Capítulo 7 — Debajo de la mesa
Debajo de la mesa
Pilar estaba guardando los vasos cuando Clara le pidió que recordara una conversación de la noche del cine.
—Hablamos con mucha gente —respondió Pilar.
—Esta fue después de que llegara la policía. Estábamos junto a la mesa del café. Olivia se acercó.
Pilar dejó un vaso sobre el estante sin terminar la fila.
—Le dijiste que habían separado una entrada.
—Eso recuerdo.
—Ella preguntó cuál.
Clara negó con la cabeza.
—No dijo «cuál».
La frase había vuelto a ella la noche anterior, después de hablar con Aranda. La había oído con la claridad de algo que permanecía en el recuerdo desde el principio, aunque hasta entonces lo hubiera colocado entre las preguntas confusas de aquellas horas.
—Dijo: «¿La que estaba debajo de la mesa?».
Pilar apoyó la mano en el borde del estante.
—Sí. Eso dijo.
—¿Le había contado yo dónde apareció?
—Yo te pregunté si era de Silvano. Me dijiste que habían separado una parte pequeña. No hablaste de la mesa.
—¿Pudiste oír a otra persona mencionarlo?
Pilar volvió la mirada hacia la ventana, como si pudiera reconstruir el vestíbulo a través del cristal del Aurora.
—Rocío hablaba con los agentes. Olivia estaba cerca de nosotras. Podrían haber dicho algo sin que yo lo oyera.
—Eso pensé.
—Pero tú no se lo dijiste.
—No.
Pilar terminó de colocar el vaso. No celebró el recuerdo como un hallazgo. Conocía a Olivia de verla por el barrio, aunque nunca hubieran sido amigas. También había visto cómo recibió la noticia de la muerte de su padre.
—Llama a Aranda —dijo.
Clara sacó el móvil. Al buscar el número recordó otra parte de aquella noche: le había descrito el papel al inspector mientras hablaban a solas en la sala, y él había tomado nota.
La ubicación no era una información que solo ella conociera.
Rocío había entrado primero; los sanitarios estuvieron junto a la mesa; después llegaron los agentes.
Alguno podía haberla mencionado delante de Olivia.
También era posible que Clara hubiera hablado más de lo que creía durante el tumulto.
Contó a Aranda la frase sin añadir ninguna conclusión. Él la dejó terminar.
—Está en tu declaración que viste el papel bajo el borde de la mesa —dijo—. No anoté que Olivia hablara de su posición. ¿Cuándo fue exactamente?
—Después de que Pilar regresara al cine. Yo le dije que habíais separado una entrada. Olivia estaba al lado y preguntó: «¿La que estaba debajo de la mesa?».
—¿Recuerdas si Rocío estaba con vosotras?
—No. Recuerdo que Olivia se acercó. No puedo decirte dónde estaba Rocío cada minuto.
—Hablaré con Pilar por separado. Y comprobaré quién describió el lugar del hallazgo antes de esa conversación.
—No quiero que mi memoria de hoy reemplace lo que dije entonces.
—Por eso vamos a comprobarlo.
Clara guardó el teléfono. Pilar había escuchado su mitad de la llamada desde el otro extremo de la barra.
—Me preguntará a mí —dijo.
—Sí. Cuéntale lo que recuerdes, aunque no coincida conmigo.
—Eso suelo hacerlo sin que me lo pidas.
Clara sonrió. Pilar corregía con la misma facilidad un recuerdo y una cuenta de cafés. Era una de las razones por las que confiaba en ella.
Llegaron clientes y el Aurora recuperó su ruido corriente. Pilar llevó una bandeja a la terraza. Clara abrió una caja nueva de servilletas; Migas intentó entrar en ella antes de que sacara el último paquete. Lo apartó con suavidad.
—Tienes otra caja —le dijo.
El gato observó la que Clara acababa de abrir, como si la información no afectara a su preferencia.
A media mañana, Aranda pasó por el café para hablar con Pilar. No pidió que Clara permaneciera en la conversación. Se sentaron a una mesa mientras ella atendía la barra. Al terminar, Pilar volvió a su trabajo y Aranda se acercó para despedirse.
—No ha recordado que ninguna de vosotras dijera dónde estaba el control —le explicó a Clara—. Tampoco puede asegurar lo que se habló en el otro extremo del vestíbulo.
—Yo tampoco.
—Voy a revisar las declaraciones de quienes estuvieron en el despacho y a preguntarles de nuevo por ese detalle.
—Rocío pudo verlo.
—Sí. Es una de las primeras personas con las que hablaré.
Él se marchó. Clara miró las mesas que aguardaban servicio y cogió la bandeja. Aranda se encargaría de averiguar quién había hablado con Olivia.
Al salir del turno de mediodía, vio a Olivia a través del ventanal. Estaba detenida junto a la jardinera central del Portal 7. Había recogido una flor caída y buscaba dónde dejarla sin aplastarla. Terminó poniéndola sobre el borde de barro claro, lejos del tomillo.
Clara salió con una bolsa pequeña de residuos y la llevó al contenedor. Cuando regresó, Olivia seguía allí.
—No sabía que fuera vuestra —dijo Olivia, señalando la jardinera—. He tocado una flor.
—Ya estaba en el suelo.
—Mi padre se detenía a mirar estas plantas. Decía que el tomillo aguantaría aunque nadie se ocupara de él y, cinco minutos después, preguntaba quién lo había regado.
Clara recordaba haberlo visto pasar alguna vez. No lo suficiente para confirmar aquella costumbre, sí para reconocer el tono con que Olivia la contaba.
—¿Quieres entrar? —preguntó.
Olivia miró la puerta del café.
—Puedo tomar algo. No tienes que quedarte conmigo.
Clara no se lo había ofrecido como una ocasión para hablar del despacho. Le abrió la puerta y dejó que eligiera mesa. Olivia se sentó cerca de la ventana. Pidió una infusión que apenas tocó. Pilar la saludó al pasar con una bandeja y siguió hacia la terraza.
Durante un rato Olivia miró a Migas. El gato había conseguido instalarse en la caja de servilletas, ahora vacía, y mantenía una pata sobre el borde.
—No parece cómodo —dijo ella.
—Nadie ha podido convencerlo de eso.
—Mi padre habría buscado una caja más grande.
—Y él habría vuelto a esta.
Olivia sonrió. Clara se sentó a su mesa cuando terminó de atender a dos clientes. Desde allí veía la calle y la flor que Olivia había dejado sobre la jardinera.
—He estado ordenando algunas cosas de casa —dijo Olivia—. Había guardado programas de sesiones a las que ni siquiera recuerdo haber ido. Ponía una fecha detrás de cada uno.
—Le gustaban los programas.
—Le gustaba recordar cuándo había estado allí cada persona. A veces anotaba que alguien salió antes del final o que un niño pasó la película entera preguntando por el final.
—Eso ya se parece menos a una colección.
—Era su manera de estar pendiente de todos.
Olivia sostuvo la taza caliente entre las manos.
—Cuando empecé a encuadernar, vino al taller y me preguntó qué hacía con los libros que no podían quedar perfectos. Le mostré una cubierta con la reparación visible. Dijo que a él le gustaba saber por dónde había pasado un objeto.
—¿Te ayudaba?
—Si podía. Sobre todo me traía cosas que nadie le había pedido traer. Pensaba que siempre iba a encontrarles uso.
Silvano había llevado a Rocío consejos sobre el sonido y a Amparo una pegatina para el mando. Clara podía imaginarlo llegando al taller con una caja de papeles viejos, convencido de que Olivia sabría convertirlos en algo.
—También sabía pedir ayuda —continuó ella—. Durante años me llamó para llevar cuentas, recordar citas, hablar con quien venía a arreglar algo en casa. A veces le decía que podía hacerlo solo. Él respondía que así teníamos un motivo para vernos.
—Os veíais aunque no hubiera una tarea.
—Sí. Pero una tarea le resultaba más fácil de pedir.
Olivia bebió un poco de infusión. Clara esperó. Había llegado a esa mesa con un recuerdo amable; no quería empujarla desde allí hasta la noche del crimen como si cada palabra fuera una pieza que debiera entregar.
—Por eso me costó entender lo del viaje —dijo Olivia—. No por las semanas fuera. Por la forma en que pasó de contar conmigo para todo a pedirme que no opinara sobre nada.
—Te dijo que no quería que organizaras su vida.
—Me dijo que se había acostumbrado a dejarme decidir demasiado y que iba a cambiarlo. Yo no le impedí comprar las entradas ni conocer a Leonor. No le había impedido hacer nada.
Clara recordó a Silvano enseñando el par de entradas. Olivia estaba lo bastante cerca para verlo, pero él las había guardado sin pedirle opinión. Aquello tampoco explicaba todo lo ocurrido entre ellos durante años.
—Quizá quería empezar por decidir cosas pequeñas sin consultarte —dijo.
—Un viaje de varias semanas no es una cosa pequeña.
—Ver una película desde una butaca sí.
Olivia levantó la vista. Por un instante Clara creyó que iba a enfadarse, pero dejó la taza sobre el plato.
—Hablaba de eso como si fuera un gran cambio —admitió—. Yo le dije que podía sentarse donde quisiera. Creí que después volvería a preocuparse por la proyección, como siempre.
—Se sentó.
—Un rato.
Silvano se había levantado cuando Olivia lo esperaba junto a la puerta. Clara recordaba bien esa imagen, pero no le preguntó por ella. Quería oír lo que Olivia había venido a decirle.
Olivia miró hacia la barra, donde Pilar colocaba tazas limpias.
—He declarado otra vez —dijo—. Insisten en preguntarme si entré en el despacho cuando ya se proyectaban los cortos.
—Hay personas intentando ordenar esa parte de la noche.
—Hablé con mi padre antes. Lo vi después en el vestíbulo. No entré allí durante la sesión.
Clara dejó inmóvil la cucharilla sobre el plato. Fabián había afirmado lo contrario. La voz de Olivia, en cambio, sonaba tan firme como cuando decidía dónde colocar un cartel.
—Ya le dije a Aranda lo que recuerdo —respondió—. Si necesitas corregir algo de tu declaración, debes hablar con él.
—No tengo nada que corregir.
Olivia acabó la infusión a pesar de haber dejado que se enfriara. Pagó y se levantó.
—Siento haber venido a hablarte de todo esto.
—Viniste a tomar algo.
—También sabía que me escucharías.
Clara aceptó la diferencia sin prometerle más. Olivia se detuvo junto a la caja de Migas, que había empezado a deshacerse por una esquina.
—Mi padre habría reforzado el fondo —dijo.
—Probablemente.
—No duraría más por eso. Él solo tardaría más en admitirlo.