El muerto que compró dos entradas Capítulo 3 — La mujer del fondo
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Capítulo 3 — La mujer del fondo

La mujer del fondo

A la mañana siguiente, Pilar abrió el Café Aurora a la hora de siempre.

Había pensado en retrasarse media hora. Se lo dijo a Clara mientras levantaban la persiana, como si confesara una falta menor. Luego recordó que varias personas desayunaban allí antes de ir a trabajar y decidió abrir. Clara no discutió ninguna de las dos ideas.

Dentro, Migas ocupaba la caja de cartón que habían dejado sobre una silla la tarde anterior. Los programas del cine ya no estaban allí, pero el gato parecía conforme con conservar el embalaje.

—Pensé que al encontrarnos otra vez le gustaría vernos —dijo Pilar.

Migas abrió un ojo, comprobó quién hablaba y lo cerró.

—Le alegra que no hayamos ocupado su sitio —respondió Clara.

El primer cliente pidió café y una tostada sin mencionar el cine. El segundo preguntó si era verdad lo de Silvano antes de quitarse el abrigo. Pilar le confirmó que había muerto y llevó su desayuno a la mesa. No intentó completar la frase con algo que hiciera la noticia más fácil.

A media mañana ya habían oído cuatro versiones.

En una, Silvano había caído en la cabina; en otra, la proyección se había detenido porque él se encontraba mal.

Una mujer aseguró que lo habían descubierto después de la película, aunque nadie había llegado a ver el largometraje.

Clara corrigió lo que sabía y dejó sin respuesta el resto.

Doña Amparo entró cuando acababa de salir el grupo más numeroso. Pidió café con leche y se sentó junto al ventanal. No habló hasta que Pilar le llevó la taza.

—Silvano vino una vez a arreglarme el sonido de la televisión —dijo—. Le expliqué que el volumen subía solo.

—¿Subía? —preguntó Clara.

—Cuando tocaba el mando, sí. Él descubrió que mi dedo estaba sobre el botón.

Pilar sonrió.

—¿Se enfadó?

—Me explicó tres veces qué botón era. Yo le expliqué que lo había entendido a la primera. Después se quedó a tomar café. Al día siguiente volvió con una pegatina pequeña para marcarlo.

Amparo removió el café con leche.

—Todavía sigue puesta.

Clara había visto a Silvano menos que Amparo, pero reconoció al hombre de la pegatina. La noche anterior había encontrado una manera de ayudar con una bandeja que Clara ya llevaba casi hasta la mesa. Aun así, cuando ella cambió las tazas de lugar, la mesa dejó de moverse.

—En la sala hay quien dice que esperaba a alguien —continuó Amparo.

—Había comprado dos entradas —dijo Clara.

—Lo sé. La butaca de al lado estaba vacía.

—Eso tampoco nos dice dónde se sentó la otra persona.

—Ramiro lleva desde anoche intentando explicármelo.

Amparo dejó la cucharilla sobre el plato.

—No he venido a afirmar lo contrario. Solo digo que, cuando faltaba Silvano, esa butaca se veía mucho.

Clara miró a través del ventanal. Amparo le había contado que un vecino dejó un ramo pequeño junto a la puerta del cine y que otra persona ya discutía si Rocío debía abrir esa semana.

Silvano habría tenido una opinión sobre la programación y probablemente la habría ofrecido sin esperar a que se la pidieran.

—¿Viste bien a la mujer que estaba al fondo? —preguntó Clara.

—El abrigo verde. La vi levantarse al final, cuando salimos.

—¿Durante la proyección?

—Al principio estaba allí. Después miré las películas.

Amparo sostuvo su mirada.

—Si quieres que te diga dónde estuvo cada minuto, tendrás que hablar con alguien que no quisiera ver los cortos.

—Es una respuesta bastante buena.

—Entonces dile a Ramiro que deje de preguntarme.

Clara se lo prometió sin estar segura de que pudiera cumplirlo.

Pilar llegó con una bandeja de vasos limpios. Amparo se levantó y recogió su bolso.

—Si la policía vuelve a preguntarme, diré lo mismo. Prefiero que conste que fui al cine a mirar la pantalla.

Cuando se marchó, Clara dejó su taza en la bandeja.

La ausencia de Silvano empezaba a llenarse de recuerdos distintos, no siempre compatibles.

Le pareció mejor que una versión única y solemne.

El problema era que, entre quienes contaban una anécdota y quienes buscaban un culpable, el tono podía cambiar en una frase.

Cerca del mediodía, Rocío apareció para devolver el material del Aurora que había quedado en el cine. Traía los termos lavados y la caja de tazas cerrada.

—Podías haber esperado —dijo Pilar.

—Fabián iba a pasar por aquí. He preferido traerlas yo.

Dejó la caja en la barra. Tenía los ojos cansados y hablaba de los objetos con una atención que Clara conocía: contar tazas requería menos esfuerzo que explicar qué se haría con una sala donde alguien había muerto.

—¿Has podido recoger todas nuestras cosas? —preguntó Pilar.

Rocío tardó un momento en entenderla.

—El servicio se hizo. Te pagaré lo acordado.

—No te preguntaba por el pago. Quería saber si quedaba algo nuestro allí.

—Las cucharillas. Las traeré otro día.

Pilar asintió. No se ofreció a ir a buscarlas.

Rocío miró hacia la calle.

—Me preguntan cuándo volveremos a abrir.

—¿Lo sabes?

—Todavía no. Primero tienen que decirnos qué podemos usar. Y yo tengo que hablar con Fabián.

Clara recordó al proyeccionista junto a la puerta, sosteniendo el cable sin recordar dónde dejarlo.

No le preguntó a Rocío por sus movimientos de la noche anterior.

Ella misma había dado a la policía una observación incompleta y no quería convertir el mostrador del Aurora en otra sala de declaraciones.

—Silvano habría querido que abrieras —dijo Rocío.

Se corrigió antes de que Clara respondiera.

—Creo que habría querido. Ya no puedo preguntárselo.

Pilar le ofreció un café. Rocío aceptó y se lo tomó de pie.

Pagó pese a las protestas de Pilar, recogió la caja vacía de los termos y salió con la promesa de devolver las cucharillas.

Clara vio que había dejado sobre la barra uno de los programas de la sesión.

Lo apartó del sitio donde servían la comida.

En la portada, una fotografía antigua mostraba la fachada del cine con otro rótulo.

Dentro estaban los títulos de los cortos y el nombre de Silvano bajo el anuncio de unas palabras al público durante el intervalo.

Clara cerró el folleto. La noche anterior él había salido de la sala antes de ver terminar el primer bloque.

Poco después entró la mujer del abrigo verde.

Clara la reconoció antes de que se lo quitara. A plena luz parecía menos distante que en el vestíbulo del cine. Miró las mesas, eligió una libre cerca de la ventana y pidió un café solo.

—¿Eres Clara? —preguntó cuando ella se lo llevó.

—Sí.

—Soy Leonor Sádaba. Ayer estaba en La Esquina Alta.

—Te recuerdo.

Leonor dejó el abrigo sobre el respaldo de la silla. Traía un bolso pequeño y un programa doblado, que colocó a su lado.

—He hablado esta mañana con el inspector Aranda —dijo—. Le conté lo que no dije anoche.

Clara no respondió enseguida. Leonor cogió la taza, pero no bebió.

—Quizá ya te haya llamado.

—No hemos hablado hoy.

—Entonces prefiero decírtelo yo. Silvano me dio la entrada 4B a la puerta del cine, antes de que entrara. Me esperaba fuera.

En la mesa más cercana, un hombre levantó la vista de su periódico. Clara no supo si había oído la frase. Leonor bajó un poco la voz.

—Fui con su entrada. Llegué sola, como le dije al agente. No le expliqué por qué la tenía.

—¿Por qué has venido a contármelo?

—Porque anoche te vi salir del despacho con Rocío. Y porque me gustaría saber si viste a Silvano después de que empezara la sesión.

Clara tomó la silla frente a ella solo cuando Leonor le indicó que podía sentarse. Pilar estaba en la barra; si alguien pedía café, la llamaría.

—Lo vi levantarse de la fila cuatro —respondió—. Salió por la puerta lateral. Yo estaba una fila más atrás.

—Entonces entró en la sala.

—Sí. Se sentó un rato en la 4A.

Leonor miró su taza. Clara comprendió que necesitaba confirmar algo que la oscuridad y el enfado le habían impedido distinguir bien la noche anterior.

—¿Por qué no te sentaste a su lado? —preguntó Clara.

—Porque me enfadé con él.

Leonor bebió café. Dejó la taza con delicadeza, aunque el plato hizo un ruido seco.

—Habíamos quedado en ver la sesión. Eso era todo. Al llegar me dijo que Rocío le había reservado unos minutos durante el intervalo y que le gustaría presentarme. Delante de todos.

—¿No sabías que iba a hablar?

—Sabía que diría algo sobre los cortos. Lo que no sabía era que yo formaba parte del programa.

Clara recordó a Silvano cruzando el vestíbulo detrás de ella. También recordó cómo la había mirado al salir del corredor, con la expresión de quien todavía cree posible arreglar una discusión antes de sentarse.

—Se lo dije en el despacho —continuó Leonor—. No fue una conversación discreta. Le pedí que no lo hiciera y él dijo que no había nada malo en que nos vieran juntos.

—No estaba respondiendo a lo que le habías pedido.

Leonor levantó los ojos.

—Exactamente.

Por primera vez sonrió, aunque apenas un instante.

—Le dije que quería decidir cuándo hablar de mi vida y con quién. Él creyó que me preocupaba la opinión del barrio. No era eso. Me molestaba enterarme de un plan cuando ya estaba hecho.

—¿Aceptó no hacerlo?

—Al final, sí. Me prometió que hablaría solo de las películas. Yo seguía enfadada y entré antes que él. Vi un asiento libre al fondo y me quedé allí.

—La 4B permaneció vacía.

—Lo sé. Desde mi sitio podía verla.

Clara pensó en la imagen de las dos butacas desocupadas al final de la noche. Al principio solo una lo había estado. Silvano había empezado a ver el cine desde la sala, aunque no junto a la persona que había invitado.

—Podrías haberle dicho todo esto al agente anoche —dijo.

—Podría. Le dije que conocía a Silvano del cine. Es verdad, pero sabía que me preguntaba algo más. Se lo he reconocido esta mañana.

Leonor pasó un dedo por el borde de la taza.

—Acababa de saber que había muerto. Alrededor había gente que me había visto discutir con él. Si decía que habíamos venido juntos, pensaba que me preguntarían por qué me había sentado lejos. Y después por qué no quería que nadie supiera lo nuestro.

—La policía iba a preguntártelo de todas formas.

—Ya lo ha hecho.