El Leal (Bratva Sokolov nº 6) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

El despacho seguía siendo el de mi padre con otro hombre dentro. Nikolai me recibió de pie detrás del escritorio, claro. Mi hermano lleva años sin sentarse delante de nadie: necesita ver la habitación entera, las salidas, las manos de todos. Conmigo también. Sobre todo conmigo.

Cerré la puerta.

—Deberías estar en Londres.

—Y tú deberías haberme llamado tú. No mamá. Tú.

—No había nada que pudieras hacer desde allí.

—Llevo seis años sin poder hacer nada desde allí, Kolya. Esa era la gracia, ¿no?

Giró el reloj de papá en la muñeca. Media vuelta exacta. Mi hermano no sabe que hace eso cuando está decidiendo qué versión contarte.

—¿Cuánto sabes?

—Sé que atacaron la casa. Sé que no ha muerto «nadie de sangre».

Sé que ahí fuera hay siete coches y un fusil en la garita de los rastrillos, que Dimitri tiene los nudillos pelados y la mecedora de papá está rota, que mamá lleva en la cocina desde por la mañana y que en el comedor hay material de hospital.

—Me senté sin que me lo ofreciera, en el sillón de las visitas, porque sentarme era mi manera de decirle que no pensaba irme—.

Lo demás vas a contármelo tú. Entero. Me he tragado nueve horas de avión y veinte años de hacer la pregunta equivocada en esta familia.

Me miró un momento largo. Por primera vez desde que entré lo vi dudar entre el hermano y el otro. Ganó el otro. Casi siempre gana el otro.

—Hace cinco noches vinieron a por la casa. Dieciséis hombres de Zakharov, de noche, por la línea del lago. Los paramos. —Una pausa del tamaño de dos nombres—. Perdimos a Lyova y a Marat.

Lyova, que me guardaba las pelotas de tenis que se iban al agua. Marat, que cantaba fatal y alto. Me obligué a no cerrar los ojos.

—¿Y ellos?

—Once muertos. Grigori no: lo tuvimos a tiro en el embarcadero y se nos fue por el lago con un balazo encima.

—Lo dijo sin subir la voz. Mi hermano baja la voz a medida que las cosas se vuelven irreversibles—.

Vivo y avisado, que es peor. Su padre, todavía no.

Así que ahora es la guerra de verdad. La última. Y vamos a acabarla nosotros.

—¿Acabarla cómo? Zakharov tiene Chicago entero.

—Tenía. Ha perdido a once hombres, la cara delante de los suyos, y por poco al heredero. Y a según qué hombres no se les mata con balas. Para eso también hay un plan.

—¿La rubia del pasillo? ¿La fiscal?

—Lena. —El nombre le salió de otra parte de la voz, y eso también era información—. Veo que la casa entera ha desfilado ya por delante de ti.

—La casa entera menos los que me importan. ¿Dónde están Iván y Roman?

—Trabajando. —Y la palabra cayó como una persiana—. Has venido en mitad de una guerra, Viktoria. Aquí ya nadie está donde te lo dejaste.

—Ya. Eso lo he visto en el porche.

Encajó lo de la mecedora sin mover una ceja. Casi.

—¿Cómo llegaron dieciséis hombres hasta el lago, Kolya?

Ahí estaba. La pregunta que la habitación llevaba esquivando desde que abrí la puerta. Nikolai rodeó el escritorio despacio y se apoyó en el borde, frente a mí, los brazos cruzados. De cerca se le veía el precio: gris en la piel, los ojos de quien duerme por turnos.

—Porque durante tres años alguien les estuvo contando lo que hacíamos —siguió—. Rutas, cuentas, costumbres. Cada golpe que nos dieron llevaba nuestra letra dentro. Lo cogimos hace una semana.

—¿Quién?

Lo pregunté por preguntar. Una parte de mí llevaba seis años con el abrigo puesto, esperando una llamada con esa música.

—Sasha. —Mi hermano no aparta la mirada cuando dispara—. Sasha Morozov es el traidor. Está abajo, en el sótano. Esposado.

El reloj de pared dio la media. La nieve seguía sin cuajar contra la ventana. Y yo me oí decir, con una voz plana que no acabé de reconocer:

—¿Dónde está?

Nikolai parpadeó. Es poco, en otro hombre. En el mío es un mueble cambiado de posición.

—¿Me has oído?

—Te he oído. Te he preguntado dónde está.

—Te acabo de decir que el hombre que se crió en esta casa lleva tres años vendiéndonos. Que por su información casi os matan a todos. Que Lyova y Marat están muertos. ¿Y tu pregunta es esa?

—¿Lo tenéis aquí?

Se hizo un silencio espeso, de los que pesan en la nuca. Nikolai descruzó los brazos.

—¿Por qué preguntas eso, Viktoria?

—¿Qué ha dicho él?

—No me contestes con otra pregunta.

—¿Qué. Ha. Dicho.

Nos miramos como no nos mirábamos desde el funeral de papá. Él midiéndome. Yo dejándome medir, que es la forma más vieja que tengo de mentirle.

—Nada —dijo al fin—. Tres días sin abrir la boca. No se defiende. No niega. No pide agua. Nada. —Volvió a girar el reloj, media vuelta—. El sábado lo vota la familia. Sabes lo que significa.

—¿Quiénes votáis?

—La familia.

—Yo soy la única Sokolova de sangre que queda además de mamá, Kolya. Si hay voto, tengo silla.

—Tú acabas de bajarte de un avión.

—Y tú acabas de decirme que esto es cosa de la familia. A ver si nos aclaramos.

Se frotó el puente de la nariz. Dos segundos. En mi hermano, una rendición parcial.

—Eso también lo hablamos mañana.

Lo sabía. En mi casa, el verbo «votar» solo tiene un resultado cuando la palabra de al lado es «traidor».

—Quiero verlo.

—No.

—Nikolai.

—No vas a bajar a ese sótano. —La voz, un punto más baja todavía—.

Y mañana, cuando hayas dormido, vas a explicarme una cosa.

Por qué mi hermana, que lleva seis años sin pisar esta casa, se planta aquí sin avisar a los dos días de que cojamos al traidor.

Y por qué su primera pregunta no ha sido «cómo ha podido», como la de todos. Ha sido «dónde está».

Me levanté y recogí los guantes del brazo del sillón. En la galería se lo enseño a los nuevos el primer día: cuando no puedas controlar la respuesta, controla quién hace la última pregunta.

—Mañana. Descansa tú también, Kolya. Estás gris.

Salí antes de que decidiera que la conversación no había terminado.

En el pasillo me crucé con una mujer rubia con un expediente bajo el brazo, traje de chaqueta en mitad de los Catskills, el pelo recogido tan tirante que tiraba de toda la cara hacia el orden.

Nos reconocimos sin habernos visto nunca: ella era la fiscal de la que hablaban hasta los periódicos de Londres, la mujer de mi hermano. Yo era el apellido del expediente.

—Tú debes de ser la hermana.

—Y tú la que va a meter a Viktor Zakharov en una sala federal.

Se le afiló la boca en un gesto que no llegaba a sonrisa y prometía bastante más.

—Si me dejan terminar de construirlo, sí.

—¿Y te dejan?

—Esta semana, no. —Se recolocó el expediente bajo el brazo—. Esta semana todo el mundo mira hacia el sótano.

Lo dijo sin morbo, con un cansancio técnico, y me cayó bien sin pedirme permiso.

—Pues que te dejen. En esta familia sobran balas y faltan sentencias.

Me miró entonces de otra manera, recolocándome en su archivo, y yo seguí pasillo adelante antes de que también ella me hiciera la pregunta de la casa entera: qué haces tú aquí.

Mi cuarto estaba como lo dejé. Nadie redecora el cuarto de la hija a la que mandó fuera por su bien: lo conservan intacto, como una coartada.

La cama estrecha. El flexo verde. La lámina de un Vermeer clavada con cuatro chinchetas, la mujer leyendo una carta junto a la ventana, que mi padre me trajo de un viaje sin saber que me estaba eligiendo un oficio.

Pasé el dedo por el borde del escritorio.

Sin polvo. Mamá. Seis años limpiando un cuarto vacío.

Subí la maleta a la cama y eché el pestillo, costumbre de Londres.

El móvil había muerto en algún punto de la Thruway; lo enchufé y resucitó con cuarenta y una llamadas de la galería, dos mensajes de mi casera y ninguno de esta casa.

Lo puse bocabajo. Durante un rato no encendí la luz.

Dejé que el cuarto volviera a aprenderse mi peso, los muelles, la respiración.

Abajo sonaban platos, una puerta, el generador.

Una casa en guerra suena igual que una casa en paz, solo que nadie ríe.

Luego abrí la maleta.

Ropa para una semana, aunque no pensaba quedarme una semana: pensaba quedarme lo que hiciera falta. El neceser. Los guantes buenos. Y al fondo, envuelto en la bufanda gris, donde viaja desde hace seis años, el libro.

Un héroe de nuestro tiempo. Edición de bolsillo, en ruso, el lomo blanco roto de abrirse siempre por las mismas páginas.

Se lo presté el verano de mis diecisiete, porque una tarde lo sorprendí en el salón leyendo las contracubiertas de los libros de mi padre, de pie, sin atreverse a sacar ninguno del estante.

«Empieza por este», le dije, y lo cogió con cuidado y con hambre, que son dos maneras que no suelen caber juntas y en él cabían.

«Devuélvemelo cuando lo acabes.» No me lo devolvió.

Lo tuvo años en su cuarto, en la repisa, junto a la navaja y al despertador, y yo lo veía cada vez que pasaba por delante de su puerta y no decía nada, porque decirlo habría sido nombrar otra cosa.

La noche antes de irme a Londres, con la casa dormida y mis maletas hechas, entré en ese cuarto sin permiso.

Una cama hecha a tirón de manta, una silla, la navaja en el alféizar, el despertador.

Un hombre que duerme en un cuarto así no es un hombre sin pasado: es un hombre que ha decidido caber en una bolsa.

Cogí el libro de la repisa, dejé el hueco y me lo llevé a otro continente.

Las marcas de lápiz no son mías. Subrayaba apretando, en líneas rectas, con la paciencia de un hombre poco acostumbrado a que un libro fuera suyo.

Subrayó frases enteras del cuaderno de Pechorin, y no las que subraya todo el mundo.

Las otras. Justo esas en las que un hombre decide que no tiene derecho a lo que quiere y lo disfraza de estrategia.

En los márgenes no escribió ni una palabra.

Claro que no. Escribir en un margen es dejar huella, y él llevaba media vida entrenándose para lo contrario.

Seis años durmiendo con un libro robado en la mesilla. Sin contárselo a nadie. Ni a mi madre. Ni a Londres. Ni a mí misma, casi.

Lo dejé sobre la almohada y me quedé mirándolo mientras fuera terminaba de no nevar.

Por la ventana vi cruzar el claro al relevo de la guardia: dos linternas, cuatro palabras en ruso, los pinos quietos. Toda la casa vigilaba hacia fuera.

En algún punto bajo mis pies había un hombre esposado que llevaba tres días sin decir una palabra. Toda la casa creía saber por qué callaba un traidor.

Yo sabía por qué callaba él.

Y el sábado quedaba a cuatro días.