El Leal (Bratva Sokolov nº 6) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Llevaba un rato mirándola: Natasha se había quedado muy quieta, escuchando algo que solo oía ella. Dejé la radio en la mesa, crucé el salón y le hice la pregunta para la que llevaba toda la noche guardándola.

—¿Qué hace tu padre cuando lo arrinconan?

—Va a ir a por un juez —dijo, como si solo hubiera estado esperando a que alguien se lo preguntara con esas palabras—. Es lo que hace siempre cuando lo arrinconan.

No huye, no negocia, no se esconde. Compra a alguien de dentro de la ley y le da la vuelta a la mesa. Lo he visto hacerlo tres veces. Mi padre no se sabe otra salida.

Lo dijo así, «mi padre», sin pestañear, y entendí lo que le costaba decirlo de ese modo, porque esa noche su padre era el cuadro que estábamos descolgando entre todas.

—Lena ya lo ha bloqueado —contestó Mila, y le pasó algo por la pantalla a Natasha, que lo leyó y asintió despacio—.

Contaba con eso. Llevaba semanas dejando el camino del soborno tan vigilado que, en cuanto Viktor lo intente, se mete él solo en una acusación nueva.

Es lo bonito del caso de Lena: cada salida que le queda a Viktor es otra trampa.

—Entonces no tiene salida —dijo Natasha. Y se le notó en la voz que no era alivio. Era otra cosa, más rara y más honda: la de quien ve caer por fin a un monstruo que además es de su sangre.

Cayó también, esa misma madrugada, el hombre de Londres.

Llevábamos días sabiendo de él: un activo de Grigori que no estaba en pausa, que había seguido mis pasos tres semanas antes de que yo volviera de Inglaterra y esperaba, agazapado, una sola cosa para actuar: la firma de Viktor.

Por una superstición de viejo bratva, Viktor no firmaba nunca una muerte teniendo una operación abierta sin cerrar; mientras la guerra siguiera viva, la orden contra mí no llegaba, y yo seguía viva por eso, por la cosa más absurda del mundo: porque ganar demasiado pronto me mataba.

Aquella madrugada se deshizo la trampa al revés.

Viktor cayó antes de poder firmar nada. La firma que el hombre de Londres esperaba ya no iba a llegar nunca.

Mila cerró también esa cuenta con la red financiera, y el que me vigilaba al otro lado del mar se quedó sin orden, sin paga y sin nadie que lo respaldara, igual que el resto.

No me dio miedo enterarme de que había existido.

Me dio una sensación más fría: la de mirar, desde el lado seguro, el filo que me había estado rozando el cuello todo este tiempo sin que yo lo notara.

Y así, ficha tras ficha, sin que ninguno de los nuestros disparara una sola bala contra él, Viktor Zakharov —el hombre que había enterrado a más gente que ninguno, el que firmaba las muertes y luego cenaba— se quedó sin dinero, sin prensa, sin juez y sin salida.

Cayó por una firma, una publicación y una cuenta congelada.

Por papeles. Por la cabeza de unas cuantas mujeres a las que su mundo nunca tuvo por un arma.

Lo miré caer y pensé en lo que diría Sasha si estuviera aquí, con su manera de contar el mundo: que la deuda más grande de la saga, la del viejo, la estaba cobrando una fiscal con un expediente, no un soldado con un arma.

Que se podía cerrar una cuenta de sangre en papel timbrado.

Que a un hombre así no lo paras matándolo, lo paras dejándolo vivo y sin nada.

Lo pensé con su voz, no con la mía, porque era él quien sabía leer una guerra en columnas, y esa noche, por una vez, sus columnas y mi cuadro contaban lo mismo.

Y sin embargo. Toda esa limpieza —la guerra ganada sin sangre, el viejo cayendo por una firma, el imperio hecho pedazos en silencio mientras amanecía— tenía un solo punto donde se manchaba, y era justo el que a mí me importaba.

Porque había un frente, uno, que no se ganaba con papeles: el de Sasha.

El suyo seguía siendo de los de antes. De cuerpo.

De sangre. Un hombre solo contra otro en una nave a oscuras.

La familia entera estrenaba esa madrugada una forma nueva de vencer, más fría, sin muertos propios, y él, el que la había hecho posible sin saberlo, se quedaba fuera de ella, pagando a la vieja usanza, en la única moneda que sabe pagar.

Ganábamos limpio en todas partes menos en la única que me quitaba el sueño.

Mientras el mecanismo se completaba en la mesa, la radio del salón iba soltando lo otro: el frente físico, el de los hombres, el que esa noche, según el propio Sasha, no ganaba nada y solo cubría.

Y yo, que no podía hacer nada con ninguno de los dos frentes, me sorprendí pegada al pequeño altavoz, no por lo que decían, sino por las voces que iban diciéndolo.

Porque cada voz que entraba por esa radio era, durante medio segundo, antes de reconocerla, la posibilidad de que fuera la suya.

Entró Dimitri, seco, dando una posición. No era él.

Entró Nikolai, una orden de tres palabras que no llegué a oír. No era él.

Entró Alexei, con esa calma de oficina que no pierde ni bajo el fuego, confirmando que el frente legal tenía cubierto el flanco que le tocaba.

Entró un gruñido que solo podía ser Roman.

Entró, mucho más tarde, Iván, preguntando por una posición que no era la de Sasha, y a mí se me encogió algo al oírlo, porque Iván era el que le había dado el arma y la orden de volver, y si Iván preguntaba por otros era porque del de Sasha tampoco sabía nada.

Y entró Sara. Sin posición y sin orden: con una pregunta, la única que hacía ella esa noche, repetida cada cierto rato como un latido.

«¿Tengo entrantes?» Quería saber si le llegaban heridos, cuántos, por dónde, para tener el ala preparada.

Cada vez que lo preguntaba, alguien le contestaba un número, y el número, esa madrugada, era la cuenta de los nuestros que habían dejado de estar enteros.

Se lo oí preguntar tres veces. Y las tres veces, mientras Mila le pasaba el parte, me acordé de una cosa que Sasha había dejado caer la víspera sin querer, medio en broma, con esa manera suya de decir lo más grave quitándole importancia: que a lo mejor el que terminaba la noche en la mesa de Sara era él.

Lo había dicho para no decir lo otro. Yo lo había oído entero.

Y ahora, cada vez que Sara preguntaba por sus entrantes, yo rezaba dos cosas a la vez y contrarias: que no entrara ninguno, y que, si tenía que entrar alguno, fuera él.

Vivo en la mesa de Sara era infinitamente mejor que entero en ninguna parte.

Es lo que aprende una cuando quiere a un hombre que sale a buscarse lo peor: a negociar a la baja con el miedo.

Una por una fueron entrando todas las voces de esta familia.

Todas menos la que yo escuchaba. Esperar una voz por una radio es oír, a cada momento, todas las que no son la suya, y cada una marcaba, por contraste, el sitio exacto del silencio.

El hueco con su forma. El único nombre que la radio no decía.

—Oye, deja de mirarla —dijo Natasha, sin reñirme, desde la mesa—. No va a sonar antes por que la mires.

—Ya lo sé.

—Lo sé que lo sabes. —Se levantó y vino a ponerse a mi lado, junto a la ventana por la que empezaba a entrar la primera luz, gris, sin fuerza todavía. No me tocó. Se quedó ahí, conmigo, mirando los pinos, las dos calladas.

De todas las mujeres de esta familia, era la única que esa noche sabía lo que yo estaba sintiendo, porque ella había querido también a un hombre que entró en una casa enemiga creyendo que no merecía salir vivo. Las dos sabíamos lo que era amar a alguien empeñado en una muerte que se cree justa.

—No suena —dije. No era una pregunta. Era lo único que llevaba media hora pensando.

—No va a sonar hasta que él quiera que suene. Sasha no es de los que avisan por el camino. Es de los que llaman cuando ya está hecho. O no llaman.

—Eso no ayuda, Natasha.

—Ya. —Se quedó un momento mirando el bosque—.

Pero te voy a decir una cosa que aprendí tarde, con Roman, y que ojalá me hubiera dicho alguien a tiempo.

A un hombre así no lo traes de vuelta pidiéndoselo.

Puedes suplicarle toda la noche que vuelva, que no sirve de nada, porque un hombre que se ha metido en la cabeza que su sitio está debajo de la tierra no oye una súplica: la oye como un peso más, como una cosa que le falla a alguien si él se queda.

—Se volvió hacia mí—. La única manera de traerlos es darles algo que tengan que devolver.

No algo que perderían si mueren. Algo que quedaría a deber.

Una cosa que no puedan dejar a medias sin convertirse justo en lo que no soportan ser: alguien que no paga.

La escuché y sentí que se me cerraba la garganta, porque Natasha acababa de ponerle palabras a algo que yo había hecho a ciegas, sin saber que lo hacía, hacía apenas unas horas, en el porche de esta misma casa.

—Ya lo he hecho.

Natasha me miró.

—Le di mi libro. El de mi padre. El que él subrayó cuando teníamos diecisiete años y que yo le robé y guardé seis años en Londres.

Se lo devolví anoche, pero no para que se lo quedara.

Se lo devolví para que tenga que devolvérmelo.

En mano. —Tragué—. Y le dejé empezada una carta que solo puede terminar él.

Las dos cosas las lleva encima ahora mismo.

En el bolsillo de dentro. No le di nada que pueda perder.

Le di dos cosas que quedan a deber si no vuelve.

Natasha asintió despacio, y le pasó por el gesto algo parecido a una sonrisa, una sonrisa sin alegría, de puro reconocimiento.

—Entonces lo has hecho bien —reconoció—. Mejor que yo. Yo a Roman se lo pedí. Tú a Sasha se lo has cobrado por adelantado. —Volvió a mirar el bosque—. Un hombre que lleva en el pecho una deuda que solo salda volviendo, vuelve. No por él. Porque no sabe vivir debiendo.

No contesté. Me quedé mirando la luz que subía entre los pinos y pensé en el bolsillo interior de su chaqueta, el izquierdo, el que queda sobre el corazón, donde sé que un soldado lleva la última bala y donde sé que él, esa noche, lleva mi libro.

Lo pensé y no supe si me daba esperanza o más miedo, porque significaba que había salido sin la salida limpia bien colocada.

Que se había jugado a volver. Y un hombre que se juega a volver puede perder.

La confirmación llegó cuando el sol ya estaba del todo fuera, y la trajo Mila con una sola frase, sin levantar la voz, porque en esta casa las cosas grandes no se gritan.

—Detenido —anunció—. Viktor Zakharov. Hace cuatro minutos. En su casa, sin un disparo. No sale con fianza; el caso es de los que no se pagan. Se acabó.

En el salón nadie aplaudió. Nadie se abrazó.

Habíamos ganado la guerra, la habíamos ganado de una manera que ningún Sokolov de los anteriores habría firmado —con papeles, con prensa, con una tecla y con la cabeza de cinco mujeres—, y el salón se quedó en silencio, porque todos sabíamos que faltaba la mitad de la noche por confirmar.

Viktor caído. Grigori, no. La cabeza de la organización, fuera. Pero el frente de Sasha, mudo.

Natasha me apretó el brazo una vez, fuerte, y volvió a sentarse con Mila, a seguir las réplicas de lo que se nos venía encima ahora que el viejo estaba dentro: las detenciones de abajo, los soldados sin paga, el reparto del miedo en la otra orilla. Yo me quedé de pie junto a la radio.

La cogí. Pesaba lo que pesa cualquier radio, nada, y a la vez todo, porque era lo que me unía al sitio donde estaba él.

La encendí y la apagué y la volví a encender, por hacer algo, como si por mirarla fuera a hablar antes.

Llevaba una hora muda. Una hora es mucho tiempo cuando un hombre ha salido a saldar una cuenta a cuerpo limpio y se ha dejado en casa la costumbre de querer vivir.

Pensé, contra mi voluntad, en todas las maneras en que una radio se queda muda.

La buena —que él esté entero, escondido, callado a propósito hasta poder hablar sin descubrirse— y las otras, que no me dejé terminar de pensar.

La galerista que lee superficies se quedó esa madrugada sin oficio: no había superficie que leer.

No había cuadro que autentificar, ni firma debajo de la capa, ni cadena que reconstruir.

Había una caja de plástico en mi mano y un silencio dentro, y nada en el mundo que me dejara saber de qué lado del silencio estaba él.

Habíamos ganado la guerra. Tenía a Viktor Zakharov en una celda, su imperio en el suelo y a toda esta familia viva, y nada de eso me sabía a nada todavía, ni me iba a saber a nada, hasta que esa caja muda dijera una palabra con su voz.

Me senté en el suelo, la espalda contra la pared, debajo del mapa lleno de marcas que ya no servían para nada, y me puse la radio en el regazo. Y esperé. Era lo que esa madrugada no podía hacer por él y lo que me quedaba: esperar a que decidiera deberme la vuelta.

La luz subía. Los pinos se iban llenando de pájaros. Y la radio, en mi regazo, seguía sin decir nada.