El Leal (Bratva Sokolov nº 6)
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Capítulo 1
El JFK a las siete y diez de la mañana parecía un almacén de obras sin catalogar.
Maletas envueltas en plástico, familias apiladas contra las cintas, un niño dormido bocabajo sobre un carrito.
Seis años fuera y lo primero que pensé al pisar mi ciudad fue eso: que nadie había colgado nada en su sitio.
Mi maleta salió de las últimas. La rueda izquierda se atascaba, igual que cuando me fui. Hay cosas que una no arregla porque arreglarlas sería admitir que piensa quedarse en alguna parte.
—¿Motivo del viaje? —preguntó el agente de aduanas.
—Vuelvo a casa.
Lo dije en inglés y me sonó a frase doblada. Llevaba seis años llamando casa a un piso de Notting Hill con cuadros de otra gente en las paredes.
No había avisado a nadie. Dio igual. Cuando salí a la zona de llegadas, Boris ya estaba allí. El mismo traje que le quedaba como una funda a un piano, la misma jeta de bulldog, seis inviernos más de gris en las cejas. En mi familia no hace falta avisar: basta con comprar un billete.
—Viktoria Ivanovna.
—Boris.
Me cogió la maleta sin pedirla, con el brazo bueno; el malo lo llevaba pegado al cuerpo desde lo del año pasado. No me preguntó qué hacía allí. Esa fue la primera mala señal: Boris pregunta siempre lo evidente, porque lo evidente es lo que tiene permiso para preguntar.
Fuera hacía un frío húmedo de febrero, con ese olor a queroseno y a sal que Londres no tiene. El coche esperaba en doble fila. Detrás, otro. Cristales tintados, motor encendido, dos hombres dentro a los que no conocía.
—¿Desde cuándo hacen falta dos coches para recoger a una galerista?
—Órdenes.
—¿De quién?
Boris me cerró la puerta con un cuidado que no gasta con las puertas.
Cogimos la Van Wyck con el segundo coche pegado al parachoques.
Miré su perfil durante tres salidas seguidas.
En una galería se aprende pronto: la gente no miente con la cara, miente con la parte de la cara que decide enseñarte.
Boris me enseñaba la mandíbula y el ojo derecho.
El izquierdo, el que le tiembla cuando algo le puede, lo llevaba vuelto hacia la ventanilla.
—Mi madre me llamó hace tres días —dije—. Cuarenta segundos. «Ha pasado algo. Estamos todos. No vengas.» Y colgó.
—Hizo bien.
—¿En llamar o en colgar?
—En decirle que no viniera.
—Ya. Pues aquí estoy.
Cruzamos el Throgs Neck en silencio. Abajo, el East River gris, con esa luz sucia de invierno que en otra vida me servía para ordenar exposiciones mentales. Conté tres remolcadores. Decidí gastar la pregunta grande.
—¿Quién ha muerto?
Boris tardó dos salidas en contestar.
—Nadie de sangre.
Hay respuestas que son una puerta entreabierta. Esa era una puerta cerrada con alguien respirando detrás.
—Boris.
—Eso se lo cuenta su hermano. A mí me han dicho que la lleve. La llevo.
—¿Y si te pregunto por Sasha?
Lo solté sin pensarlo. Mentira: llevaba pensándolo desde Heathrow. El coche no se movió ni un dedo de su carril, pero los nudillos de Boris cambiaron de color sobre el volante.
—Eso también se lo cuenta su hermano.
Y ahí lo supe. No el qué. El tamaño.
La 87 norte estaba vacía. Se puso a nevar a la altura de Harriman, una nieve fina que no cuajaba, de esas que solo sirven para ensuciar.
Cerré los ojos y dejé que la carretera hiciera el resto: tres horas, dos peajes, la salida después del pueblo, el desvío de grava pasado el lago.
La dacha no se ve desde la carretera, pero yo podría dibujarla a ciegas: la cuesta de pinos, el tejado verde, el porche que mi padre construyó dos palmos más ancho de lo que mandaban los planos, porque los planos no eran rusos.
En esa casa aprendí a nadar, a callarme en la mesa cuando se hablaba de negocios y a distinguir un coche de la familia de un coche que venía a algo.
Y en esa casa, el verano de mis diecisiete, conocí a un chico flaco con los puños vendados que mi padre acababa de sacar de un gimnasio de Brighton Beach.
No hablaba. Miraba. Y se colocaba siempre a la misma distancia de mí: un metro y algo.
Ni un centímetro menos, midiera lo que midiera la habitación.
Tardé años en entender que aquella distancia no era timidez. Era disciplina.
El día que cumplí dieciocho, mi padre llenó la dacha de gente que yo no había invitado.
Bailé con todos los que tocaba bailar. Sasha pasó la noche junto a la puerta del porche, las manos cruzadas por delante, sin beber, sin sentarse, sin mirarme más de un segundo seguido.
A las dos de la mañana, cuando una amiga mía se empeñó en meterse al lago vestida, fue él quien la sacó del agua, le echó su chaqueta por encima y se la entregó a las mujeres sin abrir la boca.
Después volvió a su lugar. Junto a la puerta.
Un metro y algo de mí. Aquella noche aprendí a distinguir, en la casa de mi padre, a los hombres que me miraban de los hombres que me guardaban.
Y el que hacía las dos cosas era el que fingía no hacer ninguna.
No pensé en él durante el resto del viaje. Lo decidí, que es lo contrario.
La verja había dejado de ser una verja. Ahora era un puesto: dos hombres con chaleco debajo del abrigo, un fusil mal disimulado contra una pierna, un tercero dentro de la garita donde antes solo se guardaban los rastrillos.
El de la cancela se inclinó hacia la ventanilla de Boris, me miró, y vi el momento exacto en que decidió que yo era un problema de otro.
Subimos por la cuesta de pinos. La casa apareció donde siempre, con humo en la chimenea y el lago detrás, plano y oscuro. Conté los coches del claro: siete, sin los dos nuestros. La dacha de mi infancia cabía en tres.
Y entonces vi la silla.
La mecedora del porche, la de mi padre, estaba partida.
Alguien la había recogido del suelo y apoyado contra la pared, con las dos piezas del respaldo juntas, igual que se recoge lo que todavía no se atreve uno a tirar.
Una silla así no se rompe por accidente: la había roto alguien con las manos, y otro alguien, después, la había recogido con vergüenza.
Una casa se lee igual que una sala de exposición. Lo que está torcido cuenta más que lo que cuelga recto.
Bajé del coche. Olía a leña y a pino mojado, el olor que me ordena el pulso. En el porche, una pelirroja alta fumaba con un abrigo de hombre sobre los hombros. Me sostuvo la mirada con oficio de periodista o de policía: catalogando, no curioseando.
—Tú eres Viktoria.
—Y tú no.
Soltó el humo por la nariz, casi una risa.
—Diana. —Una calada—. Te diría bienvenida a casa, pero llevo un tiempo aquí dentro y «bienvenida» no es la palabra.
—¿Cuál es la palabra?
Se lo pensó de verdad, que es más de lo que suele hacer la gente con mis preguntas.
—Pregúntamelo el domingo.
—¿Y tú qué eres? ¿Periodista o policía?
—Periodista. Reformada a medias. —Señaló la casa con la barbilla—. Ahí dentro hay de las dos cosas, por cierto. Tú sabrás a quién le cuentas qué.
El sábado lo vota la familia, me diría mi hermano una hora más tarde. Pero eso yo aún no lo sabía, y la frase de Diana se me quedó dentro como se queda una etiqueta mal escrita junto a un cuadro bueno.
Mi madre no salió a recibirme. La vi por la ventana de la cocina, de espaldas, cortando algo que no necesitaba cuchillo. Las mujeres de mi casa cocinan y limpian cuando el mundo se rompe. Es su manera de gritar.
Dentro, la casa estaba llena y en silencio. Mala combinación. Una mujer menuda cruzó el pasillo con un botiquín a cuestas y andares de quirófano. Se paró al verme y me midió la cara con un vistazo profesional.
—¿Has comido? —preguntó, sin presentarse.
—En el avión.
—Eso no es comer. En la cocina hay sopa. Tómatela. —Y siguió a lo suyo, pasillo adelante.
Por la puerta entreabierta del comedor vi vendas, gasas, un gotero plegado contra la pared, la mesa grande de roble convertida en otra cosa.
Quien fuera aquella mujer, llevaba días cosiendo a los míos.
En el salón, junto a la chimenea, mi hermano Dimitri.
Los nudillos pelados, la sonrisa apagada.
Miré sus manos y miré, sin querer, hacia el porche. Las cuentas salían solas.
Me abrazó fuerte y corto, como se abraza en los entierros.
—Vitya. —Nadie me llamaba así desde papá—. ¿Qué cojones haces aquí?
—He venido a veros. Estáis todos guapísimos.
—Anda que… —Sacudió la cabeza, y por un segundo fue otra vez el hermano que me enseñó a pegar con el codo y no con los dedos—. Nikolai está en el despacho. No le va a hacer gracia.
—Por lo que veo, lleváis una semana sin que os haga gracia nada.
No contestó. En mi familia, cuando Dimitri se queda sin chiste, ya sabes la profundidad del agujero.
—¿Te pongo algo? —lo intentó otra vez, sin fe—. ¿Café, vodka, un abogado?
—Quiero a mi hermano. Cinco minutos.
—Pues vas a tener al pakhan. —Me apretó el hombro al pasar—. Tú avisada estás.
Busqué a Iván con la mirada y no estaba.
Tampoco Roman. En la escalera, una chica con un portátil bajo el brazo y los auriculares al cuello se detuvo al verme.
Un escalón por encima de mí, sin moverse.
Me aguantó la mirada un instante de más.
Culpa y desafío a partes iguales, sin que ganara ninguno.
No nos presentó nadie. Subió, y la oí cerrar una puerta con suavidad, que es como cierran las puertas los que han dado un portazo hace poco.
Toda la casa olía a eso. No a duelo. El duelo es limpio, ordena, junta.
Esto era otra cosa: gente que no se mira, conversaciones que se apagan en los marcos de las puertas, café recalentado tres veces porque nadie se acuerda de hacerlo nuevo.
Vergüenza. La vergüenza desordena una casa mejor que un registro.
Seis años fuera para volver justo a esto: a ver a los míos evitarse por los pasillos de la casa donde papá nos enseñó a no agachar nunca la cabeza.