El Leal (Bratva Sokolov nº 6) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

En un momento volvió la cara hacia la pared.

Es lo que hace cuando una cosa le toca por dentro más de lo que aguanta enseñarme: mira a la caldera, a la ventana, a cualquier sitio que no sea yo.

Le toqué la cara y se la volví hacia mí otra vez, despacio, sin forzar, solo pidiéndoselo.

«A mí —dije—. Esto se hace mirándome a mí.

No vas a contarme tu vida mirando la pared, como quien declara sin abogado.

» Y se quedó mirándome, que para Sasha, en mitad de todo aquello, era más difícil que desnudarse: aguantarme la cara mientras le leía las costuras.

Lo demás vino despacio, y al principio fue lo más hondo que habíamos llegado a ser los dos: yo recorriéndolo entero, él dejándose recorrer, el inventario completo de un hombre dicho en voz alta y aceptado sin descuento. Pero a la mitad noté una cosa que me paró en seco.

Me tocaba como quien memoriza. Despacio, sí, pero con una atención rara, de archivo, la del que recorre una habitación por última vez para llevársela entera en la cabeza.

Cada gesto suyo guardaba una copia para después.

Me estaba aprendiendo de memoria. Y un hombre no se aprende de memoria a la mujer con la que piensa despertarse: se la aprende de memoria el que sabe que no va a volver a verla.

Me aparté.

—No —dije.

—¿Qué pasa?

—Esto. Lo que haces. Me estás memorizando. —Me incorporé, lo miré en la penumbra—. No vas a usar esto para despedirte de mí, Sasha. No te lo voy a permitir.

No lo negó. Nunca niega lo que los dos vemos.

—Es lo justo —dijo, y la voz le salió de soldado, no de amante—. Si caigo mañana, esto salda muchas cosas. Salda lo de Marina, porque me llevo a Grigori por delante. Salda lo tuyo, porque te dejo a salvo. Salda lo mío, porque me voy pagando, sin deberle nada a—

—No. —Lo corté ahí, antes de que terminara la cuenta—. No decides tú lo que es justo conmigo. Eso también se acabó.

Lo solté y vi cómo le caía encima: era lo último que me quedaba por reclamarle, lo que todavía no le había arrancado.

Llevaba toda la vida decidiendo él lo que me convenía: la distancia, el silencio, la verdad a plazos.

Y ahora esto, lo último: qué era justo para mí.

Lo de su muerte y la mía lo había estado calculando él solo desde los diecisiete, por mi bien, como todos.

Se terminaba esa noche. «Lo que es justo conmigo lo digo yo —dije—.

Y yo no he dicho que mañana te mueras saldando nada.

Así que no cuentes con mi permiso para irte, porque no lo tienes. »

Se quedó callado. En la penumbra le vi hacer lo que hace cuando una cuenta no le sale: recalcular, buscar otra columna, otra forma de que el número cuadre a su favor.

No la encontró. Porque le acababa de quitar la única variable con la que llevaba toda la vida haciendo sus cuentas conmigo: la de que decidía él cuánto valía y cuánto debía.

Sin esa variable, su aritmética entera de mártir se venía abajo.

Y un hombre al que se le cae la aritmética con la que ha organizado su propia muerte se queda, un momento, sin saber para qué vive.

Yo había subido justo a eso. A darle el para qué.

—Entonces dime qué hago —dijo, y por primera vez en la noche no fue afirmación de soldado, sino pregunta de hombre perdido—. Toda mi vida he sabido pagar. Es lo único que sé. Si no me dejas pagar muriéndome, no sé qué me queda.

—Te queda lo difícil. Pagar viviendo. Quedándote. Declarando. Dejándote querer a la vista, sin la salida limpia de la muerte. Es más caro, Sasha. Lo sé. Por eso te lo pido a ti, que eres el único que conozco capaz de pagar una cuenta así.

No dijo que sí. No dijo que no. Pero la manera en que dejó de mirar la carta de la mesa y empezó a mirarme a mí me dijo que la idea —vivir como pago, quedarse como condena aceptada— le había entrado por algún sitio.

No del todo. Sasha no cambia de golpe; cambia como se mueve un glaciar, despacio y sin que se note hasta que un día el paisaje es otro.

Pero esa noche le moví el primer centímetro.

Y con Sasha el primer centímetro es casi todo el camino, porque es el que de verdad cuesta.

Lo besé otra vez, y esta vez no le dejé memorizar nada, porque no se memoriza lo que vas a seguir teniendo.

Lo besé como se besa un futuro y no un recuerdo: con prisa de empezar, no con calma de guardar.

Y noté el cambio en él, dejó de archivarme y empezó a quedarse, que es otra cosa muy distinta.

Lo que vino después ya no fue una despedida.

Fue lo contrario. Fueron dos personas que llevaban media vida sin tocarse pactando, con el cuerpo, que iba a haber más.

No fue como la otra vez, la de después de la herida, cuando los dos teníamos prisa de recuperar lo perdido.

Esta vez fuimos despacio a propósito, sin guardar nada para el recuerdo, gastándolo todo en el presente, que es la manera de hacerle creer a un hombre que va a haber más presentes.

Le quité de encima esa cualidad de última vez.

Y cuando ya no le quedó, cuando se le olvidó por fin que mañana podía morir, supe que había ganado la primera batalla de la noche, la mía, la que no salía en ningún plano de Coney Island.

Después, en lo oscuro, con la respiración volviéndonos despacio a su sitio, le dije lo que había subido a decirle, y se lo dije en su idioma, el de las cuentas, porque es el que lo convenzo de nada:

—Escúchame bien, porque esto es lo que te llevas mañana, no la otra cuenta.

Si mueres mañana, no saldas nada. Métetelo en la cabeza.

No te vas a cero. Al revés. Si mueres mañana, me dejas a mí una deuda que no podré cobrarte nunca, una abierta para siempre, de las que tú dices que son las peores.

Me dejas debiéndote una vida entera que ya no vas a vivir a mi lado.

—Le busqué la cara en la penumbra—. Tú, que no soportas una cuenta abierta, ¿vas a dejarme a mí la más grande de todas?

Morir no te salda, Sasha. Morir te convierte en mi peor deudor.

Así que no te mueras. Es lo que te pido, y es una orden.

No me contestó con palabras. Me buscó la mano en la oscuridad y me la apretó, una vez, fuerte, y para un hombre que lo dice todo con la cantidad exacta de tensión que pone en las cosas, eso fue un contrato firmado.

Me quedé escuchándole la respiración, esperando a ver si la cuenta le entraba o me la discutía.

No me la discutió. Y supe que le había entrado porque por primera vez en toda la noche el cuerpo se le aflojó del todo, como se afloja un cuerpo al soltar un peso que llevaba cargando sin darse cuenta.

Le había cambiado la deuda de columna: de la de morir saldando a la de vivir debiendo.

Y aunque él todavía no lo supiera, la segunda no se agota nunca, porque no se acaba de pagar; se sigue pagando, y eso, que para él era una condena, para mí era la promesa.

Nos dormimos así, los dos, sin habernos despedido de nada. Y fue, creo, la primera noche en trece años que Sasha durmió no porque hubiera dejado de querer morir, sino porque por fin tenía un motivo de peso para querer volver. Es distinto. Lo segundo se aguanta mucho mejor en una guerra.

Amaneció antes de lo que ninguno quería.

La dacha se llenó de los ruidos de una casa que se arma: cargadores, cremalleras, voces bajas, café que nadie se termina.

Las seis parejas nos repartimos los frentes en el porche, a la luz gris de las seis de la mañana, cada uno colocándole al otro alguna cosa —una correa, un cuello, una palabra— como se hace cuando no sabes si es la última vez que se la colocas.

Había algo de boda y algo de funeral en aquel porche al amanecer, las dos cosas a la vez, que a lo mejor es lo que es siempre el amor en una familia como esta: prometerse delante de todos justo cuando más cerca está la posibilidad de perderse.

Nadie lloraba. En esta casa no se llora antes de tiempo; se llora después, si toca, y muchas veces ni eso.

Se ajustan correas. Se reparte café que nadie termina.

Y se le coloca al otro la última cosa, la palabra o la prenda, que va a tener que durarle el día entero.

Nikolai y Lena, hacia el caso. Dimitri y Sara, al hospital de campaña.

Alexei y Diana, a la prensa y a los bancos.

Roman y Natasha, a cubrir por dentro el flanco de los Zakharov.

Iván y Mila, a las comunicaciones. Y Sasha, el que iba solo, hacia Coney Island, hacia Grigori, hacia la cuenta que había pedido cerrar con las manos antes que con la voz.

Antes de subir al coche, me apartó un momento. Sacó del bolsillo la carta decimocuarta, la doblada, la que empieza «hoy no es tu cumpleaños» y se corta a la mitad. Me la puso delante.

—Termínala tú. Si no vuelvo.

No la cogí.

—La terminas tú. En persona. No pienso acabarte yo las frases, Sasha. Para eso vuelves y la cierras con tu letra, que escribes fatal pero es la tuya. —Le cerré los dedos sobre la carta, devolviéndosela—. Esta no me la das a medias. Me la das entera y en persona, o no me la das.

Y entonces le di yo lo mío. Había bajado con ello en el bolsillo, resuelta desde la noche. Saqué el libro.

El de Lérmontov. Un héroe de nuestro tiempo.

El de los diecisiete, el que le presté en la estantería de mi padre, el que él subrayó por dentro sin escribir una palabra al margen y yo le robé la noche antes de marcharme a Londres.

El que le bajé al sótano debajo de un plato, con una nota de cinco palabras dentro, y él me devolvió la mañana en que fueron a por Diana, porque un hombre como Sasha no se permite tener nada bueno con una guerra encima.

Desde entonces había vuelto a dormir donde durmió seis años: en el fondo de la maleta que no termino de deshacer, porque deshacerla del todo sería reconocer que me quedo.

Esa mañana se lo tendí por segunda vez. Las cosas importantes, entre nosotros, siempre han viajado dos veces.

—Te lo llevas. Está subrayado. Por ti, hace media vida. Llévatelo a Coney Island.

—¿Por qué?

—Porque me lo robaste tú primero, prestándomelo.

Porque dormí seis años con él creyéndolo mío, y nunca fue solo mío: fue tuyo y mío a la vez, como todo lo nuestro.

—Le cerré los dedos sobre las tapas—. Y porque ahora te lo llevas tú, y un hombre que se lleva prestado el único libro que le importa a una mujer contrae una obligación que no se salda muriéndose: devolvérselo.

En persona. Para que tengas que volver, Sasha.

Esa es la deuda que te pongo yo. A ver si esa te ata mejor que las que te pones tú.

Sasha bajó la vista al libro, a las tapas gastadas, al lomo que se sabía mejor que yo porque lo tuvo años antes de que yo se lo robara.

Entendió lo que le estaba haciendo. Que le acababa de poner delante la misma trampa que él me puso a mí con la verdad de Londres: una deuda diseñada para obligarle a seguir vivo.

Su propio truco, devuelto. Y por cómo apretó las tapas supe que lo había reconocido, y que, por una vez, no le importaba perder esa partida.

Lo cogió. No dijo gracias —a Sasha lo de dar las gracias se le quedó en alguna calle hace mucho—, pero hizo una cosa que valió por todas las palabras que no dijo: se guardó el libro en el bolsillo interior de la chaqueta.

El de dentro. El izquierdo. El que los hombres de esta casa reservan para el arma de repuesto, la que llevan pegada al cuerpo por si todo lo demás falla.

Cuando arrancaron los coches, el porche se quedó de repente demasiado grande y demasiado callado.

Las otras se metieron dentro. Yo no. Vi el coche de Sasha coger el camino de tierra entre los pinos, despacio primero, luego más rápido, hasta que el bosque se lo tragó.

Y me quedé mirando el sitio por donde había desaparecido más tiempo del que tenía sentido, con la mano en el bolsillo del abrigo, donde no llevaba nada, porque lo único que quería llevar encima esa mañana se lo había metido yo a él en la chaqueta, sobre el corazón, para obligarlo a traérmelo de vuelta.

Se montó en el coche con mi libro sobre el corazón, en el sitio donde otros llevan la última bala, y arrancó hacia la pelea que iba a decidir si volvía.

Y yo me quedé en el porche, con la carta a medias todavía en su bolsillo, sin haber querido cogerla, y el hueco de mi libro por primera vez en seis años no en el fondo de una maleta, sino yéndose por el camino de tierra dentro de la chaqueta del único hombre al que se lo habría prestado dos veces.

No le dije adiós. No era una despedida. Se lo había dejado clarísimo esa misma noche, con el cuerpo y con las cuentas: lo que pasaba entre él y yo no se acababa ese día. Ese día solo empezaba a cobrarse.