Este es el final. Cinco libros después, la saga Bratva Sokolov se cierra con la historia que llevaba debiéndose desde el principio: la del único que nunca pidió nada.
VIKTORIA
Me fui de esta familia hace seis años y me prometí no volver. Tengo una galería en Londres, una vida con cuadros de otra gente en las paredes y una regla: no se vuelve a una casa que aprendiste a leer como una sala de exposición, donde lo que está torcido cuenta más que lo que cuelga recto.
Pero mi madre me llamó cuarenta segundos. «Ha pasado algo. Estamos todos. No vengas.» Y colgué un billete encima de esa frase.
En mi familia cada hombre tiene su sitio. Nikolai decide. Dimitri rompe. Alexei calcula. Roman llega primero y se va el último. Iván observa y escribe. Y luego está Sasha, que no es ninguna de esas cosas, porque ni siquiera lleva nuestra sangre. Sasha paga. Calla. Cumple. Lleva diecisiete años siendo el más leal de una casa que no lo trata como suyo.
El problema es que yo tenía diecisiete años el verano en que aprendí a mirarlo. Y él, según parece, lleva trece queriéndome en silencio.
Yo no vine a desenterrar eso. Vine a averiguar quién ha roto la mecedora de mi padre. No vine a descubrir que el hombre más callado de la casa ha decidido dejar que lo maten el sábado. Y, desde luego, no vine a ser el único nombre de una lista de deudas que él se niega a cobrar.
SASHA
Soy el leal.
No soy un Sokolov. Llegué a esta familia siendo un crío útil y me quedé siendo un perro útil, y durante diecisiete años eso me bastó. Otros nacieron con apellido. Yo me lo gané a base de hacer lo que ninguno de ellos quería hacer, y de no contarlo después.
Tengo deudas. Algunas se pagan con dinero, otras con sangre, y hay una al final de la lista, sin cifra, porque no tiene precio. La regla cuatro de esta casa es sencilla: traicionar a la familia es sentencia de muerte, sin excepciones. Lo dijo el padre, lo dice Nikolai, lo firmamos todos. Y







