Capítulo 5 — La mitad que se queda #2
Clara recordó a Silvano levantándose de la 4A, a Olivia esperando junto a la puerta y, más tarde, su regreso con el estuche. Había un espacio entre esas imágenes que no podía rellenar.
—Le dije dónde la vi.
—Y acabas de mostrármelo otra vez. Es útil precisamente porque no afirmas haber visto más.
El inspector se despidió. Clara permaneció un momento ante la fotografía de Silvano.
En ella no había butacas ni entradas. Solo un hombre dispuesto a explicar algo que quedaba fuera del encuadre.
Se preguntó si aquella persona habría aceptado que, años después, el cine siguiera anunciando su nombre cuando ya quería ver una película sentado entre los demás.
De regreso al Aurora encontró a Ramiro en la mesa del fondo. Había llegado antes que ella y trataba de convencer a Pilar de que su plano de butacas aún podía servir.
—No para establecer quién se sentó en cada número —decía Pilar.
—No he afirmado eso. Puede ayudar a saber quiénes estaban cerca.
—Amparo cambió dos veces de opinión antes de quedarse en su sitio.
—Por eso hice anotaciones después de que se sentara.
Clara dejó el bolso detrás de la barra.
—En la policía tomaron los datos de los espectadores.
—Los que todavía estaban allí —respondió Ramiro—. Algunos se habían marchado. Rocío tenía las reservas, pero una reserva no dice dónde se sentó nadie.
—Eso es cierto.
Ramiro pareció satisfecho de que Clara reconociera la limitación.
—No voy a darles una lista de posiciones exactas —dijo—. Solo recuerdo a quienes vi al entrar y al salir. Leonor estaba al fondo cuando empezó el segundo corto.
—¿La observaste después?
—Vi el abrigo verde al levantarme para dejar pasar a una persona de nuestra fila. No sabría decirte si era al principio o hacia el final.
Ramiro había cerrado la carpeta para hablar. Clara ya no tenía delante un plano, sino a un hombre tratando de recordar lo que vio desde su asiento.
—Díselo a él —respondió.
—Lo haré.
Pilar llevó a Ramiro su café. Cuando él abrió la carpeta para buscar el teléfono del inspector, Migas salió de la caja y se acercó a la silla libre.
—Si vas a extender el plano, cuidado con él —dijo Pilar.
Ramiro levantó la carpeta.
—No pensaba extenderlo sobre la mesa del café.
—Eso tampoco te protegería. Le gustan las carpetas.
Migas subió a la silla y se tumbó sobre el borde del abrigo de Ramiro. Este lo dejó hacer, aunque pasó el resto de la conversación con un brazo más lejos de lo habitual para no molestarlo.
Por la tarde llegaron dos personas que habían estado en la sesión.
No entraron juntas. La primera preguntó a Pilar si Leonor había sido interrogada.
Pilar respondió que no sabía qué declaraciones había tomado la policía.
La segunda quiso saber si era cierto que la entrada de Leonor apareció «encima del cuerpo».
—No estaba encima de Silvano —dijo Clara antes de pensar si convenía precisar siquiera eso.
El hombre se apoyó en la barra.
—Entonces sí era su entrada.
—Una parte llevaba el número 4B. La policía está averiguando cómo llegó al despacho.
—Si era el número de ella...
—Que llevara su número no explica el camino.
El hombre pareció decepcionado. Había venido con una frase que podía contar fuera y se llevaba una pregunta menos cómoda.
—Solo quería saber qué se decía —murmuró.
—En el Aurora, de momento, se dice que Silvano ha muerto —respondió Pilar—. Lo demás lo investigan quienes tienen que hacerlo. ¿Te preparo un café?
Lo hizo. El hombre se sentó junto a la ventana y habló de otro asunto. Clara miró a Pilar, que había vuelto a atender la cafetera con una naturalidad trabajada. Las conversaciones del barrio no podían prohibirse. Sí podían dejar de recibir una respuesta cada vez que alguien traía una versión nueva.
A media tarde, Leonor pasó por la acera. No entró. Llevaba un paquete pequeño bajo el brazo y saludó a Pilar a través del cristal. El hombre de la ventana la siguió con la mirada hasta que desapareció de su campo de visión. Clara vio que Pilar también lo advertía; ninguna dijo nada.
Cuando se marcharon los clientes, Pilar sacó la hoja de pedidos que Clara había usado por la mañana. Los rectángulos seguían allí.
—¿Te ha servido el dibujo?
Clara se secó las manos y se acercó.
—Más que al principio.
Pilar señaló la parte mayor del 4B.
—Esta estaba con Leonor.
—Sí. La guardó en su programa. Rocío se la devolvió al entrar.
—Y esta —Pilar tocó la cruz de la parte pequeña— se quedó en la caja hasta que alguien la sacó.
—Sabemos dónde debía quedarse. Aranda está comprobando cuándo dejó de estar allí.
Pilar volvió la hoja para no mancharla con una gota de café.
—Entonces Leonor pudo haber vuelto a por ella.
—Pudo acercarse al mostrador. Igual que otras personas. Decir que el papel apareció cerca de Silvano no demuestra que ella lo llevara allí.
—Pero alguien quería que lo pareciera.
Clara observó el dibujo. Esa idea le había pasado por la cabeza en el cine, aunque todavía no podía sostenerla como un hecho.
—Quizá. También tenemos que admitir que alguien pudo cogerlo por una razón que aún no entendemos.
—¿Qué otra razón habría para dejarlo en el despacho?
—Esa es la parte que necesitamos explicar.
Clara volvió a mirar el dibujo. Rocío había eliminado una frase, Fabián ocultaba una salida y Leonor había callado el motivo de su invitación. El control era distinto: alguien había tenido que cogerlo y llevarlo hasta el despacho. Ese gesto aún no tenía explicación.
Clara dobló la hoja y la guardó otra vez en el cajón. No la necesitaría para recordar el camino de las dos partes.
Al cerrar el Aurora, Ramiro regresó a buscar su abrigo. Lo encontró debajo de Migas.
—Lleva ahí horas —dijo Pilar.
—Lo veo.
—Puedes moverlo.
Ramiro examinó la parte de tela visible bajo el gato.
—Tal vez no haga tanto frío al volver.
Clara se echó a reír por primera vez aquella tarde. Levantó a Migas con cuidado y le devolvió el abrigo. El gato protestó, bajó de la silla y se instaló en su caja, donde Pilar había dejado una manta doblada que él no tocó.
Ramiro se marchó con la promesa de contarle a Aranda lo poco que recordaba de la sala.
Pilar apagó las luces del fondo. Desde la puerta, Clara alcanzaba a ver el comienzo de la calle que llevaba al cine.
Sabía que junto a su puerta continuaban los ramos y la fotografía de Silvano.
La sesión había empezado con dos entradas contiguas y una butaca vacía.
Encontrar a la persona que había elegido otro asiento le había permitido entender la ausencia.
El papel encontrado junto a Silvano exigía mirar hacia quienes se habían movido mientras los demás miraban la pantalla.