Capítulo 17
Grigori ha movido primero, y eso, en mi forma de contar el mundo, es lo bueno de esta madrugada: el que mueve primero enseña la jugada.
Teníamos diez días de margen y nos los ha quitado de golpe, esta noche, adelantando el golpe para cogernos sin el caso de Lena cerrado.
Mala noticia. Pero un hombre que ataca antes de tiempo es un hombre con prisa, y la prisa, en cualquier cuenta, siempre se paga.
Grigori acaba de meterse en su columna una deuda que no había calculado: la del que se precipita.
Lo demás de la madrugada es todo malo. No teníamos cerrado el caso de Lena, no teníamos colocadas a las parejas, no teníamos la mitad de las cosas que un hombre quiere tener antes de salir a jugarse a la familia entera.
Lo que teníamos era un plan para dentro de diez días y una madrugada para ejecutarlo.
Así que hacemos lo que se hace cuando te adelantan la factura antes de tener el dinero: pagas con lo que llevas encima y rezas para que cuadre.
Nikolai lo ha entendido a la primera. Por eso, en vez de gritar, ha abierto el mapa y ha dicho una sola palabra: «Posiciones.
» Y la casa entera se ha puesto a improvisarle una guerra.
El salón de la dacha es otra vez la sala de operaciones, solo que esta vez no hay tiempo de hacerlo bonito.
El mapa sigue en la pared, lleno ahora de marcas nuevas, hechas deprisa, porque el plan limpio que teníamos se ha quedado en papel y estamos improvisando encima del que había.
Está toda la familia. Están todas. Y en el centro, contra mi voluntad y la de unos cuantos, estoy yo, porque resulta que el que sabe leer a Grigori de memoria es el que se pasó tres años siendo de los suyos.
Hay una ironía que no se me escapa, y creo que a nadie en la sala se le escapa tampoco, aunque nadie la diga: hace tres meses esta familia votaba si me mataba; hoy espera que le diga cómo no morir.
Es el ascenso más raro de mi vida, y el que peor me sienta, porque a un hombre al que de pronto necesitan ya no lo dejan pagar tranquilo.
Y los miro, uno por uno, mientras espero a que se callen para empezar a repartir, y hago la cuenta de lo que somos.
Nikolai, que me sacó de la calle y me prohibió tocar a su hermana.
Dimitri, que me enterraría por lo del joven Yura y que esta noche, sin embargo, va a obedecerme.
Alexei, que me lee como se lee un balance, sin cariño y sin error.
Roman, que no gasta palabras conmigo, pero tampoco las gasta con nadie.
Iván, el que me perdonó cuando le tocaba condenarme.
Y ellas, las seis, cada una con lo suyo.
Es la primera vez en tres años que estoy en una habitación con esta gente y no soy el problema.
Soy parte de la solución. Y no sé estar en ese sitio: llevo demasiado tiempo siendo lo otro.
Viktoria está en un rincón, sin meterse, de brazos cruzados, la espalda contra la estantería de su padre, la misma de la que hace trece años me sacó un libro y me cambió la vida sin saberlo.
No dice nada en todo el reparto. No le hace falta.
Su presencia ahí, callada, es la única cuenta de la sala que no aparece en el mapa y que, sin embargo, lo gobierna todo: yo no estoy repartiendo frentes para ganar una guerra.
Los estoy repartiendo para que ella siga viva y para volver a tiempo de devolverle un libro.
Lo demás —Viktor, Grigori, el caso— es la letra grande.
Ella es la letra pequeña, la que obliga.
Reparto los frentes. Y mientras los reparto, caigo en lo que estoy viendo, una cosa que en seis guerras de esta familia no había pasado nunca: las seis parejas a la vez. Cada una con su arma. Y ninguna de esas armas, salvo la mía, dispara.
—Escuchadme una vez, porque no hay tiempo de repetirlo —digo, y la sala se calla, que es lo bueno de que de repente todos dependan de ti—.
Esto no se gana a tiros. Metéoslo en la cabeza, sobre todo los que lleváis la vida entera ganando a tiros.
Esta noche los tiros son la tapadera. El golpe lo dan ellas.
Nosotros solo tenemos que aguantar de pie y vivos el tiempo justo para que les dé tiempo a darlo.
—Señalo el mapa sin tocarlo, la vieja costumbre—.
Os reparto. Por competencias, no por valor.
El valor esta noche sobra; lo que falta es puntería de la otra clase.
Lena lleva el golpe de verdad. El caso federal.
La carpeta que mete a Viktor Zakharov en una celda sin que se gaste una sola bala.
Llevo la vida entera en un mundo donde las cuentas se saldan con plomo, y resulta que la más grande, la del viejo, la va a cobrar una fiscal con un expediente.
Me cuesta creerlo y a la vez es lo más limpio que he visto nunca: una deuda de sangre, cobrada en papel timbrado.
Llevo la vida entera creyendo que las deudas grandes solo se cobran de una manera.
Que a un Viktor Zakharov, a un hombre que ha enterrado a tanta gente, solo lo paras enterrándolo tú primero.
Y esta noche una mujer con una carpeta me enseña que no, que hay forma de cobrarle al viejo todo lo que debe sin mancharse: metiéndolo en una celda donde se pudra despacio, que para un hombre de su mundo es peor que un tiro, porque el tiro es rápido y limpio y la celda es lenta y deshonra.
Lena no lo va a matar. Le va a hacer algo peor: lo va a dejar vivo y sin nada.
Empiezo a entender por qué Nikolai se casó con ella.
Diana cubre a Lena por el único sitio por donde un Zakharov se escapa siempre: comprando el silencio.
Tiene el reportaje montado, listo para salir en el segundo exacto en que el caso sea público, de modo que, cuando Viktor saque la chequera, ya no quede nadie a quien pagar.
La prensa es la krysha de los que no tienen krysha.
Lo he aprendido esta noche, mirándola trabajar.
Mila ha entrado en el dinero. En la red financiera de los Zakharov, en las cuentas con las que Grigori paga a sus soldados.
No la toca todavía: la tiene cogida, esperando, y en el momento en que arranque la operación corta el grifo.
Un ejército al que de repente no le llega la paga deja de ser un ejército y pasa a ser un grupo de hombres asustados con un fusil.
Mila va a ganar su parte de la guerra apretando una tecla.
Sara ha convertido un ala del hospital en un búnker para los nuestros.
La suya no es ofensiva. Es la que importa cuando todo se tuerce: el sitio al que volvemos los que volvemos rotos.
Cuento con ella sin decírselo, porque a lo mejor esta noche el que llega a su mesa soy yo, y prefiero no pensarlo en voz alta.
Natasha pone lo que no se compra ni se piratea: saber cómo piensan.
Vivió veinte años entre ellos. Sabe por dónde respira un Zakharov cuando lo arrinconan, qué hace su padre cuando le tocan el orgullo, dónde se mete Grigori cuando se cree perdiendo.
Es la única que conoce el terreno por dentro, y el terreno de dentro, en esta guerra, vale más que cualquier mapa de la pared.
—Natasha va con Roman, pero no en la línea. Detrás. Lejos del tiro. La quiero entera y pensando, no disparando, porque su cabeza vale más que diez fusiles esta noche.
Natasha asiente. Roman gruñe una cosa que en su idioma quiere decir «de acuerdo». Y Dimitri, que lleva toda la noche tragándose las ganas de discutirme, abre por fin la boca:
—¿Y tú? —pregunta—. ¿Quién te cubre a ti?
—Nadie. Yo no voy a un sitio donde haga falta que me cubran. Voy a un sitio donde lo que hace falta es que no vuelva nadie más que yo.
Y la familia —Nikolai, Dimitri, Alexei, Roman, Iván— cubre lo físico.
Las balas. Pero, y esto es lo que me cuesta meterme en la cabeza después de una vida entera, las balas, esta noche, no ganan nada.
Solo cubren. Tapan mientras la ley, la prensa, el dinero y el conocimiento hacen el trabajo de verdad.
En seis guerras esta familia ha ganado siempre a tiros.
Esta la vamos a ganar de otra manera. Y los tiros, por una vez, son lo de menos. Yo soy lo de menos.
Hace falta todo lo que tenemos esta noche. Todas las manos. Seis guerras ha tardado esta familia en aprender que no la salva el más fuerte, sino todos a la vez, cada uno con lo suyo. Lo aprende esta noche, con el reloj en contra. Más vale tarde.
Y eso es lo que cambia esta noche, lo que ningún Sokolov de las seis guerras anteriores habría firmado: que el frente decisivo no lo lleva un hombre con un arma, lo lleva una mujer con una carpeta.
Que las balas, lo nuestro, lo que esta familia ha sabido hacer siempre, esta vez van detrás, cubriendo, mientras la ley hace el trabajo limpio.
A un bratva de la vieja escuela esto le sonaría a rendición.
A mí, esta madrugada, me suena a la primera cosa inteligente que hace esta familia en seis guerras.
Se gana dejando de pelear como peleábamos.
Cuesta una vida entera aprenderlo, y se aprende, siempre, la noche en que ya no queda más remedio.
Hay un solo frente que sí es de balas, y me lo quedo yo.
Grigori. Alguien tiene que ir a por él de frente, sacarlo de en medio el tiempo justo para que el caso de Lena no se le caiga encima a una familia con el cabecilla todavía suelto.
Y voy yo, porque soy el único que conoce sus rutas, sus casas, su manera de moverse cuando se cree perdido.
Lo conozco porque pasé tres años informando a su gente.
La misma información que lo hizo peligroso me lo pone ahora a tiro.
Hasta eso se compensa, al final. Todo se compensa, si llevas la cuenta el tiempo suficiente.