Capítulo 16
Supe que Sasha pensaba morir al amanecer por cómo se repartió el trabajo.
No lo dijo, claro. Lo dijo el plan. Cuando Nikolai abrió el mapa esa noche y empezamos a colocar a cada pareja en su frente, Sasha se quedó solo con el más feo: ir de frente a por Grigori, a la fábrica vieja de Coney Island, el sitio donde más hombres tenía el enemigo y menos salidas teníamos nosotros.
Lo pidió con la voz de quien pide la sal.
Y la sala se lo concedió, porque era el que mejor lo hacía y porque nadie más quería ese sitio, y nadie en esa mesa lo leyó como lo leí yo, que llevo media vida aprendiendo a leerlo a él.
No me hizo falta más que verle la cara cuando lo pidió.
La mayoría de la gente, cuando se ofrece para lo peligroso, lo hace con algo encima: miedo mal tapado, chulería, la tensión del que se la juega.
Sasha lo pidió tranquilo. Demasiado tranquilo.
Con la serenidad rara del que por fin ha encontrado la salida que llevaba tiempo buscando y solo tiene que estirar el brazo para cogerla.
Esa calma no es de hombre valiente. Es de hombre aliviado.
Y un hombre aliviado la víspera de una batalla es un hombre que ya ha hecho las paces con no volver.
Le había visto esa cara una sola vez, hacía años, en una fiesta de Fin de Año, cuando alguien sacó una pistola en mitad del salón y todo el mundo se agachó menos él, que se quedó de pie, quieto, casi esperando.
Yo tenía dieciocho años y no entendí entonces lo que veía.
Lo entendí mucho después: que a Sasha la muerte no le da miedo porque hace tiempo que la trata como a una acreedora paciente, una con la que tiene un trato, que vendrá a cobrar cuando toque y a la que él piensa pagar sin rechistar.
Esa noche, repartiéndose Coney Island, había vuelto a poner la cara del hombre que ya ha quedado con su acreedora.
Lo que los demás vieron fue al mejor soldado quedándose la peor tarea.
Lo que vi yo fue a un hombre cogiéndose, por fin, la oportunidad limpia que llevaba tres años buscando.
Sasha no se quedó el frente de Grigori para ganar.
Se lo quedó para morir bien. Para pagar de una vez, de un tiro, con la cuenta saldada y el nombre limpio, antes de tener que pagar de la otra manera, la que le da pánico: viviendo, declarando, quedándose.
Y eso —que decidiera él otra vez lo que era mejor para mí, hasta el extremo de decidir él si yo me quedaba sin él— era justo la única cosa contra la que llevaba peleando desde que volví.
Me fui de esta casa hace seis años porque estaba harta de que los hombres que me querían me ahorraran la vida a trozos, eligiendo por mí qué sabía, qué me convenía, de qué me protegían.
Y había vuelto, y me había metido otra vez en lo mismo: en una casa de hombres que me querían a base de quitarme decisiones.
Lo de Sasha repartiéndose la muerte a mi espalda era la última versión de esa vieja costumbre.
La más grande de todas. La que no pensaba dejar pasar.
Llevaba toda la semana eligiendo quedarse.
Y esa noche, en cuanto se repartieron los papeles, había vuelto a irse, a su manera callada, sin avisar, dejándomelo descubrir a mí en la letra pequeña del plan.
Así que hice lo que se puede hacer con un hombre que ha resuelto despedirse sin decírtelo: subí a su cuarto a no dejarle.
Subí las escaleras por el lado que no cruje, despacio, ordenándome por dentro lo que iba a hacer, que no era consolarlo, ni despedirme, ni quererlo más fuerte por si era la última vez.
Era lo contrario de todo eso. Si quería marcharse de mí, iba a tener que hacerlo a la cara.
Y a la cara no iba a poder, porque a la cara no se lo iba a permitir.
Estaba despierto, cómo no. La noche antes de morir no duerme nadie, y menos el que lo ha planeado.
Lo encontré sentado en el borde de la cama, en penumbra, con la caja de latón abierta al lado y la carta decimocuarta —la que empezó y no terminó— doblada encima, como quien deja sus cosas en orden antes de un viaje largo.
Las señales de un hombre que se va estaban todas puestas.
No me hizo falta levantar ninguna capa para leerlas: estaban a la vista, recién pintadas.
—No vengo a desearte suerte.
—Ya lo sé.
—¿Sabes a qué vengo?
—Me lo imagino. —No me miró. Miró la carta—. No deberías. Mañana es un mal día para esto.
—Mañana es justo el día para esto. Quítate la camisa.
Se la quitó despacio, sin discutir, que en Sasha es la forma más alta que hay de obedecer.
Y ahí estaba otra vez lo que había entrevisto la noche de la herida sin tiempo de mirarlo entero: el cuerpo de un hombre que es un mapa de dónde viene.
No un cuerpo bonito. Un cuerpo escrito. Cada cicatriz una fecha, una procedencia, como las marcas que un cuadro lleva por detrás, en el bastidor y en el dorso, y que cuentan más de su vida que la pintura de delante: por dónde pasó, quién lo tuvo, qué le hicieron y qué sobrevivió.
—Cuéntamelas —pedí, en ruso—. Una a una. No quiero perdonártelas. Quiero saberlas.
—No es una buena historia para dormir.
—No vengo a dormir.
Y empezó. En ruso, despacio, porque las cosas verdaderas entre nosotros pasaron siempre en ruso, y porque un cuerpo solo se cuenta en voz alta en el idioma en el que uno se duele.
Lo que hicimos esa noche no se parece a nada que hubiéramos hecho antes, ni a nada que yo hubiera hecho con nadie.
No fue buscar el placer, aunque lo hubo.
Fue otra cosa más rara y más honda: leer a un hombre entero, marca por marca, y demostrarle, sin decirlo, que lo había leído y que me quedaba igual.
Un cuerpo así no se desea sin más. Primero se entiende.
Me había pasado la vida calculando lo que valen las cosas por las señales que el tiempo les deja encima; esa noche miré la pieza que me importaba, y no para ponerle precio, sino para que supiera que conocía el suyo entero y no me espantaba.
Posé los dedos sobre una línea blanca y vieja que le cruza las costillas, casi borrada del todo.
«Quince años —dijo—. Brighton Beach. Un hombre de los Zakharov me enseñó a robar carteras y me cobró la lección con una navaja el día que le levanté yo la suya.
La primera deuda. La que me encadenó sin que yo lo supiera todavía.
» La toqué con la boca. No la besé para curarla. La besé para decirle que ya la sabía.
Más arriba, en el hombro, un desgarro feo, mal cosido.
«Chechenia —dijo—. Tu padre me mandó. Volví.
Otros no.» Tres frases para una guerra entera.
Así cuenta Sasha lo que más le pesa: en el menor número de palabras posible, para que el dolor no le quepa dentro.
Pasé los dedos por la costura mala. Alguien le había cosido eso deprisa y sin cuidado, hace años, en algún sitio sin luz.
Pensé en todas las manos torpes que habían remendado a este hombre a lo largo de su vida, deprisa, para devolverlo cuanto antes a la siguiente pelea.
Y me prometí ser la última que lo remendara, y hacerlo despacio, aunque cosiera peor que ninguna.
Le di la vuelta. En la espalda, baja, una quemadura antigua, redonda, del tamaño de una moneda.
No me preguntó cómo sabía que esa dolía distinto; las quemaduras se cuentan de otra manera.
«Catorce años —dijo, y la voz se le hizo más plana, que en él es la señal de que la cosa es peor—.
Un acreedor. No de dinero. De los otros.
Me marcó para que me acordara de a quién pertenecía.
Funcionó: me acordé hasta que tu padre le compró la deuda y me sacó.
» Le pasé los labios por encima de la moneda de piel muerta, despacio, y noté que se le tensaba el cuerpo entero, no de gusto: de no estar acostumbrado a que nadie tratara con cuidado el sitio donde otro lo había tratado como una cosa.
Y los puños. Los dos, llenos de cicatrices pequeñas, encimadas, de años.
«Esas me las hice yo —dijo, casi con vergüenza—.
Pegando. Es lo que supe hacer durante mucho tiempo.
» Le abrí los dedos, le miré esos nudillos rotos mil veces, y se los besé uno a uno, despacio, los nudillos que han hecho lo que han hecho.
«Vas a aprender a hacer otra cosa con ellos —dije—. Empezando esta noche.»
Seguí. Había más, las había por todas partes, en un cuerpo que es la contabilidad entera de una vida sin un solo año fácil.
Y mientras las iba encontrando y él las iba nombrando, en ruso, despacio, entendí algo que no había entendido del todo hasta esa noche: que este hombre no tiene una sola cicatriz que se hiciera por gusto, por deporte, por la clase de tontería con que se marca la gente que ha tenido la suerte de aburrirse.
Todas las suyas son de trabajo, de deuda, de seguir vivo.
Su cuerpo es el de alguien que nunca tuvo permiso para que no le pasara nada.
Y yo lo iba leyendo, marca a marca, y en vez de espantarme —que es lo que él esperaba, lo que llevaba la vida entera temiendo: que alguien lo leyera entero y se fuera— me quedaba, y se lo decía con la boca en cada cicatriz: me quedo, me quedo, me quedo.
Y abajo, en el costado, la reciente. La de hace tres días.
Brighton Beach otra vez, como si esa calle no hubiera terminado nunca de cobrarle.
Todavía llevaba el vendaje que le puse yo, mal, apretando de más.
«Esa ya la sabes —dijo—. Esa me la curaste tú.
» «Esa es la única que no es una deuda —dije—. Esa es mía.»