Capítulo 25 #2
—Claro que quieres. —Y se lo dice. Y a Iván se le pone un gesto raro, entre el horror y el orgullo—. Hace cinco libros te dije que lo que escribías no estaba mal. ¿Te acuerdas?
—Me acuerdo —dice él—. «No está mal, Sokolov.» Me lo dijiste en la cocina, a las dos de la mañana.
—Pues ya no es «no está mal».
—¿Ah, no? —pregunta Iván—. ¿Y ahora qué es?
—Ahora es bueno —dice Mila, y se encoge de hombros, y vuelve a su pantalla—. No te acostumbres.
Y eso, en el idioma de esta pareja, es la declaración de amor más grande que sabe hacer ella: leer lo que él escribe y decirle, por fin, que es bueno. El escritor de la familia, leído de verdad por la única lectora que le importaba desde el principio.
Y yo, que los miro desde fuera, pienso que de todas las parejas de esta familia la suya es la que mejor demuestra una cosa que tardé en aprender: que querer a alguien no es decírselo bonito, es leerlo bien.
Mila casi nunca le dice a Iván que lo quiere.
Le dice que su libro es bueno, que en su idioma es lo mismo, porque lo ha leído de verdad, hasta el fondo, que es la única manera de querer a un hombre que se esconde entero dentro de lo que escribe.
Y luego estamos nosotros.
Sasha y yo seguimos repartiendo la vida entre dos ciudades.
Su familia aquí, mi galería allí, los dos océanos por medio, las camas a las que uno llega de madrugada con el cuerpo en el huso de antes.
No es fácil. No nos hemos disuelto el uno en el otro, que era lo que más miedo me daba, lo que les pasa a tantas en las historias como esta: desaparecer dentro del mundo del hombre.
Yo sigo siendo la que dirige arte en Londres.
Él sigue siendo el hombre de los Sokolov.
Y en medio, hemos construido algo nuevo, raro, partido, que es solo nuestro.
Tenemos un ritual, Sasha y yo, nuestra versión de aquellos trece años de quererme sin decírmelo.
Antes me quería en secreto: subrayaba a escondidas frases en un libro prestado, escribía cartas que no mandaba, guardaba todo lo que sentía en una caja de latón bajo una tabla.
Ya no. Ahora, cuando se va a Nueva York y yo me quedo en Londres, o al revés, me deja notas.
En los márgenes de los libros que leo, con su letra, firmadas.
A la vista. Sin clave. Tonterías, la mayoría —un comentario, una broma seca, un «esto te va a gustar» al lado de un capítulo—, pero a la vista y con su nombre, que para un hombre que se pasó la vida escribiendo en tinta invisible es la cosa más grande del mundo.
Tengo ya un estante en Londres con esos libros, los que él me devuelve con sus notas dentro, y a veces, cuando está al otro lado del mar y la casa se me queda grande, cojo uno al azar y leo lo que me escribió en los márgenes meses atrás, y es como tenerlo al lado un rato.
Es lo contrario exacto de aquel libro robado que escondí seis años: aquel lo guardé para tener algo suyo a falta de tenerlo a él; estos los tengo para acordarme de que ahora sí lo tengo, esté donde esté.
La distancia, resulta, no se mata con estar cerca todo el rato.
Se mata cuando sabes, en cada vuelo de vuelta, que hay alguien al otro lado que cuenta los días igual que tú.
La carta catorce, la que me dijo en vez de escribírmela, fue la última que necesitó callar.
Desde aquella, todo lo escribe en el margen, donde se ve.
Y sonríe. Esa es la otra cosa. Sasha sonríe, ahora, a menudo, y ya no es noticia, ya nadie en esta familia se gira a mirarlo cuando lo hace, como se giraban el primer año, incrédulos, igual que te giras cuando un edificio que dabas por ruina enciende de pronto una luz.
Ahora es un hombre que sonríe, sin más. El que no sonreía.
Hizo falta una saga entera para esa sonrisa.
Yo la veo todos los días que estamos juntos, y los días que no, la llevo conmigo cruzando el océano, que es bastante.
A veces pienso en lo que costó esa sonrisa y me parece mentira que quepa en algo tan pequeño.
Costó años de silencio, una guerra, un juicio, un muerto en una fábrica, una caja de cartas sin mandar.
Todo eso, comprimido, para que un hombre pudiera al fin torcer la boca hacia arriba sin sentir que no tenía derecho.
La gente sonríe sin pensar, mil veces al día, sin saber el lujo que es.
Yo aprendí, queriendo a Sasha, que sonreír es de las cosas más caras que hay, y que cuando uno que no podía lo consigue, hay que tratarlo como lo que es: un milagro pequeño, doméstico, de los que no salen en los periódicos pero sostienen una vida entera.
La última noche, antes de volver a Londres, salgo otra vez al porche. Es una costumbre que se me ha quedado: mirar la casa desde fuera, leerla entera, como se mira por última vez la pieza que cierra una vida de oficio.
Dentro está todo. Las seis parejas, Irina, el niño que cumple un año dormido por fin después de tanta gente, las luces encendidas, el ruido bueno, amortiguado por el cristal. Una casa encendida en mitad del bosque negro de noviembre.
Y pienso, por última vez, en cómo empezó todo.
En la primera imagen de mi familia, la de hace años: un hombre solo, Nikolai, en lo alto de una torre de Manhattan, a oscuras, con la ciudad entera encendida a sus pies y él apagado arriba, dueño de un imperio y de ninguna casa, esperando en la oscuridad a nadie.
Esa era la postal de los Sokolov: el poder absoluto y la soledad absoluta, en el mismo cristal.
Miro esta otra ventana, un año después del final de la guerra, y veo justo lo contrario.
La misma sangre, la misma gente, dada la vuelta entera.
Ya no hay un hombre solo a oscuras esperando a nadie.
Hay una casa encendida de arriba abajo, reventando de gente, con niños que empiezan a llegar, donde nunca más habrá nadie solo en lo oscuro, porque todos han llegado y cada uno tiene su sitio, y la puerta, pase lo que pase, siempre va a tener a alguien detrás.
De un penthouse vacío a una casa llena. Esa fue, desde el principio, por debajo de todas las guerras, los muertos, las cárceles y las balas, la única guerra que de verdad importaba. La de no acabar solo. La pelearon sin saber que la peleaban. Y la ganaron.
No la ganó la familia más fuerte; las hay más fuertes.
La ganó la única que entendió, a tiempo, que de nada sirve ser dueño de una ciudad si vuelves de noche a una casa apagada.
Que el imperio era lo de menos. Que lo único que cuenta, al final de todo, cuando se callan los disparos y se cierran los juicios y se entierra a los muertos, es si hay en algún sitio del mundo una mesa con tu silla puesta y gente esperándote en ella.
Los Sokolov la tienen. Les costó todo. La tienen.
Entro. Cierro la puerta del frío. Y la casa, llena, sigue.