El muerto que compró dos entradas Capítulo 2 — La butaca vacía #2
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Capítulo 2 — La butaca vacía #2

Clara empezó por Pilar, los termos y la entrada en la sala.

Aranda le pidió que retrocediera. Quería saber quién había preparado los carteles y qué objetos habían dejado en el vestíbulo.

Ella habló de Olivia, de las tiras de cartón y del estuche rígido.

Le indicó dónde encontrarlo: bajo los programas de la mesa auxiliar, donde Olivia lo había colocado después de volver del corredor.

—La vi llevarlo cuando salí a los aseos —dijo—. Estaba cerrado. Cuando regresé, estaba ahí.

—¿Lo habías visto abierto antes?

—Durante los preparativos. Guardó unas tijeras y otros materiales.

Aranda salió con Clara al vestíbulo y pidió a uno de los agentes que no dejara recoger los objetos de aquella mesa hasta que los revisaran. Olivia levantó la vista.

—Eso es mío.

—Lo sabemos —respondió Aranda—. Te preguntaremos qué contiene.

—Material para los carteles.

—También lo tendremos en cuenta.

Clara notó que había dicho «tijeras» con una claridad que ahora le parecía excesiva. Había visto a Olivia utilizarlas; cualquier otra descripción habría sido menos precisa. Aranda volvió a preguntarle por la salida durante los cortos.

—¿Viste a Olivia abrir la puerta del despacho?

—No. Venía hacia mí por el corredor.

—¿Llevaba el estuche en la misma mano cuando la encontraste y cuando la viste en el vestíbulo?

Clara tuvo que pensarlo.

—No puedo asegurarlo. Recuerdo que lo llevaba contra el costado al cruzarnos. Después lo dejó bajo los programas.

—Está bien.

—No sé cuánto tiempo estuve en los aseos.

—Tampoco te lo he preguntado.

A Clara le alivió que aceptara aquella laguna. En otras ocasiones había oído a personas reconstruir una noche como si hubieran sabido desde el principio qué detalles serían importantes. Ella había salido porque necesitaba ir al baño y había regresado porque aún quedaban cortos. Eso era todo.

Rocío se acercó con un manojo de llaves. Un agente le había pedido acceso a la taquilla y al material de la sesión. Aranda le preguntó por las entradas de Silvano.

—Compró dos —dijo ella—. Las pagó juntas hace unos días. Cuarta fila, A y B.

Clara recordó cómo las había extendido Silvano entre los dedos. No había llegado a preguntarle para quién era la segunda.

—¿Sabes quién recibió la 4B? —preguntó Aranda.

Rocío negó con la cabeza.

—No me lo dijo. Esta noche he cortado las entradas de todo el mundo. Si he atendido a esa persona, no sabía que venía con él.

—¿La butaca estuvo ocupada?

—No lo sé. Vendí el sitio; no seguí a nadie hasta su fila.

Ramiro, que esperaba a poca distancia, abrió la boca y volvió a cerrarla. Aranda se volvió hacia él.

—Yo estaba sentado detrás —dijo Ramiro—. Al empezar, la butaca contigua a Silvano estaba vacía. Después no la he observado continuamente.

—Eso nos sirve.

Ramiro pareció sorprendido de que una observación tan incompleta pudiera tener utilidad.

Un agente regresó del despacho y habló en voz baja con Aranda. El inspector fue con él a la taquilla. Rocío abrió la caja metálica donde había depositado las partes pequeñas de las entradas.

—Aquí van los controles —explicó—. Corto el papel al entrar, doy la parte grande al espectador y guardo la pequeña.

Le mostró un ejemplar de otra fila. La palabra CONTROL estaba impresa junto al número de la butaca. Clara recordó el sonido seco del papel al separarse mientras servía café. Había visto hacerlo muchas veces aquella noche sin prestar atención.

Aranda examinó la caja con el agente. No vaciaron su contenido sobre el mostrador. Rocío les indicó que no había llevado ningún control al despacho.

—¿Podía acceder alguien más a la caja? —preguntó él.

—Estuvo aquí durante la entrada. Después la dejé detrás de la taquilla.

—¿Detrás de una puerta cerrada?

—No hay puerta. Es el mostrador.

—Entonces podían acercarse otras personas.

—Sí. Yo entraba y salía. Olivia trajo programas. Fabián cruzó el vestíbulo. También salió gente de la sala durante los cortos.

Lo dijo sin defenderse. La respuesta parecía disgustarle precisamente porque conocía bien el lugar y sabía que ninguna costumbre equivalía a una cerradura.

Aranda señaló el control de otra entrada.

—La parte que queda con el espectador es mayor.

—Y tiene el mismo número —dijo Rocío.

Él asintió. La conversación no le descubría un procedimiento extraordinario, pero aclaraba lo que cada persona habría llevado consigo después de entrar.

Clara miró hacia la sala. La butaca 4B había estado vacía cuando empezó la proyección. La parte pequeña de aquella entrada debía de haber quedado en la caja. Quiso preguntar qué habían leído en el papel del despacho. Esperó a que Aranda terminara de hablar con el agente.

—Era un control —le dijo él antes de que formulara la pregunta—. El de la 4B.

Rocío se volvió hacia la caja.

—Entonces debería estar aquí.

—Eso estamos comprobando.

Clara miró la caja y después el corredor. Alguien había llevado hasta el despacho un papel que Rocío guardaba en la taquilla. Encontrar a la persona de la 4B solo explicaría una parte del recorrido.

En el otro extremo del vestíbulo, Olivia hablaba con Amparo.

Clara alcanzó a oír el nombre de Leonor en una conversación ajena, cerca de la puerta, y se volvió.

Dos espectadores que ya se marchaban intentaban recordar si la mujer del abrigo verde había entrado sola.

Uno aseguraba que sí; el otro decía que la había visto hablar con Silvano.

—Hablar no es venir juntos —dijo Amparo desde su silla.

Los dos bajaron la voz. Olivia los miró, aunque no preguntó quién era la mujer.

Pilar apoyó una mano en el brazo de Clara.

—Van a empezar a llenar lo que no saben.

—Ya han empezado.

—Entonces no les prestemos nada nuestro.

Clara le agradeció que no añadiera un consejo sobre descansar. Estaba cansada, pero quería terminar de responder a las preguntas. Pilar podía regresar al Aurora; no se lo pidió todavía. Había venido por ella, no por los termos.

Fabián habló con uno de los agentes cerca de la salida. Clara no oyó toda la conversación. Cuando Aranda se acercó, le preguntó si había visto salir a Silvano de la sala.

—No desde la cabina —respondió Fabián—. He estado arriba durante los cortos.

—¿Todo el tiempo?

—Tenía la proyección a mi cargo.