El muerto que compró dos entradas Capítulo 2 — La butaca vacía
18%

Capítulo 2 — La butaca vacía

La butaca vacía

La operadora pidió a Clara que repitiera la dirección. Clara la dijo más despacio. Rocío, a su lado, confirmó el número de la calle.

—¿Respira? —preguntaron al otro lado.

—No lo sé.

Siguiendo las instrucciones de la operadora, Rocío se arrodilló junto a Silvano.

Clara entró tras ella, dejó el móvil en altavoz sobre la silla apartada y permaneció a su lado para transmitir las preguntas.

En el suelo, junto a la pata de la mesa, seguía el pequeño rectángulo de papel. Nadie lo había movido.

El despacho era más pequeño de lo que le había parecido desde el corredor. Había dos sillas, un armario bajo y una mesa cubierta de sobres y programas. Una lámpara iluminaba el lugar donde Rocío intentaba atender a Silvano. Clara procuró mirar allí y no al resto de la habitación.

La puerta de la sala se abrió. Fabián asomó la cabeza al corredor.

—Rocío, ¿cuánto dejamos el intervalo?

Vio a las dos mujeres y se quedó quieto.

—Estamos hablando con emergencias —dijo Clara—. Quédate en la puerta para indicar el camino a la ambulancia. Y que nadie se acerque por aquí.

Fabián miró a Silvano. Tardó un momento en responder.

—Sí.

Regresó al vestíbulo. Poco después Clara oyó su voz pidiendo al público que permaneciera en la sala. Sonó menos firme de lo habitual, pero consiguió que dejaran de acercarse a la puerta.

Rocío hizo lo que la operadora le indicaba.

Cuando levantó la vista hacia Clara, tenía la expresión de alguien que esperaba una instrucción nueva y temía que ya no hubiera ninguna.

Clara le alcanzó el móvil, sostuvo la silla para que pudiera apoyarse y siguió respondiendo preguntas.

No sabía cuánto tiempo pasó antes de oír llegar a los sanitarios.

Los profesionales entraron en el despacho y ellas salieron al corredor.

Rocío se quedó junto a la pared, con las manos abiertas a ambos lados del cuerpo.

Tenía una marca rojiza en la muñeca, probablemente de haber apoyado el brazo contra el suelo.

Clara quiso decirle que se sentara. No había una silla allí.

—Voy a despejar la entrada —dijo.

En el vestíbulo, la conversación de los espectadores cesó cuando la vieron aparecer. Ramiro estaba junto a la puerta de la sala con el plano de butacas todavía en la mano. Doña Amparo se había quedado detrás de él.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Ramiro.

—Silvano necesita atención. Ya han llegado.

No sabía qué otra cosa podía decir. Fabián había abierto la puerta exterior y señalaba el camino a una segunda persona del equipo sanitario.

Clara apartó la mesa donde habían servido el café lo suficiente para dejar libre el paso.

Las cuatro tazas que quedaban limpias se movieron sobre la bandeja. Las sostuvo por instinto.

—Yo me encargo de la gente —dijo Ramiro.

Guardó por fin la carpeta bajo el brazo y pidió a los espectadores que esperaran dentro o salieran a la calle, pero que dejaran despejado el corredor. Clara agradeció que no intentara asignarles lugares.

Amparo se acercó.

—Puedo llamar a Pilar.

—Voy a hacerlo yo. Gracias.

Sacó el móvil. Pilar respondió a la segunda señal.

—¿Has decidido ver el primer corto desde la taquilla?

Clara miró hacia el corredor. Rocío seguía allí.

—Han encontrado a Silvano en el despacho. Han venido los sanitarios.

Pilar no hizo ninguna de las preguntas que Clara esperaba.

—Voy para allá.

—No hace falta que corras.

—No voy a correr. Llegaré andando.

La llamada terminó. Clara guardó el móvil sin regresar todavía al corredor. Una mujer de abrigo verde estaba de pie cerca de la puerta exterior. Sostenía su programa doblado por la mitad y parecía escuchar a dos hombres que comentaban lo ocurrido sin decidirse a intervenir.

—Hace un momento estaba sentado —dijo uno.

—Se levantó durante el primer corto —respondió el otro.

—Entonces no hace tanto.

La mujer apartó la vista. Clara la había visto entrar sola, tomar café y salir del corredor junto a Silvano antes de elegir una butaca al fondo. No había oído su conversación. Ahora le costaba recordar aquella escena sin buscarle un significado que no le atribuyó al verla.

Olivia salió de la sala con el bolso en la mano.

—¿Dónde está mi padre?

Fabián se interpuso con cuidado en la entrada del corredor.

—Lo están atendiendo.

—Entonces quiero estar con él.

—Nos han pedido que dejemos el paso libre.

Olivia miró por encima de su hombro.

—Tú no sabes lo que me han pedido a mí.

Clara se acercó. Había servido café a Olivia hacía menos de una hora; había visto cómo guardaba sus herramientas y cómo corregía la posición de un cartel. Le costó encontrar una frase que perteneciera a aquel momento.

—Rocío está con los sanitarios —dijo—. Te avisarán en cuanto puedas pasar.

Olivia la miró como si Clara hubiera recibido una noticia que se negaba a compartir.

—¿Ha hablado? ¿Estaba consciente?

—Cuando hemos entrado, no.

Olivia apretó la correa del bolso. No volvió a pedir paso. Fabián se apartó un poco, aunque siguió junto a la puerta.

Desde el despacho llegó el ruido de un objeto apoyado sobre la mesa.

Después hubo voces demasiado bajas para distinguirlas.

Clara vio que Olivia levantaba la cabeza cada vez que alguien hablaba.

Señaló la jarra de agua que quedaba sobre la mesa.

Olivia negó con la cabeza. Clara se quedó cerca, sin insistir.

Rocío salió del corredor acompañada por uno de los sanitarios. No llegó a decir nada. Olivia dio un paso hacia ella y se detuvo al ver su cara.

Las palabras que siguieron fueron breves.

Clara las oyó, pero más tarde recordaría sobre todo las manos de Rocío, que intentaron coger las de Olivia y se quedaron a medio camino.

La hija de Silvano negó con la cabeza una vez.

Después volvió a negar, con más fuerza, como si le hubieran dado una información distinta.

Amparo acercó una silla. Olivia se sentó sin mirarla.

El público comenzó a abandonar el cine en grupos pequeños.

Nadie pidió que se reanudara la sesión. Ramiro sostuvo la puerta mientras una pareja buscaba sus abrigos y Rocío permanecía junto a Olivia.

Fabián subió a la cabina para apagar lo que había quedado preparado para la segunda parte.

Al bajar, llevaba el cable que Clara le había visto enrollar antes de la recepción.

Se quedó con él en la mano hasta que Ramiro le señaló el mostrador.

Llegaron dos agentes y, poco después, el inspector Aranda. Clara lo vio entrar desde la calle. Saludó a Rocío, habló primero con el personal sanitario y se dirigió al corredor. Al pasar junto a Clara se detuvo.

—¿Entraste en el despacho?

—Hasta la puerta cuando Rocío me llamó. Después entré para ayudarla mientras hablábamos con emergencias. No toqué la mesa ni lo que había alrededor.

—¿Has visto a alguien salir de allí antes de que Rocío lo encontrara?

Clara pensó en Olivia con el estuche.

—Vi a Olivia salir del corredor mientras se proyectaban los cortos. Yo iba a los aseos. No sé de qué puerta venía.

Aranda asintió.

—Eso es lo que necesito que recuerdes: lo que viste. Hablaremos con calma en cuanto pueda.

Siguió hacia el despacho. Clara se apartó para dejar pasar a otro agente. En la sala, casi vacía, seguía encendida una luz lateral. Amparo esperaba junto a su butaca con el pañuelo que había traído para protegerse del aire. Se lo había enrollado entre las manos.

—¿Necesitan que nos quedemos? —preguntó.

—Van a hablar con quienes hayan visto algo.

—Yo he visto una película y media. Si sirve de algo, me quedo.

Ramiro había anotado los nombres de quienes aún estaban allí, pero dejó la carpeta cerrada sobre una butaca cuando un agente le explicó que tomarían los datos directamente. Lejos de ofenderse, pareció aliviado.

Pilar llegó poco después. Se quitó la chaqueta en el vestíbulo y la dobló sobre un brazo.

—¿Cómo estás?

Clara iba a responder que bien. Vio el rostro de Pilar y cambió de idea.

—No sé.

—Entonces puedo esperar contigo.

Se situaron al lado de la mesa del café. Los termos seguían tapados. Pilar miró la bandeja que Clara había movido para abrir paso y no dijo nada sobre las cuatro tazas limpias.

Aranda volvió del corredor y habló con Rocío. Clara se acercó cuando él le hizo un gesto. El inspector les explicó en voz baja que la herida de Silvano presentaba signos de una agresión y que el despacho debía quedar preservado. Después pidió a Rocío que precisara cuándo había ido a buscarlo.

—Antes del intervalo —respondió ella—. Tenía que decir unas palabras al público. Habíamos quedado en que yo iría a avisarlo.

—¿Estaba previsto que esperara en el despacho?

—Podía estar allí o en la sala. Miré su butaca primero. Luego fui al despacho.

—¿La puerta estaba cerrada?

—Sí, pero no con llave. Nunca la cerramos con llave durante una sesión.

Rocío señaló el corredor.

—Los aseos están antes. La gente puede pasar. No vigilo quién llega hasta el fondo.

Aranda le pidió que esperara para completar la declaración. No intentó obtener toda la historia de pie en el vestíbulo, delante de Olivia y del público que aún buscaba explicaciones.

Olivia se levantó al oír la palabra «despacho».

—Quiero entrar.

—Ahora no —dijo Aranda.

—Es mi padre.

—Lo sé.

No añadió una razón larga que ella pudiera discutir en aquel estado. Le ofreció un lugar más apartado para hablar cuando estuviera preparada. Olivia volvió a sentarse. Amparo permaneció cerca, sin tocarla.

Aranda acompañó a Clara hasta el extremo vacío de la sala para recoger su declaración. Allí, lejos de las conversaciones del vestíbulo, ella le contó que había visto el papel pequeño bajo la mesa antes de que llegaran los sanitarios.

—No pude leerlo. Era claro, rectangular. Estaba en el suelo, debajo del borde.

—¿Se lo comentaste a alguien?

—No. Teníamos otras cosas que hacer.

Él tomó nota.

—Cuéntame desde que terminó el servicio del Aurora.