El muerto que compró dos entradas Capítulo 5 — La mitad que se queda
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Capítulo 5 — La mitad que se queda

La mitad que se queda

Clara dibujó dos rectángulos en el reverso de una hoja de pedidos.

—¿Estamos organizando las mesas? —preguntó Pilar.

—Las entradas.

—Ah.

Pilar miró los rectángulos.

—Entonces tienes que cortar por la raya. Rocío se quedaba con la parte pequeña.

—Eso intento recordar.

Clara trazó una cruz en el lado estrecho del 4B. Había visto a Rocío separar entradas durante toda la recepción. Al saber qué era el papel encontrado bajo la mesa del despacho había empezado a pensar en las manos que lo guardaban al otro lado de la taquilla.

—Leonor conservó la parte grande —dijo Pilar.

—Y llevó esa entrada a Aranda.

—La pequeña estaba junto a Silvano.

Clara asintió. La hoja no añadía un hecho nuevo, pero le impedía saltar del número 4B al nombre de Leonor como si el papel hubiera recorrido una sola ruta.

—¿Por qué no le preguntas a Rocío dónde dejaba la caja? —propuso Pilar.

—Ya se lo han preguntado. Estuvo sobre la taquilla durante la entrada y detrás del mostrador durante la sesión.

—Entonces podían acercarse quienes trabajaban allí.

—Y alguien del público, si salía de la sala. No había una puerta.

Pilar cogió una servilleta y cubrió los dos rectángulos.

—Has dibujado lo que sabes. Ahora come algo.

—Acabo de desayunar.

—Eso fue hace cuatro horas.

Clara miró el reloj. Pilar tenía razón. Habían servido comidas mientras ella repasaba mentalmente una recepción que, en su momento, apenas le había parecido complicada. Cogió el plato que Pilar le ofrecía y se sentó a una mesa libre.

No alcanzó a dar el primer bocado. El móvil sonó en su bolsillo.

—¿Puedes pasar por el cine esta tarde? —preguntó Aranda—. Necesito que me señales desde dónde viste regresar a Olivia. Pilar estaba allí durante los preparativos; hablaré también con ella por separado.

Clara miró a Pilar. Esta señaló la mesa con el plato y levantó dos dedos.

—Puedo ir después de comer —respondió.

—Después de comer está bien.

Cuando terminó la llamada, Pilar retiró la servilleta de la hoja. Migas, desde su caja, observó el movimiento.

—Voy a quedarme aquí —dijo Pilar—. Tenemos el turno cubierto.

—No pensaba pedirte que cerraras.

—Lo sé. Por eso puedes terminar el plato.

Clara comió sin volver a tocar el dibujo.

Le había costado más de lo que quería admitir distinguir entre pasar una tarde pensando en el caso y ofrecer una observación que Aranda necesitaba.

Al levantarse, guardó la hoja en el cajón de los pedidos.

Los dos rectángulos seguirían allí cuando regresara.

En la calle hacía una luz clara que volvía más visibles los ramos junto a la puerta de La Esquina Alta. Alguien había añadido una fotografía de Silvano ante una antigua máquina de proyección. Era joven, tenía las mangas remangadas y señalaba algo fuera del encuadre. No miraba a la cámara.

Dentro, Rocío hablaba con Aranda junto a la taquilla. Habían dejado abierta la puerta de la sala y cerrado el acceso al despacho. Fabián no estaba a la vista.

—Gracias por venir —dijo el inspector—. No vamos a entrar en el corredor hasta que nos hayas indicado dónde estabas.

Clara se detuvo en el lugar donde recordaba haber salido de la sala. Desde allí veía el mostrador de la taquilla y la entrada del corredor lateral. Un cartel que ya habían retirado la noche de la sesión había ocupado parte de la pared. Rocío fue a buscarlo y lo sostuvo sin fijarlo.

—Estaba más cerca de la puerta —dijo Clara.

Rocío dio un paso.

—Así.

—Sí. Yo pasé por aquí para ir a los aseos. Olivia venía de frente, con el estuche junto al cuerpo.

Clara avanzó despacio. Se detuvo antes de doblar hacia los aseos.

—Nos cruzamos aproximadamente aquí.

—¿Veías la puerta del despacho detrás de ella? —preguntó Aranda.

—Veía el fondo del corredor. No estaba mirando esa puerta cuando apareció. Tampoco sabría decir si había salido de allí o de la escalera.

Clara volvió al vestíbulo. Rocío seguía sosteniendo el cartel junto a la puerta de la sala.

—Después volví de los aseos —continuó—. Olivia ya estaba aquí.

Señaló la mesa auxiliar donde habían estado los programas. Ahora estaba vacía.

—Dejó el estuche debajo de una pila. Me fijé porque antes había pensado que le costaría cerrarlo.

—¿La viste acercarse a la taquilla? —preguntó Aranda.

Clara negó con la cabeza.

—No durante ese regreso. Cuando salí de los aseos ya estaba junto a la mesa. No sé qué hizo mientras yo estaba dentro.

Rocío apoyó el cartel contra la pared.

—Yo había subido a la cabina.

—Eso también estamos situando —dijo Aranda.

Clara miró del corredor a la taquilla. Entre ambos había pocos pasos. Quien saliera del despacho podía acercarse a la caja sin pasar ante alguien sentado en la sala. No hacía falta un escondite; bastaba con que las personas que atendían el vestíbulo estuvieran ocupadas en otra parte.

—Así es como lo recuerdo —dijo—. No puedo daros una hora exacta.

—No la necesitamos de ti —respondió Aranda.

Rocío tomó de un sobre una entrada que había quedado sin vender. No era la 4B; el número estaba en otra fila.

—Esta es del mismo talonario —dijo—. Puede explicar mejor qué hacía yo al recibir al público.

Mostró la entrada entera a Clara y Aranda. El dibujo de la máquina de proyección ocupaba la parte grande. A la derecha de la línea de picote había un rectángulo menor con la palabra CONTROL y el número repetido.

—La doblaba así —dijo Rocío.

La separó. Conservó el control y entregó la parte mayor a Clara.

—Lo hiciste delante de nosotras antes de abrir —recordó ella—. Ramiro quiso saber para qué servía la caja.

—Después lo hice delante de todo el mundo —dijo Rocío—. No era un secreto.

Depositó el pequeño rectángulo en una caja vacía que usaba para mostrar el procedimiento. La caja recogida por la policía seguía fuera de su alcance.

—A Silvano le separé la 4A. A Leonor le separé la 4B —continuó—. Recuerdo a la mujer del abrigo verde ahora que sé a quién debo recordar. Aquella noche vi pasar a muchas personas y no sabía que aquella entrada era suya.

—¿Pudo quedarse con el control por error? —preguntó Clara.

—No. Le devolví la parte grande. La vi guardarla en el programa.

—Leonor me contó eso.

Rocío miró la entrada que Clara tenía entre los dedos.

—Entonces dejamos de preguntarnos si se llevó las dos partes al entrar.

—Sabemos lo que hiciste tú y lo que conservó ella —dijo Aranda—. Seguimos comprobando quién pudo coger el control después.

La precisión importaba. Clara había estado a punto de dar un paso más largo: concluir que, porque Leonor no se llevó el control en la mano, nunca pudo acercarse a la taquilla y tomarlo más tarde.

La sala no estaba cerrada y el mostrador tampoco.

Una persona decidida a hacerlo habría podido intentarlo.

—¿Podéis devolverme el ejemplo? —preguntó Rocío.

Clara le entregó la parte grande. Rocío la juntó con el control, sin fingir que las dos mitades recobraban la forma de una entrada entera.

—En el talonario las entradas seguían el orden de las butacas —dijo—. Cuando Silvano compró el par, le ofrecí esos dos porque conocía la fila.

Aranda abrió una libreta.

—La parte grande de la 4A estaba entre las pertenencias de Silvano. Su control permanece en la caja que recogimos. El 4B es el que apareció en el despacho. La parte grande del 4B la entregó Leonor. Estamos cotejando los demás controles y las entradas que se conservaron.

Rocío cruzó los brazos.

—Faltaba un control en mi caja antes de que la recogierais.

—Eso es lo que muestran los objetos.

—Y yo ni siquiera lo eché en falta cuando fui a buscar a Silvano.

—No tenías motivo para contar cada control al empezar los cortos.

Rocío miró el mostrador donde la caja había estado aquella noche.

—Tenía la costumbre de dejarla detrás de la taquilla. Creí que con eso bastaba.

—En una sesión corriente bastaba para tu trabajo —dijo Aranda—. Lo que ocurrió después es otra cuestión.

No parecía dispuesto a convertir un descuido de vigilancia en una confesión de Rocío. Ella aceptó la frase sin sentirse aliviada del todo.

Clara volvió a mirar la puerta de la sala.

Durante los cortos había visto a algunas personas levantarse y regresar.

Una necesitó ir a los aseos; otra salió con un niño y volvió minutos después.

Ella misma había cruzado el vestíbulo. Ninguno de esos movimientos le había parecido digno de recordar hasta que el papel de la 4B apareció en el despacho.

—Había muchas oportunidades —dijo.

—De acercarse al mostrador, sí —respondió Aranda—. Luego tendremos que ver quién tenía una razón para buscar ese número, quién estuvo aquí cuando la caja quedó sin vigilancia y quién pudo llegar al despacho.

Rocío recogió el ejemplo de entrada y lo guardó otra vez en el sobre.

—Yo conocía el número porque se las vendí a Silvano.

—También Olivia lo vio cuando él nos enseñó las dos —dijo Clara.

—Yo no estaba delante en ese momento —respondió Rocío—. Pero sí, pudo verlo.

Fabián habría podido consultar las reservas que Ramiro ayudó a organizar o ver las entradas de Silvano en algún momento. Leonor conocía su propio número. Saber que era el 4B no distinguía todavía a nadie.

Aranda cerró la libreta.

—Hemos terminado aquí por ahora. Gracias a las dos.

Clara le devolvió a Rocío una mirada breve. La propietaria llevaba dos días explicando objetos colocados por otras personas en su cine. Al menos aquel cartel seguía disponible para comprobarlo.

Salieron juntos a la calle. Aranda se detuvo delante de los ramos.

—La frase del programa que Rocío eliminó ya consta en su declaración —dijo—. Nos entregó la prueba anterior.

—Me lo dijo ayer. También vi el cartel con el nombre de Silvano en las próximas sesiones.

—Lo conservamos como contexto de la discusión. Cambiar un programa no explica por sí solo lo que ocurrió en el despacho.

—Tampoco lo explica que Leonor se sentara lejos.

—Por eso seguimos preguntando.

Aranda miró hacia la calle que llevaba al Aurora.

—Olivia nos ha dicho que habló con su padre antes de la proyección. No ha descrito una visita al despacho durante los cortos.