Capítulo 19 #2
—La galerista —dice entonces, jugando su última carta, porque ve que la de Marina no me tumba—.
Viktoria. La hija de Sokolov, vuelta de Londres.
¿Te crees que no sé lo tuyo con ella? Llevo semanas con un hombre allí haciéndole fotos.
En cuanto el viejo firmara, la cerraba. —Sonríe—.
A lo mejor todavía estoy a tiempo de dejarte sin ella antes de irme.
Sería lo justo, ¿no te parece? Que el perro se quede otra vez sin nada.
No muerdo. Es la jugada que le ha funcionado toda la vida —abrir una cuenta nueva para que el otro pierda de vista la que tiene delante—, y conmigo, esta noche, no le funciona, porque a Viktoria ya la cubre algo que Grigori no entiende ni entenderá nunca: un caso que se está montando solo, en una mesa, lejos de aquí, mientras él habla.
Su hombre de Londres se quedó sin firma que esperar hace una hora y todavía no lo sabe.
Pero no le doy ni eso. No le regalo la información de que llega tarde.
La información, esta vez, me la quedo yo.
—Esa cuenta ya está cerrada —digo—. Y, para tu desgracia, no la has cerrado tú.
Por un segundo, uno solo, a Grigori se le borra la sonrisa, porque esto no estaba en su guion.
Su juego de toda la vida es que el otro muerda, que el otro se hunda, que el otro acepte la cuenta envenenada y se quede paralizado cargándola sin rechistar.
Y yo acabo de hacer delante de él lo que no sabe manejar: separar mi culpa de la suya, quedarme con la mía, justa, y devolverle el resto sin temblar.
El hombre que durante años cargó todas las deudas del mundo aprende, precisamente esta noche, precisamente en esta oficina rota, a devolver la que nunca fue suya.
He tardado lo que he tardado. Más vale aquí que en ningún sitio.
—Vaya —dice Grigori, y la sonrisa le vuelve, pero más fina, ya sin rastro de gracia—. El perro ha aprendido a hablar.
Levanta el arma del todo. Y se acabó el postre.
No voy a contar una pelea bonita porque no la hay.
Las peleas bonitas son de Dimitri, que tiene escuela y le sobra estilo, o de Roman, que mete una bala a doscientos metros y se va a desayunar tan tranquilo.
Lo mío no es eso. Lo mío es lo que hace un crío de la calle que sobrevivió a base de no fallar ni una sola vez en quince años: feo, corto, sin respiro y sin gusto.
Grigori es más joven que yo, más rápido, y le gusta esto, que es lo peor de todo, porque a un hombre al que le divierte pelear no lo paras metiéndole miedo.
Su primer disparo me pasa rozando la oreja y se lleva un trozo de pared a mi espalda.
El segundo no llega a salir, porque para cuando quiere apretar ya estoy encima, demasiado cerca para un arma larga, que es el terreno donde gano yo: pegado, sucio, contra el cuerpo, donde no hace falta puntería sino estómago para aguantar lo que duele.
Rodamos por el suelo de cemento. Le doy con el codo, con la frente, con la rodilla, con todo lo que en una pelea de verdad decide y en ninguna academia se enseña.
Él me devuelve dos por cada uno que le meto y me clava el codo en el costado, justo en el sitio malo, el que arrastro herido desde antes, y el dolor me sube por dentro como una factura que vence de golpe y de la que no había guardado para pagar.
Lo anoto. Sigo. Un cuerpo aguanta más cuentas abiertas de las que parece, pero las cobra todas juntas al final, no antes, y esta noche el final todavía no me conviene.
Hay un momento, en mitad de la pelea, en que Grigori me tiene contra el suelo y se toma su tiempo, porque no sabe pelear sin saborearlo, y eso, que es lo que lo hace temible, es también lo que esta noche lo va a enterrar.
Me habla mientras me golpea. Me dice que esto le sabe a poco, que esperaba más del perro estrella de los Sokolov, que Marina aguantó más que yo.
Quiere que me hunda. Quiere que la rabia me ciegue, porque un hombre ciego de rabia falla, y eso lo sabe él y me lo enseñaron a mí los mismos portales que a él.
Así que no me ciego. Cobro callado. Cada cosa que escupe la anoto en su cuenta, no en la mía, y sigo midiendo el único dato que importa en una pelea: dónde tiene el peso, dónde el arma, cuándo se va a confiar.
Y Grigori se confía cuando se ríe. Siempre se confió cuando se reía; lo vi hacerlo durante años, desde el otro lado, sin poder avisar a nadie.
Esta madrugada, ese gesto suyo juega por fin en mi columna.
Me arranca el arma principal de un golpe seco en la muñeca.
La oigo caer y rodar lejos, fuera de la partida, y con ella se va mi ventaja.
Y entonces, ahí, en el suelo, con Grigori encima riéndose otra vez, me llega la factura de la mala decisión de esta noche, la del libro: que la reserva la llevo en el sitio lento, el de fuera, porque el bueno lo ocupa Lérmontov.
Tardo. Tardo lo que un hombre con la vida en juego no se puede permitir tardar nunca.
Grigori lo nota, va a por mi garganta con las dos manos, me cierra el aire, y por una vez en la vida calculo mal el tiempo.
Por una vez ese error casi me cuesta la cuenta entera.
Casi.
Saco la reserva del sitio malo medio segundo antes de que se me apague la luz.
Medio segundo. Toda la cuenta de la noche se decide en ese descuento mínimo, en la resta entre lo que yo tardo de más por el libro y lo que él tarda de más por reírse en vez de rematar.
Gano por su risa. Disparo pegado, contra el cuerpo, sin distancia, sin elegancia, sin nada de lo que un tirador profesional llamaría un tiro.
Lo hago como hago todo lo que importa: feo y de cerca.
Grigori deja de pesar de golpe.
Lo primero, antes que el costado, antes que nada, es asegurarme de que no queda nadie en pie.
Lo hago por costumbre, la que me ha mantenido vivo quince años: no te sientas a contar las heridas hasta saber que ya nadie va a aprovecharlas.
Recojo del rincón el arma principal, la que me arrancó de la muñeca.
Compruebo la escalera. Escucho. Solo el agua contra el muelle y el viento entrando por los cristales rotos.
La fábrica está limpia. Los dos de abajo, quietos.
Grigori, quieto. Por fin, después de toda la noche, puedo bajar la guardia, y es justo entonces, cuando me lo permito, cuando el cuerpo aprovecha para pasarme la factura entera que llevaba horas aplazando.
Lo aparto y me quedo sentado en el suelo, la espalda contra una máquina fría, respirando con una costilla que protesta a cada vez.
Él está al lado, quieto por fin, con la cara guapa quieta, sin sonrisa, sin gracia, sin nada de lo que tuvo en vida.
Muerto sin un gramo de gloria, como el perro rabioso que era, al que alguien tenía que parar y le tocó pararlo al perro de al lado.
Espero el alivio. Lo llevo años esperando, la idea de este momento exacto, la cuenta de Marina por fin a cero.
Y no llega. No hay alivio. Hay solo el peso raro de una cuenta cerrada que no me devuelve nada de lo que se llevó.
Porque eso es lo que no te cuenta nadie de saldar las deudas grandes: que saldarlas no las deshace.
Marina sigue muerta. La he cobrado, no la he recuperado, y la distancia entre esas dos palabras es justo todo lo que me ha costado años entender: que pagar no es arreglar, que hay facturas que se cierran solo para que dejes de mirarlas, no para que vuelva lo que te quitaron.
He tachado el nombre de mi columna. El hueco que deja sigue ahí, idéntico, vacío.
Me quedo mirando a Grigori muerto y espero sentir algo que se parezca a ganar.
Llevo años imaginando que cerrar esta cuenta me cambiaría por dentro, que me dejaría más ligero, que me devolvería un pedazo del hombre que era antes de venderme a nadie.
Y no. Sigo siendo el mismo, solo que con una herida nueva en el costado y una columna con un nombre tachado.
La venganza, dicen los que sienten, sabe a algo.
La contabilidad no sabe a nada. La contabilidad cuadra o no cuadra, y esta noche cuadra, y cuadrar no es estar en paz.
Eso no me lo avisó nadie. O sí me lo avisaron, y no quise hacer la cuenta hasta tenerla cerrada delante.
Iván no va a saber nunca que esta cuenta era suya tanto como mía.
Que la mujer por la que lleva años callado por dentro cayó por un dato que solté yo sin querer.
No se lo voy a decir. Esa es la única parte de toda esta deuda que me quedo entero, sin devolvérsela a nadie, porque contársela a Iván no le devuelve a Marina y a mí me arranca el último sitio limpio que me queda con él.
Hay cuentas que se cierran calladas, enterradas, sin recibo. Esta es una. Me la llevo.
El costado va mal. Me toco el costado y saco los dedos rojos, y el cuerpo, que llevaba toda la noche aplazando el pago, empieza a pasarme la factura en serio.
Frío. La fábrica da vueltas despacio alrededor.
La sangre se va por un lado y conmigo se va, poco a poco, la fuerza de levantarme.
Sé lo que es esto. Lo he visto en otros.
Es el momento exacto en que un hombre decide, sin decirlo, si se queda o se va, y casi siempre el cuerpo decide antes que la cabeza.
Y aquí, justo aquí, la parte vieja de mí, la que vino a quedarse, levanta la voz por última vez, y nunca la había oído tan razonable.
Me dice que ya está. Que la cuenta de Marina está cerrada, que Viktor cae solo con el caso de Lena sin que yo mueva un dedo más, que mi trabajo de esta noche está hecho y bien hecho.
Que sentarme contra esta máquina y dejar que el frío me cierre los ojos sería lo más limpio, lo más barato, lo más mío.
Acabar saldado, a la par, sin deberle nada a nadie.
La salida que llevo años queriendo y no me atrevía a buscar de frente, servida ahora en bandeja por una herida que ni siquiera he tenido que provocarme.
Y entonces me acuerdo del peso del pecho.
Saco el libro. El de Lérmontov. El de los diecisiete, el que subrayé yo a lápiz, el que ella me robó y guardó seis años al otro lado del mar y anoche me devolvió para obligarme a devolvérselo.
Está manchado ahora. De mí. De mi propia sangre, que ha pasado de la chaqueta a la cubierta y se ha metido entre las páginas.
Lo miro, y hago por fin la cuenta de verdad, la que no me había hecho falta hacer hasta este instante porque hasta este instante creía que la tenía clara.
Si me quedo aquí, no salgo a cero. Esa es la trampa, y la veo entera por primera vez, tirado en el suelo de una fábrica con un muerto al lado y un libro manchado en la mano.
Llevo años creyendo que morirme pagando me dejaba limpio, a la par, sin deber.
Mentira. Si me muero esta madrugada no salgo saldado: salgo debiendo, y debiendo a la peor acreedora, la que no perdona una.
No le debo a Marina, que ya está cobrada.
Le debo a ella. Le dejo a Viktoria una factura que no se puede pagar de ninguna manera, la del que se va sin avisar y deja al otro abonando intereses el resto de su vida sobre un principal que no devuelve ya nadie.
Me lo dijo anoche, con su idioma metido dentro del mío, y yo no lo entendí del todo hasta este suelo: que mi muerte no me cierra a mí una cuenta, le abre a ella una. Y la suya no tiene última página.
Así que la cuenta me sale al revés de como la traía al entrar.
No me puedo quedar. No porque me lo merezca —no me lo merezco, eso no lo ha cambiado la noche—, sino porque tengo con ella una deuda que solo se paga de una manera, y no es muriéndome limpio en un almacén.
Es volviendo sucio. Es llevándole su libro de vuelta, manchado y todo, y poniéndoselo donde ella pueda cogerlo, y diciéndole que ya está, que vengo a devolverlo, que va a tener que aguantarme vivo si quiere cobrárselo en persona como me exigió.
Me apunto en la columna de los que vuelven.
Y por una vez no me apunto ahí porque valga lo suficiente: me apunto porque se lo debo.
Es la misma lógica de siempre, la única que sé llevar, girada por fin hacia el lado donde se vive.
Me guardo el libro en su sitio, sobre el pecho.
Me aprieto el costado con lo que queda de chaqueta.
Me cuesta lo que no está en ningún libro ponerme de rodillas: el cuerpo, que llevaba toda la noche fiándome el pago, ahora me lo cobra de golpe y con recargo.
Pero un hombre que se ha apuntado a deber en vez de a pagar tiene un motivo para moverse que no tiene el que se ha apuntado a quedarse en el suelo.
Me apoyo en la máquina. Aguanto. Y hago lo último que me queda esta noche, lo que años de vigilar cada palabra que decía me habían enseñado a no hacer jamás sin pensarlo tres veces: hablo.
Cojo la radio. La enciendo. Sé que al otro lado hay una habitación llena de gente esperando una voz, y sé de sobra cuál de todas las que esperan es la que lleva una hora contando los segundos de uno en uno. Aprieto el botón. Me sale ronca, de haber cobrado y de estar sangrando, pero me sale.
—Hecho.
Y luego, porque anoche me lo pidió a secas, sin trampas, sin el «cuando esté hecho» con el que intenté escaparme, le doy por fin la palabra que no le di entonces y que ahora, manchado, vivo y por una vez sin trampa, puedo darle entera:
—Vuelvo.