El muerto que compró dos entradas Capítulo 4 — Lo que decía el programa
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Capítulo 4 — Lo que decía el programa

Lo que decía el programa

Pilar encontró las cucharillas antes de que Clara terminara de ponerse el abrigo.

—Han devuelto las cucharillas —dijo, levantando una bolsa de tela.

—Habían quedado en el cine.

—Las ha dejado Fabián hace diez minutos. Dice que Rocío las encontró al guardar las tazas.

Clara cogió la bolsa. Las cucharillas estaban limpias, envueltas en un paño del Aurora.

—Podía haber avisado. Iba a pasar por allí.

—Puedes seguir yendo. No tienes que justificar el paseo con una deuda de cubiertos.

Pilar dejó la bolsa bajo la barra. Migas, que había pasado la mañana entrando y saliendo de su caja, fue a olfatearla.

—Además —añadió—, Rocío me ha preguntado si podíamos recoger los soportes de los termos. Se han quedado junto a la taquilla. Le he dicho que pasarías si te venía bien.

—Eso ya parece una deuda de material.

—Una pequeña. No dejes que te encargue el resto del cine.

Clara salió del Café Aurora con las manos vacías.

A mitad de camino se detuvo ante el escaparate de una ferretería sin necesitar nada de dentro.

Llevaba dos días observando las conversaciones del barrio y no estaba segura de querer entrar en otra.

Pero los soportes eran suyos, Rocío la esperaba y Silvano seguía ocupando un lugar en sus pensamientos que una mañana de trabajo no había conseguido despejar.

Delante de La Esquina Alta había dos ramos, un sobre cerrado y una entrada apoyada contra el cristal. La persona que la había dejado había doblado el papel para que se viera el nombre de Silvano escrito a mano en el reverso. Clara no lo tocó.

La puerta estaba abierta. Rocío ordenaba programas detrás de la taquilla; Ramiro Gil sostenía una caja vacía mientras ella decidía qué meter dentro.

La luz del vestíbulo hacía que todo pareciera preparado para recibir público.

La puerta de la sala, en cambio, permanecía cerrada.

En el corredor lateral, más allá de los aseos, el acceso al despacho estaba restringido.

—He venido a por los soportes —dijo Clara.

—Están aquí. No sabía si querrías entrar después de lo ocurrido.

Rocío los sacó de debajo del mostrador. Clara comprobó que estaban los dos.

—La zona del vestíbulo ya se puede usar —explicó Rocío—. Hay cosas que todavía no podemos mover. No voy a tocar el despacho.

Ramiro dejó la caja sobre una silla.

—Estamos separando los programas que se repartieron de los que quedaron sin repartir. Rocío quiere saber cuántos hubo en la sala.

—Quiero saber cuántos tengo que retirar de aquí —corrigió ella.

—Podemos averiguar ambas cosas.

Rocío le entregó un paquete de folletos.

Ramiro lo contó sin responder a la corrección.

Clara miró las paredes. El cartel que Olivia había sujetado junto a la entrada seguía derecho.

Otro, el que anunciaba el intervalo, estaba apoyado en el suelo donde Rocío lo dejó la noche del crimen.

En una esquina de este se había despegado una tira de papel.

—No tienes que arreglarlo —dijo Rocío, al ver que lo miraba.

—No iba a hacerlo.

—Yo también he estado a punto tres veces.

Clara guardó los soportes en una bolsa que Rocío le prestó.

Desde allí alcanzaba a leer un anuncio de futuras sesiones que seguía colgado detrás de la taquilla.

Incluía varias tardes de cine de barrio y una conversación con espectadores al terminar cada película.

El nombre de Silvano aparecía bajo el título del ciclo.

—¿Iba a participar? —preguntó.

Rocío siguió contando programas.

—Hablábamos de ello.

—Parece que ya lo habíais acordado.

—El cartel se hizo antes de cerrar todos los detalles.

Ramiro levantó la vista de la pila. Rocío lo advirtió.

—No hace falta que anotes eso.

—Estoy contando ejemplares —dijo él—. No he anotado nada sobre el cartel.

Clara recordó la forma en que Silvano había insistido en que vería la sesión desde una butaca. Había corregido a Fabián y enderezado una mesa, pero quería dejar que otra persona proyectara los cortos. Tal vez había aceptado una conversación aquella noche. El cartel prometía más.

Rocío retiró una goma elástica de un segundo paquete. Algunos programas estaban doblados por la mitad. Otros tenían una esquina marcada con lápiz.

—Estos eran de prueba —explicó—. Pedí que se viera mejor la hora del intervalo.

Uno quedó abierto sobre el mostrador. Clara leyó el pequeño texto dedicado a Silvano.

Esta noche nos acompaña Silvano Cárdeno, que hablará de los cortometrajes al terminar el primer bloque. No participará de manera regular en las próximas presentaciones.

En el programa que Clara había visto el día anterior, la primera frase terminaba igual. La segunda no estaba.

Rocío retiró la hoja con demasiada rapidez para que el movimiento pasara inadvertido.

—Silvano te pidió que pusieras eso —dijo Clara.

—Me lo pidió cuando el cartel del ciclo ya estaba impreso.

—Y después quitaste la frase.

Rocío sostuvo el programa por los bordes.

—Quité una explicación que no correspondía a aquella sesión.

—Estaba escrita para esa sesión.

—También había gente que venía porque creía que lo escucharía otra vez. No quería anunciarles una despedida en el folleto antes de que él pudiera hablar.

Ramiro dejó de contar. Rocío puso el ejemplar de prueba sobre la mesa, lejos de su pila.

—No había aceptado presentar todo el ciclo —añadió—. Eso es cierto. Yo seguía pensando que quizá querría hacer alguna fecha. No había contratado a nadie en su nombre ni cobrado entradas prometiendo que estaría.

Clara miró el cartel de la pared.

—Su nombre estaba ahí.

—Y tendría que haberlo retirado cuando me dijo que no contara con él. Pensé que, si le daba tiempo, cambiaría de opinión. Conocía este cine mejor que yo.

—Eso no significa que quisiera seguir trabajando aquí.

—Ya lo sé.

Rocío miró hacia la puerta de la sala. Aquel «ya lo sé» parecía pertenecer a la mañana presente, no a los días en que prepararon el cartel.

—La primera noche, Aranda me preguntó si Silvano y yo habíamos discutido —dijo—. Le respondí que discutíamos por los horarios y por detalles de la sesión. No le conté lo del programa.

—Deberías contárselo.

—Voy a hacerlo. Me guardé un ejemplar de prueba porque quería enseñárselo a Silvano después, cuando estuviera menos molesto. No pretendía ocultarlo para siempre.

No pidió a Clara que le creyera. Separó el programa marcado y lo dejó junto a su bolso, listo para llevárselo a la policía.

Ramiro carraspeó.

—¿Sigo contando?

—Sí —respondió Rocío—. Esa parte todavía puedes salvarla.

El ruido de una puerta en la sala interrumpió la conversación. Fabián salió con un manojo de cables enrollados. Miró el cartel apoyado en el suelo y luego el programa de prueba.

—Ya te lo había dicho —dijo a Rocío.

—Me habías dicho tantas cosas sobre los programas que tendrás que ser más preciso.

—Que Silvano había pedido retirar su nombre de las próximas fechas.

—Ahora no es el momento.

Fabián dejó los cables en una caja detrás de la taquilla. Clara reconoció el gesto de la noche de la sesión: colocar algo donde nadie tropezara con ello y quedarse mirando después para comprobar que no sobresalía.

—Le llevé el texto a la cabina para que lo leyera —dijo él—. Me señaló esa frase. Cuando vi el programa final, ya no estaba.

—Podías haber vuelto a hablar conmigo —respondió Rocío.

—Hablé contigo.

—Del volumen del sonido, de los carteles y de dónde pondríamos el aviso del intervalo. No me dijiste que ibas a preguntarme por una frase.

—Porque sabía la respuesta.

Ramiro volvió a su caja. Había empezado a contar la misma pila por tercera vez.

Clara recogió su bolso y la bolsa con los soportes.

Ya tenía lo que había ido a buscar, pero Fabián seguía junto a la taquilla y la conversación de la noche de la sesión regresó con una claridad incómoda.

Él había dicho a Aranda que estuvo a cargo de la proyección.

Clara le había visto bajar antes de que comenzara; después, cuando salió a los aseos, no lo encontró en el vestíbulo.

Rocío miró hacia la escalerilla de la cabina.

—Cuando subí durante los cortos, aún no habíamos hablado de esto —dijo Rocío.

—Había bastante que hacer —respondió Fabián.

—Acababas de volver arriba. Te pregunté si todo seguía bien para el intervalo.

Clara miró a Fabián. Él había afirmado delante de ella que permaneció en la cabina durante los cortos, aunque eligió una frase que también podía referirse a su responsabilidad.

—¿Bajaste después de empezar? —preguntó Clara.

—Estuve pendiente de la proyección.

—No es lo mismo.

Fabián apoyó una mano sobre la caja de cables.

—No dejé el cine sin nadie. Rocío subió a la cabina; yo me ocupé del programa.

—No te he preguntado si dejaste el cine —dijo Clara.

—Entonces no sé qué quieres que te diga.

No parecía enfadado. Parecía calcular cuántas palabras necesitaba para cerrar la conversación sin añadir ninguna nueva. Rocío lo observó un momento.

—Si tienes que aclarar tus movimientos durante la sesión, hazlo con Aranda —dijo—. Yo no voy a recordar por ti dónde estabas.

Fabián cogió la caja.

—Lo haré.

Volvió a la sala. Clara no supo si iba a llamar al inspector o a terminar el trabajo que traía entre manos. Tampoco conocía la duración de su salida. Había muchos motivos para bajar de una cabina en un cine pequeño; ninguno exigía contestar como si no hubiera bajado.

Rocío apoyó los dedos sobre el programa de prueba.

—Perdona. Has venido por dos soportes y te llevas todas nuestras discusiones.

—Las habéis tenido delante de mí.

—Esta sí.

Ramiro dejó por fin una pila completa dentro de la caja.

—Si vais a hablar con Aranda, anotad los programas como ejemplares de prueba. Se distinguen del resto por la marca de lápiz.

Rocío lo miró.

—Ahora sí que puedes anotarlo.

Clara salió del cine. En la puerta encontró a Olivia observando la entrada que alguien había dejado junto al cristal.

Estaba vestida con la misma chaqueta clara de la noche de la sesión.

No llevaba el estuche; la policía lo había apartado con los otros materiales que Olivia usó para preparar la sesión.

—No sabía que estuvieras dentro —dijo Olivia.