Capítulo 3 — La mujer del fondo #2
No había desafío en la respuesta. Leonor no parecía orgullosa de haber callado. Tampoco quería fingir que las preguntas del barrio y las de la policía fueran iguales.
Pilar se acercó a retirar la taza de una mesa próxima. Leonor esperó a que se alejara.
—Me habían preguntado antes si estaba viendo a alguien —dijo—. Respondí que sí, pero no dije quién. No por Silvano. Tenía ganas de vivirlo un poco antes de escuchar lo que pensaban todos.
Clara había pasado años oyendo en el Aurora noticias sobre personas que todavía no habían decidido contarlas. A menudo llegaban por boca de alguien convencido de que solo estaba compartiendo una alegría.
—Aquí se pregunta mucho —dijo.
—Y se responde por los demás con una facilidad admirable.
Esta vez ambas sonrieron.
Migas salió de su caja y avanzó por el local. Se detuvo junto a la silla de Leonor, olfateó el abrigo y calculó el espacio que le quedaba para subir. Leonor lo observó.
—Supongo que ese asiento también estaba reservado.
—No oficialmente.
El gato saltó. Su pata quedó sobre el programa, que resbaló del borde de la silla y se abrió al caer. De entre las páginas salió un papel algo más grueso. Leonor se inclinó para recogerlo antes de que Migas pudiera sentarse encima.
Clara vio el número impreso: 4B.
Leonor enderezó el programa y sostuvo la entrada por una esquina. Era la parte grande, con el dibujo de la máquina de proyección y el borde irregular donde Rocío había separado el control.
—La guardé aquí al entrar —dijo—. Anoche olvidé que seguía dentro.
Migas terminó de instalarse sobre el abrigo. Leonor le retiró con cuidado una punta de tela que había quedado bajo sus patas.
—El inspector te preguntará por ella —dijo Clara.
—Le he dicho que la tenía, aunque no recordaba dónde la había puesto. Voy a llevársela.
—Hazlo.
Leonor guardó la entrada otra vez entre las páginas y colocó el programa en el bolso, lejos del gato. No hizo ademán de entregárselo a Clara. Esta se alegró: ya había bastante gente intentando averiguar qué significaba cada papel de aquella noche.
—¿La otra parte? —preguntó Leonor—. La que encontraron en el despacho. Aranda me dijo que también llevaba mi número.
—Era el control que se quedaba en la taquilla.
—Eso entendí. Rocío me devolvió esta parte.
Miró el bolso cerrado. Después alzó la vista hacia Clara, como si esperara que la diferencia entre los dos papeles pudiera aclarar algo.
—¿Volviste a acercarte al despacho después de empezar los cortos? —preguntó Clara.
—No.
—Yo no puedo saberlo solo porque te viera al fondo.
—No te pido que me creas por haber venido a tomar café.
Leonor había respondido sin enfadarse. Clara agradeció que no intentara convertir una conversación honrada en una exigencia de confianza inmediata.
—¿Viste salir a Silvano? —le preguntó.
—Vi moverse a alguien en su fila. Había empezado el corto y desde atrás no distinguía bien quién era. Después me di cuenta de que la 4A estaba vacía.
—Antes del intervalo salí a los aseos. Cuando volví, él no había regresado.
Leonor bajó la mirada. Migas estiró una pata sobre el abrigo y volvió a recogerla, ajeno a los números y a lo que las dos mujeres trataban de reconstruir.
—Pensé que estaría ayudando a Rocío —dijo ella—. Se había prometido a sí mismo ver la sesión sentado. Incluso me explicó por qué había elegido la fila cuatro. Pero le costaba pasar por el vestíbulo y no ocuparse de algo.
—Eso me dio a entender.
—También le costaba aceptar que hubiera algo en lo que no pudiera ayudar.
Clara recordó la bandeja que Silvano le había quitado de las manos.
La había sostenido solo unos segundos. A ella no le había molestado; Rocío, en cambio, había oído demasiadas opiniones sobre la mesa, los carteles y el sonido en una sola tarde.
Las personas no recibían siempre el mismo gesto de la misma manera.
—¿Cuánto tiempo llevabais viéndoos? —preguntó.
—Unos meses.
Leonor acarició el asa de la taza.
—No sabría decirte en qué momento empezamos. Él me esperaba al terminar algunas sesiones para preguntarme qué me había parecido la película. Al principio discutíamos sobre eso. Seguimos discutiendo cuando ya salíamos a caminar juntos.
—¿Era fácil discutir con él?
—Era fácil empezar. Terminar costaba más.
Leonor dejó escapar una risa breve. Después miró hacia el ventanal.
—Anoche creí que tendríamos tiempo para continuar la conversación en otro sitio. Me fui al fondo para que entendiera que hablaba en serio. También sabía que, cuando saliéramos, podría explicárselo mejor.
Clara no encontró una respuesta que no intentara aliviar demasiado pronto aquella frase. Se levantó para atender a una mujer que acababa de entrar. Pilar ya se dirigía hacia ella, pero Clara necesitaba unos pasos. Sirvió un café con leche, cobró y regresó cuando Leonor se estaba poniendo el abrigo.
Migas bajó de la silla en cuanto desapareció la tela. Ocupó la caja de cartón otra vez, con la satisfacción de quien no había abandonado nunca el mejor sitio.
—Voy a llevar la entrada a Aranda —dijo Leonor—. Luego, si necesita aclarar algo más, se lo diré.
—Lo mejor es que lo hagas directamente con él.
—Por eso he venido después de hablarle, no antes.
Clara la acompañó hasta la puerta. En la calle, dos personas se detuvieron a saludar a Leonor. Una de ellas miró hacia el interior del café y siguió caminando sin preguntar nada. Leonor esperó a que se alejaran.
—No quería esconder a Silvano —dijo.
—Lo sé.
—No estoy segura de que él llegara a saberlo.
Clara pensó en la butaca vacía. Silvano había visto a Leonor sentarse lejos, pero no se había levantado de inmediato para insistir.
Se había quedado un rato con el programa sobre las rodillas.
Tal vez había aceptado la promesa hecha en el despacho.
Tal vez seguía buscando una forma de convencerla.
Clara no podía prestarle ahora una certeza a ninguno de los dos.
Leonor se despidió y tomó la calle que llevaba fuera del Portal 7.
Pilar aguardaba junto a la barra.
—¿Era ella?
—Sí. Recibió la 4B de Silvano. Ya ha hablado con la policía y va a entregarle su parte de la entrada.
Pilar miró la caja donde Migas se había acomodado.
—Ha sido el gato quien la ha encontrado.
—El gato ha encontrado una silla ocupada.
—También es verdad.
Clara contó a Pilar lo que Leonor había decidido compartir. Dejó fuera los detalles que no ayudaban a entender aquella noche. Pilar la escuchó mientras secaba las tazas.
—Silvano quería presentarla en público —dijo al final—. Lo veo capaz de pensar que sería una sorpresa agradable.
—También fue capaz de prometer que no lo haría.
—Y ella se sentó lejos de todas formas.
—Estaba enfadada.
Pilar colocó una taza en el estante.
—Una suerte que las discusiones corrientes no se investiguen siempre con una sala llena de testigos.
Clara estuvo de acuerdo. Leonor había discutido con Silvano antes de la proyección; el control apareció junto al cuerpo después. Aún faltaba saber qué había ocurrido entre ambos momentos.
Por la tarde, Aranda llamó al Aurora. Pilar le pasó el teléfono y fue a atender a un cliente en la terraza.
—Leonor Sádaba ha entregado su entrada —dijo el inspector—. Me ha contado que estuvo contigo.
—No le pedí que me la dejara.
—Hiciste bien.
Clara se apoyó junto a la ventana.
—Hablamos de Silvano. Me dijo que discutieron antes de entrar en la sala y que después se sentó al fondo. Todo eso te lo había contado ya.
—Sí.
—Vi la parte grande cuando se le cayó del programa. Era la 4B.
—Corresponde al control que encontramos. Estamos revisando cómo se guardaron los controles y quién pudo acercarse a ellos.
Clara miró las rosas blancas de la jardinera, visibles por encima de las personas sentadas en la terraza.
—Entonces encontrar a quien usó la entrada no explica cómo llegó la otra parte al despacho.
—Es una de las cosas que debemos establecer.
No confirmó ni descartó que Leonor hubiera podido recogerla.
Tampoco trató su relación con Silvano como prueba de nada.
Clara recordó a Rocío separando entradas sin dejar de saludar a los espectadores.
La parte pequeña caía en la caja; la grande salía con su dueño.
En una noche concurrida, aquella operación había parecido demasiado sencilla para merecer atención.
—¿Has vuelto a pensar en Olivia? —preguntó Aranda.
Clara tardó un segundo en responder.
—Solo puedo repetirte que la vi regresar por el corredor con su estuche. No sé dónde estuvo antes.
—Eso no ha cambiado.
—No.
Él le agradeció la información y se despidió.
Clara permaneció con el teléfono en la mano un momento más.
Había querido saber quién ocupó la segunda entrada desde que vio los dos números entre los dedos de Silvano.
Ahora conocía su nombre, la razón de la butaca vacía y buena parte de lo que habían dicho en el despacho antes de la película.
Miró hacia la caja de Migas. El gato se había estirado hasta apoyar la espalda contra una de las paredes de cartón. El recipiente vacío empezaba a ceder bajo su peso.
Clara dejó el teléfono sobre la barra. La mujer de la 4B había aparecido. El pequeño control encontrado junto a Silvano seguía necesitando su propia historia.