El muerto que compró dos entradas
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Capítulo 1 — Dos entradas para esta noche
Dos entradas para esta noche
—Hay treinta y seis tazas —dijo Pilar.
Clara miró la mesa del Café Aurora. Había cuatro bandejas, dos termos, una caja de sobres de azúcar y una pila de servilletas que Migas acababa de examinar con una pata.
—Entonces podemos servir a treinta y seis personas.
—Rocío calcula cuarenta.
—Rocío puede calcular lo que quiera. Nos encargó café para treinta y seis.
Pilar retiró las servilletas antes de que el gato encontrara otra utilidad para ellas.
—He traído algunas tazas de más.
—¿Cuántas?
—Seis.
Clara esperó.
—Y otro termo —añadió Pilar.
—¿Lo va a pagar?
—Rocío pagaría las tazas de más si llegáramos a usarlas. El café que sobre correría de nuestra cuenta.
Clara apartó el termo adicional.
—Entonces se queda aquí.
Pilar abrió la boca, la cerró y consultó la hoja que llevaba en la mano.
Había pasado la semana anterior hablando con la propietaria del Cine La Esquina Alta sobre el precio, el horario y la cantidad de café.
Clara había presenciado parte de aquellas conversaciones y conocía la dificultad de Pilar para no ofrecer, al final de cada una, algo que nadie le había pedido.
—La recepción termina a las nueve menos cinco —leyó Pilar—. Después recogemos nuestras cosas.
—Y yo veo los cortos.
—Y tú ves los cortos.
—Lo has dicho como si fuera una falta de consideración.
—Todavía me sorprende que vayas a sentarte mientras haya gente despierta a menos de cien metros.
Clara cogió la caja de cartón destinada a los programas del cine. Rocío había pedido guardarla en el Aurora hasta que pudieran llevarla junto con el café. Estaba abierta por arriba y contenía dos paquetes de folletos sujetos con una cinta de papel.
Migas había elegido el pequeño espacio que quedaba entre ambos.
—Tendrás que pedirle permiso para sacarlos —dijo Clara.
Pilar se inclinó sobre la caja.
—Migas. Son programas impresos.
El gato apoyó la barbilla sobre uno de ellos.
—Le has dado toda la información —dijo Clara—. Ahora puede decidir con conocimiento de causa.
Sacaron los paquetes sin moverlo. Migas ocupó de inmediato el hueco liberado y cerró los ojos. Clara dejó la caja sobre una silla apartada del paso, bajo la reproducción de Marea baja en Valleverde .
Al otro lado del ventanal, las rosas blancas de la jardinera central se inclinaban sobre el tomillo.
Una de las petunias había perdido una flor durante la noche.
Clara se acordó de recogerla al volver; luego corrigió mentalmente aquel «al volver».
El cine estaba a una caminata corta. No necesitaba planear el regreso como si fuera a abandonar la ciudad.
Ramiro Gil apareció en la puerta con una carpeta bajo el brazo.
—He comprobado las reservas —anunció.
—Buenas tardes a ti también —dijo Pilar.
—Buenas tardes. Hay dos personas que han reservado por teléfono y quieren pagar allí. Rocío lo sabe.
—Nosotras no vendemos entradas —dijo Clara.
—Por eso se lo he comunicado a Rocío.
Ramiro abrió la carpeta. Había dibujado las filas de butacas y marcado varias con iniciales.
—Nos ha pedido ayuda para evitar que todo el mundo se siente detrás.
—¿Qué ocurre si se sientan detrás?
—Desde la cabina parece que la sala está vacía.
—Pero Fabián sabrá que no lo está.
—Se lo he dicho yo. Él preferiría que la distribución fuera más equilibrada.
Pilar se acercó al dibujo.
—Amparo va en la fila cinco.
—En principio.
—¿Qué significa «en principio»?
—Ha dicho que se sentará donde le parezca mejor cuando vea la sala.
Clara cerró la caja de azúcar.
—Ese plano va a sufrir.
Ramiro lo contempló con la resignación de quien había previsto el problema y no encontraba satisfacción alguna en tener razón.
Salieron poco después con las bandejas bien sujetas.
Pilar llevaba los termos; Clara, las tazas y los programas.
Antes de cerrar, Clara dejó agua fresca para Migas y comprobó que no pudiera alcanzar el paquete de servilletas.
El gato continuaba en su caja. No levantó la cabeza cuando ellas se marcharon.
La fachada del Cine La Esquina Alta ocupaba una esquina algo más ancha que las demás.
Sobre la puerta, las letras del nombre conservaban una blancura desigual: alguien había limpiado las dos primeras palabras con más empeño que la última.
En el cristal había un cartel de la sesión especial.
Anunciaba un bloque de cortometrajes, un intervalo y, después, una película que Clara recordaba vagamente de la época de los videoclubes.
Rocío Valmaseda abrió antes de que llamaran. Llevaba un rollo de cinta adhesiva alrededor de la muñeca y un lápiz detrás de la oreja.
—Decidme que no habéis traído cuarenta y dos tazas.
—Treinta y seis —respondió Clara.
—Bien.
Pilar la miró.
—Podemos traer seis más si cambias de opinión.
—No voy a cambiar de opinión.
Clara no dijo nada. Pilar depositó los termos en la mesa que Rocío había dispuesto junto a la pared.
El vestíbulo olía a madera limpia y a los carteles recién sacados de sus fundas.
A la derecha estaba la taquilla. A la izquierda, una puerta daba acceso a la sala.
Entre ambas se abría un corredor que conducía a los aseos; más adentro se veían una puerta de despacho y la escalera de la cabina.
Una mujer cruzó el corredor llevando varias tiras de cartón bajo el brazo.
—Olivia, han llegado los programas —dijo Rocío.
Olivia Cárdeno se volvió. Tenía una tira de papel enganchada a la manga y sostenía unas tijeras grandes por los anillos, con las hojas cerradas.
—Los colocamos enseguida.
—Primero deja lo que llevas —dijo una voz detrás de ella.
Silvano Cárdeno salió del despacho. Olivia miró las tiras que sujetaba.
—Eso estaba haciendo.
—Con las tijeras en la mano.
—Con las tijeras cerradas, papá.
Silvano se apartó para dejarla pasar. Sonrió a Clara y Pilar como si hubieran llegado a una casa que todavía consideraba un poco suya.
—El café del Aurora. Ahora sí que será una sesión especial.
—Es el mismo café de todos los días —dijo Clara.
—Por eso.
Olivia dejó el cartón sobre una mesa auxiliar, abrió un estuche rígido y guardó las tijeras en uno de sus compartimentos. El estuche contenía una regla, un lápiz grueso y rollos pequeños de cinta. Volvió a coger las tiras.
—Rocío, necesito saber dónde irá el cartel del intervalo. Si lo pongo en la puerta de la sala, la gente va a leerlo al entrar y pensar que ya puede salir.
—En el vestíbulo, junto a los programas.
—Eso dije ayer —observó Silvano.
—Ayer dijiste tres sitios —respondió Olivia.
—Estaba considerando las posibilidades.
—Y hoy estamos eligiendo una.
Clara llevó las tazas a la mesa del café. Silvano le quitó de las manos una bandeja que empezaba a inclinarse.
—Esa pata baila un poco —dijo, señalando el soporte.
Rocío se volvió.
—La revisamos esta mañana.
—No digo que vaya a caerse. Si pones las tazas al otro lado, queda firme.
Clara cambió la bandeja de lugar. La mesa dejó de moverse.
—Tenías razón.
Silvano pareció complacido, aunque enseguida advirtió la expresión de Rocío.
—Eso no significa que haya venido a inspeccionar el cine.
—Has tardado menos de cinco minutos —dijo ella.
—Porque conozco la mesa.
Rocío fue a buscar el cartel del intervalo. Silvano se quedó junto a Clara mientras Pilar llenaba un recipiente con cucharillas.
—Hoy voy a ver la película desde una butaca —le dijo.
—Creía que siempre te sentabas al fondo.
—Al fondo miraba si se cerraba bien la puerta, si alguien tenía frío, si sonaba algo raro. Era otra forma de trabajar.
—Puedes intentarlo sin mirar la puerta.
—Puedo intentarlo.
Sacó dos entradas del bolsillo de la chaqueta y las extendió entre los dedos. Clara vio los números 4A y 4B impresos sobre el mismo dibujo de una antigua máquina de proyección. Cada entrada tenía una línea de picote cerca del borde y, en la parte estrecha, la palabra CONTROL.
—Dos butacas buenas —dijo Silvano—. Rocío asegura que desde la fila cuatro se ve todo sin tener que levantar la cabeza.
—Eso lo has dicho tú durante años.
—Entonces sería descortés no hacerme caso.
Olivia regresó en busca del estuche. Vio las entradas.
—Pensé que te sentarías con nosotros.
—Ya tengo sitio.
—Lo veo.
Silvano juntó las dos entradas y volvió a guardarlas. Clara no supo a quién incluía aquel «nosotros». Él se alejó hacia la puerta mientras Olivia dejaba los programas en el mostrador de la taquilla y pedía a Rocío unas chinchetas. La conversación siguió por asuntos prácticos.
Fabián Loresma bajó de la cabina con un cable enrollado en la mano. Era un hombre de movimientos tranquilos, salvo cuando Silvano miraba lo que estaba haciendo.
—La prueba de sonido ha ido bien —dijo.
—Al segundo corto le faltaba un poco de volumen —respondió Silvano.
—Lo he ajustado.
—Eso iba a decirte.
Fabián dejó el cable detrás de la taquilla.
—Lo he ajustado antes de que bajaras a comprobarlo.
Silvano tardó un momento en advertir que el otro estaba molesto.
—Entonces me ahorro la explicación.
—Te lo agradezco.
Rocío apareció con las chinchetas. Miró a los dos hombres, entregó la caja a Olivia y decidió no preguntar.
La recepción aún no había empezado. Pilar dispuso las tazas en grupos pequeños para que las personas no tuvieran que estirar el brazo por encima de los termos.
Clara colocó las servilletas en el extremo más alejado de las puertas.
Rocío probó a dejar la caja metálica de los controles sobre la taquilla, junto al talonario de entradas.
—¿Aquí no estorba? —preguntó Pilar.
—Mientras cobro, no. Después la moveré detrás del mostrador.
Rocío tomó una entrada de prueba que tenía junto al talonario, la dobló por la línea de picote y separó las dos partes.
—La grande se devuelve —explicó, más para Ramiro, que había llegado detrás de ellas, que para nadie más—. El control va aquí.
Dejó el papel pequeño en la caja. Ramiro observó la maniobra con interés. Después Rocío retiró las dos partes de prueba y las guardó bajo el talonario, para que no se mezclaran con las entradas vendidas.
—Así puedes comprobar el número de asistentes.
—Si nadie intenta entrar por los aseos.
—Los aseos están dentro —dijo él.