empujar una puerta que se atascaba cuando llovía.
Rocío encontró la nota pegada al marco, junto a otras instrucciones más útiles.
—Le llamaré al terminar —dijo—. Aunque esta noche el mérito será de la nueva proyeccionista. Ha repasado el programa conmigo dos veces.
Un timbre suave anunció que faltaban diez minutos. Rocío volvió al trabajo y Clara entró con Aranda.
No habían puesto ninguna placa nueva en el vestíbulo.
La fotografía de Silvano estaba en el folleto, al alcance de quien quisiera detenerse a verla.
En la pared quedaban los carteles de películas, con sus colores, sus fechas y las marcas de cinta que Rocío todavía no había conseguido quitar del todo.
Al llegar a la sala, Aranda se apartó para dejar pasar a una pareja. Clara miró su entrada: 6D. Él le mostró la suya: 6C.
—El pasillo está a mi lado —explicó.
—Ese era el gran criterio.
—Hay sitio para las piernas y puedo salir sin molestar a media fila.
—Podrías haber dicho que querías estirar las piernas.
—Habríamos terminado esta conversación hace tres semanas.
Clara sonrió y dobló el abrigo sobre las rodillas.
—He escogido bien, entonces.
—Yo también.
Se sentaron. La sala se llenó despacio. Amparo y Ramiro entraron cuando ya estaban bajando las luces; ella eligió el extremo de una fila y él se detuvo al reconocer a alguien dos asientos más allá.
Clara los oyó discutir en susurros sobre si aún daba tiempo de saludar.
Cuando por fin se acomodaron, la cabina encendió la pantalla.
Primero apareció el aviso habitual de que apagaran los teléfonos. Luego, durante unos segundos, el nombre del cine sobre fondo oscuro. No hubo discurso. Rocío había decidido empezar con la película.
Clara sintió que Aranda guardaba el teléfono en el bolsillo. Hizo lo mismo con el suyo. En la pantalla se abrió una carretera iluminada por la mañana, y un coche pequeño tomó una curva demasiado deprisa. Varias personas se rieron de inmediato.
Ella también.
Durante un rato pensó en Leonor cenando con su hermana, en Fabián pendiente del teléfono y en Rocío contando las entradas desde la taquilla.
Recordó a Silvano en la fotografía del programa, de pie en la cabina.
Clara volvió a mirar la pantalla. El coche acababa de detenerse ante una casa y sus ocupantes discutían quién llamaría a la puerta.
Al ver a uno de los personajes sacar el mapa, Aranda se inclinó apenas hacia ella.
—Como conduzca igual de bien que lee el mapa, no llegan a ninguna parte —susurró.
Clara contuvo una risa para no molestar a quienes estaban detrás.
—El mapa lo lleva al revés.
Aranda volvió a mirar la pantalla. Cuando el personaje giró el papel con disimulo, ambos se rieron a la vez.
La película continuó. Las butacas crujían de vez en cuando y alguien desenvolvía un caramelo con una paciencia insuficiente.
Clara apoyó el brazo en el reposabrazos que compartían.
Aranda dejó el suyo junto al de ella. Clara sintió el roce de su manga y mantuvo el brazo allí.
En la pantalla, la puerta de la casa se abrió.