El muerto que compró dos entradas Capítulo 6 — Fuera de la cabina #2
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Capítulo 6 — Fuera de la cabina #2

No añadió un resultado provisional. Clara se quedó mirando la línea de tazas sobre la barra mientras escuchaba una breve explicación de las próximas declaraciones.

Rocío todavía tenía que precisar sus movimientos; Ramiro y Amparo habían sido oídos por separado sobre lo que recordaban de la sala.

Aranda no esperaba que pudieran observar a Leonor sin interrupción, pero las partes de la proyección en que cada uno la había visto importaban ahora.

—No quiero que parezca que estaba siguiendo a esa mujer —dijo Clara.

—Nadie te lo está atribuyendo.

—La vi al fondo cuando empezó la sesión y otra vez después de volver de los aseos. Entre medias, estaba mirando los cortos.

—Eso es lo que anotamos.

Se despidieron. Clara devolvió el teléfono a su sitio. Pilar aguardaba a una distancia suficiente para no haber oído al inspector y lo bastante cerca para advertir que la llamada había terminado.

—¿Necesitas salir? —preguntó.

—No. Aranda ya ha hablado con quienes tenía que hablar.

—Te preguntaba si necesitabas dar una vuelta.

Clara miró el ventanal. La calle estaba tranquila. Por un momento quiso ir hasta el cine para ver de nuevo el corredor; ya le había mostrado a Aranda todo lo que podía mostrarle. Se quedó.

—Prefiero terminar aquí —dijo.

Pilar le pasó una cesta de pan. No le pidió una explicación a cambio.

A primera hora de la tarde, Rocío llegó por el programa. Había recuperado algo del paso rápido con que recibía a los espectadores, aunque se detuvo ante la caja de Migas.

—¿Sigue en la misma caja? —preguntó.

El gato levantó la cabeza.

—Ahora sí —dijo Pilar—. Pero ha probado todas las del local. Tu programa está sobre la mesa de al lado.

Rocío cogió el folleto y dejó al gato donde estaba.

—Fabián me ha contado lo del trabajo —dijo a Clara.

—Me dijo que pensaba hacerlo.

—Podría habérmelo dicho antes. Eso también se lo he dicho yo.

—¿Y qué respondió?

—Que aún no había aceptado la oferta.

Rocío sostuvo el programa con ambas manos. Clara esperó. La propietaria miró hacia la puerta, como si Fabián pudiera entrar detrás de ella para completar la conversación.

—Estoy enfadada porque saliera a hacer la llamada durante la sesión —dijo—. Y porque lo negara cuando le preguntaron. Lo del otro cine es asunto suyo.

—Habías contado con Silvano para futuras sesiones.

—Y me equivoqué. Me gustaría no repetirlo con Fabián el mismo día en que lo he reconocido ante Aranda.

Se sentó unos minutos mientras Pilar atendía a otra persona. Clara aprovechó para preguntarle qué recordaba de su visita a la cabina durante los cortos. Rocío había dado ya su declaración; no parecía incómoda repitiendo lo que sabía.

—Subí para hablar del intervalo. Fabián estaba allí y la proyección seguía sin problemas. Me quedé con él hasta que bajé a buscar a Silvano. Teníamos que ajustar el micrófono y decidir cómo presentar la segunda parte. Pensé que Silvano estaría aún en la sala.

—¿Viste la caja de controles al subir?

—Pasé delante de la taquilla. Estaba detrás del mostrador, donde la había dejado. No miré dentro.

—¿Y al bajar?

—Tampoco. Empecé a buscar a Silvano porque se acercaba el intervalo. Miré su butaca, fui al despacho y lo encontré.

Clara asintió. Rocío y Fabián habían pasado juntos buena parte del bloque. Mientras tanto, la caja se quedó detrás del mostrador, fuera de su vista.

—Al principio me pareció que subir a la cabina me daba una explicación para todo —dijo Rocío—. Ahora solo sé lo que hice arriba.

—Es bastante más útil que una explicación que no tienes.

Rocío observó a Clara un momento.

—Silvano me habría dicho que era hora de arreglar esa bisagra.

Señaló la puerta del pequeño almacén del Aurora, que emitía un sonido leve cada vez que Pilar entraba por leche.

—Lleva meses así —respondió Clara.

—Habría encontrado una herramienta.

—Y Pilar habría acabado dejando que la arreglara.

—Yo también.

Rocío sonrió con tristeza. Recogió el programa y volvió al cine.

Amparo llegó cuando las mesas empezaban a vaciarse. Vio a Ramiro sentado cerca del ventanal y eligió una mesa distinta.

—Ya he hablado con el inspector —anunció antes de pedir nada—. No necesito que Ramiro me organice el recuerdo.

Ramiro bajó el periódico.

—No he dicho una palabra.

—Por eso lo menciono ahora, mientras todavía es verdad.

Clara sirvió a Amparo un café con leche. No iba a preguntarles por Leonor delante uno del otro; Aranda ya los había escuchado por separado. Pero Amparo parecía decidida a explicar por qué había corregido una versión que circulaba entre los vecinos.

—Le dije al inspector que vi el abrigo verde antes de apagar las luces —dijo—. Y que volví a verlo cuando terminó el bloque y la gente empezó a levantarse. No puedo jurar que la mujer no saliera ni un minuto. Yo miraba la pantalla.

—Eso mismo dije yo —intervino Ramiro—. La vi cuando empezó el segundo corto. Luego, al levantarme para dejar pasar a una persona de nuestra fila, seguía al fondo.

—Tú te levantas con mucha atención para alguien que presume de no molestar —dijo Amparo.

—Si no me hubiera levantado, la habrías acusado de pisarte.

—Porque me pisó al pasar.

Clara escuchó el intercambio con alivio. El recuerdo de una persona dejándolos pasar, de un abrigo verde al fondo y de un pie pisado devolvía a la sala algo de su aspecto habitual. Los tres habían estado viendo películas.

—¿Se lo habéis contado así a Aranda? —preguntó.

Ambos asintieron.

—También le dije que Silvano no regresó a su asiento —añadió Amparo—. Me habría dado cuenta. Era el hombre que me explicó cómo subir el volumen de mi propia televisión. Me habría gustado verlo terminar un corto sin levantarse.

Ramiro dobló el periódico.

—Yo creía que Leonor se había sentado al fondo porque su entrada era para esa zona. No consulté el plano hasta después.

—Por una vez, el plano no te ayudó —dijo Amparo.