El muerto que compró dos entradas Capítulo 1 — Dos entradas para esta noche #2
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Capítulo 1 — Dos entradas para esta noche #2

—Entonces tenemos resuelto el problema.

Doña Amparo llegó antes de que abrieran las puertas. Llevaba un pañuelo doblado en el bolso para protegerse del aire de la sala.

—No hay aire —le dijo Rocío.

—Hoy no. Todavía no hemos entrado.

Ramiro quiso enseñarle el plano de butacas.

—La tuya es la cinco C.

—La miraré antes de comprometerme.

—Ya estás comprometida. Es la entrada que reservaste.

Amparo recibió el papel de Rocío, esperó a que esta separara el control y examinó el número que le quedaba en la mano.

—Las letras deberían imprimirse más grandes.

—Se ven bien —dijo Ramiro.

—Tú sabes cuál estás buscando.

Se acercó al café y pidió una taza. Pilar le sirvió. Amparo bebió un sorbo, aprobó con un leve movimiento de cabeza y preguntó quién había elegido los cortometrajes.

—Rocío y Fabián —respondió Silvano, que se había acercado a saludarla.

—¿Tú no?

—Aconsejé dos.

—Eso cuenta como elegirlos.

—Solo si salen buenos.

A medida que llegaban espectadores, el vestíbulo perdió su orden inicial.

Había quien recogía un programa antes de pagar, quien preguntaba por el café con la entrada aún en la mano y quien se detenía a recordar otra película vista en aquella sala.

Rocío recibía el dinero o comprobaba las reservas, separaba las entradas y dejaba los controles en la caja.

Después entregaba la parte mayor a cada persona.

Lo hacía con la soltura de una tarea repetida tantas veces que apenas necesitaba mirarse las manos.

Clara sirvió café a un hombre que quiso pagarle otra vez por la taza. Le explicó que estaba incluido en la recepción. El hombre observó el termo como si la gratuidad exigiera comprobar algo.

—Entonces tomaré solo uno.

—Puedes tomar otro si queda.

—Eso ya sería abusar.

Pilar, que lo había oído, aguardó a que se alejara.

—Si hubiera traído el termo adicional, no tendríamos que ofrecerlo con tanta cautela.

—Habrá para quienes lo encargaron —respondió Clara—. Y aún queda café.

Al poco rato vio entrar a una mujer de abrigo verde.

No parecía apurada. Esperó a que un grupo terminara de discutir dónde sentarse y presentó su entrada a Rocío.

Cuando le devolvieron la parte grande, la guardó entre las páginas de un programa.

Miró hacia el interior del cine antes de acercarse al café.

—¿Con leche? —preguntó Clara.

—Solo, gracias.

La mujer sostuvo la taza con ambas manos.

Desde el otro lado del vestíbulo, Silvano reparó en ella y empezó a caminar en su dirección.

Se detuvo a mitad de camino porque Fabián le pidió que mirase un cartel colocado demasiado cerca de la puerta.

La mujer terminó el café mientras ellos lo movían.

Dejó la taza y entró por el corredor lateral.

Silvano la siguió unos instantes después.

Clara continuó sirviendo. El corredor daba a los aseos y aquella noche varias personas habían preguntado dónde estaban.

Al mirar de nuevo hacia allí, vio a Olivia cruzar el vestíbulo con unas tiras de cartón.

Las apoyó junto a la caja metálica, pero Rocío le pidió que no tapara la taquilla.

Olivia se llevó las tiras al otro extremo del mostrador.

Sacó las tijeras del estuche, recortó el borde de un soporte y volvió a guardarlas.

—¿Quedan programas? —preguntó a Clara.

—Una pila pequeña.

—Voy a por los otros.

Olivia tomó el estuche rígido de la mesa auxiliar y se dirigió hacia el despacho.

En la puerta se cruzó con Silvano y la mujer del abrigo verde, que salían juntos.

Clara no oyó lo que decían. La mujer llevaba el programa doblado contra el pecho; Silvano parecía querer explicarle algo y no encontraba el momento de hacerlo.

Olivia se detuvo a un lado para dejarlos pasar.

—Papá, luego hablamos —dijo.

—Luego.

La mujer entró directamente en la sala. Silvano permaneció junto a la puerta lo bastante para verla alejarse. Después regresó al vestíbulo.

—¿Todo bien? —le preguntó Pilar, que iba a retirar una bandeja vacía.

—Todo bien. ¿Os ayudo con eso?

—Está pagado para que lo hagamos nosotras —respondió Pilar.

—No iba a cobrarte.

—Precisamente.

Silvano levantó ambas manos y se apartó. Clara le vio sonreír, aunque siguió mirando de vez en cuando hacia la sala.

Poco antes de las nueve, Rocío anunció que debían ir ocupando sus asientos.

Pilar tapó los termos, contó las tazas utilizadas y apuntó la cifra en la hoja del servicio.

Habían sobrado cuatro limpias. Clara llevó una bandeja a la pequeña zona de apoyo junto a la salida, donde habían acordado dejar el material para recogerlo. No prepararon café para el intervalo.

—Si alguien pregunta cuando empiece la película, di que la recepción ha terminado —le recordó Pilar.

—Puedo decirlo.

—Sin ofrecerle una taza que quede.

—Pilar.

—Lo sé. Estoy oyendo cómo sueno.

Clara se echó a reír. Ayudó a cerrar la caja de cucharillas y acompañó a Pilar hasta la puerta exterior.

—No te quedas para los cortos.

—Mañana quiero abrir el Aurora sin discutir con los termos. Además, tú me contarás cuáles valían la pena.

—Si los veo. Ramiro puede tener un plano de dónde debemos mirar.

Pilar miró a través del cristal. Ramiro intentaba convencer a Amparo de que comprobara la fila cinco antes de apagar las luces.

—No necesita un plano. Necesita una butaca que Amparo acepte.

Se despidieron. Clara vio alejarse a Pilar por la acera y sintió el impulso de preguntarle si prefería que fuera con ella para guardar los termos. Los recipientes podían esperar allí hasta el día siguiente, tal como habían acordado. Pilar sabía cerrar el café. Clara volvió al vestíbulo.

Olivia estaba guardando las últimas herramientas en su estuche. Una tira de papel asomaba de la tapa.

—Te va a costar cerrarlo —dijo Clara.

—Siempre digo que la próxima vez traeré menos cosas.

Olivia empujó la tira hacia dentro y bajó la tapa.

—Y siempre aparece algo que hay que sujetar.

—Los carteles siguen en la pared —dijo Clara.

—De momento.

No parecía una broma, aunque sonrió al decirlo. Dejó el estuche junto a la mesa auxiliar y fue a hablar con Rocío.

Silvano ya estaba sentado en la fila cuatro. Clara lo reconoció por el pelo claro bajo la luz tenue de la sala. Tenía el programa abierto sobre las rodillas y se inclinó para dejar pasar a una pareja. El asiento contiguo, el 4B, permanecía vacío.

Clara encontró a Ramiro y Amparo una fila más atrás. Amparo había aceptado la cinco C después de probar otras dos butacas y descubrir que desde allí veía mejor. Ramiro seguía con la carpeta en las manos.

—Puedes guardarla —le dijo Clara al sentarse.

—Quería comprobar cuántos han venido.

—Rocío tiene los controles.

—Sí. Por eso voy a guardarla.

Lo hizo con cierta ceremonia. Amparo se inclinó hacia Clara.

—El hombre de delante ha decidido que esta noche no trabaja.

—Eso me ha dicho.

—Lleva diez minutos mirando la puerta de la cabina.

—Mirar no cuenta.

—Ya veremos.

Las luces descendieron poco a poco. Al fondo, la mujer del abrigo verde ocupaba una butaca libre cerca del pasillo.

Se había quitado la prenda y la mantenía doblada sobre las rodillas.

Clara no había visto en qué fila debería haberse sentado.

En una sala con bastantes lugares vacíos, nadie parecía dispuesto a comprobarlo.