Capítulo 19
La fábrica lleva años cerrada y huele a lo que huelen las cosas que el mar va comiendo despacio: a óxido, a sal, a agua parada.
Llego a pie, por el lado del agua, por donde no hay luz, porque las madrigueras de Grigori me las sé como me sé las deudas viejas, de memoria y sin querer.
El tiempo que pasé informando a su gente me dejó un mapa que esta noche no quiero tener y que es, a la vez, lo que me sirve.
Hasta eso se compensa. Todo se compensa, si llevas la cuenta el rato suficiente.
No traigo plan. Traigo una cuenta. Es distinto.
Un plan se hace para salir; una cuenta se cierra y luego ya se verá.
La de esta noche tiene un nombre encima que no digo en voz alta ni aquí, solo, en la oscuridad, porque decirlo me costaría más de lo que me puedo permitir antes de entrar.
Marina. Lleva años pesándome en la columna de lo que no se paga, la única columna de mi libro que no he conseguido tocar nunca, porque a las otras deudas les pones una cantidad y las saldas, con sangre o con cárcel o con lo que haga falta, y esta no.
Esta solo la cierra una cosa: que el que la cobró deje de poder cobrarle a nadie más.
Y esa cosa, por fin, está esta madrugada dentro de este edificio.
No la conocí mucho, a Marina. Lo justo. Era la chica de Iván, la que le sacaba una sonrisa al único de nosotros que ya escribía en vez de disparar.
Coincidí con ella cuatro o cinco veces, en cenas, en la dacha, sin prestarle la atención que se le presta a lo que vas a perder, porque entonces no sabía que la iba a perder yo por ella.
Lo que recuerdo es una tontería: que se reía con la boca entera, sin guardarse nada, cosa rara en una familia que se guarda hasta el aire que respira.
Iván la miraba reírse igual que se mira algo que uno no se acaba de creer que sea suyo.
Y un día, infiltrado entre los Zakharov, haciéndome pasar por uno de ellos para poder avisar a los míos a tiempo, dejé caer un dato.
Un sitio. Una costumbre. Una de esas migajas que sueltas para que te tengan por de la casa.
No dije su nombre. No hizo falta. Grigori ata cabos como nadie, y de aquella migaja sacó a Marina, y de Marina sacó la manera más limpia de hacerle a Iván el peor daño posible.
La risa de boca entera se apagó por una frase mía soltada sin pensar.
Desde entonces no he vuelto a decir una palabra sin pesarla antes tres veces.
Demasiado tarde para ella. A tiempo para todo lo demás, que es el peor consuelo que conozco.
Me detengo en la puerta de chapa, la que da al muelle, y hago el último repaso, el de siempre. El arma principal, la que me dio Iván, empuñada.
Hay una parte de mí, la vieja, la que llevo demasiado tiempo entrenando para no sentir, que ha venido aquí a otra cosa además de a cobrar.
Ha venido a quedarse. A pagar la cuenta de Marina con el cuerpo, de una vez, y a apuntarse ella misma, de paso, en la columna de los saldados.
La oigo perfectamente, calladita, mientras empujo la chapa: me dice que sería limpio, que sería justo, que un hombre como yo no tiene mejor sitio donde acabar que en el suelo de una fábrica con una deuda menos y nada por delante.
Es una voz que conozco bien. Llevo años haciéndole caso sin atreverme a obedecerla del todo.
Esta noche la oigo y, por una vez, no le doy toda la razón, porque hay un peso sobre el corazón que tira en la dirección contraria, y pesa más que ella.
Entro.
Dentro está oscuro y alto, lleno de máquinas muertas y de un frío que sube del agua y se mete en los huesos.
Cuento lo que veo, que es mi forma de no tener miedo: dos plantas, una escalera de hierro al fondo, ventanas rotas arriba por donde empieza a colarse el primer gris.
Y hay dos hombres de Grigori antes de Grigori.
Los oigo antes de verlos. La brasa de un cigarro.
Una bota arrastrada. Una conversación a media voz sobre una paga que esta noche, gracias a Mila, ya no les va a llegar.
No lo saben todavía. Dos soldados a los que han dejado de pagar hace una hora y que siguen montando guardia por inercia.
En cualquier libro de cuentas, eso es trabajar a fondo perdido.
El primero no me oye. Es rápido, es feo y no tiene nada de elegante, y así es justo como aprendí yo a pelear, de crío, en los portales de Brighton Beach, donde el que dudaba medio segundo lo cobraba el resto de su vida en forma de cojera.
No hay escuela. Hay economía. Le tapo la boca, le meto el cuchillo donde no se grita, lo bajo al suelo sin ruido.
Una baja, anotada, sin sentir nada por dentro.
No es crueldad. Es contabilidad pura: cada hombre que descuento antes de llegar a Grigori es un hombre que no me dispara por la espalda cuando lo tenga delante.
El segundo se vuelve al oír caer al primero.
Levanta el arma, y ahí ya no hay tiempo de cuchillo ni de elegir.
Disparo. Una vez. La fábrica entera devuelve el eco como una caja vacía, y con ese eco se acaba el silencio y empieza lo otro, porque arriba, en alguna parte, una voz que conozco demasiado bien dice mi nombre con una alegría que me revuelve.
—¡Sasha! —Una risa, suelta, encantada—. No me lo puedo creer. Han mandado al perro.
Subo. No corro: subo despacio, contando peldaños, contando salidas, contando lo que me queda en el cargador, porque el que pierde la cuenta en una escalera no llega arriba.
Mientras subo, hago la otra cuenta, la que no pienso decirle a nadie: cuántas escaleras así he subido en la vida, a oscuras, hacia un hombre que tenía que dejar de respirar, y cuántas de esas veces fue por encargo y cuántas por mí.
Esta es la primera que es mía del todo. No me la manda Nikolai.
No me la paga nadie. No hay arriba un sobre esperándome.
Hay un nombre, el de una mujer que se reía con la boca entera, y un hombre que se la apagó, y entre los dos, esta escalera de hierro.
Es la deuda más limpia que he subido a cobrar nunca, porque por una vez no hay un encargo de por medio que me ensucie el motivo.
Grigori me espera en lo que fue una oficina con las ventanas reventadas, recortado contra el primer gris del amanecer que entra por los cristales que faltan.
Veintisiete años. Rubio. Guapo de portada de revista.
Sonriendo, cómo no, porque a Grigori la sangre le ha hecho siempre gracia, la propia y la ajena, sin distinguir cuál.
Tiene un arma en la mano, baja, sin apuntarme todavía, porque para Grigori la pelea nunca ha sido el negocio: es el postre. Lo que de verdad disfruta es lo de antes. Meter el dedo en la herida y removerlo despacio. Y empieza, claro, por la única que sabe que llevo abierta.
—De todos los que podían venir a por mí —dice—, mira a quién mandan.
A ti. Hay que tener sentido del humor ahí arriba.
El que me trajo a Marina, viniendo él en persona a cobrarme a Marina.
—Ladea la cabeza, despacio, saboreándolo—.
Porque te acuerdas de cómo la encontré, ¿verdad?
Con un dato. Un dato pequeñito, de nada, que soltaste tú sin querer, viviendo entre los míos, haciéndote el leal.
Yo solo até cabos y fui a buscarla. La bala la puse yo, eso sí.
Pero la dirección me la diste tú. La mataste tú tanto como yo.
Más, casi, porque yo por lo menos sabía lo que estaba haciendo. Tú la vendiste sin enterarte.
Y ahí está. La cuenta que llevo años sin poder mirar de frente, dicha en alto por el único hombre del mundo que la conoce entera, escupida con esa sonrisa de revista.
La parte de mí que vino aquí a quedarse casi se lo agradece.
Casi le da la razón. Casi firma la factura que me pone delante, porque es exactamente la factura que llevo años firmándome yo solo, cada noche, en lo oscuro: yo la maté, yo, mi culpa, mi deuda, sin un descuento, sin una rebaja, el principal entero a mi nombre.
Casi.
Pero Grigori comete el error de seguir hablando, de seguir apretando, de querer rematarme con lo que a él le parece la puntilla.
—Es lo que más me gusta de todo esto. Que da igual a qué casa te vayas, da igual de qué cama te dejes querer ahora.
Un perro de los Zakharov no deja de ser un perro de los Zakharov por cambiarse de dueño.
Tú y yo somos la misma cosa, Sasha. Idénticos.
La diferencia es que yo lo llevo bien y tú te pasas la vida buscando a alguien que te diga que no.
—No —digo.
Es una palabra pequeña y me cuesta sacarla más que las dos balas de abajo. Pero sale, y en cuanto sale sé que esta noche, pase lo que pase con el cuerpo, ya he ganado lo que de verdad había venido a ganar.
—La información la di yo —admito—. Eso es verdad y lo cargo entero; no te lo discuto, no me rebajo ni un céntimo de esa parte.
Pero la bala la pusiste tú. La decisión de ir, tuya.
El gatillo, tuyo. El gusto que le pusiste, ese también es tuyo, y de ese no tengo yo ni una moneda.
—Doy un paso—. Llevo años apuntándome tu cuenta entera en mi columna.
Pagándote yo el principal y los intereses de un muerto que mataste tú, con tus manos, por tu gusto.
Y esta madrugada he venido a hacer una sola cosa antes de cerrarte la boca: devolvértela.
Es tuya. Toda. No vengo a saldar lo que debo.
Eso se queda en mi parte, la justa, la que de verdad me toca. Vengo a cobrarte lo que debes tú.
—No somos la misma cosa —añado, y esto me sale más bajo, más seguro, más mío—.
Nos parecemos. Salimos del mismo barro. Pero tú te quedaste a vivir en él y yo llevo media vida intentando salir.
Eso no es lo mismo. No te confundas, Grigori.
Tú disfrutas. Yo solo pago. Y esta noche he venido a enseñarte la diferencia.